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Sección abierta a la participación de los lectores
Aquellas tardes de toros
Dentro del propósito cultural que es la base de este portal, abrimos hoy la sección "El rincón de los nuevos escritores", destinada a publicar las aportaciones literarias de aquellos lectores que sientan la necesidad de expresar mediante la palabra su sensibilidad taurina. Los textos deberán ser de creación nueva, tanto con personajes de ficción como con relatos sobre personalidades del mundo de los oros, pero que no sean reseñas de acontecimientos taurinos. Podrán aparecer firmados con nombres reales o con seudónimo, a voluntad del escritor, pero en este caso deberá constar a la dirección de taurologia.com la verdadera identidad del autor. Con este propósito se publica hoy la primera aportación de un joven escritor que firma como "Corinto y plata"
Actualizado 16 septiembre 2010  
"Corinto y plata"   
"Niños jugando al toro". Oleo de la Fundacion Lázaro Galdeano "Niños jugando al toro". Oleo de la Fundacion Lázaro Galdeano
Como todo niño puede hacer, solía transformar estancias de mi casa en escenario de aventuras hercúleas. El jardín de mi casa nunca fue el jardín, sino la Monumental Plaza de Toros de “El Jardín”, en la que sábado sí y sábado también se lidiaban “seis bravos astados de la ganadería de “Los Hnos García”, festejo que se celebraría si el tiempo y las autoridades los permitían. Aunque en eso, en nuestra niñez, siempre teníamos, mis hermanos y yo, ventaja. El tiempo nunca condicionó el desarrollo de nuestra particular Feria. Sí lo hizo la autoridad competente, mi padre que era juez y parte. Él presidía las corridas y otorgaba las orejas si el diestro así lo merecía. Y siendo mi padre un hombre ocupado, nunca faltó a su cita con la Feria de El Jardín.
 
Cinco de la tarde. Todas las autoridades están en sus respectivas localidades; el presidente saca el pañuelo blanco y ya salen los alguacilillos. En este caso no había presupuesto para traje y caballos, así que mi hermano pequeño salía vestido de mosquetero con una escoba entra las piernas que para todos era un bello caballo tordo. Tras el saludo del alguacilillo a la presidencia, se dirige al patio de caballos en el que los tres toreros, a la sazón hermanos, esperan impacientes que se abra el portón, que enseguida se abre. De nuevo, por la falta de presupuesto, los capotes de paseo eran toallas, cada una de un color diferente. Toallas que a nuestros ojos eran capotes de paseo relucientes, todos bordados en oro. El paseíllo se hacía en prefecto orden y sincronización. No en vano, media hora antes del festejo los tres toreros lo habíamos ensayado.
 
La presidencia es saludada de nuevo por los matadores. Él que ocupa el sillón presidencial devuelve el saludo y enseguida saca el pañuelo blanco que le indica a la banda de música (mi hermano pequeño que sin quitarse el traje de mosquetero ya se había puesto a los mandos de un discman con un cd de pasodobles) que al punto, tocó sus clarines y timbales. En el callejón hay nerviosismo, porque una guapa mujer ha hecho acto de presencia. Un murmullo recorre los tendidos – abarrotados de hojas y árboles que para nosotros eran espectadores – porque mi madre se había sentado en su sitio, justo al lado del presidente.
 
Ya sale el toro, que curiosamente se parece enormemente al tercero de los espadas. Rebrincao y nervioso, va de barrera en barrera, embistiendo las maderas hasta que el torero – mi hermano mayor – le llama con su capote firme. “Ehh, toro” le dice, y el toro va y se envuelve en el capote. Yo siempre era el primer toro, porque al ser el tercero en edad, siempre toreaba el último.
 
Una verónica y otra. Los pies firmes en el coso y una cintura que gira suavemente le dan al torero un aire de compás que completa con los vuelos del capote. Una verónica y otra. Y la media abelmontada, echándose el toro a los riñones. “Olé, olé y olé” se oye en el palco. La guapa mujer aplaude mientras repite, “olé, olé y olé”.
 
Llega la hora de picar, y el segundo espada deja su terna de matador y se mete en la piel del picador. Unas sillas puesta una encima de otra han aparecido en uno de los laterales del jardín. Pero no son sillas, es un percherón fuerte y robusto, que está dispuesto a aguantar la acometida del toro. El picador, bajo la atenta mirada de la guapa mujer, que en ningún momento ha dejado de ser madre, se encarama a lo alto de las sillas, que tambalean y parecen caerse. Un monosabio, que curiosamente va con un discman en el bolsillo y vestido de mosquetero, le acerca la puya, que antes de serlo fue un palo de escoba. El picador ya ve al toro, que ha sido colocado por el torero, y lo llama firme con la vara. El toro no va, y él le vuelve a llamar. El animal sí responde a ese segundo reclamo y va con fuerza a por el caballo, pero no lo derriba. Las astas han desaparecido y el picador hunde su puya sobre una caja de cartón que es el lomo del animal. El puyazo ha sido bueno, nada de bajonazos chalequeros ni picotazos delanteros.
 
El matador lo saca del caballo porque al animal no hay que darle mucho, “que viene flojito de fuerzas”. Al sacarlo, el toro se arranca a por el monosabio, que metido en el papel de banda, se había puesto a escuchar música. El toro no frena, y le endosa un varetazo de aúpa que deja al monosabio/alguacilillo/banda de música, tirado en el suelo medio llorando, pero en un momento las lágrimas desaparecen y mi hermano pequeño se olvida del papel y empieza a perseguirme soltando imprecaciones, acordándose de todas mis muelas.
 
El presidente pone orden, y llama la atención al toro, que obediente a las exigencias, vuelve a los medios y vuelve a meterse en el capote del matador, que esta vez deleita al respetable con unas chicuelinas ceñidas a la cintura. Una, dos tres y hasta cuatro pases de arte y clase que cierra con una revolera.
 
El banderillero no sale, tiene miedo de que el toro le dé otro porrazo “como cuando estaba haciendo de alguacilillo”. Así que no hay banderillas que valgan, palos que por otro lado nuestro padre había preparado con papel cebolla de vivos colores.
 
El toro se va a una barrera mientras el matador cambia de trastos. Muleta en mano, se dirige al palco y como buen torero de raza y estilo, brinda el toro a la guapa mujer que está junto al presidente. “Va por usted, por ser tan guapa” le dice el torero.
 
Después de eso, se llega hasta los medios del ruedo y con la muleta plegada llama al toro ante un público atónito por lo que está viendo. “El cartucho de pescao”, dicen sorprendidos.
 
El toro atiende a la llamada del torero y corre hacia él. Cuando toca, ni antes ni después, el diestro despliega la muleta y comienza la faena entre naturales bajos, de muñeca gracil y ágil. Al toro no hay que agobiarle, poco a poco y dejándole su espacio, por lo que al cuarto natural cierra la serie con un pase de pecho ceñido, con la cabeza metida en el hombro.
 
Una serie y otra más. Por izquierda o por derecha, lo mismo da. El torero ha cuajado al toro, y el público aplaude entusiasmado, mientras el animal se dirige un momento al matador para decirle que ya está bien, que lleva media hora dando vueltas y que está hasta las narices, que está cansado. Otra voz se dirige al matador, la del segundo espada, que le recrimina el tiempo de su faena. Por una razón o por otra, el torero se dirige a la barrera a cambiar el estoque de madera por el de verdad. Y el toro hace lo propio y deja las astas y coge la caja de madera que con esmero habíamos preparado para la suerte suprema. Cuatro pedazos de cartón unidos y con varios agujeros hechos en su frontal. Encima de esos agujeros ponía “perfecta”, “chalequera”, “bajonazo”, “delantera”, “atravesada” y por último, “vete a tu casa”. Todas esas palabras escritas en la caja respondían al grado de perfección que el torero había alcanzado en la suerte definitiva.
 
Unos molinetes sirven de adorno para el matador que enseguida cuadra al animal entra las dos rayas. Alza el estoque y se lo pega al corazón. La mirada fija en el toro. Retrasa la muleta a sus muslos y llama al animal, se lanza metiéndole la muleta al hocico y con un volapié perfecto, consigue una estocada centrada, perfecta. El toro cae, herido de muerte y el público truena en una tormenta de aplausos. Piden para el torero las dos orejas y el rabo, que le presidente le concede.
 
Victorioso, recoge la gorrilla que le dio a la dama para brindarle el toro. Luego, ya está el alguacil, con un moratón de aupa, con un discman colgando y vestido de mosquetero, con dos orejas y el rabo – o lo que es lo mismo, dos zapatillas y una cuerda – que le entrega al torero.
 
Acaba la tarde, dos horas ha durado el festejo y todos los toreros han salido a hombros – del alguacilillo-músico-monosabio-y lo que haga falta--.
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