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La poesía de "El Calesero"
Tan sólo por su belleza, la fotografía ya de por si vale la pena de reproducirse. Es obra de Carlos González y fue tomada el 1 de enero de 1962 en la plaza de toros "El Toreo" de Cuatro Caminos, en México DF. Como queda patente, Alfonso Ramírez "Calesero" está ejecutando una singular revolera ante el toro "Jacalero", del hierro de Pastejé. Pero en esta imagen se resume con acierto la mística de este torero, también llamado "el poeta del toreo", de irregular trayectoria como todos los que se basan en la inspiración.
Actualizado 21 enero 2012  
Redacción   

Según escribió José Francisco Coello Ugalde, Alfonso Ramírez “El Calesero”, conocido también como “el poeta del toreo”, tuvo un trayectoria irregular, a semejanza de lo que ocurre con artistas que crean por inspiración, no por producción. Por eso, cada momento suyo, auténticamente íntimo, revelaba un fuerte sello de identidad capaz de elevar a esferas de lo sublime todos aquellos sentimientos que son capaces de causar emoción. Y si esta es colectiva, es porque ya la individual logró cautivar plenamente.

Alfonso Ramírez traduce ese trauma de los artistas que de pronto ignora la humanidad y de pronto surgen en medio de la resurrección. Es un maestro en su género que se eleva a sí mismo (por eso, el arte eleva, vuelvo a una cita de Carlos Chávez), que no ha necesitado de la exaltación para lograr trascender.

Muchos otros toreros han quedado eternizados en pintura, escultura, pintura o literatura. El cine y la música son una más de las extensiones para evitar el olvido. Sin embargo, “El Calesero” ha sabido recrearse bajo el pleno convencimiento de que su esfuerzo se integra al sentido perecedero de que no lo absorberá el olvido.

Ha sido una figura dueña del difícil encanto de producir la conmoción. Todavía le recuerdan, quienes le vieron, aquella tarde del retorno de “Armillita”, en enero de 1954 en que descubrió el placer del toreo y se encontró con él para fusionarse. Y desde luego, lo que han dicho de su ya eterna oración al concebir “llena eres de gracia” la larga cordobesa. Bendito lance entre los lances, que por eso resulta un cántico celestial: ¡Por Dios!, ualah, olé, aleluya. ¡Torero!

Worringer ha dicho de la belleza que “El valor de una obra de arte, aquellos que llamamos belleza, reside, hablando en términos generales, en sus posibilidades de brindar felicidad”. De todo eso nos habló con su capote y su muleta el gran torero mexicano.

El diestro de Aguascalientes no puede quedar confinado al solo registro de fechas -muy importantes sí-, pero que no nos dicen gran cosa como ese otro carácter, el humano, el que da a luz su expresión que proviene de los abismos donde el aquelarre de lo apolíneo y lo dionisiaco preparan fuegos de esencias para derramarlos en plazas, como escenarios en búsqueda del misterio que solo “El Calesero” sabe el momento en que han de producirse.

Alfonso Ramírez era diestro que vertió su manantial de modo pausado, sin prisas, el que de un manso oleaje pasaba a la tempestad más embravecida para dejar señales que todavía muchos aficionados recuerdan y nos obligan a entender el significado del torero, y del hombre también. No sé como definir al “Calesero” sin haberlo visto más que una ocasión.

Quedan las crónicas que no son más que un testimonio de su quehacer que trastornó y quizás transformó mucho de la tauromaquia que pervive gracias, entre otras cosas, a las aportaciones realizadas por toreros como “El Calesero”. 

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Alfonso Ramírez El Calesero, una de las glorias de la época del toreo mexicano, había nacido en Aguascalientes en 1914. Tomó la alternativa en el antiguo Toreo de la ciudad de México el 24 de diciembre de 1939 de manos de Lorenzo Garza, siendo su testigo David Liceaga, y la confirmó en Las Ventas, en Madrid, el 30 de mayo de 1946, apadrinado por Pepe Luis Vázquez en presencia de Pepín Martín Vázquez. Los toros le causaron bastantes percances y en una ocasión uno le propinó siete cornadas. Creador de La Caleserina, fue fiel intérprete de los más hermosos quites con el capote que legó a la fiesta brava mexicana su antesesor, el matador de toros ya fallecido José Ortíz, como La Orticina, El quite de Oro y muchas otras suertes a las que El Calesero les imprimió arte y temple.

Una de sus últimas actuaciones después de su retirada, en mayo de 1967, fue en la Maestranza de Sevilla en septiembre de 1980, en un festival benéfico alternando con Manolo Vázquez y Curro Romero.

Falleció en septiembre de 2002 y con el se fue una de las figuras más brillantes del mundo taurino mexicano.

 

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