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Sevilla: octava de feria
Grandioso es el Arte del Toreo, grandioso estuvo Manzanares
Tarde histórica de José M Manzanares en Sevilla
Una tarde para recordar muchas tiempo, para revivirla en el video cada vez que haya ocasión, para no perderse ni el detalle aparentemente más margina. Lo de José María Manzanares este 20 de abril en la Maestranza sevillana es de esas cosas que hacen historia. Era admirar el momento colosal de un torero, pero era, sobre todo, la comprobación práctica de lo grandioso que es el Arte del Toreo, cuando en cualquiera de los momentos de la lidia se realiza con la verdad como bandera.
Actualizado 20 abril 2012  
Tomás Villegas   
 La opinión de Ignacio Sánchez-Mejías: Manzanares
 REVISTA DE PRENSA: Las distintas versiones de la apoteosis de Manzanares
 Reflexiones sobre el torero y "El Límite del cuerpo humano"

SEVILLA, 20 de abril de 2012. Octava de feria. Lleno. Cuatro toros de Victoriano del Rio y dos de Toros de Cortes (4º y 6º), cinqueños, de presencia justa y juego muy desigual en raza y en acometividad y fuerza. Juan José Padilla (de nazareno y oro con cabos negros), ovación y ovación. José María Manzanares (de marino y oro), dos orejas y dos orejas. Alejandro Talavante (de barquillo y oro), una oreja y ovación. Manzanares salió por la Puerta del Príncipe.

Era el momento en el que la tarde se desbordó por completo. La gran Gabriela Ortega habría tenido que cambiar el verso célebre: no eran “uno, dos y tres….”, eran cuatro los toreros en el redondel.  Y es que José María Manzanares, en un gesto que le honra tanto como su legítimo triunfo, al terminar su clamorosa vuelta al ruedo, sacó hasta los mismos medios a sus tres hombres de a pié: Curro Javier, Juan José Trujillo y Luis Blázquez. Y las palmas ya no podían sonar más suerte, ni con más sentimiento. Un cursi snobista diría que habíamos asistido “al toreo total”.  No, mucho más sencillo y, sobre todo, mucho más trascendente: habíamos tenido el privilegio de participar en la demostración de las muchas razones por las que el toreo, en todas las variadas circunstancias que se viven en un ruedo,  es un Arte grande. Así de sencillo, así de grandioso. Por eso más que nada esta tarde ha sido histórica.

La verdad es que el de Alicante, que ya es más que el “consentido” –en la extensión mexicana del término— de la afición sevillana, tuvo la tarde que los toreros deben soñar cuando tratan de adivinar con la imaginación cómo puede ser la gloria del toreo. Desde que se abrió de capa con el segundo de la tarde, hasta el saludo final tras la apoteosis en el quinto,  todo salió con un armonía verdaderamente sinfónica. El “allegro”, en su momento; cuando tocaba, el “andante moderado”; el “largheto”, si lo pedían las circunstancias; el “allegretto grazioso”, cuando correspondía… Y todo sin solución de continuidad, con esa maravillosa unidad interna que tiene la lidia cuando se realiza con arreglo a las reglas eternas de este Arte.

Como director de esa torera orquesta, no dejó pasar un solo detalle Manzanares. Cómo explicar lo que es la grandiosidad de un natural, largo, profundo, al ralentí… Eso es un empeño imposible. Hay que verlo en directo. Y cuando se tiene la suerte de presenciarlo, hasta el menos documentado en Tauromaquia vibra con ello. En cambio, menos fácil es advertir la clase de torero que hay que ser para que  casi ni se notarán desde el tendido los numerosos intentos que tuvo el quinto toro por irse hacia los tableros: lo estaba fijando en los medios con su propio cuerpo entre una serie y otra. Por eso este toro permitió que las cosas rodaran como al final lo hicieron. Y ese detalle casi imperceptible también es arte.

Como muy torero hay que ser para que una cuadrilla funcione con el preciosismo de un reloj suizo, pero además con torería. Todo la tarde en general, pero en especial el segundo tercio del quinto fue algo colosal, un momento de esos que ya compensan haber pasado por la taquilla. Tanto que allá que se arranco la Banda a tocarle la música a los tres hombres de plata. Claro que para eso hay que entender, que no todos los que visten de luces lo hacen, que el triunfo del matador siempre anda en relación directa con sus hombres de a pié y de a caballo. Manzanares, además de entenderlo, lo potencia y no le duelen prenda en reconocerlo cada vez que se presenta la ocasión.

Una tarde memorable, en fin, para el de Alicante, que no ha sido fruto de la casualidad. Es la consecuencia de quien, atesorando un modo de sentir singular, es capaz de vivir entregado por completo a lo que más que una profesión es un sentimiento profundo.

Como no podía  ser de otra manera, una eclosión como la que provocó Manzanares eclipsó de modo necesario el resto de la tarde, pese a que tuvo momentos estimables. Y así, estimable fue la actuación de Juan José Padilla, recibido ya desde el paseíllo con gran cariño por los aficionados. No tuvo suerte el jerezano con su lote, quizás el más deslucido, pero dejó constancia que no ha reaparecido por capricho y menos por mero oportunismo. Es el mismo que antes de Zaragoza, sólo que ahora con corridas mas bonancibles se puede permitir torear con reposo, que sabe hacerlo.

Estimable también la actuación de Alejandro Talavante. Que el extremeño tiene un gran sentido del temple, ya es sabido; ahora, además, torea por el palo de la variedad y la improvisación. Cuando sale bien, se ve con gusto. Pero  a lo mejor el abuso de tanta variedad y tanta improvisación --y Talavante en esta materia está en el borde de pasarse de más--  acaba eclipsando el toreo fundamental. Su apuesta es interesante, pero también arriesgada.

Menos estimable, en cambio, pareció la corrida que, con sus dos hierros, lidió don Victoriano del Río. Por abreviar, no eran toros a los que había que poderles, como hemos visto en las anteriores corridas; eran toros para ser cuidados, por que andaban al límite en casi todo. Un ejemplo evidente de todo ello fue el quinto: en otras manos habría parecido otra cosa.

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