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MADRID: Vigésimo octava del abono
Juan del Álamo, el sentido del arte y los valores de la épica para abrir la Puerta Grande
Justa y merecida Puerta Grande para Juan del Álamo (Plaza 1)
Una buena moza de Alcurrucén, con dos toros muy diferentes pero ambos de mucha nota, marcaron el camino de la tarde. Una tarde en la que Juan del Álamo dejó de ser la promesa eterna. Cuajó de manera primorosa a su noble y con mucha clase del primer turno, en el que el Palco se negó a concederle las dos orejas que merecía; se fajó hasta más allá de la lógica con el mansísimo y bronco que cerró la tarde, hasta arrancarle materialmente la oreja, que le abrió muy justamente la Puerta Grande. De los alcurrucenes hubo otro toro muy buena nota, el que hizo 4º, un modelo de toro bravamente encastado, que además embistió humillando, con rectitud y con fijeza; El Cid no lo terminó de ver claro.
Actualizado 8 junio 2017  
Redacción   
 Una vuelta al ruedo extravagante, que resta valor a una corrida interesante
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MADRID. Vigésimo octava del abono de San Isidro. Más de tres cuartos de plaza: 19.132 espectadores (81% del aforo). Toros de Alcurrucen y uno con el hierro de  El Cortijillo (1º) (Casa Lozano), 3º y 5º cinqueños, muy bien presentados, con dos ejemplares de nota nota: 3º y 4º, el resto cumplieron en diferente grado. Manuel Jesús “El Cid (de azul Bilbao y oro), silencio y ovación. Joselito Adame (de verde botella y oro),silencio tras un aviso y pitos tras un aviso. Juan del Álamo (de blanco y plata), una oreja con fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo y una oreja; salió a hombros por la puerta grande.


Dos toros de mucha nota, un torero rotundo en el arte y en la épica y un Presidente… como los de todos los días: con su ración de cante. Los toros, de Alcurrucén; el torero, Juan del Álamo; el Presidente, don Trinidad López Pastor. Prácticamente con esos tres nombres ya está contada la tarde.

Los hermanos Lozano han vuelto a echar una buena corrida de toros, con dos ejemplares radicalmente diferentes, pero ambos de mucha nota, para regocijo del aficionado. Por segunda vez en esta feria, vinieron a Las Ventas con seis ejemplares fuertes y de respeto, como suele ser lo habitual. (Entre paréntesis: fuera de necesidades de programación de la Empresa, ¿qué sentido tiene que una de sus corridas se programe en los días de las figuras y la otra en la “Semana del Toro”?

Con su dosis de cinqueños, para no romper la racha de la feria, entre los seis venía uno que atendía por “Licenciado”, que hubiera sido más propio que se le adjudicara el titulo de “Doctorado”, por su nobleza sin mancha, por sus armónicas embestidas, por la mucha clase que traía dentro, por su ritmo que era una maravilla contemplarlo. Pero también traían a otro muy diferente, éste por nombre “Antequerano”, que era un modelo de animal muy enrazado, pronto, con humillación y con fijeza ante los engaños.  Uno para explicar que el toreo es un arte, el otro para apostillar que además tiene mucho de épica. Dos ejemplares más para  disputarse el cuadro de los honores cuando acabe el ciclo. El resto iba y venía con calidades muy varias; como es lógico en este encaste, con tendencia a irse sueltos y pidiendo a los toreros que esperarán a que rompieran. Por haber hubo hasta el manso y arisco de libro, “Bocineto”, que fue lidiado como fin de fiesta. Con el nobilísimo “Licenciado” dio toda una lección de arte Juan del Álamo; con el  desagradecido “Bocineto” explicó a la parroquia por qué lo que ocurre en un ruedo tiene tanta dosis de épica verdadera.

La faena al que hizo 3º fue de las que conmueven por la sensibilidad del artista que la trazaba. Muletazos largos, templadísimos, con su golpe de pellizco y hasta su poquito de poesía. Y lo mató por arriba y de forma muy correcta. Se enteró toda la plaza de forma unánime, como lo fue la petición de las dos orejas para el salmantino; así era el sentir de todos, de todos menos de uno, el señor del Palco, al que por lo que se ve no convenció la actuación del torero de Ciudad Rodrigo y por eso se guardó para sí la oreja que el Reglamento declara que es de su sola potestad. El publicó recompensó al torero obligándole a dar dos vueltas al ruedo.

La ración de épica con “Bocineto” tuvo muchos bemoles. Un toro manso de solemnidad, frente a los de a pie y a los de a caballo, que por el primer tercio pasó prácticamente sin picar. Sólo buscaba territorios libres y cuando iba y venía lo hacía con arreones muy descompuestos, desentendido por completo de los engaños. Un toro típico para lidiarlo sobre las piernas y quitárselo de encima habilidosamente. Del Álamo, que lo había lanceado con tanto empaque como exposición, no se arredró. Para sorpresa del personal, se fue a los medios a brindar su faena. Luego correspondió a tal dedicatoria con una entrega enorme, tirando la moneda al aire cada vez que lo citaba con la muleta. Las más de las veces lo consiguió con buena templanza; cuando no, aguantó impávido las oleadas del tal “Bocineto”. Volvió a matarlo por arriba y con efectos fulminantes y el Presidente no tuvo otra salida que concederle la oreja, que además le abría la Puerta Grande.

A partir de ahí resulta marginal entrar en el debate de si en realidad deberían haber sido las dos orejas en su primero y una vuelta en el  2º. Y es cuestión muy menor porque lo contrario no hace más que dar protagonismo a quien, como los árbitros, no debe tenerlo, aunque se empeñen en lo contrario.

El otro toro de nota, el encastadísimo “Antequerano”, era una máquina de embestir con prontitud y con humillación, también con fijeza.  Tan sólo exigía, que no es poco, que el torero aguantara el tirón para regalarle las orejas. Manuel Jesús “El Cid”, estando muy correcto, no dio ese pasito más que exigía su enemigo. Por eso, y no por el pinchazo previo a la estocada, “Antequerano” volvió al desolladero con las orejes puestas.

El de la Casa Lozano pero con el hierro de “El Cortijillo” que abrió la función tuvo una escasa clase y menos humillación; por si faltara poco, resultó de una gran desigualdad en sus acometidas. En este caso, se entienden que “El Cid” llegara hasta donde era posible, que no era mucho.

A Joselito Adame le tocó bailar con los menos favorables. Por no decir directamente malos. Por más empeño que pusiera, como hizo tratando de entrar en los quites, aquello no daba para más. En ambos no tuvo fortuna en el manejo de los aceros.

¿Y que decir del Sr. Presidente? Mejor, nada; mejor nos remitirnos al oportunísimo artículo en su columna “Media de remate” que en esta pagina firma Juan J. Sánchez Sánchez-Ocaña. Su certero análisis se cumplió de la A a la Z. Tanto que habría que plantearse muy seriamente si no ha llegado el momento para que la autoridad gubernativa, que nombra a los componentes del Palco, revise y muy seriamente la situación. La primera plaza del mundo no debe seguir en esas manos y ni en ese desnorte de criterios.

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