Lunes, 27 de marzo de 2017
Ahora que cumple 80 años
Curro Romero y la inspiración, según José María Requena
Ahora que Curro ha cumplido 80 años, gana de nuevo actualidad un antiguo artículo del gran escritor José María Requena titulado "Curro Romero y la Inspiración", publicado en su libro "Gente del toro" cuando el torero de Camas aun andaba en activo. "La psicología de Curro –escribe Requena-- da pie para suponer que presienta desastres o triunfos en las claves misteriosas de un escalofrío, o en el sabor más o menos amargo de su saliva, en un cambio repentino en el compás de sus pulsos... Y hasta es probable que, después de todo, las muestras supersticiosas de tales adivinanzas no sean sino ánimos o desánimos que ocasionan los resultados de la tarde, en lugar de ser premoniciones proféticas".
José María Requena
 La tarde en la que Curro se inventó como torero
 Cuando Curro adelantó la llegada del verano al mes de mayo: 6 toros, seis estocadas, 8 orejas

"En esto, como en el cante y el baile, necesita uno la ayuda de un buen son... Sin el son de un buen toro me falta entusiasmo en la faena..." Con estas palabras intentaba explicarme Curro el secreto de sus malas rachas, su definitiva incapacidad para los términos medios.

Curro es uno de los toreros que más se hacen esperar, de los que provocan hoy la repulsa del "yo no veo más a este tío" y a la vuelta de una semana motivan un "vamos a verle por si acaso"... No es exacto decir que viva de las rentas del pasado, sino más bien del futuro en una especie de amenaza artística: "Cuidado, porque a lo mejor os perdéis mañana la mejor de mis faenas".

Con cuentagotas nunca premeditados mantiene el embrujo de su promesa. Se suceden las broncas, pero debe estar acostumbrado. O quizá, incluso, debe considerarlas como retamas secas que calientan a fuego lento la maravilla más o menos lejana de su triunfo inmediato.

Muchas veces he llegado a pensar que Curro Romero puede ser que sepa cómo sonará su tarde taurina desde que se pone la chaquetilla, o cuando da el primer paso del paseíllo, o en el momento mismo de anunciar el clarín la salida de su toro primero. La psicología de Curro da pie para suponer que presienta desastres o triunfos en las claves misteriosas de un escalofrío, o en el sabor más o menos amargo de su saliva, en un cambio repentino en el compás de sus pulsos... Y hasta es probable que, después de todo, las muestras supersticiosas de tales adivinanzas no sean sino ánimos o desánimos que ocasionan los resultados de la tarde, en lugar de ser premoniciones proféticas.

Los "duendes", los consabidos "duendes" taurinos, tienen en Curro su mejor acuartelamiento. Ningún otro torero se muestra y se demuestra tan dependiente y resignado ante los gestos imprevisibles de lo fatídico. Y precisamente por eso, por sentirse tan condicionado por soplos de misterios, alcanzan sus escasas ocasiones de perfección el sello inconfundible del entusiasmo. Viene a ser como si, al saberse lleno de inspiración, se considerase a salvo de todas las cornadas y sólo hubiera de atender el dibujo solemne de los lances y la exacta suavidad de su muleta.

Los "duendes" no son para él más que buenos presentimientos , un bienestar repentino que puede ser que dependa del buen descanso o de una satisfacción acaso tan pequeña que ni el torero siquiera la recuerde. Pero ese bienestar, en un momento determinado, se le presenta idealizado con tonos de inspiración. Siente entonces que le bailan los "duendes" por esas venas nunca localizadas de la valentía con gracia. Hasta en el respirar adivina finuras propicias. Una ligereza casi imaginativa le bulle por los pies y también en las manos percibe como un desborde extraño de magia y sabiduría.

En tales circunstancias, el bicho que no sea del todo malo se ve incorporado a esa especie de sublimación abarcadora. Sí. También el toro se presenta ante el torero como el motivo ideal para una inspiración que necesita plasmarse. Todo se redondea en moldes alucinantes. El torero vive en disloque, casi un extasis provocado por su fe desmesurada en la grandeza que se avecina. No necesita de la razón para convencerse de la apoteosis. Ni siquiera le hacen falta los esfuerzos del arrojo, porque la muerte no tendría sitio en ese panorama de sensaciones casi sobrehumanas. No queda ni una gota de miedo en la ilusión de la sangre. Sólo es necesario entregarse al disfrute de la faena, olvidado del tiempo y de la gente, con el egoísmo reconcentrado de los grandes estilistas. Y la faena deja de ser entonces obra de arte que se logra, porque es más bien obra de arte que germina y florece. Sin embargo, sin que la voluntad tome parte, fluye la armonía de algo que es más que corazón o por un poco de locura o por la misma subconciencia que trabaja en los dueños felices de cuando niño.

Pero toda esa anchura de ventanal abierto a la perfección se da muy de tarde en tarde, y el torero que viva pendiente de los "duendes" se desanima en las horas desangeladas. ¿Cómo quieren que entusiasme al público si el torero mismo se siente extraño y equivocado en la arena del ruedo? Está convencido de que sus pies no se verán libres del plomo de la torpeza, ni las manos podrán salvarse de su total ignorancia temporal en cuestiones de gracia y rito. Es inútil intentar siquiera la fórmula de salir del paso y cumplir a medias. El artista del toreo, como un lírico de la tragedia, se niega a componer el poema mediocre de los ripios. Prefiere la bronca, una bronca más en el camino que enlaza una inspiración con la otra, siempre distantes y caprichosas en los calendarios de su entrega.

¡Las cosas de Curro! Las mismas cosas de Rafael "El Gallo", y de Cagancho. Resulta muy difícil desechar la idea de que Curro Romero no tenga alguna que otra raíz de gitano. Son muchos los matices que ofrece al respecto la personalidad de este andaluz, triste de expresión hasta en los minutos más luminosos de su virtuosismo. Está como poseído por el diablillo de las contradicciones y no admite remedios para el toma y daca de sus altibajos. Una esperanza atávica le mantiene en su desagradable nomadeo por paisajes adversos, con los ojos puestos en la "pechá" de gloria que le aguarda cualquier tarde, al remontar la loma de cualquiera sabe qué momento.

Es la suya una gracia pensativa y dramática. Carece de la juguetona alegría del toreo sevillano. Los percales y las franelas de Curro se ofrecen sin el encanto vivaracho de un Pepe Luis. Su estilo es más bien lento y como recortado con los patrones del cante antiguo.

Sus faenas grandes tienen mucho menos de florero que de candelabro. Viene a ser como si el gracejo de sus cadencias se le tornara solemne bajo el dictamen de la pesadumbre. Como si la gracia se le plasmara en regodeos de ceremonia por tratarse de una gracia especial, "jonda" y maciza.