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MADRID: Primera de la Feria de Otoño
De "buenas impresiones" no se vive, pero los de Fuente Ymbro no permitieron otra cosa
Borja Jiménez rematando una serie. (Juan Pelegrin-Las Ventas)
Una terna con oficio y posibles taurinos, frente a una novillada ofensiva pero sin raza ni clase alguna. El resultado no podía ser otro que la decepción. Los novilleros dirán, probablemente, que ellos no venían a dejar "buenas impresiones", sino a triunfar y consolidarse, que lo demás son monsergas. Y más cuando se está en los comienzos. Pero la novillada de Fuente Ymbro no ofreció oportunidad para otra cosa que dejar claro que tienen el oficio buen aprendido, que cada uno a su aire tiene algo que decir. En esta tarde inicial se quedaron con la palabra en la boca, salvo algunos apuntes interesantes, pero insuficientes para que la cátedra se emocionara.
Actualizado 2 octubre 2014  
Redacción   

MADRID. Primera de la Feria de Otoño. Dos tercios de entrada. Novillos de Fuente Ymbro, desiguales de presencia y hechuras, sin clase ni fondo. Gonzalo Caballero (de azul celeste y oro), silencio y ovación. Borja Jiménez (de verde manzana y oro), que hacia su presentación, silencio tras aviso y silencio. Francisco José Espada (de blanco y oro), silencio y silencio.

Ellos dirán que “a eso no venían”, que su objetivo era bien distinto.  Pero “eso”, precisamente “eso”, fue lo que ocurrió, que dejaron la buena impresión de ser tres novilleros hechos, con sitio y con cabeza, pero que el triunfo no llegó en la dimensiones que ellos esperaban, que necesitaban para romper definitivamente. Y es cierto, a base de “buenas impresiones” no se construye una carrera, y mucho menos ahora, con lo difícil que se lo ponen a los que comienzan. Ni siquiera tendrán el consuelo de que estuvieron por encima de sus enemigos, que lo estuvieron. Pero, ya se sabe, los disgustos cuando se azucaran aún saben peor.

La novillada de Fuente Ymbro, al final, quedó más que nada en una desigual fachada, eso sí ofensiva por delante. No puede decirse que tuvieran malas intenciones; simplemente, no contenían las dosis de clase y de raza que necesita la bravura para ser tal. Incluso los tres últimos apuntaron de entrada algunas cosas, pero enseguida nos sacaron del espejismo. Prácticamente con todos se podía andar por allí, sin agobios; lo que ya era más difícil era llegar con fuerza a los tendidos. Eso exige ligazón en las series, emoción en los embroques, largura en el muletazo…. Todo eso que hoy resultaba inviable en la medida necesaria.

Y hay que reconocer que es una pena. Los tres novilleros de esta tarde, que ya cuentan con acreditada una carrerita muy destacable, incluidas las plazas de primera, tenían todas las papeletas necesarias para redondear su tarde, si los de Fuente Ymbro no hubieran dicho nones, que es lo que dijeron.

Colmo en el verano madrileño se pudo comprobar, Gonzalo Caballero ha avanzado mucho en su oficio. Ya no es ese torero empeñado a marcha martillo de sus comienzo; ahora es un torero sereno, que busca hacer las cosas de verdad, que sabe manejar las telas con gusto y que se va detrás de la espada con mucha decisión. Claro quedó, por ejemplo, con el 4º de la tarde, mientras duró. Firmeza no le faltó en ninguno de sus dos enemigos.

La novedad estaba en Javier Jiménez, que llegaba con el respaldo de su Puerta del Príncipe y con el sello --¡qué manía de encasillarlos antes casi de que comiencen!-- de tener un corte “espartaquista”. No defraudó, pero tampoco dio ocasión para mayores cantos a su toreo; ninguno de sus dos novillos dieron para tanto. Pero hay que destacar el mérito que tuvo la primera parte de su faena al 5º de la tarde, al que acertó a meterlo en la muleta y llevarlo hacia adelante. Hasta que el de Fuente Ymbro, al sentirse podido, se volvió protestón, molesto, imposible. Pero lo suyo tuvo un mérito que luego no se le reconoció ni con unas palmas. Y eso que más derecho no pudo entrar a matar.

Tampoco Francisco José Espada pudo rayar a la altura de San Isidro, cuando sorprendió. Su primero, desde que salió buscaba los terrenos donde nadie le molestara y el que cerraba plaza se entableró antes de comenzar la faena de muleta. Cuando hubo ocasión, delineaba muletazos con buen gusto; pero todo un tanto suelto, sin ligazón posible, salvo un par de series en los medios que le pudo recetar a su primero.

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