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MADRID: Última de la Feria de Otoño
Diego Urdiales marca su territorio, con una encastada corrida de Adolfo Martín
Diego Urdiales, en el toro de su triunfo (Juan Pelegrín-Las Ventas)
Ha sido un triunfo verdaderamente sólido, el único de esta Feria de Otoño. Y en el ruedo de Las Ventas lo cinceló Diego Urdiales con el segundo de la tarde, un toro encastado al que supo lidiar, para luego torearlo con profundidad y con arte; por si faltara algo, le propinó un estoconazo en la cruz. Con todo a favor, una mole de mansedumbre, que hizo 5º, le cerró la puerta grande. En este final de la Feria de Otoño se ha lidiado una encastada corrida de Adolfo Martín, que con un peso medio de 480 kilos demostró que el trapío no depende de la báscula. Anótese además Serafín Marín puso el broche final a este ciclo otoñal, cortándole una oreja al 6º.
Actualizado 5 octubre 2014  
Redacción   
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MADRID. Última de la Feria de Otoño. Casi lleno. Cinco toros de Adolfo Martín, desiguales de hechura y juego, 2º y 3º cinqueños; y un sobrero (5º bis) de Puerto de San Lorenzo, manso y cinqueño. Uceda Leal (de grana y oro), silencio y pitos. Diego Urdiales (de tornasol y oro), una oreja tras aviso y ovación. Serafín Marín (de celeste y oro), silencio y una oreja.
Parte médico de Antoñares: Tras la lidia del 4º, fue atendido en la enfermería el banderillero “Antoñares”: “Contusión hemotórax izquierdo y en tercio distal de tibia izquierda. Puntazo corrido en región subescapular derecha. Dolor a la palpación en tercio medio gemelo interno pierna derecha. Pendiente de estudio radiológico. Pronóstico reservado”.

Diego Urdiales ha vuelto a demostrar que es hoy por hoy uno de los que mejor hacen el toreo. Aunque no se le termine de valorar en toda su dimensión, el riojano acredita un sentido y un sentimiento de este arte que encierra mucha verdad. Luego tendrá que matar las corridas duras, que parece predestinado para ello; pero también a esa clase de toros sabe bajarles la mano y llevarlos con verdadero arte. Ha tenido que hablar Curro, ¡y como habló!, para que algunos se terminen de convencer: “Hay un torero en La Puebla que se llama Morante y que tiene lo que Dios da. Y a mí hay otro que me gusta muchísimo, Diego Urdiales, que también tiene mucho arte”. Punto en boca.

Urdiales mantiene una línea continuadamente ascendente, desde la dura forja de torear “lo que había”, que habitualmente no era la corrida amable. Suyas fueron muchas llamadas de atención al personal; en sus años de madurez profesional, quizá la más rotunda fue la faena enorme que le hizo a “victorino” en la feria de Bilbao de 2011, un 28 de agosto por más señas. Pese a ese y otros triunfos posteriores, le mantuvieron, y contadas veces,  en la senda de “los hombres esforzados”, que decía Sánchez de Neyra.

Pero aunque no tenga opción a beneficiarse el intercambio de cromos con el que hoy trabajan en el trust de los grandes,  el torero riojano puede ufanarse de tener con él a la gran mayoría de los aficionados, que le esperan y le respetan. La última de esta Feria de Otoño no ha sido una excepción, con el público entregado a su toreo.

Se dirá, y es cierto, que le correspondió en suerte el mejor de los toros de Adolfo Martín. Pero si ese “albaserrada” acabó luciendo lo que lució fue porque Urdiales primero le enseñó el camino por donde tenía que ir, que en los primeros tercios su comportamiento fue bien distinto. Sin aquellas dos primeras series de muletazos, sin apretarle al toro, llevándole lejos y recogiéndolo suavemente, luego no podrían haber nacido las series macizas tanto con la mano derecha como con la izquierda que tanto celebró la afición. La estocada fue superior y Urdiales pudo pasear una de las orejas más verdaderas de las concedidas en 2014 en esta plaza.

El personal estaba deseando de que llegara el 5º; a poco que se dejara querían acabar el año abriendo la puerta grande. Decepción total. El de plantilla se lesionó de salida y hubo que sustituirlo por el sobrero: un armario --por volumen, de los de tres cuerpos--, cinqueño,  con 600 kilos de mansedumbre y fuerza, con el hierro de Puerto de San Lorenzo. Un sinsentido. Cuesta trabajo comprender como Taurodelta encerró, para una feria importante, semejante sobrero. Pues pese a la imposibilidad metafísica de hacerle el toreo a semejante mole, Urdiales se entretuvo en matarlo muy guapamente, como le reconocieron los tendidos.

La corrida que trajo Adolfo Martín estaba bajo el patrón del “3 y 3”: menos rematados los tres primeros y con más enjundia los tres últimos. No presumieron precisamente de romana, pero sí de casta, de la buena y de la mala. En su haber deben anotarse dos datos importantes: demostró que el toro para tener verdadero trapío no necesita acercarse a los 600 kilos –la anunciada esta tarde en vivo tuvo un peso medio de 480 kilos-- y que el toro encastado siempre crea interés: ocurrió con el ya referido 2º de la tarde, que rompió a bueno; pero ocurrió también con desabrido y violento 4º, que se hizo dueño de la escena. Luego echó otro toro muy aceptable, que fue el 6º, mientras que el 1º acreditó un escaso fondo y el 3º derivó a peligroso.

Aunque esta tarde parecían escasas sus convicciones, poco pudo dejar entrever  Uceda Leal  con el que abría plaza, que en seguida vino a menos. Pero es más discutible que no pusiera orden con el violento y manso 4º, que acabó haciéndose el amo del ruedo. Por más que sean muy desagradecidos, esos toros también tienen su lidia. Con todo, en su haber hay que anotar los mejores lances que se vieron en toda la tarde.

Tampoco Serafín Marín terminó de ver claro a su primero. Cierto que tardeaba y le costaba algo humillar, pero no hasta el punto de justificar la intermitente faena que se le realizó. Cuando el “adolfo” se sentía podido, acababa por tomar los engaños, pero el torero catalán tenía las ideas algo nubladas y el "adolfo" comenzó a desarrollar peligro. En cambio, mucho más firme y decidido se mostró con el que cerraba plaza, que tenía nobleza y viaje. Especialmente centrado en la segunda fase de su trasteo, es cuando surgieron los muletazos más meritorios y firmes, con más entrega del torero. Lo mató por arriba y se le concedió una oreja que nadie discutió.

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