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Frecuenta esta feria con su hija y con su nieta
El Rey Juan Carlos, en el tendido 2
El Rey, con la Infanta Elena y y con su nieta Victoria Federica.
Unas vez que su agenda de responsabilidades de Estado se ha reducido, el Rey don Juan Carlos es un aficionado del tendido durante este abono de San Isidro, como ha frecuentado otras plazas en esta temporada. Sin pueriles servilismos, que siempre constituyen un exceso, hay que reconocer que su imagen en una localidad del Tendido 2, hace mucho bien a la Tauromaquia, en tiempos de falaces recelos, cuando no contradicciones. Pero, además, no va sólo: le acompaña con frecuencia una de sus hijas y una de sus nietas. Como nos ocurrió a tantos y a tantos aficionados, que fueron nuestros mayores quienes nos acercaron a los misterios del toreo. Esa sencilla imagen familiar constituye el mejor mensaje que hoy puede darse a favor de la Fiesta.
Actualizado 21 mayo 2016  
A.P.C.   

Una las notas que viene singularizando a los actuales sinisidros, viene marcada por la frecuencia con la que el Rey Juan Carlos asiste a los festejos. Fuera de la parafernalia del Palco Real, se ha buscado una localidad normal y acude a la plaza sin otro protocolo que el saludo de la cortesía de sus anfitriones digamos profesionales: el empresario de Las Ventas y el Director de Centro de Asuntos Taurinos.

A lo mejor por inercia, o mejor sea dicho: por simpatía y respeto personal, hasta ahora los toreros actuantes se han sentido en la obligación moral de brindarle a diario uno de sus toros. Hasta se ha remarcado si éste o aquel torero le ha brindado o no un toro, como si ese hecho tuviera una particular significación.

Pero llegados al ecuador de esta feria, podría ser el momento de plantearse, al margen de la voluntad de lo que quiera hacer cada torero,  si no resulta más oportuno dejar para mejor ocasión --por ejemplo, su presencia con carácter oficial-- lo que hoy se está convirtiendo en rutina: el brindis, que ni es obligado, y desde luego no resulta necesario protocolariamente hablando.

A estas alturas de la historia, don Juan Carlos tan sólo revive lo que vio hacer a sus mayores. Y ahí esta el ejemplo de su madre, Doña María, currista apasionada, pero que se apuntaba a lo que hubiera en una plaza y tuviera interés para un aficionado. O el de su abuelo, Alfonso XIII, que se marchó por au cuenta de Palacio para acompañar a Vicente Pastor por una soberana razón: no podía estar ausente la tarde de la despedida de los ruedos de su buen amigo.

Ahora, cuando don Juan Carlos ya no tiene que asumir más responsabilidades de Estado que las que expresamente le delega su hijo, el Rey reinante, tiene libertad de movimiento para ir y venir. Por eso tiene margen de libertad para ir a los toros cada vez que quiera. Sin embargo, para que esa libertad sea completa, para que no se sienta atado por el hecho de provocar incomodidades a terceros, parece lo más adecuado que se le deje tranquilo, sin que nadie se sienta obligado a nada porque ese día haya decidido ir a su tendido.

De hecho, el gran servicio que el Rey don Juan Carlos está prestando a la Tauromaquia en estos momentos de sensibilidades tan despiertas y dispares, radica precisamente en dejarse ver con frecuencia y como un aficionado más por las plazas de toros. Sin complejos, sino con plena normalidad. A los toros se va porque uno quiere y, además, le gusta.

En momentos en que la clase dirigente --social y político, da lo mismo-- en su mayoría se pone sistemáticamente de perfil cuando de la Tauromaquia se trata, para evitar las incomodidades de que le sorprenda la estela falaz que se está creando en torno a la Tauromaquia, el mensaje que don Juan Carlos difunde es que ir a los toros no deja de ser un ejercicio de libertad y de afición, dos notas que en nada menosprecia ni margina a quienes piensan de otro forma respecto a la Fiesta; o lo que es lo mismo: que no tiene por qué molestar a nadie.

Como  es de toda lógica, el protagonismo de esta afición se centra básicamente en don Juan Carlos. Y su ejemplo, dicho queda, es bueno para cuantos amamos el arte del toreo. Pero se da una circunstancia que no conviene dejar pasar por alto.

Igual que la mayoría de los aficionados llegamos a una plaza de la mano de nuestros padres o de nuestros abuelos, sin los cuales probablemente nunca habríamos ido, don Juan Carlos suele ir acompañado de su hija, la Infanta Elena, y de su nieta Victoria Federica. Exactamente igual como muchos hicimos y como tratamos de hacer con nuestra segunda generación: acercarles la Fiesta para que la conozcan y la entiendan. El mundo de la Tauromaquia, su realidad y sus propias tradiciones, no habría tenido continuidad histórica sin esta trasmisión de padres a hijos.  Hoy ocurre igual.

Por eso, muy por delante de otros mensajes positivos que puedan darse, me quedo con la imagen de tres generaciones de una misma familia, Real en este caso, que frecuentan juntos los espectáculos taurinos. Es un mensaje que no necesita de palabras ni de explicaciones; nos basta con la propia imagen.

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