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Retazos de una historia grande
Los Lozano, una saga paradigmática
Pablo, Eduardo y José Luis Lozano, el día en el que se les rindió homenaje en Las Ventas
Han formado una verdadera saga, a la que aún le queda mucho por decir en el mundo del toro. Se remontan a las primeras décadas del silo XX y en la actualidad la cuarta generación ya adquiere un protagonismo destacado. Es la familia Lozano, arraiga en la Alameda de la Sagra, que ha pasado por todo el oficio de la Tauromaquia: toreros, empresarios, ganaderos, apoderados… Y en todos ha dicho cosas importantes, de las quedan para el futuro. Un excelente aficionado, José Luis Moreno-Manzanaro Rodríguez de Tembleque, traza en este artículo un acertado esbozos de quienes forman inexorablemente parte de la historia en el toreo moderno.
Actualizado 15 marzo 2017  
José Luis Moreno- Manzanaro Rodríguez de Tembleque. Abogado. Presidente de la Unión Taurina de Abonados de España.   
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Tal vez la afición familiar comienza con su abuelo D. Manuel Martin Alonso,  que en 1927 adquirió la que fue ganadería de Fernando VII (Real Vacada) al Duque de Veragua, posteriormente trasladada desde las vegas del Tajo, a pie en largas jornadas, bueyes y cencerros, a los campos jerezanos al ser adquirida por  el viejo Juan Pedro Domeq .

Creyentes en la influencia de los antecedentes familiares y de los genes,  no desechamos, antes al contrario, la posible inspiración en aquel familiar muchos años después, para la feliz aventura de la creación y desarrollo de los tres actuales hierros de la familia Lozano, Alcurrucén,  “El Cortijillo” y Hermanos Lozano.

Sigue en la crónica D. Manuel Lozano Martín, prototipo de hidalgo manchego, Doctor en Veterinaria, Alcalde de Alameda de la Sagra, hombre querido por su autoridad moral ganada por muchos años de servicio a los demás. Es notorio que jamás tuvo pereza para acudir diligente, en las frías madrugadas manchegas, para salvar a un animal en grave trance, tal vez soporte de una muy humilde economía campesina. En lo público no regateo incluso su peculio privado en múltiples gestiones y viajes para conseguir de las autoridades toledanas fondos para cubrir las necesidades locales de enseñanza, sanidad, alcantarillado, etc. Era de aquellos munícipes sin sueldo ni dietas que como el sastre del campillo ponía el trabajo, la tela y el hilo. Así era el fundador de la saga. Tengo en el recuerdo su imagen en el hall del muy taurino Hotel Victoria, hoy tristemente desaparecido, en el que “paraba”, en argot de la época, en sus estancias en Madrid.

Lógico resultaba que en el hogar de Alameda de la Sagra se respirara un cualificado y a veces apasionado ambiente taurino. Bajo la supervisión del acérrimo manoletismo del páter, dividianse, soto voce, en partidarios de Marcial Lalanda y Domingo Ortega. La afición prendió en todos los hijos. Salvo  Eduardo, también aficionado práctico y luego pieza muy importante en el engranaje organizativo, todos fueron toreros con una u otra entidad.

De Manolo Lozano, después de triunfar de novillero en toda la geografía manchega, cabe reseñar un doctorado romántico en Tánger, apadrinado por “El Cordobés” y testigo Gabriel de la Casa, con ganado de Galache, doctorado que (según testimonio del doctor) fue celebrado anticipadamente con alegría…Fue, además de empresario en España y América durante años, una gran figura muy prestigiada entre los apoderados. Cabe citar que entre más de veinte diestros, dirigió la carrera profesional durante largo tiempo de grandes figuras como “El Juli”, Ortega Cano o  Roberto Domínguez, algunos reflotados al éxito desde posiciones de abandono. Su talante peculiar e independiente, no fue óbice para una reciproca cooperación con sus hermanos.

A Pablo Lozano, matador de toros de lustre y también de máxima categoría, le conocí un día lejano (16 sept. 1949) con ocasión de su debut con picadores en Mora de Toledo, acartelado nada menos que con el maestro Rafael Ortega y la rejoneadora Marimen Ciamar, con novillos de Eugenio Ortega, de Añover de Tajo. Sin entrar en su copioso y brillante historial, mereció el calificativo de “la Muleta de Castilla”.

Guardo también en mi mente y recuerdo a veces al interesado, a José Luis Lozano, triunfador, también en Mora de Toledo un 18 de septiembre de 1952 (grosella y oro), con Pepe Carbonell, de Orgaz, precedidos por el rejoneador Javier Rodríguez, con novillos de Zeballos. Fue premiado con un precioso estoque damasquinado. Justo de valor, poca constancia y  sobrado de un conocimiento e inteligencia que desplegó con gran éxito en posteriores menesteres taurinos; un corte de torero de calidad que recordaba a Pepín Martín Vázquez, de moda en aquellas calendas.

El polifacético Pablo Lozano

Obligada mención a las nuevas generaciones, al futuro de la saga. Va por delante Fernando Lozano, matador de toros, olvidado tal vez, triunfador oficial de una Feria de San Isidro, último diestro mexicano en abrir la puerta grande de Las Ventas.

Pablito Lozano, el primogénito, además de artista orfebre, joven empresario de presente, pero obligado a tener más futuro que presente y Luis Manuel Lozano, novillero que supo dejarlo a tiempo, convertido muy joven en prestigioso apoderado de grandes figuras (Castella, El Juli).

Este es el elemento humano de la dinastía, el soporte basilar que hizo posible el imperio Lozano.

Lo que parecía un sueño cuando se vendió la almazara de Alameda para financiar el inicio de la aventura, se convirtió en el actual complejo empresarial taurino de los taurinos manchegos, no sin esfuerzo, constancia y talento. Muchos años de acertada gestión de la plaza de Las Ventas, muchos años también al frente de la plaza de Bogotá y otras de América y España (Córdoba, Zaragoza, Pontevedra, Aranjuez, Albacete, y otras de menor nivel), mecenazgo y apadrinamiento de los que luego fueron máximas figuras : Palomo, Espartaco, Curro Romero, José Mari Manzanares (padre), Eugenio de Mora y una interminable relación.

El sueño convertido en realidad, tres ganaderías ya prestigiadas con sangre Nuñez remando rio arriba para conseguir el toro armónico del gusto de todos…incluidos aficionados.

Decía mi admirado Quevedo que “del mérito propio sale el resplandor”. El de esta saga es el mérito del conjunto, no de sus brillantes individualidades. Es el mérito de una perfecta coautoría, una unidad de propósitos y de acción. Esta fue la clave del éxito, merecedor de elogio y ejemplaridad. Uno para todos y todos para uno.

Rasgo frecuente de los españoles es la fascinación por los malvados; cogotazo y zancadilla al que por mérito asciende; complacencia con la mediocridad a todos los niveles; corte de su peana al que encumbramos en su día. Pocas veces el aliento y apoyo a quién triunfó por su capacidad,  mérito y sacrificio, también en lo taurino….Quiero no ser réprobo de lo que predico y consecuente con la advertencia de mi buen amigo alemán Goethe, que nos prevenía de “como la barbarie era la incapacidad de reconocer la excelencia”.

Concluyo desde la esperanza en que algún día no lejano, la historia aún inconclusa de la dinastía Lozano se plasme en libro de consulta y cabecera para profesionales taurinos y aficionados a la fiesta.

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