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Semana Santa 2016
Sustento inadvertido de la Semana Santa
La madre del nazareno
"No constituye ninguna exageración afirmar que también esta otra madre del nazareno –que en eso se parece en mucho a su Modelo-- trabaja con desvelo desde el silencio y en un segundo plano, pasando casi siempre inadvertida, cuando en realidad habría que situarla en la primera fila. Quizás por ese pasar desapercibidas, no tienen, que yo sepa, ni una modesta placa de reconocimiento, cuando merecerían todo un monumento en La Campana", así se escribe al definir una figura indispensable y silenciosa de la Semana Santa: la madre del nazareno.
Actualizado 19 marzo 2016  
A.P.C.   

Si en estos 7 días tan intensos algo resulta de verdad relevante es que Sevilla se reúne, a veces de forma bulliciosa, otras con el silencio que es mucho más que respeto, alrededor de  la Madre del Nazareno, que en nuestras calles toma nombres muy diversos,  pero todos igual de sugerentes.

En paralelo con esta realidad, deberíamos situar con toda justeza, diríase incluso que como su reflejo más fiel, a esa otra figura de la madre del nazareno, ahora con minúsculas, sin la que resultaría muy difícil de explicar la pervivencia de tantas y tantas tradiciones, que lejos de constituir anécdotas de la infancia forman la base fertilísima de la que brota en cada primavera la fé cofradiera.

No constituye ninguna exageración afirmar que también esta otra madre del nazareno –que en eso se parece en mucho a su Modelo-- trabaja con desvelo desde el silencio y  en un segundo plano, pasando casi siempre  inadvertida, cuando en realidad habría que situarla en la primera fila. Quizás por ese pasar desapercibidas, no tienen, que yo sepa, ni una modesta placa de reconocimiento, cuando merecerían todo un monumento en La Campana.

En ellas todo es mirar hacia los otros, renunciando a eso tan legítimo del uno mismo.  Desde el momento íntimo de planchar con mimo la túnica que lucirá su hijo, hasta el bregar continuo con su niño, empeñado él en conseguir el objetivo sempiterno  --¿por qué será que en esto nada ha cambiado en décadas?--  del  “nazareno dame cera”, mientras ella vela por lo que se adivina como casi un imposible: la integridad del traje de  semana santa, que con orgullo preparó para estos días y que a duras penas llegará hasta el Domingo de Resurrección.

Pero no menos fe y constancia demuestran las madres que con tanto cariño llevan de la mano al pequeño nazareno todo el tiempo que su niño aguanta en el recorrido de la Hermandad, que suele ser mucho mayor de lo que se puede suponer, con las intermitentes y necesarias salidas para ir al baño o beber agua y tomar la merienda.  Esa si que es verdadera estación de penitencia, aunque no necesite de ninguna papeleta de sitio. Confieso que especialmente me conmueven esas madres que desde sus barrios vienen hasta la carrera oficial  y, encima, ¡qué penitencia¡,  han tenido el inocente  capricho de ponerse esos dichosos zapatos nuevos, que aún no se han hecho del todo a la auténtica horma de su pie.

Y no es poca la generosidad, tanta que no anda lejos de la renuncia silenciosa, de esa otra decisión de apuntar al nuevo nazareno en la hermandad de su padre, por el aquel de continuar una tradición,  por más que ella, de toda la vida, ha estado tan ligada a esa otra cofradía que era la de su barrio.

Una persona observadora me señalaba una tarde que nunca dejaba de llamarle la atención como en una bulla de Semana Santa jamás faltaba, casi como uno de sus elementos constitutivos, una madre con un cochecito de niño. Lejos de decirlo como quien constata un barrera al tránsito callejero, porque lo más probable es que el dichoso cochecito termine por darnos en las espinillas, lo afirmaba como una razón de mucho peso: si las madres demuestran semejante grado de entusiasmo, conociendo  por experiencia lo que supone deambular así durante todo un día por las calles de una ciudad abarrotada, resultará imposible que en el futuro no se prolongue en su hijo ese sentir por estos siete días grandes.

Se dirá que, al fin y al cabo, todo esto no son más que pequeñas naderías. Pero, ¿acaso no fue una nadería aquella maternal sugerencia del “no tienen vino” de las bodas de Caná?; sin embargo, luego fue la antesala de tantos acontecimientos trascendentes de nuestras vidas, como los que ahora revivimos.  Y es que en las madres casi todo parece una nadería, pero nada resulta intrascendente.

Por eso, bienvenido  sea ese pequeño golpe en las espinillas en el entorno de una bulla,  porque también con ello contribuimos a sostener en el tiempo la memoria viva de nuestra Semana Santa. Pero, sobre todo,  bienaventuradas sean las madres todas del nazareno, que además de darnos lo más preciado, tal que la vida, de generación en generación se han preocupado de inculcarnos el amor por algo tan radicalmente nuestro. En ocasiones con la plancha y la túnica; en otras, las más, con esa palabra acertada que luego recordamos todos cuando la niñez se nos ha perdido por el camino de los recuerdos.

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