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Uno de los toreros ungidos, que se eternizan en el recuerdo
Manolo Escudero: Príncipe de la verónica, Rey del natural
El lance a la verónica, en versión de Manolo Escudero
"La exigente afición de Madrid hizo suyo a nuestro torero. Madrid dio al toreo inmensos artistas y excelentes profesionales. El maestro de Embajadores fue un excelente entre el reducido grupo de los ungidos con el don", nos recuerda esew buen aficionado que es José Luís Moreno-Manzanaro, quien añade: "reconociendo la excelencia de su capote, tal vez no se ha puesto de relieve su dominio y fuerza con la muleta que manejó con depurado estilo, consumándose al mismo tiempo como efectivo matador".
Actualizado 18 abril 2017  
José Luis Moreno-Manzanaro Rodríguez de Tembleque. Abogado. Presidente de la Unión   
 El lance a la verónica en el toreo de Manolo Escudero

Hay toreros ungidos, pocos, que se eternizan en el recuerdo.  Fijos en la retina de aficionados y espectadores. Que no prescriben cualquiera que fuese su suerte en lo profesional y en lo económico. Manolo Escudero pertenece a este grupo de los que atesoraron el don. Se inscribe en la exquisita torería madrileña. Sin escolásticas ni especiales cánones. Madrid y sus toreros, con un sello especial, con una afición especialmente dura con los toreros de su nacencia. Rafael Campos de España (q.e.p.d.) recordaba desde su magisterio que “Madrid es una moza adorada por muchos y denostada por algunos que no alcanzan a poseer su entraña”.

La exigente afición de Madrid hizo suyo a nuestro torero. Madrid dio al toreo inmensos artistas y excelentes profesionales. El maestro de Embajadores fue un excelente entre el reducido grupo de los ungidos con el don.

Coincido con Paco Aguado en que el barrio, como el sacramento del Orden, imprime carácter. En Sevilla, Triana, San Bernardo, La Macarena, etc. --Belmonte, Chicuelo, Pepe Luis, “Curro Puya” y otros-- e igualmente en Madrid, ciertos barrios alumbraron toreros de imborrable recuerdo. Cada torero madrileño o aspirante a la fama era de una calle, del Rastro, Pardiñas, Mesón de Paredes, Lavapiés, Gobernador, Fuente del Berro, Montesa, Embajadores.

Precisamente en el corazón del barrio más castizo de Madrid, Embajadores, en la calle Casino nº 17, nació un 13 de febrero de 1917, Manolo Escudero, que para rematar su madrileñismo residió de por vida en el nº 4 del Paseo de la Infanta Isabel. Éramos vecinos. Vistió su primer traje de luces en 1939, un 15 de agosto en Puertollano (Ciudad Real) y su primer festejo con los montados, cortando orejas y rabo. En otro 15 de agosto, festividad de la Virgen de la Paloma, hace su presentación en la plaza de las Ventas, junto a Pepe Chalmeta y Dionisio Rodríguez, con novillos de Pérez de la Concha, dejando testimonio de su personal estilo con el novillo “Trianero”, tras cuya muerte dio la vuelta al ruedo. La temporada de 1942 es la de su consagración como uno de los novilleros con más cartel.

Un importante triunfo en la plaza de Madrid, el 14 de mayo, cortando una oreja a un novillo de Villagodio y su presentación en la Maestranza sevillana , el 24 de mayo, constatando, con la magia de su capote y la majestuosidad de su muleta, que el arte no se compadece con la divisoria de Despeñaperros.

Mereció doctorado de lujo. El 2 de mayo de 1943, en la plaza de Murcia, “Manolete” fue su padrino, testigo el murciano Pedro Barrera. El toro de la ceremonia “Bienvenido” del Conde de la Corte. Doctorado que se confirma en la Monumental madrileña el 29 del mismo mes, con Juanito Belmonte como padrino y “Manolete” como testigo. El toro de la confirmación “Castañito” nº 52 de la Vda. de Galache.

Cierto que fue uno de los grandes maestros de la Verónica, maestro de las muñecas de terciopelo, torero de toreros y aficionados y rey de la verónica. “La estampa de su verónica increíble – decía Federico Carlos Saiz de Robles – en la que la suerte no solo se cargaba si no que se adormecía”.

Lances dignos de pintores y escultores que pudieron perpetuar su torería. Así lo reconoció Federico Alcázar tras un quite en la plaza de Madrid: “que cerquen esos cuatro metros del ruedo para que no los vuelva a pisar nadie”.

Por su parte Néstor Luján entiende que Manolo Escudero es la consecuencia de “Manolete”, añadiendo que “Manolete”, Pepe Luis y Manolo Escudero son los tres toreros de época de mayor calidad estética.

Pero reconociendo la excelencia de su capote, tal vez no se ha puesto de relieve su dominio y fuerza con la muleta que manejó con depurado estilo, consumándose al mismo tiempo como efectivo matador. Para desmemoriados o ignorantes,  conveniente parece recordarles aquella memorable tarde de un 25 de mayo del también memorable 1947. Alternaba con Morenito de Talavera y  Pepín Martín Vázquez. Cartel para recuerdo y añoranza. Toros de Arturo Sánchez Cobaleda; toro “Guapito”. Treinta y tres naturales en tres series de ensueño. Treinta y tres esculturas de toreo de mano izquierda. El delirio de los graderíos. Junto al Príncipe de la verónica había surgido el Rey del natural.

Sin embargo el infortunio hizo presa en el torero madrileño. En San Sebastián, un día de agosto, al hacer un quite al mexicano Gregorio García en peligro, un toro de Tassara le infirió un cornadón que afectó  a la pleura y tres costillas, haciendo temer por su vida.

Así como hubo “dos” Pepín Martín Vázquez, uno antes de Valdepeñas y otro después….así ocurrió con Manolo Escudero, uno antes de San Sebastián y otro posterior…de inseguridad, incertidumbre, desigualdad.

Un salto hasta 1951, año en que torea cuatro corridas, dos de ellas en Las Ventas, la del 25 de febrero, denominada chuscamente “del Armisticio”, de la concordia  hispano-mexicana, por la firma del acuerdo con los toreros del país azteca, alternando con el maestro Rafael Ortega y el mexicano Antonio Toscano. Para el recuerdo un magnífico quite en terrenos del cinco, bajo una intensa nevada. Se silenció su discreta labor. En la que abundó “música de viento” en sus dos toros fue en la del 25 de marzo de 1951, alternando con el mexicano Cañitas y Manolo Carmona que confirmó su alternativa; los Saltillos de Enriqueta de la Cova salieron “cogiendo moscas”; “Palmito” fue su último toro y el número 43 de los lidiados por él en esta plaza, en las 21 corridas en las que tomó parte.

Ya retirado ejerció mecenazgo y magisterio, con carácter privado y selectivo a profesionales y aspirantes. Frecuentemente impartía doctrina y experiencias en tribuna muy cualificada de taurino hotel madrileño. Un jovencísimo, impertinente y atrevido, como el que suscribe, se colaba de escuchante, meritorio, gracias al aval generoso de algún torero contertulio como “El Choni” (q.e.p.d).

Sería injusta la omisión en este lance de quien fue su gentil esposa, Irene Daina, admirada en los madriles, especialmente en el barrio, no solo por su belleza y condición artística sino también por su ejemplar recato, apreciable como hecho notorio.

Evocaremos finalmente aquellos felices días de mi incipiente afición en los que, por absoluta carencia de tesorería, me tenía que conformar con presenciar la salida  de Manolo Escudero de su portal, Paseo de la Infanta Isabel nº 4, caminando, erguido, mayestático, hacia el coche de cuadrillas, un precioso “De Soto”, color avellana. Le esperaban, veguero habano en ristre, tres figuras de plata: el viejo Boni, José Migueláñez y Luis Morales, maestros en la añorada suerte de correr a una mano a los toros de salida.

El maestro me confesaría, tiempo después, que era admisible fumar en trance de miedo o emoción, pero inconcebible hacer flexiones gimnásticas en la puerta de cuadrillas o en el callejón, besarse entre toreros al entrar o salir de la plaza o, en fin, entrenarse  corriendo y corriendo en la Casa de Campo en deportivas y chándal…y reprochable incluso cuando se trataba de toreros de sólida constitución física…como los de su reseñada cuadrilla. Sí, ya sé. Eran viejos tiempos.

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