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Allanó el camino a la llegada de la revolución belmontista
Manuel García "El Espartero", cuando se cumplen 130 años de su alternativa en Sevilla
Nacido en el popular barrio sevillano de la Alfalfa el 18 de enero de 1865, Manuel García Cuesta se anunciaba "Espartero", oficio al que se dedicaba su familia. Tan sólo 29 años tenía cuando en la plaza de Madrid se cruzó "Perdigón". Pero en tan corta carrera acreditó una rica concepción del toreo y tuvo tiempo para llevarse detrás a la afición sevillana. Como se recuerda en las distintas obras literarias que se hicieron sobre su vida --desde Blanco Ibáñez y su "Sangre y arena" hasta Fernando Martínez en "La tarde más larga"-- siempre le rodeó una aureola casi mítica, con "su más cornás de el hambre", o aquella otra de «que alegría tenía aquel toro, en menos de cinco minutos me tiró más de cincuenta cornás". Al cumplirse 130 de su doctorado, Carmen de la Mata documenta aquel día.
Actualizado 9 septiembre 2015  
Carmen de la Mata Arcos   
 Blasco Ibáñez y los Toros

El domingo 13 de septiembre de 1885 la ciudad hispalense vivió un verdadero acontecimiento, pues el valeroso diestro que había generado tantas ilusiones y comentarios entre la afición se doctoraba en el coso del Baratillo. En aquellas fechas, Manuel García y Cuesta era muy popular en la capital del Guadalquivir, principalmente, produciendo un gran impacto su novedoso concepto del toreo. Todas las esperanzas de hallarse ante un fenómeno de la Tauromaquia se confirmaron después del día de la alternativa. “El Espartero” fue, sin lugar a dudas, un adelantado a su tiempo, antecesor de quien siete años más tarde vería la luz en la misma urbe, Juan Belmonte García.

El año 1885 estaba resultando clave para el torero nacido en la sevillana plaza de la Alfalfa, puesto que había obtenido resonantes triunfos en cosos como Antequera ó Sanlúcar de Barrameda, presentándose en la Maestranza el 12 de julio. En dicho festejo cumplió ampliamente con las expectativas levantadas, tanto es así que en los dos meses que transcurrieron hasta que se convirtió en matador de toros estoqueó 31 novillos. Las plazas se llenaban al reclamo de su nombre, era el novillero que el conjunto de los espectadores deseaban ver.

Una alternativa de grana y oro

Con ese clima de euforia se llegó al 13 de septiembre, fecha señalada para la alternativa en la plaza del barrio del Arenal. Otro espada hispalense, Antonio Carmona “El Gordito”, fue el encargado de cederle los trastos, encontrándose preparada en los corrales una corrida de la Marquesa Viuda del Saltillo, Francisca Osborne Böhl. El coso maestrante se cubrió al completo para la ocasión, ostentando la presidencia Luis Baldaraque. Los ejemplares de la divisa celeste y blanca adolecieron, en general, de escaso poder en varas, mostrando mejores condiciones los que saltaron al ruedo en los tres últimos lugares.

El astado que rompió plaza y con el que se llevó a efecto la referida ceremonia, llevaba por nombre “Carbonero”, estaba herrado con el nº 49 y era cárdeno entrepelado y bragado de capa. No hay unanimidad entre los diferentes medios periodísticos acerca de los puyazos recibidos por el toro de Saltillo, pues, por un lado, tanto Cár-ca-mo en La Nueva Lidia como el corresponsal de El Enano cifran en cinco las oportunidades en las que “Carbonero” acudió a los piqueros mientras que Paco Pica-Poco en El Toreo eleva hasta siete las veces que el burel se acercó a los equinos. En este tercio el cornúpeta no demostró demasiada bravura, doliéndose al castigo. Con el capote se lució, especialmente, “El Espartero”, que vestía un traje grana y oro, hasta cuatro quites ejecutó a la citada res, consiguiendo incluso que la banda de música empezara a tocar.

Tras la entrega de muleta y espada por parte de “El Gordito” al toricantano, éste lo pasó con la franela por ambas manos, destacando, fundamentalmente, algunos de los naturales y “uno de pecho bueno”, según afirma el aludido informador de La Nueva Lidia. Un aspecto que no pasó desapercibido a los ojos de los críticos, es el terreno que pisaba el diestro sevillano, siempre colocado muy cerca de los pitones. Sus pies permanecían con mayor quietud que en épocas pasadas, ganando en protagonismo el juego de brazos a la hora de esquivar la embestida del animal. Con el acero no estuvo muy acertado, rematando a “Carbonero” de una estocada a volapié caída.

El triunfo con “Señorito” era el apelativo del segundo de los ejemplares que en aquella señalada tarde acabaría pasaportando “El Espartero”. Era negro meano y exhibía una pobre presencia. Nada más salir por chiqueros, Antonio Carmona, que se hallaba sentado en el estribo, obsequió al respetable de la Maestranza con un recorte a medio capote que fue muy aplaudido. Su comportamiento frente a los caballos fue similar al que tuvo el primero de la corrida, voluntario pero blando al hierro. No es posible conocer con exactitud el número de ocasiones que el astado de la señora Marquesa se presentó ante los varilargueros, puesto que cada cronista que se ocupa de narrar lo acaecido en el coso sevillano declara una cantidad de varas distinta. Paco Pica-Poco habla de cinco, el enviado de El Enano de seis y Cár-ca-mo la incrementa hasta las siete. Al igual que ocurrió anteriormente, el nuevo matador tuvo una brillante actuación en quites, de “superior” la califica el periodista de La Nueva Lidia, siendo realzada además, como ya sucedió en el toro de la alternativa, con el acompañamiento musical.

La faena de muleta de Manuel García a “Señorito” fue verdaderamente notable, con pases de todas las marcas, situado en todo momento “en la misma cabeza” del toro, apreciación del corresponsal de El Toreo. Cár-ca-mo fija su atención en un matiz distinto al de su compañero, remarcando de manera especial en la labor del torero hispalense dos naturales “de pitón a rabo”. Coronó su espléndida obra de una extraordinaria estocada al volapié, siendo premiado con una “ovación imponente”, según la define el crítico de El Enano. El público, que abarrotaba la Maestranza, agitaba pañuelos blancos en señal de gratificación al “Espartero”, al que también agasajaron lanzándole sombreros y cigarros.

El último de los animales de Saltillo que pisó el ruedo de la plaza sevillana ese día fue “Lavaíto”, negro entrepelado. Saleri, banderillero de la cuadrilla de Carmona, saludó al burel con el salto de la garrocha, ejecutado con enorme limpieza. Los puyazos administrados a este sexto cornúpeta oscilan entre ocho y nueve, en la cuantificación que se realiza en la prensa, evidenciando mayor poder que otros de los lidiados en la jornada. Hasta siete quites realizaron ambos espadas a “Lavaíto”, seis le endosó el toricantano y uno “El Gordito”. El trasteo de Manuel García fue muy variado, al menos así lo atestigua Cár-ca-mo en La Nueva Lidia. En el momento de herir demostró más carencias, recetando varios pinchazos.

Se alaba  de forma unánime su toreo

En las valoraciones finales que efectúan los diferentes cronistas sobre el festejo, todos elogian las magníficas cualidades capoteras que enseñó “El Espartero”, dominando gran cantidad de suertes. Con la muleta destacan, básicamente, su grandiosa obra a “Señorito”, incidiendo, particularmente, en los cambios sustanciales que se vislumbraban en su concepto del toreo. En cambio, se le censura su forma de entrar a matar, saliendo habitualmente atropellado a causa de sus insuficiencias técnicas. El informador de La Nueva Lidia concluye su comentario de la tarde en la Maestranza augurándole un excelente futuro al matador sevillano si subsana los defectos que poseía en aquel momento.

Los juicios emitidos por parte de los distintos corresponsales sobre el padrino de la alternativa de Manuel García, no son nada favorables, sobre todo por lo que respecta a su manejo de la muleta y de la espada. En sus dos primeros toros se mostró temeroso y desconfiado, mejorando apreciablemente su actitud frente a la res que hizo quinta. Sin embargo, con el percal y los palitroques sí alcanzó cotas importantes, de “superior” tilda su labor con las banderillas Paco Pica-Poco. Unos días después de este doctorado (17 de septiembre) “El Espartero” estaba anunciado para torear una novillada en Zalamea la Real, provocando el hecho una gran confusión entre los aficionados y la prensa. Ante ello, el 11 de octubre siguiente se repitió la ceremonia con los mismos protagonistas en idéntico escenario, para acabar de esa forma con las posibles dudas surgidas acerca de la validez de la anterior.

La fama del “Espartero” creció enormemente por todo el orbe taurino, y su nombre se hizo imprescindible en las ferias más importantes de España. Los aficionados acudían en masa a las plazas, querían comprobar in situ las evoluciones en el ruedo del diestro que se esforzaba cada día por imponer al temperamental astado que salía por chiqueros en aquellos años su revolucionaria concepción de la Tauromaquia. Osadía que acabó por costarle la vida aunque allanó el camino de lo que llegaría posteriormente con “El Pasmo de Triana”.

© Carmen de la Mata Arcos/2015

BIBLIOGRAFÍA.
Cossío, José María de: “Los Toros. Inventario Biográfico”. Tomo 14. Editorial Espasa Calpe. Madrid, 2007.
Fernández Valdemoro, Carlos (José Alameda): “El Hilo del Toreo. Los Heterodoxos del Toreo”. Espasa Calpe. Madrid, 2002.

PÁGINAS WEB.
www.bibliotecadigital.jcyl.es
www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital

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