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Recuperando viejos textos del archivo
El "Papa Negro" visto por Cesar González-Ruano
La entrevista data de 1955 y vio la luz en el ya desaparecido diario "Arriba". Un escritor reconocido, Cesar González-Ruano, entrevistaba, en unión de Julio Fuertes, a don Manuel Mejías "Bienvenida", taurinamente conocido como el "Papa Negro", apodo que le puso el crítico Don Modesto. Revive en esta charla sus recuerdos, entre los que no pudo faltar el conocido episodio de la grave cornada que le infirió un toro de Trespalacios. Y sin rodeos, el creador de la dinastía Bienvenida confiesa su profunda fe en el credo guerrista: "el mejor de todos, el que ha valido más que todos juntos, Guerrita. Me moriré creyendo que no ha nacido torero como él. No he visto nunca más arte ni he conocido a nadie con mejores facultades. Ni siquiera Joselito se le podía comparar".
Actualizado 27 diciembre 2012  
Redacción   

Hoy ha cumplido uno –dice “juno”– setenta y un años.

–Pues los lleva en naftalina, querido don Manuel.

Es la tarde del sábado 12 de Febrero de 1955. He venido con Julio Fuertes, a quien don Manuel Mejías estima mucho, a visitar al famoso “papa negro” a su casa de la calle del General Mola, casi en la esquina de Alcalá. Tiene aquí Bienvenida un hermoso y extraño primer piso. Hermoso, porque es enorme, y claro, alegre. Extraño, porque el visitante tiene la impresión de estar dentro de un cortijo y no en una casa de la ciudad. Al fondo, incluso hay una galería que se asoma a un imprevisto y pequeño huerto, medio jardín, que, entre medianerías de casas, finge a los ojos estar en el campo. Cabezas de toros, carteles, fotografías taurinas, muchos cuadros y esculturas alusivas a la fiesta nacional, muebles tal vez ingenuamente demasiado ricos. Manuel Mejías nos pasa a su despacho.

Aquí hay óleos de Roberto Domingo, Ruano Llopis, Ressendi; esculturas de Benlliure. Muebles con bronces. Bienvenida es de estatura mediana; los ojos, de un azul oscuro, muy vivos, hablan de un rostro de nobles facciones en las que habita un dulce cansancio. Mantiene una cortés y permanente sonrisa. Va vestido de gris con zapatos negros. La corbata, también negra, es de lazo, casi como una pequeña chalina. Fuma tabaco negro, que él mismo prepara, liándolo con parsimonia y metiendo luego el cigarrillo en una boquilla negra. Habla muy andaluz.

–Sin embargo, usted no es andaluz, ¿verdad?

–Nací en Bienvenida, provincia de Badajoz; pero me eduqué en Sevilla.

–¿Desde cuándo toreó usted?

–Desde antes de los nueve años. Mi padre, que, como usted sabe, era torero, formó la pareja de “los niños sevillanos”: Revertito, un sobrino de Reverte, y yo.

–¿Quién le dio a usted la alternativa?

–El Algabeño, en Zaragoza, en octubre de 1905.

–Y, aparte de su padre, ¿cuál fue el primer gran torero que vio usted?

–El Espartero. Tendría yo siete años. Estaba con mi padre en una entrada de sol en la plaza de Sevilla. Le cogió muy mal el toro. Se le puso toda la pechera roja. El cuerno le había partido la pleura. Malherido consiguió matar al bicho. Al año y medio, cuando venía yo de torear en Portugal, fue su trágica muerte en Madrid.

–¿Y qué torero le parecía a usted el mejor de entonces?

–De entonces y de siempre, el mejor de todos, el que ha valido más que todos juntos, Guerrita. Me moriré creyendo que no ha nacido torero como él. No he visto nunca más arte ni he conocido a nadie con mejores facultades. Ni siquiera Joselito se le podía comparar.

Repaso de recuerdos. Me habla Bienvenida de Bombita, de Mazzantini.

–Mazzantini era muy señor. Bombita, un compañero admirable. Estando uno junto a él en la plaza sentía uno algo así como seguridad, aliento.

–¿Cree usted, don Manuel, que la fiesta ha perdido comparándola con lo que era antes?

Manuel Mejías masca su contestación. Enciende un pitillo. Duda.

–Hombre, es delicado que yo hable de eso. Pero, en fin, no tengo inconveniente en decir que no se debían hacer tantas payasadas. El toreo es una cosa muy seria. ¡Que no hagan tanto circo ni tantas cosas bonitas! Es una ridiculez el que desmochen los toros. Al público nunca hay derecho a engañarlo.

Me habla ahora don Manuel de la casa de campo que se está terminando cerca de Madrid, un poco antes de Villaviciosa de Odón. Vendió un cortijo, La Gloria, que estaba a sesenta kilómetros de Sevilla, y ha comprado esta finca, en la que tiene puestas muchas ilusiones. La casa de campo parece, efectivamente, el broche de oro de una vida torera. Ahora, lo que es curioso, divertido y edificante es para lo que Manuel Mejías me dice que quiere este refugio:

–Mire usted: para no oír tonterías. La he comprado para estar tranquilo y que no me cuenten tonterías. Dieciséis kilómetros de la Puerta del Sol no son muchos, pero sí los bastantes para que no me vengan pelmazos. Lo estoy arreglando todo poco a poco. Un día mando hacer unos arcos... Otro pongo unas flores... He hecho una magnífica piscina. El huerto nos da algo de todo... Compro aquí y allá cachivaches antiguos. El otro día encontré un brocal de pozo que tiene más de trescientos años.

–¿Qué cree usted que se va aprendiendo con los años?

–Se va uno quedando así, un poquito así... Como desilusionado de la vida. Sabe uno lo que son los éxitos, todo son felicitaciones, adulación. Resbala uno, y no le felicitan ni por el día de su santo. Yo tuve un tiempo que iba por Sevilla con la mirada clavada en el suelo para hacer como que no veía a nadie, evitando que me miraran a mí como si no me conocieran.

–¿Y en qué cree usted que consiste la felicidad?

–Yo cuando soy feliz es cuando me quedo solo en casa. Entonces me pongo a mirar mis cosas. Un cuadro, por ejemplo... Apago una luz, enciendo otra... Se toma a las cosas cariño. Yo creo que al poco tiempo de estar en una habitación con las paredes vacías querría a aquellos muros, los miraría con amor... No sé si me explico.

Hombre afectivo y sensible, en todo momento de la conversación, Bienvenida refleja una bondad, una ternura, una hombría para la vida que pasa. Su memoria es prodigiosa, y él evoca estampas de su existencia con palabra expresiva y muy plástica, moldeando el ambiente en el aire con ademán lento de escultor de melancolía. Se refiere ahora a sus años de chico, cuando él era ya torero y los muchachos del barrio se disputaban hacer de toro para verle dar pases en la calle:

–No teníamos ni para ir al café y nos reuníamos en Pardiñas, donde yo tuve mi primera tertulia torera. Mi protector era mi padrino, don Rafael Gasset. Si yo tengo bondades y alguna fineza son las que aprendí de él. ¡Qué gran señor! Él tuvo en Madrid el primer coche de caballos con ruedas infladas y en él me llevó una noche al Teatro Real. Iba yo vestido de corto, y no querían dejarme entrar. Don Rafael se impuso diciendo que en un torero la etiqueta era el traje corto.

–¿Qué facultad de matador es la que más contribuyó a sus éxitos?

–No sé... El toreo me era muy fácil.

–¿Y qué cree usted que le falló?

–A mí no me falló más que aquel toro de Trespalacios. Si no me coge, yo hubiera hecho una época en el toreo.

Aquella gravísima cogida de Bienvenida, una cogida atroz, conmovió hondamente a todo el país. Manuel Mejías lo recuerda como si acabara de ocurrir:

–Si yo adelanto solamente un poco la muleta...

Lo explica toreando en el aire de la habitación. Se transfigura. Se crece. Concreta:

–Todo torero, por bueno que sea, tiene sus momentos de mal torero. Yo lo tuve. No calculé la velocidad del toro. Lo pagué caro. A Joselito le mató el toro porque se portó como un mal torero. Se lo digo yo, a los setenta y un años: nos morimos sin saber una palabra de toros. Si el torero no pierde nunca los ojos del toro no puede ocurrir nada. Los toros, como las personas, dicen en cada momento con los ojos lo que van a hacer.

Tarde terrible del 10 de Junio de 1910. El toro se llamaba Viajero y llevaba marcado en sus ancas el número 13. Era cárdeno, entrepealo, muy grande. Había dejado sobre la arena ocho caballos muertos. En su famoso “pase de la muerte”, al querer únicamente levantar la muleta para que pasara...

–Vale más no acordarse. Si yo adelanto solamente un poco...

–¿Y por qué le llamaban a usted “el papa negro”?

–Fue don José de la Loma, Don Modesto. En una crónica de una corrida, en la que yo toreaba con Machaco, se le ocurrió llamarme así, y se quedó lo de “el papa negro”.

Entra Pepe Bienvenida, que viene a felicitar a su padre. Manolo, Antonio, Ángel Luis, Juanito... ¿No fue una dinastía bien formada esta dinastía de los Bienvenida?

Don Manuel va a salir para Barcelona. El avión sale dentro de una hora y aún ha de ir al aeródromo. Como la charla sería interminable, y una conversación así no se acabaría nunca, aquí lo dejo.

A la salida, una mujer en bronces, un bello desnudo de Benlliure, nos sonríe, pagana y bella, cerca de una imagen religiosa iluminada por un pálido farolillo.

–Muchas gracias, don Manuel.

–Gracias a usted. A mandar siempre.

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