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El largo camino desde "El arte de birlibirloque"
El pensamiento de José Bergamín, entre Joselito y Belmonte
Para entender la íntima relación de Joselito y Belmonte con la trayectoria histórica del Arte del toreo, curiosamente conviene acudir a un escritor gallista y antibelmontista declarado como José Bergamín, que en su apasionada defensa de José acaba, a lo mejor sin advertirlo entonces, concediendo a Juan la importancia trascendental que tuvo su aparición en los ruedos y su manera de entender cuanto se realiza ante un toro bravo. Aunque inicialmente fuera como de una manera tangencial, por más que luego rectificara en escritos posteriores, acaba reconociendo Bergamín que sin la revolución que trajo Belmonte la suerte de la Fiesta habría sido otra.
Actualizado 30 mayo 2012  
Redacción   

José Bergamin, escritor en ocasiones no carente de polémica, había descrito inicialmente de forma negativa el toreo de Belmonte, considerando que su ´feísmo´ encarnaba una manifiesta  decadencia´”  del arte del toreo. Luego, rectificó esta opinión en sus trabajos posteriores. Es una cuestión que, con la brevedad de todo artículo periodístico, ha abordado con acierto el profesor Alberto González Troyano en las páginas de “Diario de Sevilla”.

A propósito de la trascendencia histórica  de quienes protagonizaron la Edad de Oro del toreo, recuerda el profesor González Troyano que “quizás fue la mirada experimentada y precisa de José Bergamín la primera que captó lo mucho que había en juego en el supuesto duelo taurino emprendido por Joselito y Belmonte. Supo ver claro que la verdadera rivalidad no era la que enfrentaba a estos dos diestros. Era algo mucho más profundo: con ellos, cada tarde, se dirimía el destino de la fiesta, tal vez sin que los propios contendientes tuvieran conciencia de ello. Uno, Joselito, se dirigía, con su forma inteligente y apolínea de lidiar, al entendido, al conocedor, al aficionado sabio capaz de comprender una faena de dominio ejecutada sin aparente esfuerzo, pero según las razones depuradas por una larga tradición. El otro, Juan Belmonte, desprovisto de las anteriores facultades pero intuitivo e improvisador, buscó los medios para encandilar a los espectadores, cada vez más urbanos y menos agrarios, que querían sentirse impresionados por lo que sucedía en los ruedos”.

Como resulta ser cierto que ya en aquellos años “los nuevos tiempos habían traído a las plazas a un público que no se prestaba al largo aprendizaje que exigía entender de toros. Era más fácil y cómodo dejar que los sentimientos se impresionaran por el patetismo del valor, por la exhibición del riesgo o por la supuesta audacia de adentrarse en los terrenos del toro”, iba a ser un hecho ese giro copernicano que trajo Belmonte. Por eso González Troyano entiende que “aunque Joselito no hubiera muerto tan joven, en Talavera, la suerte de su concepción de la lidia estaba ya echada. De haber vivido más, la permanencia de su toreo hubiera dado más fuerzas a los aficionados que se resistían ante la oleada modernizadora, pero sólo por un breve tiempo. Porque Belmonte había abierto una posibilidad que se aguardaba y en la que algunos diestros ya le habían precedido (…).Sin estas acomodaciones (como por ejemplo, la imposición, por aquellos mismos años, del peto a los caballos de los picadores) la fiesta hubiera tenido una supervivencia más difícil, aunque envalentonados por estos cambios y alivios, también se introdujeron medidas que conducían exclusivamente a favorecer a los diestros ante la agresividad del ganado”.

En este contexto, por fuerza José Bergamín tuvo que cambiar sus criterios, tan antibelmontistas como eran, que González Troyano describe con precisión: “El mismo Bergamín comprendió más tarde la obligada evolución que afectaba a la corrida. Y él que, en sus primeros escritos taurinos, había descrito de forma tan negativa el toreo de Belmonte -considerando que su feísmo encarnaba una manifiesta decadencia frente a Joselito- rectificó esta opinión en sus trabajos posteriores”

En torno a El arte de birlibirloque

En “El arte de birlibirloque”, desde su posición gallista José Bergamín se muestra inmisericorde con la figura de Juan Belmonte. Resulta interesante reproducir algunos de sus párrafos, como los que siguen:

“Las virtudes afirmativas del arte del birlibirloque de torear, son: ligereza, agilidad destreza, rapidez, facilidad, flexibilidad y gracia. Virtudes clásicas: Joselito

Contra esas siete virtudes hay, en efecto, siete vicios correspondientes: pesadez, torpeza, esfuerzo, lentitud, dificultad, rigidez y desgarbo. Vicios castizos: Belmonte castizo hasta el esperpentismo más atroz y fenomenal.

El predominio de la línea curva y la rapidez son valores vivos de todo arte (Joselito). El de la lentitud (morosidad) y la línea recta, son valores muertos invertidos (Belmonte)

El arte no puede ser artificial, como el estilo no puede ser estilizado. El arte tiene su propia naturaleza artística, y, naturalmente (artísticamente), su graciosa naturalidad, que es la más pura perfección artística. El artificio, por el contrario, es siempre afectación. En el arte de birlibirloque de torear, Belmonte fué la afectación artificiosa; Joselito, la artística naturalidad; volvía el arte del birlibirloque de Pepe-Illo a su inocencia bella, clásica, anterior a la caída casticista: con toda la fuerza y la gracia primaveral del mas nuevo renacimiento.

Toda revolución es un retroceso´ No. Todo retroceso es una falsa revolución: un fracaso; una evolución rota, una tradición revolucionada estropeada, interrumpida; un nacimiento o renacimiento malogrado, cortado en flor, en su flor: la novedad. Belmonte fué una mala revolución; Joselito, un renacimiento

Joselito era el estilo puro, transparente, absoluto de torear: el estilo real, despersonalizado; porque el estilo es cosa y no persona. El torero que personaliza el estilo lo falsifica parodiándolo, lo imita porque no lo tiene, lo caracteriza o caricaturiza: lo niega. Cuando el torero dice : el estilo soy yo, es que no es más que él, sin estilo. No hay más estilo de torear que el toreo mismo, sin personalizar: el arte del birlibirloque

¿Era Belmonte con el traje plata un torero o era la armadura de Carlos V?

Lo más lamentable de Belmonte es que toreó siempre a la funerala: muy despacio y torcido

A consecuencia de la decadencia malsana y enfermiza que engendró el belmontismo, todo en las corridas de toros se hizo monótono, pesado, torpe, lánguido: sin curvas y sin rapidez; sin variación

Esperar al toro torcido en la verónica, como hacía Belmonte, para no cruzarse con él, para no cruzarle de cara, en la cara, es hacer trampa fingiendo la verónica ladeada sin cruce en el encuentro, porque no hay encuentro; y cuando no hay cruce ni encuentro, el torero no pasa la toro, le deja pasar; lo mismo con la capa que con la muleta; y el toro pasa, dándole de lado, como el tren

Joselito era un extraordinario matador, porque mataba los toros toreando. La suerte de matar no era para él una trampa, sino una verdadera suerte más, como la de banderillas: una suerte torera y no una estrategia brutal de matarife.

La respuesta de José Alameda

Curiosamente la respuesta más contundente contra las tesis de José Bergamin vinieron, años mas tarde, de la mano de José Alameda, cuando respondiendo a la edición mexicana de “El Arte de Birlibirloque” que data de 1944, catorce años después de haber visto la luz en España, publicó su alegato en la revista “El hijo pródigo”. Titulado “Disposición a la muerte” y firmado con su nombre de pila --Carlos Fernández Valdemoro-- está escrito con arrebatada pasión para reprochar al consagrado Bergamín algunas de sus tesis. En esa apasionada respuesta, que se inicia con la leyenda “A mi amigo José Bergamín, con admiración y disconformidad”,  puedes leerse, entre otras cosas, las siguientes:

 “Para ver el toreo no basta con los ojos. A quienes no tienen una sensibilidad  adecuada les escapa la esencia del toreo y sólo ven en él los movimientos exteriores, sin adivinar su conexión con una íntima disciplina, del mismo modo que el hombre privado de oído para la música advierte los sonidos, pero no su relación armónica.

Más incluso a quienes no poseen esa especial sensibilidad les resultaría difícil negar que el toreo es un ejercicio en el que están presentes valores humanos y estéticos y en el que el artista concibe y realiza a la par, sobre una materia reactiva, adversaria, de la cual triunfa la alegría de la vida, recién salvada a cada instante.

Este espectáculo de vida y muerte, de imaginación y realización portentosas, debiera ser, por su propia riqueza, tema casi necesario del crítico, cuyo ministerio es descubrir aspectos de las cosas, y pocas hay que tengan tantos como la lidia de toros bravos. Sin embargo, no ha sido así el arte de torear no ha merecido por lo común más que comentarios fugaces sobre lo que hay en él de más aparente, exterior y pasajero, o simples estudios técnicos, que se atienen tan sólo a la mecánica, a la “producción” del toreo.

Bergamín se ha puesto a escribir como quien grita: ¡Este es mi gallo¡ --mi “Gallito”, mi José Gómez, mi “Joselito”--, con pasión declarada desde el primer instante. Pero sucede que , apenas se han leído las páginas iniciales del ensayo, se cae en la cuenta de que allí el personaje principal, el símbolo determinante,, no es José, sino Juan; noes Gallito, sino Belmonte. Se tiene la evidencia de que la admiración por Joselito no hubiera sido motivo bastante para que Bergamín emprendiese la tarea de definir “El arte de birlibirloque” y que la doctrina de éste no hubiera sido formulada de no existir Belmonte.

Ahora bien, la pasión por Joselito y contra Belmonte, como modalidades estéticas y vitales, la sostiene Bergamín demasiado sistemáticamente, como por impulso mecánico, cerrando cualquier resquicio por donde pudiera colarse un rayo de la luz contraria. Y se nos parece así tan “joselitista”, que acaba por resultarnos sospechoso, como lo es siempre quien grita demasiado, que no se sabe si lo hace porque le oigan o por no oír él alguna duda que lleva en la conciencia”.

Así hablaba Juan Belmonte”

Pero las posiciones primeras de Bergamín sufren luego un cambio profundo. Y así, se nos fijamos en su libro “Así hablaba Juan Belmonte”, encontramos textos inequívocos, como éstos:

Al hablar tenía Juan Belmonte un tartamudeo leve que daba a sus frases un sentido corto y ceñido, como si torease. Hablaba –dije alguna vez- por medias verónicas y recortes. Y hasta a veces, hablando, molineteaba. Yo no lo sabía cuando escribí mi Arte de birlibirloque, refiriéndome a sus pasos cortos para acercarse al toro, que había “inventado un modo tartamudo de torear, como Azorín de escribir”. Su modo de expresarse en el toreo, ciñéndose a su sentimiento propio, en una palabra, su estilo, era éste, que podía parecernos cortado o entrecortado por la emoción. El definió admirablemente este estilo suyo personalísimo.

 Para mí” –nos dice Belmonte en el admirable relato que nos hizo de su vida torera, y con extraordinaria fidelidad transcribió su “evangelista” Chávez Nogales – aparta de las cuestiones técnicas, lo más importante en la lidia, sea cuales sean los términos en que ésta se plantee, es el acento personal que en ella pone el lidiador. Es decir, el estilo. El estilo es también el torero. Se torea como se es. Esto es lo importante: que la íntima emoción traspase el juego de la lidia: que el torero, cuando termine la faena, se le salten las lágrimas o tenga esa sonrisa de beatitud, de plenitud espiritual, que el hombre siente cada vez que el ejercicio de su arte, el suyo peculiar, por ínfimo o humilde que sea, le hace sentir el aletazo de la Divinidad”.

Nos dice Belmonte (lo he subrayado antes) que lo que importa en el toreo es que la íntima emoción del toreo traspase el juego de la lidia. Y esto lo vimos nosotros muchas veces viendo torear a estos tres toreros. En Rafael, el Gallo, aquel “saltársele las lágrimas a cada pase que daba”, como él decía después de una de sus mejores faenas: la que hizo en Madrid a un toro de Aleas el 15 de Mayo de 1912, sino me equivoco. En Joselito y Belmonte aquella “sonrisa de beatitud”, que decía este último, con que se expresaba esa “plenitud espiritual”, ese estado de posesión –divino o diabólico- esa “borrachera o entusiasmo que da el toreo, como decía Joselito, que traspasa de emoción torera el juego todo de la lidia”; y que es emoción mágica; que no hay que confundir con la otra: con la turbia emoción física que puede producir el riesgo mortal de ser cogido por el toro que corre el torero, y que éste explota, provocándolo en el público expresamente para hacerse aplaudir de ese modo; lo que es, como dijimos tantas veces, una especie de pornografía de la muerte que desvía y niega el juego vivo, el arte de torear.

Todos los toreros caen alguna vez en ese recurso, generalmente fácil, de emocionar o asustar al público, para escamotearle el toreo. Pero hay quienes a esa trampa o truco se dedican enteramente, para mentir el toreo mismo, simulándolo en provecho propio; porque son incapaces de torear bien y de verdad. Volvamos a escuchar lo que decía Juan Belmonte en relación con esto. Hablaba con el escritor López Pinillos (“Parmeno”), quien nos dejó recogidas estas palabras suyas admirablemente (como otras de Joselito y el Gallo, y de algunos toreros más) allá por la gran época de estos toreros, hacia el año de 1917, en un libro titulado “Lo que confiesan los toreros”. Requiere el escritor a Belmonte diciéndole: “Hable un poco de su toreo, Juan”… Y este le contesta: “¡Si no sé! Palabra. Yo no sé las reglas, ni creo en las reglas. Yo siento el toreo, y sin fijarme en reglas, lo ejecuto a mi modo” (Soy yo quien subraya).”Eso de los terrenos, el del bicho y el del hombre, me parece una papa. Si el matador domina al toro, todo el terreno es del matador. Y si el toro domina al matador, todo el terreno es del toro. Esa es la fija”. Y si la estética del romanticismo en el toreo, diríamos nosotros. Y añadía Belmonte: “Y lo de templar, mandar, parar y recoger… (advierta el buen aficionado esto de recoger), depende de los nervios del tocador y de la madera de la guitarra”. (Subrayo yo siempre). “Y de cuando en cuando –añade Belmonte-, el toque no le disgusta a uno y no entusiasma al público”. (“Yo soy el que sabe cuando toreo bien” –decía Manolete-. Y el toro, añadiríamos, pero el toro no puede decirlo). Nos sigue hablando Belmonte: “de los olés y aplausos que saca” el torero, “si se arrodilla”, por ejemplo –o si junta los pies, diríamos nosotros (“Cuando quiero engañar al público –le oímos una vez decir al magistral torero mexicano Armillita-, junto los pies”). Y explica Belmonte “que siempre se arrodilla uno porque la guitarra no le deja tocar bien”. Porque no le deja torear bien el toro.

Así hablaba, como toreaba, como vivía, como sentía y pensaba, este excepcionalísimo, extraordinario torero –y andaluz y español- que fue Juan Belmonte. Al que diríamos, por tan raro, tan único, tan excepcional en España, torero andaluz y español –como cristiano Kierkegaard- por contradicción, por contrariedad. Como es español Don Quijote.

Las seguidillas toreras

Este cambio de posición tan radical tiene luego manifestaciones de distinta índole en los escritos de Bergamín,  hasta llegar a su celebrado trabajo “La música callada del toreo”. Y así en unas seguidillas torerasm escrita en los años 60, el poeta escribe, bajo el título “Illo y Romero”, estos versos:

El arte del toreo
fue maravilla
porque lo hicieron juntos

Ronda y Sevilla.
Unieron dos verdades
en una sola
con Illo y con Romero
Sevilla y Ronda.
De Sevilla era el aire
de Ronda el fuego:
y los dos se juntaron
en el toreo.Y como se juntaron
los dos rivales
no habrá nada en el mundo
que los separe.

Tampoco se separan,
andando el tiempo,
Joselito y Belmonte
de Illo y Romero.
En José estuvo el soplo
y en Juan la brasa:
y en los dos encendida
la llamarada.
Por eso fueron
José y Juan, los dos juntos,
todo el toreo.

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