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Con unas cualidades excepcionales y una enorme afición
Recordando a Rafael Guerra "Guerrita", a los 75 años de la muerte del II Califa del Toreo
Segundo de los Califas del Toreo, Rafael Guerra "Guerrita" pasó a los Anales del toreo como unos de los grandes, en esta etapa que conduce desde la antigua Tauromaquia a la revolución de Juan y de José. Acreditó --como aquí escribe y documenta pormenorizadamente Carmen de la Mata-- unas cualidades excepcionales para su profesión, acrecentadas además por su enorme afición y el afán de superación y de ser el mejor. Por eso, en un tiempo breve pasó de ser uno de los niños prodigio del toreo a finales del siglo XIX a una figura indiscutible, con gran cartel en las plazas. El próximo 21 de febrero se cumplirán 75 años de su muerte, pero en la memoria sigue muy vivo que contribuyó al engrandecimiento de la Fiesta y a consolidar conceptos básicos del toreo, que en la actualidad siguen vigentes.
Actualizado 8 febrero 2016  
Carmen de la Mata Arcos   
 "Machaquito", III Califa del toreo, el que llenaba la plaza de emoción con sus estocadas inmensas
 Rafael Molina "Lagartijo", primer Califa del toreo
 Manuel García "El Espartero", cuando se cumplen 130 años de su alternativa en Sevilla

El día 21 de febrero se cumplirán 75 años desde que uno de los diestros más importantes de la historia, Rafael Guerra Bejarano, expirara en su ciudad natal, Córdoba. “Guerrita” fue, esencialmente, un torero dominador, poderoso, con un enorme conocimiento de las reses y de la técnica del toreo, que reinó con autoridad en la Fiesta durante bastantes años. El presente trabajo no se centra, exclusivamente, en la referida conmemoración, sino que trata de analizar, mediante crónicas y comentarios, la figura del matador cordobés que, indudablemente, marcó una época clave en la historia de la Tauromaquia.

Eran las 19:34 minutos de la tarde del 21 de febrero de 1941, cuando el Maestro Rafael Guerra fallecía en su domicilio de Córdoba. Hacía meses que el estado de salud del diestro era delicado, por ello se encontraba postrado en una cama. Pese a esa situación, mantuvo en todo momento plena consciencia de sus actos, tanto es así que apenas unos instantes antes de morir había conversado con su hijo Rafael acerca de las faenas de campo en su finca “El Patriarca”. Nada más conocerse la triste noticia, el Club Guerrita cerró para siempre sus puertas, colocándose colgaduras sobre sus balcones. Ya de madrugada, se instaló la capilla ardiente con los restos mortales del espada cordobés en uno de los salones de su casa. Siguiendo la voluntad que él había manifestado, se le amortajó con traje negro, chaquetilla corta, camisa blanca y botonadura negra.

Familiares, amigos íntimos y directivos de su Club fueron los encargados de velar el cuerpo del torero hasta su traslado a la iglesia de San Nicolás, donde se oficiaría el funeral a las cuatro y media de la tarde del día siguiente. Infinidad de personas de todos los ámbitos sociales, marcharon ante el cadáver de “Guerrita”, destacando la presencia de quienes trabajaron para él en sus propiedades agrícolas. Minutos antes de la hora fijada para el entierro, el II Califa del Toreo abandonaba su residencia, situada en la calle Góngora, en hombros de parientes y allegados. Numerosos aficionados quisieron acompañar en este postrero paseíllo al matador que tantas tardes de gloria había brindado por los ruedos del mundo.

El féretro, recorrió las principales calles de la ciudad, deteniéndose en un par de ocasiones para rezar un responso ante la plaza de toros y a las puertas de su Club. Las cintas que pendían del ataúd eran portadas por Rafael González “Machaquito”, el Marqués del Mérito, Manuel Rodríguez Manso, Félix Moreno Ardanuy, Rafael Eraso, Aurelio Sánchez Mejías (hermano de Ignacio), Amador Naz y el sobrino del difunto, José Guerra Rodríguez. El párroco de San Nicolás, Paulino Seco de la Herrera, fue el responsable de concelebrar la misa, a la que asistieron multitud de personalidades civiles, militares y religiosas. Una vez finalizado el sepelio, “Guerrita” recibió sepultura en el panteón familiar ubicado en el cementerio de Nuestra Señora de la Salud, donde había sido enterrada años antes su madre, Juana Bejarano.

Los inicios en el Matadero de Córdoba

Al igual que sucedió en esa misma época con otros aspirantes a toreros, el matadero fue el lugar donde Rafael contactó con los animales bravos por primera vez. Su padre, José Guerra, era portero de dicho establecimiento y ahí, junto a “Mojino”, hijo del banderillero cordobés “Caniqui”, comenzó su aventura por ser torero. El oficio del progenitor y también la fábrica de curtidos que poseía la familia materna, facilitaron el acercamiento del incipiente diestro al mundo de los toros.

Sin embargo, en su casa encontró una oposición frontal a sus deseos de avanzar en la profesión taurina para poder dedicarse a ella, negándose rotundamente a darle su autorización. Existía una razón de peso para tal rechazo, ya que el mismo año que vino al mundo el joven Rafael, moría en la plaza de Madrid corneado por “Jocinero”, un ejemplar del hierro de Miura, un tío político suyo, el matador cordobés José Rodríguez “Pepete”. Poco a poco, la enorme afición del novel espada y las opiniones favorables sobre las magníficas cualidades que atesoraba para el toreo de antiguos banderilleros, terminaron por convencer a sus padres. De esta forma, Rafael Guerra, se integró en la cuadrilla de niños cordobeses que estaba conformando Francisco Rodríguez “Caniqui” y que completaban su propio hijo, “Torerito” y “Orejitas”.

En esos años iniciales, se anunciaba en los carteles con el apodo de “Llaverito”, en alusión a la actividad profesional que había desarrollado José Guerra en el matadero de Córdoba. El 15 de octubre de 1876 debuta como subalterno en su ciudad natal, realizando el primer paseíllo en la Maestranza de Sevilla el 15 de julio de 1877, actuando a las órdenes de Francisco Avilés. En 1878 cosecha abundantes aplausos del público en la mayoría de las tardes en las que se viste de luces, estoqueando a petición popular algunos astados, como sucedió en Alcoy ó en Cabra.

Cada vez era más habitual la solicitud por parte del respetable, como ocurrió en Córdoba el 5 de mayo de 1879, cuando pasaportó un utrero cedido por Manuel Molina. Aquella temporada de, “Llaverito” se estableció en la cuadrilla del novillero gaditano Manuel Díaz “Lavi”, actuando a finales de junio en la pequeña plaza de los Campos Elíseos de la capital de España. El 8 de septiembre de 1880 tomó, nuevamente, muleta y estoque en la capital del antiguo Califato para lidiar una res, obteniendo tal éxito que un periodista que cubría el festejo afirmó que se podía entrever a “uno de los mejores espadas del porvenir”.

Un banderillero a hombros

La siguiente temporada, Rafael se incorpora a las filas de Manuel Fuentes “Bocanegra”, aunque en algunas ocasiones torea también con el mencionado “Lavi” y con Manuel Molina. El 2 de mayo de ese año, 1881, logra triunfar contundentemente en Bilbao, tanto es así que abandona el coso en hombros de los espectadores, circunstancia nada frecuente para un subalterno. En esa misma plaza, en agosto de 1882 volvió a destacar con los palos en la mano, algo que no pasó desapercibido para Fernando Gómez “El Gallo”, que decidió contratarlo.

La plaza de Madrid fue la primera que presenció las evoluciones de “Guerrita” (apodo que adoptaría de forma definitiva en la última parte de esa campaña) a las órdenes del matador sevillano, puesto que sobre su arena se estrenó el 24 de septiembre. La brillante labor con los garapullos del diestro cordobés, motivó que el cronista taurino de La Lidia, Alegrías, declarara que “el muchacho Guerrita trae guerra”. Ese mismo año trenzó tres paseíllos más en el coso madrileño, apareciendo en la función del 22 de octubre como sobresaliente de espada.

Durante la temporada de 1883, prosiguió Rafael con sus extraordinarias actuaciones en el recinto capitalino, distinguiéndose la que tuvo lugar el 31 de mayo. Esa campaña se vio frenada bruscamente el 16 de agosto a causa de una lesión sufrida en la mano cuando toreaba en Orihuela. “Guerrita” alcanzaba cada vez mayor perfección en la ejecución de las suertes y su fama de excelente rehiletero se extendió con rapidez por todo el país.

Aunque en otras ocasiones ya había pasaportado astados que le correspondían lidiar a su matador, el 2 de junio de 1884 en Córdoba fue la primera vez que lo efectuó en corrida seria. Realizó una magnífica faena y remató de un soberbio volapié. El 25 de julio alternó, una vez más, con su maestro en Valladolid frente a cornúpetas de Sánchez de Carreros, y el 5 de octubre se estrenó manejando la tizona en Madrid, en este caso con un animal de Laffite.

Desde hacía algún tiempo, se comentaba en los círculos taurinos la posibilidad de que el torero cordobés se marchara de la cuadrilla de Fernando “El Gallo”, el hecho se consumó finalmente en septiembre de 1885. La razón de la ruptura fue la desaprobación del matador hispalense a incorporar a su cuadrilla a determinados toreros paisanos de “Guerrita”, entre los que se hallaba su propio hermano, para una corrida en Caravaca. Apenas un mes después de eso, Rafael hizo el paseíllo en la plaza de la capital de España, figurando ya en las filas de “Lagartijo”. “Frascuelo”, que como en tantos festejos toreaba aquella jornada con el I Califa, le cedió la muerte del postrero ejemplar de la tarde, que como el resto de los jugados, pertenecía a la vacada del Duque de Veragua. El diestro, nacido en la ciudad de la Mezquita, lo “pasó con mucho valor y lucimiento”, en palabras de Sobaquillo en El Liberal, para terminar siendo muy aplaudido por el respetable. En el año 1886, Rafael Molina se ausenta del coso madrileño de la Carretera de Aragón, por lo que su paisano “Guerrita” tampoco comparece ante la referida afición pero sí que lo hizo en la vecina Aranjuez en un par de ocasiones, estoqueando dos toros veragüeños.

La alternativa

El dilatado y concienzudo aprendizaje que llevó a cabo el torero cordobés, tuvo su punto culminante el 29 de septiembre de 1887, cuando “Lagartijo” lo convirtió en matador de toros en la plaza de Madrid. Los ejemplares dispuestos para el acontecimiento eran de la ganadería de Vázquez, aunque uno de ellos fue desechado, reemplazándose por otro con el hierro de Gallardo. Fue éste, precisamente, el que saltó en primer lugar, era negro listón, estaba marcado con el nº 56 y atendía al nombre de “Arrecio”.

“Guerrita”, que vestía un traje gris perla y oro, se mostró a un gran nivel en quites, procediéndose tras el segundo tercio a la ceremonia de alternativa. Al inicio del trasteo con la franela, el toricantano, que se había descubierto a causa del fuerte viento, fue derribado por el toro que, por fortuna, no logró cornearle. Una vez pasado el susto, tomó, nuevamente, los avíos Rafael, y lo pasó siete veces más al natural, coronando la faena con un sensacional volapié, “metiéndose en corto y por derecho con gran coraje”, señala el crítico de El Liberal. Frente al cuarto de la tarde, “Tinajero”, de Vázquez, destaca una vez más con el capote, ejecutando posteriormente una labor muleteril intensa, merced a la proximidad con el cornúpeta, y de gran elegancia. Finiquitó a “Tinajero” de otro espléndido espadazo, ahora realizando la suerte de recibir, “con bravura, verdad y vista y vaciando a ley”, afirma Sentimientos en El Imparcial. Tras caer el burel, los espectadores lanzan al ruedo distintas prendas, así como cigarros, en señal de admiración por la obra presenciada. Ambos matadores se encargan de parear al quinto de la corrida, “Parrita”, continuando las palmas en el tendido.  Para finalizar, salió por chiqueros “Romerito” que posibilitó que los dos espadas se lucieran en quites. El trasteo de “Guerrita” fue muy eficaz, evidenciando un gran oficio y experiencia ante los animales. Puso punto y final a jornada tan significativa para su carrera, de tres pinchazos, entrando bien, y una estocada superior.

El periodista de La Lidia, Don Jerónimo, en una carta redactada con anterioridad a la alternativa, le augura un espléndido futuro al diestro de Córdoba, asegurando que será quien tome el relevo “quizá con ventaja, a los dos grandes maestros”, en referencia a “Lagartijo” y “Frascuelo”. En esa misma publicación, José Sánchez de Neira le aconseja en ciertos aspectos de su tauromaquia, que en su opinión, debe mejorar. Le recomienda que “estudie mucho las suertes fijas, inmutables y exactas del toreo”, en la descripción que hizo “Paquiro” y que “renuncie al abuso de las medias verónicas”. Alguna corrida más sumó aquel año en España, para marchar posteriormente a La Habana donde debuta el 20 de noviembre, resultando herido en el muslo izquierdo por el toro “Calderero” de González Nandín.

No fue éste el único percance que sufrió “Guerrita” durante ese invierno en tierras cubanas, puesto que el 1 de enero de 1888 el toro “Boticario” del Marqués de Saltillo le corneó en el cuello. A comienzos de febrero, se anunció en solitario, en un festejo organizado a su beneficio, frente a astados de la divisa de Rafael Molina. Las últimas corridas de esa campaña por La Habana fueron el 1 y el 4 de marzo, regresando a la península para dar inicio, de inmediato, a una nueva temporada. En ésta hizo un total de 75 paseíllos, bastantes de ellos en la plaza de Madrid, que en esa época idolatraba a Rafael.

El Bachiller González de Ribera manifiesta a este respecto que en el coso capitalino “vivía como en su casa”, incluso le perdonaban pequeños fallos, deseosos de que los subsanara con rapidez. Con el paso de los años, la situación cambió radicalmente, pues la animadversión que sentía en cada una de sus actuaciones en el recinto taurino madrileño fue determinante en su decisión de abandonar los ruedos. En la feria de abril de ese año, se intenta enfrentar a “Guerrita” con “El Espartero”, rivalidad que enseguida se decantó a favor del torero cordobés.

Cuando sonó la música en Madrid

Durante 1889 continúa su progresión hacia la cima del toreo, triunfando prácticamente en cada festejo en el que se anuncia. En el resumen que se realiza en El Toreo Sevillano de la primera temporada en el circo de la carretera de Aragón, se resalta el arrojo y el valor de Rafael para dominar a las reses, indicándole que persista por esa senda “y suya será la gloria que tanto ambiciona”. La campaña de 1890 parecía, en principio, que sería tan exitosa como las anteriores, de hecho el 2 de mayo se produjo algo insólito en la plaza de la capital de España: por primera vez sonó la música en honor de un lidiador, y éste no era otro que el II Califa del Toreo.

Pero hay un momento clave en la relación entre “Guerrita” y la afición madrileña, la tarde de la despedida de “Frascuelo”, señalada para el 12 de mayo. A partir de esa fecha, la hostilidad comenzó a hacerse patente. En la mencionada corrida, acompaña al espada granadino como subalterno, colocando las banderillas con la facilidad y precisión acostumbradas. Ese gesto no gustó nada a los lagartijistas, que eran mayoría, por lo que se empezó a desprestigiar al matador nacido en Córdoba. Desde la prensa, se trataba, por un lado, de silenciar las grandes faenas que firmaba en los distintos cosos, y por otro, de lanzar acusaciones infundadas.

Al año siguiente, el clima se volvió aún más hostil, extendiéndose por un mayor número de plazas. Se aprovechaba la mínima ocasión para arremeter contra “Guerrita” y aclamar a sus más directos competidores, sobre todo a “Lagartijo”. Una vez concluida la temporada, los dos “Rafaeles” reanudan su amistad, gracias a la mediación de conocidos de ambos. Esta circunstancia rebajó la tensión de cara a la campaña de 1892, que fue mucho menos agresiva hacia su persona y su toreo. En la misma solamente se anunció en Madrid en dos festejos extraordinarios, el primero a beneficio de los afectados por las inundaciones ocurridas en su ciudad natal y en Sevilla, y el segundo, merced a la petición expresa formulada por la Reina Amelia de Portugal que visitaba esos días España.

El ambiente se enrarece, nuevamente, en 1893, al conocerse sus honorarios por corrida. Por si ello fuera poco, no participó en la tarde del adiós definitivo a su profesión de “Lagartijo”, verificado en la capital del país.

La etapa más gloriosa

Se puede decir, con absoluta seguridad, que el año 1894 fue el más glorioso de toda la trayectoria profesional de “Guerrita”. La plaza de Madrid no tuvo más remedio que entregarse a tal exhibición de poderío y conocimientos, demostrada ante ejemplares nada fáciles y que exigieron del espada cordobés la máxima entrega. Su labor frente a “Farolero”, de hierro de Juan Vázquez, está escrita en el Libro de Oro de la Tauromaquia como una de las faenas claves de la historia. Junto al II Califa hizo el paseíllo aquel 22 de abril Antonio Reverte, con quien, los más furibundos detractores de Rafael, pretendieron forzar una pugna a todas luces desigual.

“Farolero” que salió en tercer lugar, llegó al último tercio con evidentes signos de mansedumbre, por lo que se pensaba desde los tendidos que la faena sería breve y, necesariamente, poco lucida. Pero tras un inicio soberbio sometiendo al burel y enseñándole los caminos, “Guerrita” se apoderó de la voluntad del astado de Juan Vázquez, transformándolo en “bravo y boyante”, como señala Antonio Peña y Goñi en su libro dedicado al maestro de Córdoba. El remate perfecto a tan sensacional obra fue una estocada hasta la empuñadura recetada en la suerte de recibir.

El 4 de mayo repitió éxito con las reses de Miura, derrochando en cada uno de sus turnos valor, inteligencia y torería. Tras lidiar también admirablemente animales de Veragua y Félix Gómez, “Guerrita” aceptó el reto de cerrar la primera parte del abono madrileño matando en solitario una corrida de Murube. Fue ésta una nueva lección magistral de uno de los grandes toreros de todos los tiempos, dominando con una inmensa autoridad las embestidas de los cornúpetas. El saber enciclopédico que atesoraba se desplegó de manera muy especial ante “Cacerito”, pues con capote, banderillas, muleta y espada ofreció un verdadero recital que la afición madrileña valoró con justicia.

Después de esta tarde triunfal, Rafael pensó seriamente en retirarse aunque finalmente no se llevó a término y prosiguió con los compromisos adquiridos. A pesar de las declaraciones que había efectuado unos días antes a un periodista en Salamanca en las que afirmaba que no volvería a hacer el paseíllo en Madrid, a finales de septiembre se acarteló, nuevamente, en la capital, destacando, sobre todo, con los palos.

La relación amor-odio con el coso de la carretera de Aragón continuó la ulterior campaña, ya que tan sólo toreó una corrida que se dispuso por parte de la Cruz Roja para los heridos de las guerras coloniales. El suceso más relevante de aquel año, se produjo el 19 de mayo, cuando el II Califa fue capaz de torear tres corridas en otras tantas poblaciones, gesta que nunca antes había acontecido. La primera de ellas tuvo lugar en San Fernando frente a toros de Saltillo, la segunda en Jerez con reses de Cámara y la última en Sevilla, en este caso, para lidiar ejemplares de Murube. La proeza del diestro cordobés fue todo un éxito, pudiendo en todo momento con los animales y sin reservarse un ápice.

El tramo final de una gran carrera

De igual forma que había sucedido en otras oportunidades, dos de las funciones benéficas que en 1896 se organizaron en Madrid, fueron las únicas que pudieron anunciar a “Guerrita”. Se trató de la Beneficencia y la que, a favor de los accidentados en los diversos conflictos que afrontaba España en esos instantes, preparó El Imparcial. Aunque el ambiente era muy adverso, Rafael consiguió transformarlo y acallar las protestas.

La temporada siguiente sí que aparece por la plaza de la capital con más frecuencia, sobre todo en primavera. La prensa subraya, con especial énfasis, su actuación ante los astados de Saltillo en el festejo de Beneficencia. Demostró, una vez más, que se hallaba en el culmen de su carrera y que el dominio que ejercía sobre los cornúpetas era apabullante, pasando a un segundo plano las condiciones que llevaran dentro. Logró trocar, por enésima ocasión, las lanzas en cañas y, como afirma el crítico de El Imparcialcambiar la onza”. El 27 de junio fue herido en la mano por un burel de Veragua, permaneciendo en el dique seco hasta agosto.

A pesar de que siempre salía vencedor de los envites, el torero cordobés empezó a manifestar cierto cansancio en esa lucha sin cuartel que cada día se le presentaba en los distintos cosos, meditando una más que probable retirada. Los dos últimos años en los que permaneció en activo, fueron un auténtico calvario para “Guerrita”, aumentando el descontento de los públicos y su agresividad. Por ello, tras torear el 15 de octubre de 1899 en Zaragoza, resolvió alejarse de los ruedos. Junto a él se marcharon también su hermano Antonio y el picador de su cuadrilla, Rafael Moreno “Beao”. A su llegada a Córdoba, procedió a cortarse la coleta, ceremonia de la que se encargó su esposa, Dolores Sánchez.

Pocos diestros han existido en la historia de la Tauromaquia de la talla de “Guerrita”, con unas cualidades excepcionales para su profesión, acrecentadas además por su enorme afición y el afán de superación y de ser el mejor. Él es uno de los principales exponentes de los llamados toreros largos, línea que posteriormente tuvo continuidad con “Gallito”, Domingo Ortega ó Luis Miguel Dominguín, llegando a nuestros días, donde Enrique Ponce, sea, posiblemente, el matador que mejor represente ese ideal. En definitiva, Rafael Guerra contribuyó, sin duda, al engrandecimiento de la Fiesta y a consolidar conceptos básicos del toreo, que en la actualidad siguen plenamente vigentes.

BIBLIOGRAFÍA.

--Cossío, José María de: “Los Toros. Inventario biográfico.” Tomo 15. Editorial Espasa Calpe. Madrid, 2007.
--Cossío, José María de: “Los Toros. Crónicas. 1883-1887.” Tomo 23. Editorial Espasa Calpe. Madrid, 2007.
--Cossío, José María de: “Los Toros. Crónicas. 1888-1903.” Tomo 24. Editorial Espasa Calpe. Madrid, 2007.

PÁGINAS WEB.
www.bibliotecadigital.jcyl.es
www.bne.es/es/Catalogos/HemerotecaDigital
www.hemeroteca.abc.es

© Carmen de la Mata Arcos/2016

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