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Tres poemas, tres visiones
Retrato de Sevilla y de su feria, en la "Gracia pensativa" de José María Requena
La feria en otros tiempos, enfrentada con la visión de la Sevilla del el siglo XIX del pintor belga Franois Antoine Bossuet
"Mucho más allá del requiebro emergido del resplandor de la belleza", José María Requena amó a su tierra y a sus tradiciones "de otro modo". Y es que la canta desde la sinceridad de sus versos, esos que dicen: "con voz quemada y escocida/ en la garganta del amor, /por la savia feroz de las raíces/ con las que el hombre busca/ un poquito de Dios/ para las ramas altas de su sueño". Pocos libros como su "Gracia pensativa" retratan tan a lo vivo las realidades sevillanas, desde ese otro modo de ver que el poeta de Carmona describe con unas formas luminosas. Ahora que Sevilla anda metidas en ferias, traemos aquí tres de sus poema, seleccionados de una de sus obras cumbre.
Actualizado 8 mayo 2014  
Redacción   
La antigua feria, según la pintó Joaquín Sorolla

Ahora que andamos entre los farolillos y la Maestranza, momento es para acercarnos a ese enorme enigma de qué es Sevilla, un misterio que sólo los poetas han acertado a definir.  Entre ellos, un lugar muy preeminente ocupa José María Requena (1925-1998), un sevillano de Carmona, que es como decir doblemente sevillano,  de cuya sensibilidad poética  el académico Guillermo Díaz-Plaja dejó escrito a propósito de su obra "Gracia pensativa": “No puede mecerse en una fácil sucesión de ritmos populares o de música en rima. En general, el poeta procede por estrofas irregulares, anisosilábicas, en verso blanco. Ello significa la jerarquía que en él alcanza su inspiración en profundidad, que deja en segundo término el percutir de los crótalos, la música superficial que adorna muchas veces por modo esencial a la poesía andaluza"1.

Y más adelante añadía, para situarnos en nuestro mismo contexto de hoy en día, “acabo de regresar de la ciudad, bajo el esplendor crepitante de su feria, cuando todo el mundo comulga en una especie de éxtasis multitudinario y confirma, a las gentes béticas, en la idea de un universo clauso y redondo, válido por si mismo, y, por supuesto, intocable. Y Sevilla. ¿Cómo resistir la enloquecedora luminosidad de la ciudad en fiesta? ¿Cómo negarse al piropo gentil, a la subrayadora exclamación ante tanta hermosura?”.

Como el académico acierta a definir,  mucho más allá del requiebro emergido del resplandor de la belleza”, Requena ama a su ciudad "de otro modo".

Bajo estos parámetros escribió José María Requena su visión sobre Sevilla, que junto a declaración de amor rendido por su tierra no necesita de ningún narcisismo de los que se detienen en la superficialidad, sino que se dirige directamente al ser esencial y eterno de Sevilla. Y lo hace de esa forma rotunda que el poeta proclama con una fuerza que conmueve cada vez que se vuelve a leer:

No se canta la tierra de la entraña
con la tranquila voz de quien contempla
crepúsculos bonitos y amaneceres bobos,
sino con voz quemada y escocida
en la garganta del amor,
por la savia feroz de las raíces
con las que el hombre busca
un poquito de Dios
para las ramas altas de su sueño

Sevilla en la madrugada

Es en ese contexto, donde José María Requena dejó retratada su visión de Sevilla:

DE madrugada, sobre todo, me pregunto
qué significa
Sevilla,
qué supone
Sevilla
en este raro sueño
que es el mundo.

De sobra sé que nunca
tendré contestaciones cuando el sol,
cuando risas y cales,
cuando flores o coplas.

Es preciso pensarla
mientras duerme del todo,
oscura y convertida en pesadumbre
de pantera cansada
de sus propios rugidos de belleza.

No es bueno retratarla,
porque se vuelve tonta
de luces y perfumes
y parece que llora seducida
en rameras postales de colores.

Ni tampoco es posible
saber a qué ha venido
Sevilla a este ruido
redondo que es el mundo
si la vemos tan sólo dibujada
como un telón de gracia
para gente cansada
de lejanos negocios.

Yo la busco de noche,
en el recuerdo
del día que ya no es.
Y  la siento espesura
de gritos no gritados
que atesoran sus plazas.
Y la abrazo en rincones
donde sé que prepara
sus mejores estilos de fugarse.

Y presiento que es niña
asustada de verse
demasiado mujer cada mañana.
Quizá porque Sevilla
tiene el encanto de aldea
perdida al acostarse
con marinos de todas las razas
que llegaron por siglos hasta ella
con rumbos de lujuria orientales
remontando lejanas primaveras
del río Guadalquivir.

Hay un algo de siempre, todavía,
de elegante tristeza,
de sangre
con oxígeno aún del paraíso,
con ojos
de acabar de mirar
nada menos que a Dios
al filo del barranco
de la primera pena.

Se ha pasado la historia
jugando a parecerse al Paraíso.

Fijaos cómo levanta hacia las nubes
los ángeles mortales del jazmín.

Fijaos cómo le estalla
el sol en plena frente de su cal
a esta tierra luzbel
que le grita al azul
su soberbio desprecio para el tiempo.

Fijaos cómo Sevilla
muerde la curva jugosa de la vida
igual que Adán y Eva la manzana,
toda el alma en los dientes,
ciega renuncia de la dicha,
sed que se bebe
los jugos de la gloria,
tierra inventando
profundos parecidos con el cielo.

La Maestranza

Unas páginas más adelante Requena incluye su visión personal de la Maestranza, con unos pocos rasgos que son definitivos.

Si al alma vertical de Joselito
se destinaran cielo aquí en la tierra,
monolito sería
en mitad de este ruedo,
bien acosado por los ojos serios
de estos arcos que parecen niños
acostumbrados ya
a la sangre mezclada con la música.

Y si a don Juan Belmonte
le dejaran volver de aquel morir
tan nada más que suyo,
seguro que despacha
los millones de toros de au angustia
sobre esta arena misma donde alzara
su mandíbula joven, como un reto
al oscuro destino de una estirpe
nacida para cueva de miseria
bajo el sol palaciego de Triana.

Si el Juicio Final se celebrara
pueblo por pueblo, en una anchura
de cada población,
aquí vendríamos todos
a ver salir el toro de la última
palabra, la de Dios, la que nos mida
una por una las faenas
del corazón o el odio.
Y al final, la cornada de lo eterno,
la cogida sin sangre que nos ponga
tendidos, verdaderos,
en el blanco quirófano
de la Misericordia.

Y la feria

Y en el tramo final de su obra, el poeta de Carmona se enfrenta a ese cierto enigma que es la feria, la feria de las casetas, los farolillos… y las pesetas.  Lo hace  rememorando lo que en sus inicios fue esta feria, cuando se instalaba en un prado llamado de San Sebastián y era antes que otra cosa una feria de ganado.  Requena lo cuenta en estos términos:

HA venido la sangre a dislocarse,
sangre de la mar de mapas,
sangre citada por el sol
para acercarse y conocerse
entre lonas de listas
que palpitan igual
que extrañas entretelas
de corazón cansado
de tanto clentarse el entusiasmo
de la sombra mojada
de todos los inviernos.

Beben las bocas
vinos que son rubios
por fuera y bien moreno
por dentro de los bronces de sus grados.

Ha venido la sangre
de todas las naciones
hambrienta de color y de calores,
hecha lumbre sedienta por los ojos
y galope en las yemas de los dedos.

Se ha escapado la sangre
de las comarcas todas
de los aburrimientos,
rumbo al rectángulo del Prado,
carretera adelante hacia un retal
de mundo que se atreve
a vestirse de luz de paraiso.

Pero falta la tierra nada menos.
Falta el ganado
con su enorme
presencia de silencios siderales.

Faltan mulos, tan sabiamente duros
como muchas verdades que se escriben
con la aniñada letra de los pobres.

Faltan rebaños de cabras y de ovejas
Que se amparan las unas en las otras
como si fueran miedos
de Juicio Final y Dios gritando.
Faltan vacas, igual que adormiladas ilusiones,
y también los borricos,
encarnaciones grises
de un año y otro año
por la senda del hambre.

Sólo sigue el caballo,
al mediodia,
el caballo que anda
seguro como un banco neoyorkino,
largas sus crines
de miles de millones de pesetas,
soberbia y petulante
la cola con la que espanta
las preocupadas moscas de esos mundos.

Se ha quedado la feria
extranjera del campo,
sin nada que recuerde
la enteriza alegría
del principio del mundo.

______________________
Gracia pensativa”.
José María Requena.
Colección Adonais.
Editorial Rialp. 1969 

[1] ABC, Edición Madrid, 8 de mayo de 1969

 

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