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Un esclarecedor debate entre intelectuales
La sólida respuesta de Vargas Llosa a las destempladas tesis de Sánchez Ferlosio
Mario Vargas Llosa responde a Sánchez Ferlosio
El primer domingo de agosto, el escritor Rafael Sánchez Ferlosio publicaba en el diario "El País" lo que Mario Vargas Llosa ha descrito como "una de las diatribas más destempladas y feroces que he leído contra este espectáculo". Venía a sostener Ferlosio que los defensores de la alta culturalidad de la Fiesta Nacional sobreentienden inconscientemente que la cultura es buena por definición, cuando para él es un instrumento de control social o políticosocial; por eso hacia suyo el criterio de que "el ´ahí queda eso´ me parece el paradigma del alma-hecha-gesto de la españolez". Ahora es el Premio Nobel quien da una respuesta razonada y hasta puntual a aquellas críticas, en un ejemplo de lo que debe ser la dialéctica protaurina.
Actualizado 12 agosto 2012  
Redacción   

Las páginas del diario “El País” han acogido un vivo debate sobre la Fiesta de los toros entre dos intelectuales: el escritor Rafael Sánchez Ferlosio, furibundamente antitaurino, y el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, reconocido aficionado. Se trata de un esclarecedor debate, en el que se contraponen tesis absolutamente opuestas. En unos casos escritas con un punto de desgarro; en el otro, con una lógica argumental que no necesita acudir a descalificaciones.

El debate resulta muy ilustrativo para el aficionado  incluso cuando se trata de desmontar este punto de vista, acaba por dar da cumplida razón de la realidad cultural de la Fiesta.

Las tesis anitaurinas de Sánchez Ferlosio

El artículo de Sánchez Ferlosio, titulado “Patrimonio de la Humanidad”, partía de recordar sus viejas vivencias en la Ronda de los años 20 y la impresión que le causaba –a él y a unos hipotéticos ciudadanos ingleses llegados al olor de las minas—la suerte de varas cuando se ejecutaba sin los petos protectores, que se imponen durante la dictadura de Primo de Rivera. Y sobre aquellos recuerdos construye sus tesis burdamente antitaurinas.

En este articulo el escritor decía entre otras cosas:

“Los antitaurinos catalanes se niegan a aceptar que las corridas de toros sean consideradas como cultura por el sufrimiento que infligen a un animal. No tiene precedente el criterio de esgrimir un juicio de valor moral para decidir de la pertenencia de una cosa a la “cultura”. El equívoco nace de esa actitud, tan del PSOE de González, de privilegiar la Cultura como cosa excelsamente democrática, y así se ha popularizado la manía de estar viendo cultura por todas partes, con nuevas y baratas invenciones; y a la mera palabra “cultura” se le cuelga impropiamente una connotación valorativa de cosa honesta y respetable.

La cultura es desde siempre, congénitamente, un instrumento de control social, o político-social cuando hace falta; por esta congénita función gubernativa tiende siempre a conservar y perpetuar lo más gregario, lo más enajenante, lo más homogeneizador. Hoy está muy cabalmente representada por ese inmenso CERO que es el fútbol.

Los castellanos se han puesto a revindicar la alta culturalidad de la Fiesta Nacional, sobreentendiendo implícita e inconscientemente que la cultura es buena por definición, al ensalzar del modo más enfático las muchas y gloriosas externalidades que se han desarrollado en torno suyo, en la poesía, en la literatura, en las artes plásticas, pintura y escultura (¡Mariano Benlliure!) y hasta en filosofía. Lo más ambicioso ha sido lo de doña Esperanza Aguirre: que la corrida de toros sea declarada “Patrimonio de la Humanidad”, pero yo por mi parte no puedo sustraerme de que la Alianza de las Civilizaciones entre España, el Midí y no pocas naciones de Ultramar que tal cosa implicaría, más aún que para enaltecer una muy castellana y española afición taurina, es para darles a los catalanes una lección sobre Cultura.

Pero nada de esto hacía falta: el genuino e innegable carácter de “cultura” se le reconoció a la corrida a mediados del siglo XX, cuando la populista fórmula romana Panem et circenses se remedó para título de una zarzuela Pan y toros. Este título identificaba en las corridas de toros una función análoga ante el público a la que tenían en Roma los espectáculos circenses: la ya citada función congénita de toda cultura, instrumento de control político social.

Justo es consignar, sin embargo, que hay apologetas castellanos como algo más filosóficos o sofisticados, que o bien niegan el placer del sufrimiento o le dan una connotación espiritual. Así, por ejemplo, Víctor Gómez Pin, en EL PAÍS del 5 de marzo de 2010, dice así: “Los taurinos afirman que su contemplación del sacrificio del animal nada tiene que ver con una complacencia ante el sufrimiento”; y echando mano de la concepción cristiana del sufrimiento como “precio”, añade: “El sacrificio sería simplemente el precio por un rito de marcado peso simbólico y artístico”. Una invención tan deliberada y rebuscadamente cultural, que yo no diría “simplemente” sino “complicadísimamente”. Por su parte, Fernando Savater, se deja de la poquedad del sufrimiento, y se enfrenta directamente con “la muerte”, porque la gran tradición estética y literaria de la muerte —con los inmensos servicios prestados al congénito narcisismo de los poetas— eleva inmensamente la dignidad del sacrificio taurino, y escribe así: “Sí, en el toreo está presente la muerte, pero como aliada, como cómplice de la vida: la muerte hace de comparsa para que la vida se afirme”. A algún lector zafio e iletrado podría aquí escapársele lo de “Áteme usted esa mosca por el rabo”, pero lo cierto es que la elegante antinomia de la descripción respira una poética nebulosidad de acento vaporosamente zambraniano.

Pero en punto de apologías filosófico-taurinas, no fue sino Ortega el que llegó a tocar las más altas cimas de las grandes paridas o máximas chorradas que se conozcan en asunto-toros. El dicho, celebrado como uno de los más excelsos ortegajos, tiene varias versiones, cito la que encuentro más explícita: “No puede comprender la historia de España quien no haya construido, con rigurosa construcción, la historia de las corridas de toros”.

El periodista Javier Ortíz —fallecido hace dos años—, colaborador del diario Público recientemente suprimido, publicó en el número del 7 de abril de 2008 un artículo sobre las corridas de toros, pero, por una vez, no desde el sufrimiento de los animales, sino directamente desde el comportamiento de los hombres. Por lo pronto los exime de saña, al escribir: “los partidarios de la tauromaquia afirman que ellos no disfrutan con el acoso, burla y muerte de los animales. Y yo estoy convencido de que dicen la verdad”. Por lo demás, en el instante en que la compasión obedeciese a un precepto moral imperativo se aniquilaría. Certeramente habla Ortíz de abstracción del sufrimiento como lo que permite a los toreros actuar y a los espectadores admirar. Pero ¿que admiran? “Una constante exhibición y exaltación de actitudes y poses machistas”, nos dice Ortíz. “Los lances y desplantes de los toreros responden a una estética chulesca que no ignoro que hay quien admira (...) pero que se vincula de manera chirriante a una concepción de la virilidad” La referencia a los “desplantes” me parece central; el ahí queda eso me parece el paradigma del alma-hecha-gesto de la españolez. Así la corrida de toros revela la inclinación gestual del alma de los españoles, tantas veces gesteros en el café, gesticulantes en la plaza. Mi ferviente deseo de que los toros desaparezcan de una vez no es por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres”.

La respuesta de Vargas Llosa

Ahora, con ele título  “La barbarie taurina” ha sido el Premio Nobel MarioVargas Llosa quien ha dado respuesta a los anteriores argumentos. Toma pie en su artículo de la reseña de una corrida a la que asistió recientemente en Marbella, que aunque no guarde mas que tangencialmente relación con el tema, es un prodigio de precisión y de buen entendimiento.  “Fue una tarde muy bonita –escribe-- y al salir de la plaza me pregunté si un espectáculo como el que acabábamos de ver cambiaría la opinión que Rafael Sánchez Ferlosio tiene de los toros. Probablemente, no”.

Pues bien, en la parte de su artículo en la que da respuesta a Sánchez Ferlosio escribe Vargas Llosa:

“Ese mismo día había leído, en EL PAÍS, un artículo suyo, Patrimonio de la Humanidad, una de las diatribas más destempladas y feroces que he leído contra los toros, que él quisiera que desaparecieran de una vez “no por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres”.

Según él, los toros son la manifestación más flagrante de la barbarie humana. Su artículo evoca a las hordas sádicas que hicieron “una protesta ensordecedora” cuando don Miguel Primo de Rivera, en 1928, ordenó que se protegiese con gualdrapas forradas a los caballos de la suerte de varas que, hasta entonces, morían como moscas despanzurrados por los toros. Y, al parecer, era eso, más que la lidia, lo que los aficionados querían ver: el sufrimiento y la matanza de los brutos. He asistido a muchas corridas en mi vida y no recuerdo una sola en la que haya visto a las tribunas regocijarse cuando un toro derriba o hiere a un caballo; más bien, la reacción del público es siempre la contraria.

En los toros hay una violencia que para muchas personas, como Sánchez Ferlosio, es intolerable, algo absolutamente digno de respeto. Sería un atropello brutal que alguien quisiera obligar a nadie asistir a un espectáculo que malentiende y abomina. Es menos digno de respeto, en cambio, que él y quienes quisieran acabar con los toros, traten de privarnos de la fiesta a los que la amamos: un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, de libros y de ideas. Y tampoco es respetable la caricatura de la corrida como una expresión de machismo y chulería en la que se expresaría “el alma-hecha-gesto de la españolez”. No entiendo lo que esta frase quiere decir, pero sí la intención que la mueve y ella es un puro disparate. “La españolez” (una entelequia que expresaría la esencia metafísica de todo lo español) en primer lugar no existe, y, en segundo, si existiera, estaría tan fracturada respecto a las corridas de toros como sabemos muy bien que lo está España.

El artículo de Sánchez Ferlosio está redactado de tal modo que, se diría, la “españolez” es algo que se encarna solo en “los castellanos”, pues son estos, a su juicio, quienes “se han puesto a reivindicar la alta culturalidad” de los toros. ¡Protesto! ¿Y los andaluces, vascos, gallegos, peruanos, colombianos, mexicanos, ecuatorianos, bolivianos que defendemos la fiesta? ¿Y los franceses, que han declarado la corrida un bien cultural de la nación? La “barbarie” taurina tiene un arraigo mucho mayor que la geografía castellana y llega, por ejemplo, hasta Suecia, donde, la última vez que estuve en Estocolmo, descubrí una peña taurina con varios cientos de afiliados.

Por otra parte, el artículo deja la impresión de que, por haber prohibido los toros, los catalanes quedan exonerados del oprobio barbárico. Protesto, otra vez. Conozco buen número de catalanes tan aficionados a la fiesta como yo y sin duda él mismo recordará que, cuando se discutía la prohibición, en el manifiesto en defensa de los toros que apareció en Barcelona, entre los firmantes figuraba buen número de artistas e intelectuales catalanes de primera línea, entre ellos Félix de Azúa y Pere Gimferrer.

Sánchez Ferlosio vapulea a Fernando Savater por “la poética nebulosidad de acento vaporosamente zambraniano” de su ensayo sobre la muerte y la tauromaquia, y ridiculiza a Ortega y Gasset por ese “excelso ortegajo” que, en su opinión, fue afirmar que no se puede comprender la historia de España sin tener en cuenta la historia de las corridas. Ambas recusaciones son innecesariamente hirientes e injustas. Savater y Ortega han escrito ensayos que ayudan a entender la complejidad de la fiesta, su entraña sociológica, su reverberación tradicional y mítica, sus raíces psicológicas y su valencia artística. ¿Qué hay de ridículo en utilizar la perspectiva taurina para estudiar, por ejemplo, la filiación que enlaza a España con la mitología de Creta y Grecia y llega, pasando por Goya, hasta Picasso y García Lorca, en la que destaca como protagonista la noble estampa del toro de lidia?

Pero, tal vez, para entender cabalmente estos ensayos hay que amar los toros y no odiarlos, pues el odio obnubila la razón y estraga la sensibilidad. Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que se evaporen de la faz de la tierra, que es lo que ocurriría fatalmente si las corridas desaparecieran. Pero no ocurrirá, no todavía por lo menos, no mientras haya corridas que, como esa semiclandestina de Marbella de la tarde del 5 de agosto, nos hagan vibrar de emoción y gratitud ante un espectáculo de tanta perfección, y nos den tanta voluntad y razones para seguir defendiéndolas contra la prohibición, la última ofensiva autoritaria, disfrazada, como es habitual, de progresismo”.  

►La versión integra del artículo de Rafael Sánchez Ferlosio se puede consultar en:
http://elpais.com/elpais/2012/08/03/opinion/1344016812_971199.html

►La versión integra del artículo de Mario Vargas Llosa se puede consultar en:
http://elpais.com/elpais/2012/08/08/opinion/1344422417_734411.html


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José Aledón
12/08/2012
LA ESPANTÁ DE SANCHEZ FERLOSIO.
Reconociendo el innegable mérito que tiene la obra de Sánchez Ferlosio me sorprende el descuido que su artículo revela, pues inserta en pleno siglo XX un hecho (el estreno en Madrid de la zarzuela ´´Pan y toros´´) ocurrido cien años antes, pues fue el 22 de diciembre de 1864... Dispara a discreción contra todo lo que se mueve alrededor de la Tauromaquia. Ahí tenemos si no lo del ´´excelso ortegajo´´. No hay nada más actual que esa frase de Ortega. No sé, da un poco de pena que desbarre así.
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