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La actuación histórica de Enrique Ponce
¿La tarde de Istres cabe en Madrid o en Sevilla?
Dos momentos de Enrique Ponce, en la corrida de Istres
Fue una tarde absolutamente distinta, que colmó las emociones. En eso las opiniones resultan unánimes. Lo que Enrique Ponce hizo este pasado domingo en la plaza francesa de Istres marca un auténtico hito en una carrera ya de por sí brillante y extensa. En esta ocasión se dio la conjunción maravillosa de un gran torero y seis toros que le permitieron explicar toda su Tauromaquia. Pero, además, cuanto rodeó al espectáculo vino a singularizarlo aún más. El acompañamiento sinfónico de orquesta y coros tuvo mucho que ver en todo ello. Una escenografía, en suma, que aportó un complemento, muy necesario, de variedad y de espectacularidad. La pregunta que queda por contestar es clara: ¿todo eso cabe en Madrid o en Sevilla?
Actualizado 20 junio 2016  
Antonio Petit Caro   

Lo de Enrique Ponce el domingo en la plaza francesa de Istres ha tenido que ser algo excepcional. “Cualquiera que lo haya visto, sin prejuicios, esta tarde, habrá admirado su facilidad, su elegancia, su capacidad lidiadora, su estética. Y, si tiene un mínimo de sensibilidad, se habrá emocionado profundamente. Lo que ha hecho Ponce esta tarde no está al alcance de ningún otro torero actual”, ha escrito Andrés Amorós en las páginas de ABC, que no es precisamente de los que opinan a beneficio de inventario. Y muy oportunamente añadía al final: “Cambiando a Bergamín, hemos escuchado la música cantada –no, callada– del gran toreo”.

Como se sabe, ha lidiado seis toros --3 de Juan Pedro, 3 de Núñez del Cuvillo--, ha indultado al 4º, a dos toros les ha cortado las dos orejas y el rabo y a los otros cuatro una oreja a cada uno.  Ha toreado vestido de luces –un terno grana y oro--, pero de etiqueta, un pulcro smoking, ha lidiado los dos últimos. Y se ha acoplado en su temple a un programa sinfónico, con orquesta y coro, con piezas muy singulares. ¡Tiene que ser grandioso torear templadamente al natural a los sones del Concierto de Aranjuez…¡.

El propio torero, con sus 5.000 toros lidiados, decía al concluir la corrida: “Ha sido la tarde más bonita de mi vida. (…) Es muy difícil después de casi 5000 toros sentir lo que estoy sintiendo y el momento que estoy viviendo, y también ese pasito de mi toreo adelante que no es fruto de la casualidad, sino de la espiritualidad que uno lleva dentro.”

Y hacer una confesión en tales términos exige muchos grados de convicción, porque demostrado está que a cualquier torero le preguntas por una tarde en no se sabe donde y te dice hasta como iban vestidos sus compañeros de terna. Es tal la fuerza del toreo que todos los detalles perviven en la memoria. Como le ocurría a Enrique Ponce al concluir su tarde de Istres.

Si se leen las crónica, nadie duda que Enrique Ponce dio este domingo un paso más allá. No es ya que hiciera algo diferente, que lo hizo; es que pasó una nueva frontera.  Y eso, con independencia de la tendencia taurina que cualquiera comparta, supone mucho más que un acontecimiento episódico: es la honda y pletórica medida de cultura y de arte que singulariza a la Tauromaquia.

Hasta tal punto que  resulta de lo más inapropiado utilizar una palabra tan vulgar como la de “encerrona”, por más extendido que tenga su uso, para definir lo que ha sido la tarde de Istres.

Vayamos más allá de Istres

Pero escrito con letras de oro el nombre de Enrique Ponce en los Anales históricos, la excepcionalidad de esta tarde se lleva por delante elementos que en otras circunstancias sería necesario destacar: con toda lógica en un segundo plano queda que se trataba de una plaza de tercera categoría, con poco más de 3.000 plazas como aforo  y con las características toristas que corresponde a un caso así.

Incluso nada malo se haría si admitimos que un espectáculo de esa singularidad requiere de por sí de unos determinados condicionantes, que muy rara vez se pueden dar con el toraco de los 600 kilos. Cuando Manzanares o Morante hicieron temblar hasta los cimientos de Ronda, quienes se emocionaran no eran ni indocumentados ni ciegos: ya sabían cuales eras las características del toro con el que cincelaron unas obras de arte. Pero no por eso dejaron de poner en valor todo aquello se que estaba admirando.

En la plaza francesa se trató, no olvidemos, de algo rompedor con todos los esquemas tradicionales, comenzando por la música seleccionada: además de “El Toreador” de Bizet para el paseíllo –como ocurre en otras plazas francesas--, durante la lidia y muerte de los seis toros se interpretó un repertorio de composiciones tan diversas como las bandas sonora de películas como “La Misión”, “Rio Bravo” o “1492”, junto a la canción “Águila Negra” de la famosa Bárbara, la preciosa marcha procesional “Caridad del Guadalquivir” o una pieza tan magistral como el “Concierto de Aranjuez”.

Igualmente excepcional, pero de lo más afortunado, resultó el cambio de vestuario. ¿Qué mejor que vestir de smoking para torear a unos sones sinfónicos? En lugar de una extravagancia o de una ocurrencia, aquello venía pedido por el momento en que se hizo.

Podríamos decir que se trató de una especie de espectáculo total, que respetando en todo la rotunda verdad del toreo --que esa no faltó nunca, a tenor de las crónicas--, trajera un aire nuevo y distinto, un plus diferenciador con respecto a lo habitual. Y por decirlo todo: lo que se vivió en Istres fue mucho más allá de esas “corridas flamencas” que en ocasiones se han organizado en nuestro país, con resultados muy diversos.

Es cierto que buena parte de la excepcionalidad de la ocasión la puso el torero, en una tarde plena y con seis toros que le dejaron explicar la cadencia y el compás de su forma de entender este Arte. Si en lugar de seis toros de las características que tuvieron los lidiados, hubieran salido otros seis a contraestilo, el panorama habría cambiado de forma radical. Pero en esa hipótesis, ni la orquesta y ni el coro hubieran tirado por el camino sinfónico, ni el torero habría cambiado de vestuario. En lo que acertaron el torero y los organizadores de la corrida de Istres fue en tenerlo todo preparado por si se daba ese factor tan volátil del “por si acaso”. Salió que SI y todo el mundo se asombra. Pero ahí radicó el riesgo y el acierto que corrieron quienes decidieron ofrecer a los aficionados algo tan distinto.

¿Algo así es repetible?

Pero llegados a este punto cabe hacerse la gran pregunta: ¿cabría programar algo así  en una plaza, por ejemplo, como Madrid o Sevilla?, ¿sus respectivas aficiones aceptarían de buen grado semejantes experiencias?

Tan aferrados como andamos a la estricta ortodoxia a lo mejor resulta que las opiniones mayoritarias se posicionan en contra. Por ejemplo, ante algo tan excepcional ¿se derrumbaría algún muro de los fundamentales si la música sonara en la plaza de Madrid?, ¿temblarían los cimientos de la Maestranza si una faena se desarrollara a los sones de “Rio Bravo” o de “Bárbara”?

Muchas veces se elogia, y con razón, la creatividad de los empresarios franceses, no sólo de Simón Casas. Y la mayoría de las ocasiones aciertan con sus innovaciones. Es el resultado justo para quien se arriesga a hacer algo distinto, sin por eso desnaturalizar el espectáculo.

Debe reconocerse que aquí la última innovación a gran escala que se registró, y hasta la saciedad, fue la reinvención del mano a mano, que en nuestros día se hizo, además, por razones mercantiles, no bajo demanda clamorosa de la afición. Ocasionalmente se ha acudido en socorro de la taquilla a un torero retirado que vuelve por un día. Y con asiduidad reconvierten en goyesca una corrida que nunca tuvo tradición de tal. Pero nada de eso es innovación, sino simple recurso.

Con la vista puesta en el futuro, ¿se puede y/o se debe ser transgresores de las tradiciones milenarias? La respuesta es peliaguda, siquiera sea por el viejo dicho de que “… y luego el toro lo descompone”. Sobre todo cuando se piensa que hasta cuesta trabajo innovar en algo tan material y tan aleatorio como el vestido de luces.

Pero o mucho nos equivocamos o ese futuro de captar a nuevas gentes anda por esas otras sendas. Renovar el espectáculo no puede radicar nunca, ni bajo ninguna hipótesis, en arramplar con la integridad del toro o con la estricta pureza de todas las suertes. La renovación puede venir como en Istres, de todo eso que rodea a un espectáculo y que tiene capacidad de añadirle el plus de elementos distintos, atractivos, novedosos, en fin.

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