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Summa de experiencias depositadas en la técnica y el arte
El toreo: eterno misterio, misteriosa paradoja
"Partimos del hecho de admirar una tauromaquia plenamente madura, evolucionada, puesta al día aunque cargada de anacronismos que hacen verla como un espectáculo singular, contrastante, repulsivo y repugnante para unos. Cúmulo de significativas y profundas aficiones para otros. Por sus arterias circulan mitos y creencias, rituales y convenciones más ortodoxas que heterodoxas. En fin, es la summa milenaria y secular de experiencias depositadas en la técnica y el arte de torear que recoge el toreo cual si fuese una permanente cosecha a veces pródiga, a veces castigada por avatares diversos que la ponen en entredicho". Así contextualizada el historiador mexicano José Francisco Coello Ugalde sus reflexiones sobre las razones profundas del toreo.
Actualizado 10 noviembre 2015  
José Francisco Coello Ugalde, historiador   
 El historiador mexicano Coello Ugalde inaugura el curso del Aula de Tauromaquia de San Pablo-CEU
 Retrato taurino en la Ciudad de México
 Nacionalismo y Tauromaquia en México, durante el proceso de independencia

El presente texto, elegido para reanudar mis habituales colaboraciones, fue escrito originalmente en 2008. Como veremos en algún momento, aparecen casualmente los nombres de José Tomás y Joselito Adame, toreros que con el tiempo, alcanzarán la posibilidad de encontrarse el próximo 31 de enero de 2016 en la plaza “México”, lo que permite reafirmar la espera que, como aficionados hemos tenido a la programación de un “mano a mano” como el que ya se anuncia. Seguramente habrá quien afirme, y con razón, que este tipo de enfrentamientos se da justo cuando una temporada ha tomado fuerza y es preciso que se formen carteles atractivos, donde priva la competencia.

Por extrañas razones, dicha “competencia” vino a materializarse debido a la negada actitud empresarial de proponer carteles como el del próximo mes de enero y negarse también a contratar toreros cuya administración impone condiciones especiales, sobre todo en la parte económica. Habiendo regresado de España hace unos días, me di cuenta que existe un ambiente bastante animado por este motivo, lo cual significa que habrá un importante contingente de aficionados hispanos que realizarán viaje tan especial, con el objeto de hacerse presentes en la plaza de toros “México” y presenciar con sus propios ojos un espectáculo en el que todos quienes estemos en el coso de Insurgentes, “ya nos estamos relamiendo los bigotes”. Vayan pues estas notas que despertaron en su momento la urgencia de escribir una visión distinta y novedosa sobre lo que es capaz de provocar una más de las múltiples aristas de la tauromaquia.

Partimos del hecho de admirar una tauromaquia plenamente madura, evolucionada, puesta al día aunque cargada de anacronismos que hacen verla como un espectáculo singular, contrastante, repulsivo y repugnante para unos. Cúmulo de significativas y profundas aficiones para otros.

Por sus arterias circulan mitos y creencias, rituales y convenciones más ortodoxas que heterodoxas. En fin, es la summa milenaria y secular de experiencias depositadas en la técnica y el arte de torear que recoge el toreo cual si fuese una permanente cosecha a veces pródiga, a veces castigada por avatares diversos que la ponen en entredicho.

Sin embargo, esta primera reflexión iniciada en vísperas de la temporada 2007-2008, con José Tomás o Joselito Adame anunciados como los principales protagonistas para comparecer en la plaza “México” nos lleva a la primera de nuestras contemplaciones, que además tiene que ver con lo inmediato, es decir, a la necesaria condición de poner los ojos en el presente para reflexionar eso sí, con la cautela de la razón, por encima de la pasión.

Recientemente escribí un texto que, en buena medida, ayudará a entender la contemplación a que me refiero.

I

Paradoja[1], en su más amplio sentido, y según nos lo dice Nicola Abbagnano es, como sigue: Lo contrario a la “opinión de los más”, o sea al sistema de creencias comunes al que se hace referencia, o bien, lo contrario a principios que se consideran bien establecidos o a proposiciones científicas. (…) Paradoja es la totalidad de la fe según Kierkegaard, porque todas las categorías del pensamiento religioso son impensables y no obstante la fe cree todo y asume todos los riesgos. Kierkegaard vio en la paradoja la relación misma entre el hombre y Dios: “La paradoja no es una concesión, sino una categoría, una determinación ontológica que expresa la relación entre un espíritu existente y cognoscente y la verdad eterna” (Diario, VIII, A 11).[2]

Pues bien, bajo estos principios es como pretendo realizar un balance sobre lo que ha significado el avance o retroceso de la tauromaquia mexicana, si es que estamos entrando en un terreno donde van a ser frecuentes las contradicciones u opuestos en el discurso positivo o negativo –maniqueo, al fin y al cabo- que impera en la condición más profunda de un espectáculo sometido a este tipo de encontradas condiciones reflexivas.

La paradoja, en tanto reflexiva, mueve a contradicciones, pero también a la negación de lo bueno, del otro; es también lo diametralmente opuesto y otras condiciones maniqueas.

Sí, tenemos que reconocer cual es esta más o menos condición de la tauromaquia en México, ahora que ya se recorrió el primer lustro del presente lustro.

De un primer balance nos encontramos ante una severa crisis de valores. Es cierto, debemos reconocer el elevado número de aspirantes en la novillería[3] y también entre las filas de los matadores[4]  .Sin embargo, son muy pocos, contados incluso los que figuran como sobresalientes y no siempre subidos en el galopante caballo de las guerreras batallas. Esto es una paradoja, como paradoja es la nula presencia de los nuestros en el extranjero. Pareciera que los pésimos manejos diplomáticos de este sexenio cuyo desenlace urge, estén convertidos en el espejo de cuanto es la imagen mexicana en los foros internacionales.

Debo el motor o estímulo de estas reflexiones a la reciente lectura de El lenguaje del músico, discurso de ingreso al Colegio Nacional del eminente músico y compositor Mario Lavista, ocurrido hacia 1999.

Avanzada su lectura, Lavista cita a John Cage quien en su libro Silence apunta: “Donde quiera que estemos lo que más oímos es ruido. Cuando lo ignoramos nos molesta. Cuando lo escuchamos nos parece fascinante”.

Sonido y silencio, dos expresiones que entran en conflicto. Son contraste, son ambivalencia, es bipolaridad incluso. Es uno en oposición del otro. Es paradoja.

Y Alejandro Rossi, quien contestó el discurso del autor de Reflejos de la noche afirma lo dicho por Lavista a partir de lo que un crítico musical alemán, Eduard Hanslik expuso en 1854 en Vom Musikalisch-Schönen definiendo el “Purismo musical” así:

La diferencia consiste en esto: que en el lenguaje el sonido es sólo un signo, o sea, un medio para expresar algo completamente extraño a este medio, en tanto que en la música el sonido tiene importancia por sí mismo, es decir, es finalidad por sí mismo. La belleza autónoma de las bellezas sonoras aquí y el absoluto predominio del pensamiento sobre el sonido como sobre un puro y simple medio de expresión allá, se oponen de manera tan definitiva que una mezcla de los dos principios es una imposibilidad lógica.[5]

Esto es, sonido se convierte en el necesario elemento de estímulo que nos produce reacciones emocionales colocadas en el límite del vértigo, de lo inconcebible, del orgasmo en el que habitan en ese solo instante fantasmas y fantasías. Pero cuando el silencio invade estos territorios (recordemos que el propio Cage aporta un “sonido” a la música con su famosa y radical 4´33” en la que el único elemento que se indica en la partitura es la duración, Mario Lavista dixit) el propio silencio no dice en concreto nada, a no ser que sea capaz ese espacio o esa dimensión en provocar reflexión, meditación, dolor o tristeza.

De ahí que el discurso del toreo actual podría navegar entre sonidos y silencios. Unos y otros por extrañas razones causan emoción y desagrado. Pero esa emoción y ese desagrado constituyen complejos síntomas que lindan con la paradoja.

Doy un ejemplo: No se puede hablar del Quijote sin haberlo leído.

No se puede hablar de toros sin tener alguna experiencia acumulada.

Y aún más.

Una mujer puede ser bella, pero no el paradigma. Es decir, la belleza al principio nos emociona, nos cautiva, pero la belleza al cabo del tiempo puede cansar, puede perderse incluso y ser, sobre todo con el tiempo antítesis de su propio origen.

El espectáculo de los toros está poblado de sonidos y silencios, de tantos humanos que son espejo de esa paradoja: sonido-silencio. Pero el espectáculo se articula con una población fija y mutante, más de la segunda que de la primera y esa segunda puede ser la causante de los conflictos en que aquellos que son fijos o estables a veces enfermizos, a veces dogmáticos y radicales; ora nostálgicos, ora puristas.

Con esas condiciones se enfrentan a la posible ligereza de los demás que asisten más por circunstancia y curiosidad que por convicción.

Pero todos ven un espectáculo al modo de sonido y silencio, acorde a la tonalidad y a la nada. ¿A dónde voy? Al punto donde surgen todas estas emociones-desilusiones: el ruedo. Y en él, un toro y un torero cumpliendo una vez más con el acto sacrificial en plena modernidad. Esto es, la razón originaria vs. su propio destino. ¿Cuánto de pureza conserva el toreo? ¿Cuánta corrupción puebla sus entrañas?

A esa paradoja voy. Cuántos negarán lo positivo y cuántos aceptarán lo negativo. Este maniqueísmo ha operado siempre causando las más polémicas posibles, absurdas unas, legítimas otras. ¿Pero qué es lo absurdo y lo lógico si los confrontamos con la verdad absoluta? Absurdo-lógico enfrentado a esa “verdad absoluta” no nos va a traer sino un complejo análisis que tendremos que dejar como se deja en sus primeras páginas una mala novela, por ejemplo. Debemos, en todo caso tratar de convenir con otro tipo de verdad: la relativa en este caso para no caer en extremismos dogmáticos y radicales.

Sin embargo relación toro y torero se funden en la lógica de un solo principio: toro de cinco, torero de veinticinco, como reza la conseja. Esa sería la lógica más llana a cumplirse como cuando se oficia, a la vista de muchos ojos y muchos pensamientos el ritual de la misa. Toda esa grey o comunidad cree –en esos momentos-, en la sangre y el cuerpo de Cristo, cuando que lo único a su vista, es una hostia y una copa dorada a la que se acaba de escanciar una porción de vino. Y sin embargo, son la sangre y el cuerpo de Cristo.

Toro en el ruedo, a la vista de quienes asisten a la plaza es o debe ser, a la vista y conciencia de todos algo simplemente como esto 2 + 2 = 4. Y me supongo que tal planteamiento no convoca al engaño, pero son otros los que pretenden desequilibrar la sencillez de esa ecuación. De ahí la paradoja más profunda, la que se ve alterada por el descrédito de la mentira. Pero aún así, hay quienes ven la hostia y el vino como el cuerpo y la sangre de Cristo, constituidos en una oblea de harina y un vino de mala calidad que emborracha sacerdotes, mientras estos, en su pésima condición pueden dar incluso, un tono distinto a su sermón, atentando contra lo establecido en su doctrina, de ahí que quienes detentan muchas veces el poder se conviertan en manipuladores, en ejes del mal. (Vaya aquí un mal ejemplo de cuanto puede ser lo que pretendo explicar).

Esa es la tremenda y desnuda realidad del toreo, la que nos hace creer que son toros y no novillos o viceversa lo que sale al ruedo para ser lidiado por hombres o mujeres vestidos en sacerdotales ropajes exclusivos de una fiesta-ceremonia secular y milenaria.

II

Ya abordamos la primera y más tremenda paradoja: la del sonido y el silencio, la de la hostia y el vino, cuerpo y sangre de Cristo. En otras palabras, la del toro que nuestros tiempos modernos y la costumbre le han establecido mayoría de edad a partir de los cuatro años cumplidos, así como un fenotipo específico.

Ahora veamos la que corresponde al opuesto geométrico, es decir, analizamos ya la horizontal. Veamos la vertical: el torero.

De nuevo es Lavista el referente gracias a una pequeña cita de su discurso en el que apunta: “…en Estados Unidos Terry Riley y Steve Reich escriben obras minimalistas, cuyo principio estructural se basa en la repetición y transformación constante de unos cuantos elementos…

He dicho en otros apuntes que el progreso del arte y la técnica han llegado a su más acabada expresión, que parece ya no habrá más que hacer sino depurar, pulir, refinar esa manifestación para que, en 20 o 50 años se conciba como otro capítulo que por ahora desconocemos cómo habrá de desempeñarse. Sin embargo, opera el principio minimalista al que ha sido reducida una rica, riquísima expresión del arte y la técnica tauromáquicas, acordes con los tiempos que van corriendo. El minimalismo más claro es esa síntesis de dos o tres lances con el capote, y otro más o menos variado pero limitado repertorio muleteril, como si con eso se consagrara la versión más moderna del toreo, aproximación legítima, resultado concreto y hasta lógico que los toreros han pretendido dar –por ahora- a su oficio.

En música, la tonalidad reinó durante 300 años, pero se hizo necesaria la llegada de aires renovadores con lenguajes como la atonalidad, el dodecafonismo y el serialismo, la bitonalidad y la bimodalidad. El ya conocido minimalismo y hasta la electroacústica, medios todos ellos que están al servicio del sonido.

En los toros, las tauromaquias de José Delgado y Francisco Montes (1796 y 1836 respectivamente) están superadas. Ya lo dijo José Carlos Arévalo en recientes apreciaciones editoriales. El actual director de la revista 6TOROS6, quien ha abrevado y ha hecho suya la obra de José Alameda, reconociéndola ya como fuente indispensable, se sustenta en ella para afirmar:

Las corridas de toros siempre respetaron celosamente el rito. Pero el toreo es una de las artes más evolutivas. La lidia ya codificada en tres tercios absolutamente definidos, la de los tiempos de Paquiro, nada tiene que ver con la lidia actual. Es posible que ni los aficionados más conocedores supieran seguirla, comprenderla, sentirla, si pudieran verla hoy tal como era ayer. Pero no la cambió el rito, que permanece inalterable, ni los reglamentos posteriores, que la sometieron a ley, sino el arte del toreo. Es decir, las historias que el hombre es capaz de contar con un toro: su actitud ante el peligro, su capacidad para trocar la violencia del animal en una cadencia estética impuesta por su sabiduría y por su sentimiento.

Pero viene aún algo muy importante:

Ni Joselito, ni Belmonte, ni Manolete tuvieron que cambiar una coma de los reglamentos a los que sucesivamente se sometieron para que las corridas, siempre iguales, fueran distintas. ¿Quién le impuso a José la regeneración, por él ordenada, de la suerte de varas para que abriera el camino hacia un mayor repertorio del toreo de capa? ¿Le protestaron las cuadrillas cuando les ordenó abandonar el ruedo durante la faena de muleta? ¿Qué reglas rituales contradijo Belmonte para hacer del toreo un acto dramático más estético? ¿Qué ley hubiera tenido potestad para impedir el toreo versificado en series de Manolete, ese hallazgo que transformó y amplió hasta en su misma esencia la faena de muleta?[6]

¿Qué destino, qué futuro, qué fin se pronostican para el toreo? ¿Meras paradojas o realidades nuevamente tangibles a la luz de los tiempos que, de aquí en adelante correrán augurando lo hoy imprevisible?

Recordemos que el protagonismo en la tauromaquia se encuentra detentado por los españoles y un puñado de mexicanos, latinoamericanos y franceses. Pero México, en ese sentido, no se ha adherido con justicia al concierto de las naciones. La marginación no es gratuita, pero se ha dado por otras razones. Servilismo, malinchismo y ninguna capacidad para compartir con esa avasalladora maquinaria que mantiene o sostiene una auténtica industria, y no el simple negocio o “changarro”, esa triste y peyorativa realidad que predomina en nuestro país, en uno de los sexenios más mediocres que hemos padecido. A ese fenómeno –por desgracia- nos hemos acostumbrado como parte de las pocas expectativas ofrecidas por apenas dos o tres figuras nacionales pero no internacionales.

En la ópera, Ramón Vargas triunfa fuera de nuestras fronteras, a la sombra incluso de la trilogía Carreras-Pavarotti-Domingo. Cada presentación suya en el extranjero es aureolada y exaltada por melómanos y prensa. Su nombre se suma al de otras grandes luminarias del bel canto. Y Ramón es mexicano, e insisto triunfa allende el mar. ¿Por qué? En esto, claro que funciona muy bien el aparato publicitario, pero también las ganas de promoverse y promoverlo. Entonces porqué el México taurino depende desde hace algunos años de un solo torero: Eulalio López que no ha alcanzado los máximos rangos de figura internacional o la escala de “mandón”. El “Zotoluco” se ha quedado solo “como los muertos”, tal cual lo escribiera Gustavo Adolfo Bécquer en su rima Nº LXXIII:

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil rüidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

—¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

Y en esa soledad, sin aliados poco puede hacer. La maquinaria industrial de la tauromaquia en España no se va a andar molestando por un extranjero más. Lo que interesa es garantizar la celebración de espectáculo en sus tres modalidades (corrida de toros, novillada o corrida de rejones), siempre alentada por el estado, que es otro factor capaz de garantizar la buena marcha de tan próspero negocio.

Quien manda en México, al parecer no es “El Zotoluco”. Son los empresarios ambiciosos, los que piensan no solo en Eulalio (que eso no tenemos porqué reprocharlo). Pero piensan en función de cómo organizar carteles con la presencia de diestros hispanos como si Eulalio fuera uno más en el cartel. Pero con “El Zotoluco” y su administración no conseguiremos que el mesianismo se cumpla tal y como ocurrió con su último exponente: Manolo Martínez. He ahí las contradicciones que son más frente a la poca iniciativa por atenuarlas, por erradicarlas pues, a lo que parece, el toreo seguirá siendo suma de complejas realidades y así habrá que entenderlo, como lo que es: un eterno misterio, una misteriosa paradoja.

Como se habrá podido comprender, tenemos la primer gran aproximación al que es, en nuestro presente, el estado de cosas cuyo comportamiento es consecuencia de la marcha emprendida en lo que va del siglo XXI. Nuestra mirada hacia atrás comienza en estos precisos momentos, deseando que se obtenga un balance con aires de novedad, pero sobre todo que sirva para entender desde nuestra perspectiva, cual ha sido el devenir del porvenir. Cuál fue el devenir de un pasado que sirvió para fijar las estructuras de una tauromaquia que ahora toca de construir hasta el extremo de su mejor comprensión.
_______________________

 [1] Idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de los hombres. // Aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencias de verdadera. // Figura del pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción.

 [2] Nicola Abbagnano: Diccionario de filosofía. Traducción de Alfredo N. Galletti. 7ª reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 1989. XV-1206 p., p. 888.

 [3] Por cierto con un balance escaso, por no decir mediocre durante el curso de 2007. Salvo el caso de Luis Manuel Pérez “El Canelo” Arturo Saldívar, Rodrigo Hernández en la plaza de toros “México”; Luis Preciado o de Manuel González“Montoyita” que comparecieron en la plaza de toros “Antonio Velásquez”, o Rafael Mirabal “Rafita” Mirabal como becerrista, no se tienen otros nombres relevantes.

 [4] Se pueden mencionar los casos de: Arturo Macías, Rafael Ortega, Eulalio López “El Zotoluco”, Rodolfo Rodríguez “El Pana”, Fernando Ochoa, José Luis Angelino, Israel Téllez, Leopoldo Casasola, junto al veterano Eloy Cavazos… Es decir, no llegan ni siquiera a una decena de matadores en activo.

 [5] Mario Lavista: El lenguaje del músico. Discurso. Alejandro Rossi, respuesta. México, El Colegio Nacional, 1999. 59 p. Fot., p. 54-55.

 [6] 6TOROS6 Nº 574, del 28 de junio al 4 de julio de 2005, p. 3. José Carlos Arévalo: “Libertad y tabú”.

 

© José Francisco Coello Ugalde/ noviembre 2015
https://ahtm.wordpress.com/2015/11/03/el-toreo-un-eterno-misterio-una-misteriosa-paradoja/

 

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