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Parecen los grandes olvidados
La urgente necesidad de acudir al rescate de la ganadería brava
Cuando la ganadería de bravo atraviesa una de las etapas más críticas de la historia, muchos y bien intencionados se esfuerzan por poner en orden la Tauromaquia como actividad económica, pero también con una parte de nuestra cultura y de nuestro patrimonio nacional. Sin embargo, en ese empeño tan laudable, los criadores del toro de lidia parecen los grandes olvidados. Parece que no se valora de manera suficiente un dato fundamental: por más que el toro de lidia constituya uno de los elementos constitutivos de la Tauromaquia, incluso por delante de eso debe situarse lo que representa de singular y propio para la riqueza y la diversidad animal característica de España, de su patrimonio.
Actualizado 22 febrero 2014  
Redacción   

Con tensiones y dificultades, pero con voluntad de acercar posiciones, se mantienen vivas las negociaciones por el futuro Convenio Colectivo Nacional Taurino. Los objetivos son claros: reducir los costes de los espectáculos taurinos, repartiendo las cargas de una forma racional. El empeño no es fácil, pero sí tan necesario que cada una de las partes debiera tener la suficiente altura de miras que exigen las actuales circunstancias económicas y la propia realidad del número de espectadores que reúne el conjunto de la programación taurina.

Pero aún en la hipótesis, del todo deseable, que las tres partes que se sientan a la mesa de las negociaciones llegaran a un acuerdo, lamentablemente no por eso quedarían resueltos los problemas que hoy afronta la Tauromaquia. Y es que no se puede ni se debe olvidar a la cuarta pata que soporta la mesa de este patrimonio cultural: los ganaderos, que siguen siendo en buena medida los grandes olvidados de esta actividad económica, cuando sin embargo son los verdaderamente insustituibles en todo este carrusel de la Tauromaquia: puesto en riesgo el toro, puesto en riesgo todo lo demás.

Entre que los criadores se distribuyen en numerosas organizaciones profesionales --quizá demasiadas, al menos en los actuales momentos-- y que no tienen mesas claramente definidas ante las que reivindicar sus necesidades, andan hoy en una peligrosa tierra de nadie,  perseguidos por unos continuados incrementos de los costos y una sobreoferta que devalúa una  materia prima tan insustituible para la Fiesta como es el toro.

Tienen en común con los demás sectores profesionales el problema, que no se acaba de afrontar con la necesaria eficacia, de los impagos,  los retrasos en los cobros y la caída de los precios, que a los criadores les genera unos desfases de tesorería que sólo los muy fuertes pueden afrontar: cobren o no cobren, al ganado hay que darle de comer, tiene que prestársele las debidas atenciones veterinarias, etc. Esto es: los gastos son ineludibles haya habido o no ingresos. Por eso, la camada de bravo se va reduciendo cada temporada, pese a lo cual sigue habiendo excedentes.

Este conjunto de factores delimitan una situación que de manera objetiva debe calificarse como límite. Hay una docena de hierros que al socaire de las exigencias de las figuras pueden colocar toda o casi toda su camada, aunque ya hayan tenido que cambiar sus costumbres, por ejemplo, acerca de qué ganado debe lidiarse de utreros y cuáles de cuatreños. Pero sin restarles méritos a su tarea, ese grupo de los elegidos no resulta representativo de lo que pasa en todo el sector.

En este contexto, y con los hábitos generalizados entre quienes detentan más poder en la Fiesta, que son empresarios y toreros, raya  prácticamente en la utopía plantearse, por ejemplo, la necesidad de preservar los distintos encastes de esta raza tan singular como el ganado de lidia. Todos estamos de acuerdo que constituiría un error muy grave dejarlos desaparecer, una pérdida que nunca se volvería a recuperar.  El problema es que atender esa necesidad requiere de unas posibilidades de financiación de las que hoy se carece.

Sin embargo, frente a este panorama tan crítico parece como si nada se moviera para resolverlo. Resulta totalmente marginal que los criadores acudan a esa fórmula comercial de enseñar sus dehesas y su ganado en las fiestas privadas, paella incluida. En el conjunto de la economía ganadera eso no va más allá de ser el “chocolate del loro”.  Las medidas que se necesitan son mucho más profundas.

Tampoco debiera ser cuestión que, como en toda actividad humana, también en este sector habrá casos un tanto atípicos. Desde el nuevo rico al que no le importa perder dinero con tal de alcanzar la relevancia social de verse anunciado en los carteles, a quienes por un cierto abolengo de tradición prefieren arruinarse antes de romper una trayectoria histórica. Pero esta atipicidad no es privativa de los ganaderos de bravo, se da en todas las profesiones que puedan imaginarse. Como ocurre en todos los campos, lo que debiera preocupar es ese amplio conjunto de criadores, con vocación y empeño por lo que hacen, pero a los que la cuenta de resultados les sitúa en el borde del abismo.

Se podrán dedicar todas las horas que se quiera a reivindicar los valores de la Tauromaquia, a enderezar las cuentas de los espectáculos mayores…, a mil actividades todas ellas positivas. Pero si no se acude --las Administraciones Públicas y todos los sectores taurinos-- al rescate de la crianza del toro de lidia, estaríamos dejando al albur de un nebuloso del mañana la suerte de la Tauromaquia.

En esto no cabe aplicar al pie de la letra el principio liberal de que todo lo arregla el mercado. La actual coyuntura ganadera exige mucho más que dejar actuar a la ley de la oferta y la demanda. Y es que lo se encuentra verdaderamente en riesgo no es que un criador gane o pierda dinero, que a la postre eso es cosa suya y de su economía; lo que nos jugamos es la preservación de una raza autóctona, que es totalmente excepcional precisamente por su diversidad.

Perder esa autenticidad y su propia diversidad no sería tan sólo un problema para la Tauromaquia; ante con todo, y mucho antes, supondría un verdadero drama para el patrimonio animal de nuestro país. Frente a eso, permanecer indiferentes constituye una posición suicida. Nada nuevo se haría si se actuara a favor del ganado bravo; no se haría más que lo que hoy se realiza desde los Presupuestos Generales para preservar otras especies animales características de España. No verlo así, además de obviar la realidad de la situación, sólo se entenderían en quienes tiene una especie de visión folklórica de lo que es y lo que representa la Tauromaquia.

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