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Cuando en Madrid ya van 5 encierros rechazados
El veedor de toros y el ganadero de bravo, con el empresario en medio
Labores ganaderas en el campo (www.fincatoropasion.com)
En el plazo de unas pocas semanas, cinco encierros --entre novilladas y corridas de toros– han sido rechazados en Las Ventas. Y serían seis si contáramos la corrida de El Tajo y La Reina que sin estar anunciada se rechazó incluso como sustitutos. En lo que va de feria, otras dos corridas han sido previamente remendadas: una con dos toros y otra con cuatro. Todo un record de fracasos. Lo fácil en estos casos es mirar hacia el veedor de turno, que para colmo se concentra casi íntegramente en una sola persona. Mejor sería mirar hacia los responsables de la empresa, una vez que ya sería, por todas las circunstancias, un mero romanticismo pretender que quien se responsabilice de lo que se envía a cada plaza sea el propio ganadero, como ocurría hace ya un siglo.
Actualizado 21 mayo 2012  
Redacción, Servicio de Documentación   
 "La recuperación del interés por la Fiesta pasa por la recuperación del toro"

Si nos atenemos a la Real Academia de la Lengua, que no es precisamente mala fuente, que el significado del término ““veedor” se corresponde con “antiguo funcionario público encargado de la inspección y control de las actividades de los gremios y sus establecimientos”. Obsérvese que la docta casa parece referirse a un oficio antiguo, esto es: de épocas pasadas, y como tal sin vigencia en nuestros días.   Otras fuentes, con menor precisión, definen la figura como “la persona que mira con curiosidad lo que hacen otras”. Y quizás por economía literaria, lo usual es que en el español americano se entiende, más sencillamente, por “inspector”.

En la gramática parda del taurinismo se encuentran rastros de todas estas acepciones, pero también de otras no siempre anejas de forma natural. Su rastro en la historia es bastante antiguo. En unos casos se comprende que, con los medios de transporte de principios del siglo XX, los empresarios de toros tuvieran que contar con personas que le auxiliaran en las distintas zonas ganaderas a la hora de estar al tanto lo que había por el campo y de ello lo que encajaba en la idiosincrasia de la plaza de que se tratara.

Era por entonces un cometido muy limitado Por fortuna para el aficionado, en aquellas décadas quien mandaba en la dehesa a todos los efectos era el ganadero, que hubo etapas, como es bien conocido, que hasta establecía el orden de lidia de sus toros. Incluso en etapas que había que convivir con los visitadores de las ganaderías, más de un ganadero se negaba a recibirlos y otros si les dejaba entrar se limitada a dar la información precisa: “esto es lo que hay”.

En cualquier caso, en esos tiempos lejanos como luego en las décadas posteriores, el oficio de veedor, no estaba profesionalizado --solía ser gente del toro ya retirada, que trabajaban a comisión-- y mucho menos tenía notoriedad pública alguna. Sin embargo, los había con un prestigio personal indudable, como era el caso de Miguel Criado, popularmente conocido como “El Potra”.

Las cosas comenzaron a cambiar radicalmente y para mal coincidiendo con la extensión  de este oficio al conjunto de personal auxiliar de las figuras. Es más, eran lo que realmente tenía fuerza para inspeccionar las corridas que había comprado el empresario, hasta comprobar si iba a ser del agrado de su torero. No sólo en este caso, pero la era del cordobesismo fue paradigmática a todos los efectos. Si se lee la prensa de esta época, se comprueba la “mala prensa” que tenían los de este oficio. Y en especial los que trabajaban para determinadas figuras: acababan siendo el saco de todos los golpes.

En nuestros días el veedor se ha reconvertido ya  en un profesional en toda regla, al que tan sólo le falta tener un sindicato o una agrupación profesional para convertirse oficialmente en un oficio más dentro del variopinto cajón de sastre del taurinismo,

Hay que reconocer que el oficio no es fácil, sino que exige mucha experiencia y muchos conocimientos, con unas responsabilidades además importantes acerca de lo que luego ocurra con la corrida de turno. En este sentido, la saga de los Criado, padre e hijos, tiene acreditado una particular perspicacia para saber ver los toros en su paisaje natural de la dehesa y luego transportarlos mentalmente a la plaza que corresponda, para concluir si encaja o no en lo que  esa afición quiere ver. Julio Pérez “Vito” es también todo un maestro en este cometido: es muy raro que se equivoque; si dice, “este toro no sirve”, es que efectivamente no sirve y punto.

Cualquier que ha tenido la esplendorosa experiencia de ver toros en el campo, su hábitat natural, puede contar cómo la impresión que entonces le producían difiere una barbaridad de la de ese mismo animal entre las escuetas paredes de la corraleta de una plaza. Y nada digamos cuando se le ve en el ruedo. Probablemente ocurre porque, ya en los corrales, ya en el ruedo, al animal se le ve con muchos puntos de referencia: la altura de las tablas, la propia estatura de los toreros, etc. Si todo eso lo hacemos teniendo que barajar las diferencias toristas que se dan entre Pamplona y Huelva, la cosa le desborda a cualquier amateur en ese oficio.

Sin ir más lejos, el ganadero Antonio Bañuelos se pasó los días precedentes a lidiar su corrida diciendo que traía una corrida con “buenas hechuras, acorde a la plaza de Madrid”. Que si quieres arroz: dos toros rechazados en el reconocimiento.

En lugar del veedor profesional, o además de, algunas plazas de gestión directa se responsabilizan de esta tarea. Es el caso de Bilbao, donde la propia Junta Administrativa que rige la plaza visita varias veces el campo, selecciona de forma concreta lo que quiere y va vigilando su evolución hasta que llega a agosto. Como además están encima de que no se den picarescas, de un toro elegido que aparezca en otro ruedo, quizás por todo eso es una plaza con muy bajo índice de rechazos en los reconocimientos previos.

En estos días en Madrid, cuando ya van siete los encierros que han sido rechazados o remendados, han sonado las señales de alarma. Y hasta le han puesto nombre propio al causante, deducido de un hecho sencillo: los cinco lotes rechazados en su integridad correspondían a la zona de Andalucía, en tanto los otros dos remendados era de origen castellano. En consecuencia, el veedor andaluz que, por lo visto, pertenece a la Casa Matilla, es el que se ha equivocado, a él le corresponde el marron. Hombre, tampoco es como para ponerse así. Habrá ha hecho lo que consideraba mejor, aunque sea por cosa tan simple de que nadie se dedica a trabajar buscando equivocarse. Y en último caso, la responsabilidad es de quien tiene la capacidad de decisión.

Precisamente porque es una tarea compleja, con demasiados intereses encontrados, era tan sabia la costumbre de los ganaderos históricos, cuando retenían por ellos solos la decisión de elegir la corrida que le habían pedido para esta o para aquella plaza. En el empeño no es que se jugara parte de su negocio, lo que podía quedar en entredicho era su reputación. Y eso eran palabras mayores.

Pero para qué vamos a convertirnos en nostálgicos: hoy en día aquella fórmula, que era hasta romántica, resulta  un imposible. Con increíbles excedentes ganaderos, con la economía de las dehesas en muy serios apuros, con más del 40% de los espectáculos suprimidos del calendario, en todos los casos –si se quitan dos o tres nombres-- se pasa por lo que haya que pasar, con tal de tener un poco de liquidez, para seguir comprando piensos.  Y es que hay una gran verdad: cuanto menos poder le corresponda en este mundo al ganadero, menos seriedad y autenticidad habrá en la Fiesta. Al fin y al cabo, la mayoría de ellos son los últimos románticos que quedan, o quedaban. 

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