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500 años de Tauromaquia en México
XXXIX. El siglo XIX mexicano: nuevas consideraciones para el toreo, a través de Mariano Picón-Salas
A comienzos de los años 40, Mariano Picón-Salas publicó su gran obra "De la conquista a la independencia, Tres siglos de historia cultural hispanoamericana", en la que ofrece una visión sobre la forma de ser y de pensar que se dio en territorio americano, cuyo encuentro, accidental o no, logró de la cultura en el nuevo continente un escenario de suyo interesante y valioso, por ende sin desperdicio alguno. A través de este trabajo podemos acercarnos al territorio taurino, para comprender ciertas situaciones que definieron lo que han dado en llamar la "fusión" cultural.
Actualizado 24 octubre 2016  
José F. Coello Ugalde, historiador   
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A punto de ingresar a una nueva sala, la que nos ayude a entender toda la serie de cambios y de giros que fueron a darse entre el proceso de la conquista y toda su asimilación, así como el de la independencia y el nuevo estado de cosas que sobrevino nada más quedaron emancipadas algunas naciones americanas, a partir de los primeros años del complicadísimo siglo XIX, es preciso leer el siguiente texto, que bien podría darnos un panorama general, mismo que se entenderá, en buena medida, a la luz de lo que también significaron esos mismos cambios para la tauromaquia (concretamente en el nuevo estado-nación que fue México, a partir de 1821 en que queda declarada su independencia).

En 1944 apareció el gran trabajo DE LA CONQUISTA A LA INDEPENDENCIA (TRES SIGLOS DE HISTORIA CULTURAL HISPANOAMERICANA) del eminente venezolano Mariano Picón-Salas. Fue esta una completísima visión sobre la forma de ser y de pensar que se dio en territorio americano, cuyo encuentro, accidental o no; provocado o no, logró de la cultura en el nuevo continente un escenario de suyo interesante y valioso, por ende sin desperdicio alguno.

La reseña que pretendo para este libro, busca acercarnos al territorio taurino, para comprender ciertas situaciones que definieron lo que han dado en llamar la “fusión” cultural.

Por ejemplo, Pedro Henríquez Ureña, en su NOTA dice de entrada: La cultura colonial, descubrimos ahora, no fue mero trasplante de Europa, como ingenuamente se suponía, sino en gran parte obra de fusión, fusión de cosas europeas y cosas indígenas. De eso se ha hablado, y no poco a propósito de la arquitectura: de cómo la mano y el espíritu del obrero indio modificaban los ornamentos y hasta la composición (…)  La fusión no abarca sólo las artes: es ubicua. En lo importante y ostensible se impuso el modelo de Europa; en lo doméstico y cotidiano se conservaron muchas tradiciones autóctonas. Eso, desde luego, en zonas donde la población europea se asentó sobre amplio sustrato indio, no en lugares como el litoral argentino, donde era escaso, y donde además las olas y avenidas de la inmigración a la larga diluyeron aquella escasez. Las grandes civilizaciones de México y del Perú fueron decapitadas; la conquista hizo desaparecer sus formas superiores: religión, astronomía, artes pláticas, poesía, escritura, enseñanza. De esas civilizaciones persistió sólo la parte casera y menuda; de las culturas rudimentarias, en cambio, persistió la mayor parte de las formas.[1]

Lo que debe entenderse de inmediato es el proceso de encuentros que se asimilaron para convivir en un nuevo ambiente. Ambas culturas no buscan desaparecer, se afanan en demostrarse mutuamente lo que son. El tiempo hace entender que las dos formas comprendan que el maridaje es necesario y que reñir no es la solución.

Es cierto, la conquista, como dice Henríquez Ureña “hizo desaparecer sus formas superiores” de dos grandes civilizaciones, como las de México y el Perú. No obstante, y a pesar de lo agresivo del proceso, esto trajo como consecuencia que su espíritu quedara presente en un medio que se construye alentado por las diferentes aportaciones en el trayecto de varios siglos.

Picón-Salas maneja una frase contundente que dobla los esquemas sobre las discutidas y encontradas propuestas que existen al respecto de lo que significó el encuentro de dos culturas en un momento histórico definitivo. Apunta:

José Ortega y Gasset ha dicho que el español se transformó en América, pero no con el tiempo, sino en seguida: en cuanto llegó y se estableció aquí.[2]

 

Concepto de independencia taurina en el ámbito rural mexicano. 

Esto es, al asimilarse se logró entre ambos el objeto de integración que surgió tras las jornadas militares de la conquista. Y como ya sabemos, tras la conquista violenta surgió la espiritual. De ambas emanó un concepto conciliador que se sujetó a la aceptación del dominador sobre el dominado hasta que -en cierto modo- fue posible mantener la relación, sin que faltaran los estados de desequilibrio determinados por un conjunto de manifiestas inconformidades de tipo social. El aspecto político, pero fundamentalmente el religioso mantuvieron firmeza, como paliativos frente al descontento que tuvo dos fuentes esenciales: la económica y social. Desde luego, la enorme influencia del espíritu americano pudo adherirse a las formas de vida que se desarrollaron durante la época colonial, y en esto, el toreo no fue la excepción. Todo el esquema que establecieron los abanderados de la tauromaquia del más rancio sabor hispano, se permeó de la esencia brotada de este continente. Sin embargo no se desconoció el valor de las raíces que incluso, fomentaron y cultivaron muchos personajes de la tauromaquia novohispana. En todo caso, esa ánima vino a enriquecer la escenografía que ganó en colorido, dado -a veces- lo estruendoso de su interpretación. Toreo con alma híbrida. Por eso, el español tuvo que adecuarse de inmediato al nuevo terreno que pisaba. Y ese español establecido en América, resignado a no poder regresar a su patria, pero decidido a quedarse en una nueva, creó una escenografía que no olvidaba sus más hondas raíces, pero daba al escenario la oportunidad de incorporar elementos con los que representó la obra que otros siguieron, probablemente desmembrados en el universo de las castas que devino representación de una gran concierto del que la Nueva España primero; México después, hicieron suyo al grado de que conformaron y definieron su carácter, hasta obtener lo que somos hoy.

Por eso,  el mestizaje americano consiste en mucho más que mezclar sangres y razas; es unificar en el templo histórico esas disonancias de condición, de formas y módulos vitales en que se desenvolvió nuestro antagonismo. Ni en la más coloreada historia de Herodoto pegada todavía a los linderos angostos del mundo clásico, pudo contarse una experiencia humana tan ambiciosa, una tan extraordinaria confluencia de elementos disímiles, aquella mezcla de pánico y maravilla que hacía decir a Bernal Díaz junto a los muros de Tenochtitlán “que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís”. (p. 50)

El mestizaje, fruto del antagonismo no podía quedar convertido en un mero proyecto sin alma. La conquista y luego la colonia enseñaron subrepticiamente, y haciendo a un lado el culto al pesimismo, que el sentido de vida que comparten marido y mujer a la fuerza (válgase, tras penosa búsqueda lo que parece ser la metáfora más indicada) tuvo en sus hijos mestizos o criollos la mejor de sus experiencias. Que siguieran manteniendo abiertamente el conflicto, fue debido a esa razón propia de la naturaleza en que se desarrollaron. O era uno, o era el otro. La experiencia demostraba que ni estos -los americanos- ni aquellos, -los españoles- podían soportar de nuevo el episodio vergonzoso de la injuria llamada dominador sobre dominado.

 

El excelente banderillero y peón de brega “Tabaquito”. 

De ahí que la independencia se convirtió en la consecución de aspiraciones populares y llegó en momento propicio para que “el español viera en la tierra mexicana ya no un teatro para la aventura militar efímera, sino sitio para arraigar y quedarse, y que el indio colabore, también, en la formación de la nueva sociedad, es entonces el designio de un Cortés, en el que coincide curiosamente con el de un organizador religioso como Zumárraga”.[3]

Fue así como la magnitud de aquella experiencia recayó en esas dos enormes baldosas influyentes que siguen causando controversia, al grado de que casi quinientos años después, el trauma y la experiencia perviven. Casualmente el toreo transitó en terreno imparcial; por eso su capacidad se sobrepuso y hasta se sirvió de una y de otra circunstancias. Con la de Cortés que apenas instruía para levantar en una ciudad destrozada -México-Tenochtitlán-, la fastuosa capital del reino de la Nueva España, ya celebraba en compañía de sus soldados un primer festejo, limitado en la majestuosidad que posteriormente alcanzarían multitud de fiestas. Así, el 24 de junio de 1526 los militares dejan las lanzas para atravesar los “ciertos toros” que nos cuenta el propio conquistador Hernán Cortés en su “quinta carta de relación” en vez de hacerlo con valientes guerreros indígenas. Del mismo modo, la iglesia tomó como pretexto esas mismas fiestas para celebrar infinidad de conmemoraciones emanadas del calendario litúrgico que enriqueció el esplendor. Aunque también el opuesto, como sentido profano se adhiere a los pasajes taurinos que alcanzan con la presencia del “diablo” una más de sus facetas.

El diablo es personaje familiar en las crónicas inquisitoriales, un diablo también barbarizado por el medio americano, que en su trato con indios y negros aprendió las más toscas recetas”, dice al respecto el autor, debido, por cierto al siguiente caso recogido en el auto de fe del 6 de abril de 1646 contra el zambo mexicano Francisco Rodríguez, “de edad de cuarenta y tres años, de oficio cochero y vaquero”, quien se denunció de “que había tenido pacto con el demonio, dándole adoración y héchole escritura de esclavitud por nueve años y que cumplidos, lo llevase consigo al infierno”. La ventaja que, según la literatura de los inquisidores, habría obtenido Rodríguez en el sobrenatural negocio (en testimonio del cual el diablo le ofreció “una figura suya, estampada en un pergamino”) era “poder pelear con mil hombres; alcanzar las mujeres que quisiese por más pintadas que fuesen; el poder torear y jinetear sin riesgo alguno; ir y venir en una noche a esta ciudad y a otras partes, por muy lejos que estuviese y otros atroces y gravísimos acontecimientos, indignos de referirse por no ofender los oídos de los católicos”. El caso de Rodríguez, que la justicia moderna resolvería mandándolo al sanatorio, merece de la Inquisición mexicana que el penitente se exhiba con “vela verde en las manos, soga a la garganta, coraza blanca, abjuración de leví, doscientos azotes” y el conocimiento del infierno en vida, remando en las galeras de Terremate.[4]

Aquí me detengo a examinar el significado de este aspecto, el opuesto, el que se deja llevar por un abierto y declarado contrasentido que representa valores excesivamente “puritanos”, como si no faltaran hasta “beatas embaucadoras” para empañar el horizonte. Y es que el “diablo” se posesionó como historia oscura en la mentalidad de muchos novohispanos y más tarde de mexicanos decimonónicos (incluso, hasta nuestros días) con esa fuerza que hace creer sinfín de pasajes. Pero el diablo también se convirtió en un personaje indispensable en infinidad de representaciones que llegaron al teatro mismo. En los toros no fue la excepción. Incluso, existen pasajes como los de una célebre corrida efectuada allá por 1843 (sugiero la lectura a la décimo octava parte de mi NOVÍSIMA GRANDEZA DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA).

Sin embargo, recalca Picón-Salas: “Lo bizarro y lo peregrino sirven a este juego, a la vez cortesano y erudito, que entretiene los ocios de la minoría. Asentada ya la vida en las capitales de los virreinatos, cerrado el ciclo épico de la Conquista, se superponen sobre la inmensidad semibárbara del medio americano estas formas de complejo refinamiento”.[5]

Refinamiento que la literatura vino a consolidar, a reafirmar los significados de la presencia ajena y forzada de los españoles en territorios conquistados y colonizados. No les resultó fácil desembarazarse del “trauma” con que convivieron generaciones completas, las cuales se enfrentaban permanentemente pretendiendo ocupar orgullosamente el papel protagónico, mismo que se encargaba de dirigir las conciencias hasta lograr el derecho de la libertad con la independencia, espacio que liberó a nuestros antepasados del pesado yugo de verse y sentirse representado por figuras ajenas, con las que, a contrapelo apenas si se logró algún avance significativo, en el entendido de que el carácter mexicano buscaba un mejor papel en el escenario.

Este libro: DE LA CONQUISTA A LA INDEPENDENCIA, aunque viejo postulado, sigue vigente en el mar de las explicaciones sobre lo que fueron ayer, y sobre lo que somos hoy, ese conjunto de pobladores del espacio geográfico americano, forjados por un interminable número de circunstancias que afectaron -pero que también beneficiaron- su propio entorno. Cada nación, cada región también se han posesionado de un carácter propio, inconfundible a la hora de hacer el recuento necesario para valorar y decir que de cinco siglos para acá, la vida no ha representado un fracaso. Más bien, una afortunada respuesta de significados que nos constituyen, fundados en la rica experiencia, donde el sacrificio de muchos otros nos imprime suficiente fuerza para continuar, metidos en el proyecto que cada país busca día con día.

 

Pan y Toros. Año 1, N° 12, 22 de junio de 1896, p. 5.

___________ 

[1] PICÓN-SALAS, Mariano: DE LA CONQUISTA A LA INDEPENDENCIA (TRES SIGLOS DE HISTORIA CULTURAL HISPANOAMERICANA. 8ª reimpr. México, Fondo de Cultura Económica, 1982. 261 p. (Colección popular, 65)., p. 8-10.
[2] Op. Cit., p. 12-13.
[3] Ibidem., p. 77.
[4] Ibid., p. 116.
[5] Ib. P. 131.

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicana”, en la dirección: http://ahtm.wordpress.com/

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