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500 años de Tauromaquia en México
XXXV. El siglo XIX mexicano (II): Los episodios con el Virrey Marquina
Suerte de varas en México durante el siglo XIX
En los comienzos del siglo XIX nos encontramos de pronto con los episodios que protagoniza Félix Berenguer de Marquina, quincuagésimo quinto virrey, un personaje difícil, complicado, y que se ganó, durante su mandato, varios epítetos, pasquines y uno que otro golpe durante sus salidas anónimas, donde personalmente verificaba el cumplimiento de su administración y justicia. Eran tan burdos sus modos que los ciudadanos, persuadidos de su notable y evidente presencia, le hacían protagonistas de lances no menos curiosos.
Actualizado 16 septiembre 2016  
José F. Coello Ugalde, historiador   
 XXXIV. Notas introductorias al siglo XIX mexicano
 XXXIII. Conclusiones y algunas recomendaciones con obras históricas
 XXXII. Al finalizar el siglo XVIII, estado de cosas respecto al toro de lidia
 XXXI. El siglo XVIII, siglo de "las luces": Notas al biombo "Alegoría de la Nueva España"

Nada más comenzar el siglo XIX nos encontramos de pronto con este episodio que es de suyo disfrutable.

Quien se ocupe de relatar alguno de los sucedidos en torno al gobierno y la persona de Félix Berenguer de Marquina, quincuagésimo quinto virrey, que gobernó la Nueva España, del 29 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803, se topará con un personaje difícil, complicado. Por ende, obtuso y que se ganó, durante su mandato, varios epítetos, pasquines y uno que otro golpe durante sus salidas anónimas, donde personalmente verificaba el cumplimiento de su administración y justicia. Eran tan burdos sus ropajes y modos con los que pretendía despistar a los ciudadanos que estos, persuadidos de su notable y evidente presencia, y aprovechándose de ingenuas y bien concertadas tretas, se le iban encima saliendo el pobre hombre a toda prisa con rumbo a palacio, no sin llevarse, desde luego, uno que otro recuerdo en el cuerpo[1].

Don Félix, en sus afanes de mejoras urbanas, deja quizá su única herencia: una fastuosa fuente de la que el humor anónimo y popular respondió de inmediato a aquel desacierto con este pasquín:

Para perpetua memoria,
Nos dejó el virrey Marquina
Una fuente en que se orina,
Y aquí se acabó su historia.

Pero vayamos al asunto que nos convoca en esta ocasión.

No gustaba nada de las corridas de toros el virrey Marquina. No era aficionado a ellas, como lo fue don Luis de Velasco, “muy lindo hombre de a caballo”, y el evangélico fray García Guerra, y como lo fueron casi todos los señores virreyes de la Nueva España. Marquina les tenía repugnante aversión. ¿Corridas de toros? ¡No, nunca! Mejor, torneos, pasos de armas, correr la sortija, jugar estafermos o pandorgas, tirar bohordos, quebrar lanzas; mejor que hubiera mascaradas o fiestas de moros y cristianos. Pero ¿toros? ¡No, horror!, y no había corridas de toros.

Pero una vez sí hubo una sin que lo supiera el bueno de Marquina, virrey, gobernador y capitán general de la Nueva España y presidente de su Real Audiencia y Chancillería se le habían extendido por el hígado los humores hipocondríacos porque se le escalentó la hez de la sangre y se le subieron al cerebro; eso afirmaron los sapientes doctores del real Protomedicato. Derribado por la enfermedad, cayó en cama. Marquina con una calentura licuante, derivada de los humores gruesos que le andaban por el cuerpo desmayándole la voluntad.

Pero pasados días lo levantaron los constante julepes de guayacán y sasafrás, las copiosas sangrías que le dieron, las ventosas húmedas y fajadas, las cataplasmas de salvia, porque dice un dicho de viejas: “Salvia, salva”, y los fuertes opilativos que para refrescarle el hígado de la destemplanza caliente le suministraron a diario y con mucho tino los médicos, tino que les venía por sus vastos y constantes estudios de años y años. Y así, con todas estas cosas magníficas, se le fue a Marquina el mal y volvió a la salud. Y cuando iba bajando apaciblemente a la convalecencia, fue cuando tuvo lugar aquella corrida de toros que tanto entusiasmó a la ciudad y de la que el pobre señor no tuvo ningún conocimiento.

En la sosegada tertulia que a diario se hacia a los atardeceres en su abrigada alcoba de enfermo, alrededor de su cama, se comentaron los pintorescos lances e incidentes de la bella fiesta de toros.

-Pero ¿de cuál corrida de toros tratan, señores?
-Pues de la corrida de toros de esta tarde, Excelentísimo Señor.

Hasta entonces no se enteró el cacoquimio Marquina que había habido esa tarde una corrida de toros. Se salió entonces Marquina de la apacible calma de su carácter afectuoso, se encendió en repentina cólera y cayó en un frenesí mortal. Puso en movimiento a los gentileshombres de servicio, a los lacayos, a los pajes, a todo el personal de Palacio, para que en el acto buscaran a su señoría el secretario y lo llevaran sin pérdida de tiempo, ante su presencia, porque la cosa urgía, apuraba. Ya sabían bien que su señoría el secretario estaba o ya en la Catedral rezando devotamente el santo rosario en el altar del Perdón, o bien se hallaba en la mancebía de la Camarona, en la calle de Las Gallas.

Mientras llegaba su señoría el secretario, el simplón virrey Marquina se metió en grandes pensamientos, mirando con ojos vagos el jardín a través de los cristales de su balcón. El ancho jardín a esa hora crepuscular se esfumaba con delicada imprecisión y era todo suavidad dulce y gozosa. La fuente musitaba su eterna canción y los árboles cabeceaban blandamente de sueño.

Llegó su señoría el secretario muy atildado y ceremonioso ante el virrey Marquina, haciéndole muchas caravanas y mesuras con la cabeza, y Su Excelencia le dictó un acuerdo terminante, magistral, estupendo, para que lo publicara inmediatamente por decreto, sin ninguna dilación. En ese decreto se ordenaba -¡magnífico!- que esa corrida de toros se declaraba nula y sin ningún valor… Y así se hizo.

¡Era mucho hombre, caramba, ese Marquina![2]

¿De qué festejo se trata tan escandalosa respuesta de Marquina, y por qué reaccionó de esa forma?

Bien sabemos que este virrey era antitaurino. Sin embargo, existen algunas consideraciones que manifiestan, con su aprobación condicionada, a autorizar ciertos festejos de los que veremos a continuación algunos detalles. Del consabido asunto del decreto citado por  Artemio de Valle-Arizpe podría afirmar que pudiera tratarse de un amplio expediente que se localiza en el Archivo General de la Nación.[3]

Y es que a pesar del interés de la Corona en la reglamentación de los gastos por la llegada de los virreyes y las actividades taurinas, prevalecieron puntos de vista irreconciliables, como apunta Miguel Ángel Vásquez Meléndez.[4] En 1800, en ocasión del arribo del virrey Félix Berenguer de Marquina, se replanteó el tema a partir de que éste consideró pertinente cancelar las fiestas en su honor, debido a la complicada situación financiera que vivía España a causa de las constantes guerras. Ante tal proposición los regidores le recordaron que sus antecesores Pedro Castro y Figueroa y Miguel José de Azanza habían sido homenajeados con corridas de toros en 1740 y 1798, respectivamente, cuando la Corona española enfrentaba contiendas con Gran Bretaña. Tampoco se habían suspendido los festejos en 1794, a la llegada del virrey Miguel de la Grúa y Branciforte, no obstante la guerra contra Francia.

Según los regidores, las corridas podían celebrarse aun en tiempos de guerra. Tal aprobación, por supuesto, procuraba reservar el derecho de estos funcionarios a la asignación, manejo y custodia de los fondos para la recreación. La conveniencia de las corridas y los beneficios económicos que producían para la ciudad resultaban incuestionables desde la perspectiva de los regidores. A las ganancias monetarias había que agregar los beneficios producidos por tales celebraciones, en las que cobraba un especial significado el inicio de un nuevo período gubernativo. El reino español y su colonia novohispana ratificaban su grandeza, su poderío político y económico en cada arribo de un virrey; la ocasión era propicia para fortalecer la cohesión interna y el orden social.

La oposición del virrey Marquina contradecía otras prácticas fomentadas por sus antecesores. Las corridas de toros, bajo la égida de los regidores, podían convertirse en medios para obtener recursos para la urbanización de la capital del virreinato. Así lo pensó en 1743 el virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, cuando le propuso al Ayuntamiento la celebración de una lidia anual cuyo producto se aplicaría a las obras públicas. De proceder semejante, el virrey Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, determinó en 1768, con el concurso del Ayuntamiento, la realización de una serie de corridas con el fin de recaudar fondos para el presidio de San Carlos. Los alcances económicos para ambos gobernantes resultaron totalmente opuestos; mientras en la gestión del virrey marqués de Croix las corridas produjeron 24, 324 pesos, destinados a labores de limpieza, el conde de Fuenclara enfrentó la negativa del Ayuntamiento para la realización de las lidias y la obtención de recursos aplicables en mejoras urbanas.[5]

Las ganancias obtenidas en 1768 durante el gobierno del marqués de Croix parecen la mejor refutación a los comentarios adversos que Hipólito Villarroel formularía años más tarde.[6] Sin embargo, el éxito financiero taurino resultó impredecible: junto a las ganancias de 1768 se registraron ingresos menores, que fundamentaban las apreciaciones de Villarroel sobre el tiempo invertido y el escaso margen de beneficios. Ante evidencias tan contrastantes, la realización de corridas como parte de la presencia gubernativa en la administración de los espacios recreativos, ocupó la atención de cronistas, regidores, virreyes, consejeros y religiosos; se transitó desde las propuestas de cambio hasta las de fomento de un mayor número de corridas. La necesidad de una reforma era evidente; correspondía a la autoridad emprenderla buscando la conciliación de intereses y la preservación del orden social.[7]

Sin afán alguno de contradecir a Artemio de Valle-Arizpe (A de V-A), pero tampoco de quedarnos con la incógnita sobre la contundente afirmación al respecto del “decreto” que Marquina pudo haber firmado o no, están ese otro conjunto de razones ya planteadas por Vásquez Meléndez, a partir del expediente donde se le informó con acuciosidad al nuevo virrey de las otras circunstancias en que otros tantos virreyes pudieron aprobar sus recepciones estando España en momentos sociales, políticos y militares ciertamente difíciles. Félix Berenguer de Marquina, navegante reconocido, Jefe de Escuadra en la Marina Real para mayor abundamiento, es acusado de su poco sentido común no sólo en asuntos como el que se trata aquí. También en otros donde sus decisiones eran de vital importancia, pero donde solo salía a lucir un impertinente carácter obtuso y cerrado.

Felix Berenguer de Marquina

Es cierto, cuatro meses tenía de gobernar la Nueva España el señor Berenguer de Marquina, y ninguna señal era clara, conforme a la costumbre inveterada ya, de celebrar, entre otras razones, con fiestas de toros, la recepción del nuevo virrey. Este se rehusaba dando razones de todo tipo, con lo que entre pretexto y pretexto, se iba pronunciando más su antitaurinismo. Y es que esas razones las fundaba a su preclara idea de pensar que se sacrificaban gruesas sumas de su peculio, antes que permitirlas, afán, insisto de unos propósitos que buscaban reafirmar la posición austera en que ubicaba su gobierno.

Tras las razones ya expuestas por varios funcionarios del ayuntamiento, quienes todavía manifestaron el “que se verifiquen las Corridas de Toros, con motivo del Recibimiento del Excelentísimo Señor Virrey Don Félix Berenguer de Marquina…, a razón de que para celebrarlas, se reintegrarían siete mil pesos “en que pudieron exceder los gastos de su recibimiento” mismo.

Planteados, como ya se sabe los argumentos por parte de los funcionarios del Ayuntamiento sobre que en otras ocasiones, fueron recibidos entre fiestas algunos virreyes, no obstante las circunstancias bélicas enfrentadas por España, vinieron algunos más de esta índole:

No siendo por lo mismo opuesta a las actuales circunstancias la Corrida de Toros que debe celebrarse, en obsequio de la venida de V.E., tampoco podrá pensarse ser contraria a la más buena moral. Ella es una diversión bien recibida, propia y adaptable al carácter de la Nación que la prefiere a otras muchas; se hace a la luz del día, en el Teatro más público, a la vista de la Superioridad y de todos los Magistrados, en el centro de la Ciudad, autorizada por la asistencia de todos los Tribunales Eclesiásticos y Seculares, y se toman cuantas precauciones y seguridades son necesarias y correspondientes al buen orden, a la mejor policía, a la quietud pública y a cuantos extremos puede y debe abrazar el más sano gobierno y las más acertadas providencias, sobre las que se vigila y cela con el mayor empeño, para combinar la diversión y el decoro.

Ni menos puede temerse aumente las indigencias y necesidades del público, así porque los pobres, que son la parte que más las siente, son libres a dejar de disfrutarla por falta de proporción, o porque no les acomode; como porque, por el contrario, muchos de ellos logran la ventaja de tener en qué ocuparse, y en qué vencer los jornales que tal vez no ganarían no presentándoseles igual ocasión; causa principal porque es tan plausible y de aprecio el que cuando se padecen escaseces y necesidades, se proporcionen obras públicas en que la gente trabaje y gane algún sueldo con qué ocurrir a el socorro de sus miserias. La parte del vecindario que concurre a las funciones de Toros, es muy corta con respecto al todo de la población de esta Capital y lugares fuera de ella, de donde vienen muchas familias a lograr este desahogo, gastando gustosos el desembolso que puede inferirles, y disfrutándose con ello el que gire algún trozo de caudal que, a merced de igual diversión, se gasta y comercia, sin estarse estancado en los que sin ese motivo lo retendrían en su poder; de lo que es indudable, resulta beneficio al público, tan constante, que cuantos saben lo que es en México una Corrida de Toros, y aun la Superioridad ha conocido, que con ventajas del Común se halla un considerable comercio, sirviendo de arbitrio a muchos que con él buscan y utilizan en ese tiempo para la atención de sus obligaciones, resultando por lo mismo, que el gasto o desembolso que hacen los sujetos pudientes y de facultades, presenta a algunos la ocasión de logar las de que carecían.

Por otra parte, es también muy digno de atención, el que estando mandado por S.M. y con particulares encargos el que se manifieste el regocijo en los recibimientos de los Excelentísimos Señores Virreyes, lo cual cede en honor y decoro del Soberano a quien representan, y sirve de que el pueblo, a quien por lo regular es necesario le entre por los ojos, con demostraciones públicas, el respeto y reconocimiento que es debido, forme concepto de la autoridad para que la venere; a que se agrega, que sobre que en la función de Toros se ostentan como en ninguna otra, el decoro y atención que se dedican al Jefe Superior del Reino, es también muy a propósito para que el público le conozca y sepa a quien debe respeta y obedecer (…) Sala Capitular de México, Septiembre 2 de 1800.[8]

Estas son, entre muchas otras razones, las que expuso el pleno del Ayuntamiento, encabezado para esa ocasión por los siguientes señores: Antonio Méndez Prieto y Fernández, Ildefonso José Prieto de Bonilla, Ignacio de Iglesias Pablo, Antonio Rodríguez de Velasco, Juan Manuel Velázquez de la Cadena, León Ignacio Pico, Antonio Reinoso de Borja, El Marqués de Salinas y Francisco Sáez de Escobosa.

Dichos señores, en respuesta a petición hecha por el propio Berenguer de Marquina al respecto del oficio fechado en 2 de septiembre,[9] les envía este otro, tres días después, donde:

Espero me avise a qué cantidad ascendieron los gastos de mi entrada en esta Capital, y que me remita V.S. copia de los Reales Cédulas que cita.[10]

Y la respuesta que encontró de los comisionados fue que de los tres días del recibimiento, ocurridos el 30 de abril, 1º y 2º de mayo en su Real Palacio, se gastó la cantidad de $13,142.00 pesos… Así que, para la pretendida fiesta de recepción, incluida la lidia de toros, el tozudo Marquina les contestó a los graves señores lo siguiente:

Sin embargo de que examinado y premeditado todo, me ocurría no poco que decir, si tratara por junto la materia, estimo preferible limitarme a manifestar que todo lo que se entiende por adorno de Palacio, o más propiamente hablando, de la habitación de los Virreyes, me fue preciso comprarlo o tomarlo en traspaso a mi antecesor, por el crecido precio que en la actualidad tienen todas las cosas (…);

Además, “no creo que un Virrey deba procurar atraerse la voluntad y el conocimiento del público que ha de mandar, por fiestas, que, como la de Toros, originan efectivamente irreparables daños y perjuicios en lo moral y político, a pesar de cuantas reflexiones intenten minorarlos: y antes bien, me parece que producirá mayor veneración, amor y respeto a la alta dignidad que representa, el concepto que forman de sus desvelos, por el bien y felicidad común, y su conducta y proceder, integridad y pureza.[11]

Como vamos viendo hasta ahora, las intenciones para convencer al señor Berenguer se estrellaban día con día con argumentos a favor y en contra. Pero el “Magnífico decreto” no aparece por ningún lado, a menos que todos los pronunciamientos del que fuera el quincuagésimo quinto virrey de la Nueva España vayan construyendo en sí mismos el revelamiento convertido en graciosa ocurrencia de nuestro autor.

A todo lo anterior se agrega otra nueva razón con la que “me obligo a contestar a los diputados de esa N. Ciudad, cuando hicieron verbalmente en su nombre la expresada solicitud, que se difiere para cuando se hiciera la paz, y no encontrando motivos que justamente persuadan deberse variar esta determinación, me veo imposibilitado de poder complacer a V.S. accediendo a la instancia que repite en su mencionado oficio; pero, como al propio tiempo que deseo combinarlo todo, es mi ánimo y constante voluntad, no perjudicar en lo más mínimo a los vasallos del Rey Nuestro Señor ni a las rentas públicas del cargo de V.S., le remito 7,000 pesos para que con ellos se cubra el exceso de los gastos de mi entrada, sobre los 8,000 asignados, esperando que cuando V.S. haya liquidado la cuenta respectiva, me la pasará para completar lo que aun faltare, o para que se me devuelta el sobrante si hubiere.

Cesando así la principal causa que precisaba a V.S. a reiterar y esforzar su instancia para el permiso de la Corrida de Toros, cesa por consecuencia el motivo de volver a tratar del asunto, que por ahora queda terminado con esta resolución.

Dios, etc., 11 de septiembre de 1800.-A la Nobilísima Ciudad”.[12]

Y por supuesto, como apunta el propio Rangel, es ocioso todo comentario que se haga a estos documentos. Su sola lectura retrata fielmente al antitaurómaco Señor Marquina. En otro asunto semejante, se encuentra su mismo comportamiento para no permitir unas corridas de toros, ocurridas en Jalapa, claro, siempre bajo difíciles estiras y aflojas.[13]

Veamos el caso de Jalapa. Como primer punto, habrá que aclarar que fue el propio Cura párroco de Jalapa, Gregorio Fentanes quien pidió al virrey Marquina no permitiera las corridas en esa población, a pesar de la defensa que para tales festejos hiciera el abogado de aquel Ayuntamiento, Marcelo Álvarez.

Como es de suponerse, el Virrey anti-taurómaco negó de plano que en lo sucesivo se verificaran tales fiestas sin permiso previo, no obstante que desde tiempo inmemorial se efectuaban sin ese requisito; pero se había propuesto suprimir la fiesta brava, y no importaba el pretexto que invocara a fin de lograrlo…[14]

En el debate originado entre las tres autoridades, todavía tuvo arrestos el Ayuntamiento para plantear lo siguiente:

Y para que ningún requisito se heche de menos, patrocinan la costumbre los de la licencia Superior de este Gobierno. Este virtualmente la tiene concedida (la autorización para las corridas de toros) en la aprobación del abasto de carnes de aquella Villa. El Señor Intendente de la Provincia, instruido de lo que se ejecuta, se decide por la continuación de un uso que no lastima, y sí consulta a la remoción de otros daños. Por todo lo cual, suplico a la prudente bondad de V. Exa., se digne mandar suspender los efectos de la Orden de diez y siete de febrero de este año (1801), concediendo su superior permiso para que en la primera venidera Pascua se lidien Toros en el modo y forma que van referidos; librándose al intento el despacho correspondiente.

A V. Exa. suplico así lo mande, que es justicia: juro etc.-Don Felipe de Castro Palomino, (Rúbrica).-Marcelo Álvarez, (Rúbrica).

Este ocurso tan bien razonado y un tanto irónico, pasó al Asesor General, quien dijo, que sin embargo de las reflexiones que contiene, la materia era de puro Gobierno y que la Licencia que solicitaba el Ayuntamiento de Jalapa, pendía únicamente del Virrey; que en atención al concepto que su Excelencia tenía formado de semejantes solicitudes y de los daños que por lo regular se originaban de ellas, resolviera lo que le pareciera. Y el decreto que siguió a esta consulta fue: “Habiendo respecto de Jalapa las mismas justas consideraciones que he tenido para denegar igual solicitud a esta Ciudad, no ha lugar a la instancia del Cabildo de dicha Villa.-México, Noviembre 25 de 1801. (Rúbrica del Virrey)”.[15]

Hasta ahora, y antes de terminar con este pasaje, no hay evidencia alguna sobre lo que A de V-A afirma en una de sus tradiciones, leyendas y sucedidos del México virreinal. Sin embargo, con el propósito de apelar a la última instancia, me parece oportuno incorporar aquí lo que resultó ser una más de las minuciosas revisiones a los documentos custodiados por el Archivo General de la Nación.

______________________

 [1] Artemio de Valle-Arizpe: Virreyes y virreinas de la Nueva España. Tradiciones. Leyendas y sucedidos del México virreinal. (Nota preliminar de Federico Carlos Sainz de Robles). México, Aguilar editor, S.A., 1976. 476 p. Ils., p., p. 414-416.

 [2] Op. Cit.

 [3] Archivo General de la Nación (AGN, por sus siglas). Ramo: Correspondencia de virreyes, primera serie, vol. 284, exp. 8. “Representación de la Noble Ciudad sobre que se verifiquen las corridas de toros con motivo del recibimiento del excelentísimo señor virrey don Félix Berenguer de Marquina”.

 [4] Miguel Ángel Vásquez Meléndez: Fiesta y teatro en la ciudad de México (1750-1910). Dos ensayos. México, CONACULTA, Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral “Rodolfo Usigli”, escenología, ac., 2003. 347 p., p. 67.

 [5] Archivo Histórico del Distrito Federal (AHDF, por sus siglas): Actas de Cabildo, vol. 68-A: Acta de Cabildo de 8 de enero de 1743, fs. 5-7; Acta de Cabildo de 14 de mayo de 1779, fs. 64.

 [6] Hipólito Villarroel: Enfermedades políticas que padece la Nueva España en casi todos los cuerpos de que se compone y remedios que se le deben aplicar para la curación si se quiere que sea útil al Rey y al Público, introducción por Genaro Estrada, estudio preliminar y referencias bibliográficas de Aurora Arnáiz Amigo. México, Editorial Miguel Ángel Porrúa, 1979. 518 p.

 [7] Vásquez Meléndez, Op. Cit., p. 67-68.

 [8] Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Editorial Cosmos, 1980. 374 p. Ils., facs., fots. (Edición facsimilar)., p. 305-306.

 [9] En: GUIDE TO THE MICROFILM COLLECTION. Latin American History and Culture: An Archival Record Series 1: The Yale University Collection of Latin American Manuscripts Filmed from the holdings of the The Yale University Collection of Latin American Manuscripts Primary Source Microfilm an imprint of Thomson Gale, p. 101 aparece el siguiente dato: “Copia de la carta con que dio respuesta en 11 de septiembre de 1800 el excelentísimo señor virrey a la solicitud de la ciudad de México sobre permiso para que hubiese corrida de toros por la entrada de Su Excelencia.” Es posible que la dicha carta sea un documento en el que se enuncie la postura del mencionado virrey acerca de autorizar o no él o los festejos que organizó el cabildo o la ciudad para su recepción, mismo que puede ser el tan traído y llevado asunto de la prohibición.

 [10] Nicolás Rangel: Historia del toreo…, Op. Cit., p. 307.

 [11] Ibidem., p. 309.

 [12] Ibid., p. 309-310.

 [13] Francisco López Izquierdo: LOS TOROS DEL NUEVO MUNDO. (1492-1992). Madrid, Espasa-Calpe, 1992. 372 p. ils., fots., facs. (La Tauromaquia, 47)., p. 63-64. Don Félix Berenguer de Marquina, nuevo virrey de la Nueva España, no consintió se le obsequiara con toros en la ciudad de México; sin embargo, hubo de conceder licencia para que los indios de San Miguel el Grande celebraran ese año de 1800 sus acostumbradas corridas, aunque sólo autorizó tres días en lugar de las dos semanas que desde hacía muchísimos años tenían concedidos por privilegio. Se hizo ver al virrey Marquina la necesidad de celebrarlas durante esas dos semanas, por ser las corridas buena fuente de ingresos; pero no cedió. Para mayor información al respecto, véase:

Miguel Ángel Vásquez Meléndez: “Perjuicios y desórdenes en San Miguel el Grande con motivo de las corridas de toros no autorizadas”. En: Archivo General de la Nación. Boletín Nº 2. México, Secretaría de Gobernación, Archivo General de la Nación, 2003. 6ª época, noviembre-diciembre, 2003, Nº 2. 199 p. ils., fots., facs. (p. 21-28).

 [14] Rangel: Historia del toreo en México…, op. Cit., p. 319.

 [15] Ibidem., p. 323-324.

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicana”, en la dirección: http://ahtm.wordpress.com/

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