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500 años de Tauromaquia en México
XXXVI. Los primeros 20 años del siglo XIX: entre el reposo y la afirmación del primer nacionalismo.
Los primeros 20 años del siglo XIX mexicano, si bien registran diversas actividades en lo taurino, no se percibe sino un síntoma intermitente que enfrentaba los vaivenes empujados por diversas causas. Ya sabemos que las ideas ilustradas crearon ambientes encontrados, por ejemplo en el arte, ya que el estilo neoclásico se impuso frente al barroco, al que no solo destronó, sino que incluso desplazó, retirándose sinfín de representaciones y tallas que desaparecieron para dar paso a la austeridad. Tal fenómeno se dejó notar sobre todo en espacios religiosos. Por fortuna, una y otra representación llegan hasta nuestros días y se tiene la oportunidad lo mismo de apreciar barroco o manierismo que el neoclásico en todo su esplendor.
Actualizado 30 septiembre 2016  
José F. Coello Ugalde, historiador   
 XXXV. El siglo XIX mexicano (II): Los episodios con el Virrey Marquina
 XXXIV. Notas introductorias al siglo XIX mexicano
 XXXIII. Conclusiones y algunas recomendaciones con obras históricas

En el toreo, se concretaba el nuevo estado de cosas donde tras los cambios entre las jerarquías de protagonistas o la lenta pero segura materialización de un nuevo estilo de torear que, en buena medida se termina entendiendo a la luz de la Tauromaquia de Pepe Hillo, van a procurar la resignificación del toreo nada más arrancar el siglo XIX. Sin embargo, este fenómeno fue más sólido en una España que también se agita entre circunstancias políticas y militares, o queda “paralizada” luego de que circulara la “Pragmática Sanción” que el Rey Carlos IV impuso en 1804, no solo en territorio español sino en todas sus colonias, con lo que se reprimía la actividad taurina al punto de que fue sensible la baja en el número de festejos o sitios donde se celebraban diversos festejos.

Nuevas representaciones como esta, el salto con garrocha y toro encostalado, fueron razón de aquella “independencia” en la que se movió la tauromaquia mexicana del siglo XIX. Ilustración de un cartel taurino de aquellas épocas. Col. del autor.

Pero antes de un análisis más de fondo, permítanme compartir con ustedes la que fue una participación hace ya, varios años en Morelia, Michoacán tal y como lo explico en los párrafos siguientes.

Derivado de la convocatoria que se presentó para celebrar el Congreso internacional Dos siglos de revoluciones en México. Morelia, Michoacán, México 17 al 20 de septiembre de 2008, tuve a bien proponer un tema denominado: Las corridas de toros entre independencias y revoluciones, mismo del que me serviré para justificar el presente trabajo, alusivo a la revisión de la tauromaquia en los últimos dos siglos en nuestro país.

Señoras y señores:
Vengo a proponer ante ustedes las condiciones que se dieron en la tauromaquia mexicana hace 200 y 100 años respectivamente; donde encontramos suficientes elementos para concluir que en efecto, también en los toros se registraron síntomas de independencia y de revolución.

Una primera pregunta que nos planteamos es la siguiente: ¿Qué dejó a su paso el toreo durante el virreinato?

Tras la intensa celebración civil, profana y religiosa plenamente establecida durante el período virreinal bajo la casa reinante de los Austrias, y que generó por consecuencia infinidad de festejos taurinos, se registró tan luego se puso en marcha el siglo XVIII una serie de cambios, muchos de ellos radicales en la práctica de la corrida de toros, detentada fundamentalmente por la nobleza y que pasó a manos del pueblo, debido en buena medida a la presencia de los borbones, franceses de origen que desdeñaron una tradición fuertemente arraigada que alteraba los principios establecidos por esa monarquía reinante pero ajena a la forma de ser y de pensar del español primero. Del novohispano después.[1] Poco a poco, el toreo caballeresco quedó desplazado a un papel secundario, en tanto los “matatoros”, nueva especie encabezada por auténticos representantes populares se adueñaban del control e imponían también nuevos procedimientos que maduraron hasta convertir la tauromaquia en un espectáculo profesional y crematístico.

Por tanto, ¿qué fue del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

Esta manifestación popular va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales van a ser los de a pie, expresión que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Y la fiesta en medio de ese desorden, lograba cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. El hecho de calificar dicha expresión como “anárquica”, es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es más bien, una manera de entender la condición del toreo cuando este asumió unas características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró).

Con la de nuestros antepasados fue posible sostener un espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.

La participación de mujeres toreras fue otro de los síntomas que se percibieron en estas diversiones.

Durante el siglo XIX destacan: Victoriana Sánchez, Dolores Baños, Soledad Gómez, Pilar Cruz, Refugio Macías, Ángeles Amaya, Mariana Gil, María Guadalupe Padilla, Carolina Perea, Antonia Trejo, Victoriana Gil, Ignacia Ruiz “La Barragana”, Antonia Gutiérrez, María Aguirre “La Charrita Mexicana” y desde luego, la española Ignacia Fernández “La Guerrita”, a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado.

Antonio Navarrete Tejero: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs., p. 41.

Los toreros “insurgentes”.

Nueva España en el avanzado siglo XVII, invadida de anhelos libertarios pronto fue llamada América Septentrional. Al interior de la misma, sonó con estrépito la consigna: “Yo no soy español, sino americano”. Y es que los modelos de la revolución francesa y la independencia norteamericana –años más tarde- violentaron la nuestra.

El espíritu de arrogancia mexicana comenzó a manifestarse con los hijos de los conquistadores en el siglo XVI, que alentaron al optimismo nacionalista y que hicieron suyo los criollos novohispanos. Una evidencia de esto es no sólo la veneración a la virgen de Guadalupe. Dicha imagen enarbolada en pendones escoltó los ejércitos que combatieron al mal gobierno. Como posición militar. La intelectual recibe alientos enciclopedistas desde Europa hasta moldear formas demócratas y liberales, maduras ya en un avanzado siglo XIX. De ese modo, Hidalgo, dueño entre otras de la hacienda de Xaripeo, decía que realizando la independencia se desterraba la pobreza para que a la vuelta de pocos años disfrutaran sus habitantes de todas las delicias de este vasto continente.

Concluyendo: la realidad nacional que descubre la posibilidad de una patria, provoca entre los criollos la necesidad de desligar a México del imperio español. O lo que es lo mismo: su independencia, sin más.

Pocos son los datos que se conocen de la insurgencia torera. Ellos son, en todo caso, forjadores de la nueva patria que revelará un siglo sumido en los contrastes más diversos, reflejados en acontecimientos que la tauromaquia nacional también consideró como suyos, porque a partir de esa coyuntura adquirió forma y cuerpo hasta quedar definida al final del siglo que ahora nos congrega.

Acciones y reacciones

Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto del imaginario popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, las corridas de toros ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo antepasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo, condición parataurina lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan amplio el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurrió durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta medida relegada.

Así como alguna vez, los toros se metieron al teatro y en aquellos limitados espacios se lidiaban reses bravas, sobre todo a finales del siglo XVIII, y luego en 1859, o en 1880; así también el teatro quiso ser partícipe directo. Para el siglo XIX el desbordamiento de estas condiciones fue un caso patente de dimensiones que no conocieron límite, caso que acumuló lo nunca imaginado. Lo veo como réplica exacta de todo aquel telúrico comportamiento político y social que se desbordó desde las inquietas condiciones que se dieron en tiempos que proclamaban la independencia, hasta su relativo descanso, al conseguirse la segunda independencia, en 1867.

Una fiesta mestiza. Patriarcado de Bernardo Gaviño.

Bernardo Gaviño y Rueda “el más ilustre y afamado de los lidiadores de México, era español, pues nació a los 20 días de Agosto del año 1812, en el lindo pueblo de Puerto Real, distante dos leguas de Cádiz”, como apuntaba Leopoldo Vázquez. Lo destacado de esta cita es que lo afirma con una doble nacionalidad, más mexicana que española, que fue ganándose lentamente hasta su muerte misma.

En 1828 el espíritu de aventura llevó a Bernardo hasta una América rica en posibilidades. La decisión que toma para hacer ese viaje definitivo, para ya no volver a ver nunca más su Cádiz maternal, está sustentada en dos posibilidades que a continuación se enuncian.

Una de ellas es la de que encontrándose dispuesto a abrazar tan difícil profesión, ésta se hallaba fuertemente disputada por otros tantos diestros que, además, alcanzaban renombre a pasos agigantados. ¿Cómo poder lograr un lugar de privilegio frente a Paquiro o a Cúchares, si ambos toreros gozaban del apoyo del pueblo al verlos este como parte de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla; y todavía más: como alumnos favoritos del longevo torero, Pedro Romero?

Curioso retrato de Bernardo Gaviño que
nunca aparecería publicado en la “Historia
de la Tauromaquia en el Distrito
Federal: 1885-1905”, del Dr. Carlos Cuesta
Baquero, pero de la cual hizo un adelanto
en Ratas y Mamarrachos.
Fuente: Ratas y Mamarrachos, año III, Nº 77, del 8 de octubre de 1905.

Otra es la que se fundamenta en el espíritu de conquista que Bernardo Gaviño decide, con la certeza de que América es un “filón de oro” y en ella no abundan los toreros españoles, menos aún cuando están ocurriendo los acontecimientos que cimbran el alma toda de poblaciones en reciente estado de independencia.

Al despertar el siglo XIX, la fiesta taurina está convertida en un caldo de cultivo, en el que caben todas las posibilidades de invención, mismas que acompañaron durante un buen número de años al espectáculo hasta que este adquiere una personalidad propia, poco a poco más profesional y venturosa a la que matizan de un carácter propio, hasta pasar a manos de Bernardo Gaviño quien, dicho sea de paso estuvo activo en América 57 años, 31 de los cuales al menos, los consagró a México. Actuó 725 tardes entre nuestro país, Cuba, Venezuela y Perú.

Un espectáculo taurino durante el siglo XIX, incluía cosas tales como la lidia de toros “a muerte”, como estructura básica, convencional o tradicional que pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia. Además:

-Montes parnasos, cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales, hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres.

España reconoce la independencia de México hasta 1836. Gaviño es, en todo caso un continuador de la escuela técnica española que comenzaba a dispersarse en México como consecuencia del movimiento independiente, pero no un elemento más de la reconquista, asunto que sí se daría en 1887, con la llegada de José Machío, Luis Mazzantini o Diego Prieto “Cuatro dedos”. Y no lo fue porque su propósito fundamental fue el de alentar –y aprovechar en consecuencia- el nacionalismo taurino que alcanzó un importante nivel de desarrollo, durante los años en que se mantuvo como eje de aquella acción.

 [1] Francis Wolff: Filosofía de las corridas de toros. Barcelona, Ediciones Bellaterra, S.L., 2008. 270 p., p. 146.
Se ha podido decir que la corrida de toros moderna nación en el siglo XVIII, cuando las clases populares hicieron suya una práctica aristocrática, cuando el matador pasó a ser hombre del pueblo al tiempo que hacía suyos los valores y la tradición caballeresca. En el plano histórico, esa concepción es demasiado simplista, como han podido demostrar algunos historiadores, como, por ejemplo, Bartolomé Bennassar o Araceli Guillaume-Alonso, pero entraña una parte de verdad desde el punto de vista de los valores. La ética del torero es la ética aristocrática del pueblo, como lo era la moral estoica en la Antigüedad, moral de los esclavos maestros.

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