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500 años de Tauromaquia en México
XXXVIII. El siglo XIX mexicano: Vertientes del Carnaval que influyen en el relajamiento taurino
El carnaval se tornó laico-popular en la transición de la colonia al siglo XIX compartiendo el desequilibrio social y político que se mantuvo durante buena parte de dicho periodo. Todo esto permeó en los toros, aunado al propio sentido del circo que se reafirmó adecuándose en las plazas o el toreo en el circo; y más bien, en el teatro. Fue así como las corridas lograron aquella articulación perfectamente concebida. El relajamiento, pero también un esquema preconcebido de creaciones y recreaciones, hizo posible el cumplimiento de un ciclo persistente.
Actualizado 12 octubre 2016  
José F. Coello Ugalde, historiador   
 XXXVII. El siglo XIX mexicano. Las mojigangas y otros divertimentos de gran atractivo
 XXXVI. Los primeros 20 años del siglo XIX: entre el reposo y la afirmación del primer nacionalismo.

La génesis del toreo en México entra por la villa rica de la Vera cruz. Entre los nuevos hombres y el ganado que traen consigo, hay quien marca sus propósitos de instalar y aclimatar el gusto por las diversiones. Por el puerto jarocho cruzaron todos estos símbolos durante un buen número de años. Pero en ese sitio histórico se asentaron otro tipo de manifestaciones sociales, culturales, étnicas o religiosas que comunicadas entre sí lograron enriquecer el espectro de vida, enraizado en bellas manifestaciones de la tradición, que pervive hasta nuestros días.

Para entender a la fiesta como fuente de identidad, matizado entre lo pagano y lo religioso en su amplio recorrido secular o milenario, es preciso saber que hay un origen surgido del caos, pero al que hay que regresar tan luego el orden lo controle. En un principio surgió la idea de la orgía carnavalesca, ya que debían violarse todas las reglas imperantes y desordenar el mundo por completo para simular el caos, de donde todo renacería.

El origen a estas explicaciones surge de la antigua Roma, en la que, durante los días de carnaval, mientras imperaba el trastocamiento general del orden, los amos servían a los siervos y se borraban parcialmente las distinciones de clase.

Carnaval, carrus navalis en el que llegaba el dios Baco a Roma, carne vale ó carrelevare significa un adiós a la carne, la aceptación de la abstinencia.

En Veracruz, el carnaval se remonta al siglo XVIII precisamente en momentos donde el periodo colonial se encuentra maduro, aunque pasa por un severo cuestionamiento social. La población dominante en el puerto se constituye de negros, mulatos (de procedencia africana y afroantillana), criollos y mestizos, con menor presencia indígena que luego se fusionó.

Con todos estos elementos, el sincretismo se apoderó del escenario, haciendo participar en conjunto a todos los ingredientes étnicos, quienes dieron carácter al espíritu veracruzano en particular.

Aquí destaca algo muy importante:

Durante la colonia, en las fiestas carnavalescas se celebraban sobre todo bailes de disfraces. Al integrarse los elementos afroantillanos con los europeos, surgieron las comparsas y mojigangas. Negros y mulatos se disfrazaban, ridiculizando a la clase dominante como forma de protesta social.

Dicho medio de interpretación social se preservó, se extendió también a otras latitudes -claro, sin el nivel de éxito adquirido en el puerto jarocho-, pero con toda seguridad llegó a las grandes ciudades donde las connotaciones allí impresas, comenzaron a diferir, sin perder su esencia festiva.

Surgidas las mojigangas a fines del XVIII (de origen español aunque con fuerte influencia cubana), esos enormes muñecos se integraban a las comparsas a mediados del XIX y servían para ridiculizar a la religión y a la milicia.

Ahora bien, el carnaval de su condición de fiesta religioso-popular se tornó laica-popular en la transición de la colonia al siglo XIX compartiendo el desequilibrio social y político que se mantuvo durante buena parte de dicho periodo.

Creo que todo esto permeó en los toros, aunado al propio sentido del circo que se reafirmó adecuándose en las plazas o el toreo en el circo; y más bien, en el teatro. Fue así como las corridas lograron aquella articulación perfectamente concebida. El caos, el relajamiento, pero también un esquema preconcebido de creaciones y recreaciones, hizo posible el cumplimiento de un ciclo persistente, el cual arrojaba por ejemplo, la celebración del carnaval, con una corrida de toros donde las mojigangas jugaron un papel central, anunciándose, además, la presentación de otros tantos números que lograron adecuarse al relajamiento con todos sus elementos propiciatorios: el disfraz, la máscara, la parodia. Casualmente el teatro fue sitio adecuado para que las parodias alcanzaran tonos de crítica social o política.

Al terminar la corrida, el festejo en cuanto tal, se había cumplido con retornar a un estado de la vida cotidiana, para lo cual el reinicio o camino al caos ocurría con pocos días de diferencia.

Para esto la siguiente explicación. En el cuadro aquí trazado vemos que el trayecto entre un punto y otro, hasta abrirse en cinco posibilidades, nos dice la forma en que se fragmenta esa unidad cotidiana, alterada por la ruptura.

 
1 – 2 : Lo cotidiano
2 – 3 : Convocatoria a la ruptura
3 – 4 : Ruptura
4 – 1 : Recuperación con vistas a la normalidad
1 – 2 : Vuelta a lo cotidiano, sin más.

De esto se puede decir que lo excepcional que significa la diversión (o ruptura) vulnera la situación presente, pero no la violenta y tampoco la pone en riesgo.

Nuestro entorno hoy ve como excepcional aquellas diversiones. Nos sorprenden pues abrían las puertas a lo fascinante. También y aunque parezca extraño, resultaban edificantes y perniciosas al mismo tiempo.

Bajo estas condiciones operaron muchos de los espectáculos, no solo taurinos, sino de otra índole. En el caso de los toros, entre lo cotidiano y la ruptura existieron razones de cierta complicidad, pues entre una y otra las necesidades por mantenerse, hicieron que veladamente la ruptura sometiera a lo cotidiano. Funcionaba muy bien aquella especie de complemento maniqueo donde lo sagrado perdonaba los pecados profanos y estos, al caer en tentación una vez más, forzaban a lo sagrado para continuar con su misión. Una misión interminable.

El sacerdote y el pecador frente a frente, círculo vicioso formado entre ambos. Uno perdonando, otro cayendo en tentación. Valga tal ejemplo para entender este aspecto, que no es sino el alma de este maravilloso conflicto.

Ya lo afirma Teresa E. Rohde:

“El homo ludens vuelve a ser sencillamente homo faber al abandonar el juego ritual y la fantasía mítica para retornar a las labores agrarias, a las complejidades del mundo tecnológico, o a la cotidianidad burocrática del tiempo profano” [2].

Durante la Colonia, en las fiestas carnavalescas se celebraban sobre todo bailes de disfraces. Al integrarse los elementos afroantillanos con los europeos, surgieron las comparsas y mojigangas. Negros y mulatos se disfrazaban, ridiculizando a la clase dominante, a la religión o a la milicia como forma de protesta social. He allí el sentido que se enunció en la introducción de este trabajo. En 1776 la Santa Inquisición encontró en el Chucumbé la forma de esa protesta o reclamo, ya que sus coplas y bailes lascivos, así como los adornos utilizados representaron un dejo subversivo que, con el tiempo devino danzón, sacamandú, contradanzas, fandangos, boleras y zarabandas aceptadas por la autoridad civil y religiosa como forma de expresión popular.

Es oportuno apuntar lo que el viajero Thiery de Menoville pudo presenciar en una visita hecha al puerto de Veracruz en 1777, respecto a su apreciación sobre aquellas “mojigangas”, situación que deja ver las condiciones que imperaban respecto a esa forma rebelde de expresión:

Se ven al frente seis figuras gigantescas, representando un indio y una india, un negro y una negra, un castellano y una castellana llevada por ganapanes y con una danza alemana viva y alegre.

Viene después un gran bromista portando una figura francesa de paja toda descaderada y cuyos miembros están dislocados –destaca aquí el desprecio popular tras la intervención gala-. Siguen otros diez pícaros enmascarados como pescado llevando en la punta de un bastón una vejiga llena de frijoles con los cuales golpean a los que se encuentran” [3].

 

Tlacotalpan. Música, baile y folclor. Suplemento de La Jornada, 1° de febrero de 2014, p. 4 (abajo).


Y si la protesta siguió siendo el mecanismo para hacerse notar, el carnaval fue a su vez el vehículo con el que se trasmitió aquel síntoma. Un caso evidente ocurrió en Mazatlán, Sinaloa el año de 1827, cuando la tropa dispuso de la mascarada y la comparsa para exigir al gobierno el pago de sus haberes.

Arraigada esta forma entre los carnavales más importantes desarrollados en nuestro país, más tarde se integró a diversas celebraciones, enriqueciendo el bagaje de la fiesta popular o religiosa. En cuanto a la fiesta taurina, esta no fue la excepción y durante buena parte del siglo XIX alcanzó a tener verdaderas muestras en un notable catálogo recogido en diversos carteles que en sección aparte tendremos oportunidad de conocer.

Más aún, y debido a la guerra entre Cuba y España (1868-1878), muchos trabajadores y músicos isleños emigraron a Veracruz y algunos llegaron a vivir al barrio de la Huaca. “Como consecuencia, las comparsas y mojigangas en extramuros –afuera de la muralla- fueron influidas en gran medida por la música cubana.

Contaban con un carácter muy peculiar: máscaras, encapuchados, hombres vestidos de mujeres, instrumentos musicales de percusión, como latas, pedazos de hierro y tambores, además de flautas y cornetas”. En ellas participaban los gremios de panaderos, carpinteros, torcedores de tabaco, sastres, peluqueros, ebanisteros, muelleros marinos y otros. [4]

Como puede apreciarse, nuevas influencias con un carácter tan significativo como este seguían llegando al puerto de Veracruz, punto receptor del que más tarde se enviaban a todas las partes posibles esos influjos de cultura eminentemente popular.

Son estas las principales raíces que destacan sobre la forma en que fueron apareciendo las mojigangas, escenografías efímeras que nos permiten ser puestas al descubierto para entender como se ha desarrollado el entorno común a varios espectáculos, haciendo de la burla, por un lado; del entretenimiento por otro su mejor instrumento de comunicación.
___________________________

[1] Estos datos, provienen de mi libro: José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 29. “LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX”. Libro inédito.

[2] Teresa E. Rodhe: Tiempo sagrado. México, Planeta, 1990. 199 pp. (Fronteras de lo Insólito). Pág. 75.

[3] Arturo Jiménez: “Veracruz, una fiesta de la carne a pleno sol” (primera de cuatro partes), en La Jornada, del sábado 13 de febrero de 1999, pág. 17. (Lo anterior fue citado por Roberto Williams en Yo nací con la luna de plata, a su vez recogido por Baca Rivero en su “Microhistoria del carnaval”, publicada en tres partes en El Dictamen, del 16 al 30 de enero de 1997).

[4] Op. Cit., “Veracruz, una fiesta de la carne a pleno sol” (segunda de cuatro partes).

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicana”, en la dirección: http://ahtm.wordpress.com/

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