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Las crónicas cuentan que aún mejor que en Sevilla
Aldabonazo de Pablo Aguado, ahora en Huelva
Pablo Aguado en un muletazo por bajo. (Diario de Sevilla)
La noticia en este fin de semana estuvo en Huelva, por su feria colombina. Pablo Aguado, de corinto y oro, ha cuajado dos toros de una forma que se recordará por mucho tiempo. Algunos incluso afirman que su toreo superó al de Sevilla, la tarde de las cuatro orejas y la Puerta del Príncipe. Ya al caer la tarde del sábado, no se hablaba de otra cosa, buscando las primeras reseñas para comprobar si lo que circulaba era realmente así. Y, en efecto, lo fue. Aguado entra en el intenso mes de agosto en plan arrollador. Le espera Bilbao para confirmar de nuevo que es torero con capacidad de mandar.
Actualizado 4 agosto 2019  
Redacción   

Cuando una tarde es grandiosa, su eco se extiende por todo el mundo del toro, sea cual sea la plaza en la que se vivió. En esta ocasión ha sido en Huelva, donde Pablo Aguado toreó incluso mejor que en aquella recordada tarde de las cuatro orejas en Sevilla, que lo puso en figura y en todas las ferias.

 

Cuentan las crónicas que  Aguado cuajó a sus dos toros --de diferente juego-- de una forma excelsa. Y como muestra un botón:  con los títulos de “Pablo Aguado triunfa a lo grande en Huelva y sale a hombros. El torero sevillano cautiva la Merced con una tarde antológica, de toreo puro y excelso”,  un cronista experimentado y gran aficionado como Luís Nieto ha explicado la tarde de Pablo Aguado en Huelva en estos términos:

 

La plaza dormida se despertó bruscamente cuando al tercer pinchazo, Aguado deshilachaba la memorable faena que había urdido frente al tercero de la tarde para ponerle los vellos de punta a todo el tendido. La faena había sido una obra completa de cabo a rabo, metida en ese torbellino de cuidar en extremo la clase del toro y su duración.

 

Saleroso, intuyendo todo antes de que pasara sobre el ruedo, la facilidad pasmosa de Aguado se engrandeció ya con el recibo capotero meciendo con una soberbia naturalidad ese percal que hacía sentir rotunda en la emoción y el quejío a toda la plaza.

 

El sueño era certero con el toreo de Aguado brotando de un bellísimo comienzo de faena y el toro de Albarreal asomando a ese balcón de una embestida clara y limpia como agua de manantial. Fue el toro del festejo no sólo por duración, sino por cómo compuso su embestida en ese andar magistral que marcaba la torería de Pablo Aguado, "un muchacho de Sevilla que dicen que anda muy bien", al decir de dos señores camino de la plaza.

 

No se equivocaban. Aguado toreó muy bien ayer en La Merced. Siempre a favor del toro, siempre; más con esa templanza, gusto y medida de los tiempos que ha encumbrado al sevillano en el favor del aficionado.

 

Por naturales o con la diestra; con la muleta o el percal, el sevillano dejaba en cada instante un bellísimo trozo de toreo. Con primor de faena grande con la que robarle el corazón a esta plaza. Porque Aguado no se coloca entre un muletazo y otro. Aguado sale paseando de uno a otro para hilvanar con una cadencia inaudita ese toreo que al natural dejó impresionada la tarde con su nombre.

 

Pinchó el torero. La espada no fue aliada. La tarde no estaba como para regalos, pero Aguado mandó al infierno la gloria de su faena.

 

Tan grande como Aguado, su hombre de plata; Iván García cuajó un soberbio pasaje de brega dejando que el percal acariciara el hocico del toro desde que entraba en la jurisdicción del capote. Inmenso ahí y soberbio en ese par de rehiletes al sexto. Faltó sensibilidad para dejarle poner el segundo, con toda la plaza esperando.

 

Con el sorteo definitivamente de cara, Aguado culminó otra faena intensa y bellísima frente al sexto. No humilló éste como el tercero, pero al torero sevillano le sirvió para expresar otra faena llena de frescura, inventiva por momentos e ingeniosamente armada con la suavidad que su toreo le llevó a embelesar a toda la plaza.

 

Efectiva y rotunda, la estocada dio patente al tendido para que, esta vez sí, Aguado solventara su Puerta Grande con las dos orejas de otro buen toro, aunque muy medido de fuerzas como toda la corrida de Albarreal.

 

Entre lo que pudo ser del tercero estuvo lo de Miranda en su primero y el arranque de Morante en el cuarto.

 

La suerte esquiva de ese mulo de Torrealta que le dejó el destino en forma de sobrero en el quinto no fue justa. David había estado sencillamente soberbio frente a su primero, un ejemplar que casi le arranca los machos cuando el torero arrancaba por estatuarios una faena que ya había ido cobrando importancia por la suavidad y el temple que el triguereño había empeñado en su toreo de capote. Todo cuanto llegó de importante lo hizo ese torero pausado, sensible con la importancia de la tarde y comprometido con una afición que esperaba con palmas por Huelva al torero.

 

Soberbia brega de Pereira y justicia en el saludo, que Contreras y Muriel se ganaron en banderillas.

 

Después, una faena a favor del toro y una mano diestra que manejó como seda la embestida de otro animal que tuvo ligazón en su viaje, también mediatizado por la falta de fuerza. David se llevó arriba ese segundo acto de la tarde sacándola del sopor que había invadido la lidia de un primero con el que Morante no se encontró a gusto. Tampoco el toro con Morante. Se pueden imaginar el cuadro. Sin toro ni torero. Se apagó la luz. Mérito de Miranda haberla encendido con tanta pureza y toreo sentido, especialmente por el pitón diestro, el de más posibilidades del cuatreño al que Miranda tumbaría de una soberbia estocada. El palco dio un trofeo sin más opciones a pesar de la fuerte petición.

 

Perdido en el combate del primero, Morante disparó de lleno al triunfo de Aguado. Disparó con ese toreo grande de Morante. Ese del aquí estoy yo pa lo que haga falta. Pues no hizo falta. Morante y su empeño sucumbieron ante un toro muy vacío de todo que se quedó pensando demasiado tiempo. Si algo tiene Morante es que aburrir no aburre. Después vino el desatino con la espada. Huelva no estaba este año para el de La Puebla, pero cuidado que hay un torero que ayer la embelesó muy de veras y mece los engaños con afán de galán. Por de pronto los requiebros ahí quedan como bello apunte de una tarde de toros.

 

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