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Hemeroteca de la Semana Santa
Antología de textos de Alberto García Reyes
El Cristo del Amor, una obra sublime de Juan de Mesa
Alberto García Reyes es uno de los mejores escritores que tiene la Semana Santa de Sevilla, por sus formas excelentes y por sus contenidos siempre muy precisos. Cada uno de sus artículos en la edición sevillana de ABC tiene derecho propio a formar parte de una antología de textos, como lo fue su elogiado Pregón pronunciado en 2017. Hoy traemos a nuestras páginas dos de sus artículos recientes; el primero, una pieza magnífica, se centra en el barrio de Torreblanca, en tanto el segundo en un bello verso dedicado al Crucificado del Amor.
Actualizado 22 marzo 2018  
Redacción   

El barrio de Torreblanca, en la zona Este de Sevilla, es un barrio moderno con una estética entre rural y urbana, en el que se vive no pocos problemas sociales. Cuenta con un gran número de asociaciones de vecinos, de mujeres, de padres de alumnos, culturales, deportivas, religiosas y de todo tipo. Pero sobre todo tiene en su seno la Hermandad de los Dolores, que vertebra en buena medida a un barrio tan extenso. Cuando el Sábado de Pasión la Hermandad realiza estación de penitencia por las calles del barrio – el primero representa la escena en la que pregunta Pilatos a Jesús si es el Rey de los Judíos; el segundo, una preciosa imagen de la Virgen de los Dolores-- el barrio vive uno de sus momentos más esperados.

Por su parte, la Primitiva Archicofradía Pontificia y Real Hermandad de Nazarenos de la Sagrada Entrada de Jesús en Jerusalén, Santísimo Cristo del Amor, Nuestra Señora del Socorro y Santiago Apóstol, se remonta nada menos que al año 1508. Su Cristo del Amor es una talla que realizó Juan de Mesa  entre 1618 y 1620. Cuando cada Domingo de Ramos realiza su estación de penitencia, pero también durante todo el año, es una de las imágenes mas veneradas de Sevilla.

nn ¿Por quién llora Dios en Torreblanca?

Lo que no va en lágrimas, va en suspiros. Cristo no sólo llora en la ventana de San Esteban, sentado en el trono en el que Sevilla lo denigra mientras despide a los viajeros que tienen que marcharse para sobrevivir. Cristo llora también con quienes están secuestrados en la ciudad. Llora con la gente que llora y es Cautivo entre los cautivos. Llora allí donde la vida es un cúmulo de Dolores para quienes intentan salir de la pobreza, para quienes padecen la vejación del paro, de la falta de oportunidades, del hambre. Cristo llora en Torreblanca porque quiere desatarse las manos y ayudar a quienes tienen la esperanza de ser mejores y porque en su hermandad, antes que a la propia fe, hay que dedicarse a la caridad. Esa lágrima que desemboca en sus labios sólo se ve a oscuras. He ahí su grandeza. A pleno sol, cuando el Cautivo sufre ante Pilato como sufren sus vecinos ante las carencias en las que viven, no se aprecia la gota que colma su paciencia. Porque Él es uno más en la fiesta de su procesión. Él es el centro del barrio. El jefe. El héroe que ha logrado salir de allí para ser recibido con honores y alfombras en el templo de la alta devoción, en el palacio opulento de la ciudad. Un Hombre de la calle, de los suburbios, con las manos amarradas y la vida desierta de aspiraciones, llevará la cruz de su arrabal hasta el tuétano del poder. Hará un Viacrucis largo, con los pies descalzos, y con una fonda en el camino que no es casual: Santa Marina. Sí, el Cautivo de Torreblanca irá hacia la Resurrección. Con su pueblo detrás. Y Sevilla entenderá que su desprecio es miserable. Porque a la vera del Señor no sólo hay delincuencia. Hay también mucha humildad, mucha gente modesta que tiene que padecer el estigma de quienes nos creemos superiores sólo porque hemos tenido más suerte. En la lágrima del Cautivo va ese caudal de calamidades buscando la desembocadura de su jadeo, ahí está toda nuestra arrogancia deslizándose por la mejilla de Dios. Porque Cristo no sólo llora en Sevilla cuando nos despide. También llora cuando no nos encuentra, cuando nos engreímos y desdeñamos a nuestros hermanos en los arquetipos mezquinos de los necesitados frente a los acomodados. Yo sé que Él no llora por sus vecinos. Llora por nosotros, que somos los verdaderos pobres: los que alguna vez hemos pensado que allí, tan lejos, Dios no se mece. Llora por quienes creemos que las varas de madera de la cofradía no tienen valor. Y suspira para decirnos que no tenemos razón, que su soga ata nuestras muñecas, no las suyas.

En uno de los laterales de su iglesia, donde el suelo no es de mármol, sino de terrazo, y la pared conserva los cercos de los cuadros rotos porque no han podido blanquearse, está escrito un versículo del evangelio según San Mateo convertido en aleluya: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Eso no va sólo por quienes le visitan todos los días. Va por todos. Eso es lo que dice exactamente su llanto:

Los Dolores pasan, jamás rendiros,
que en este Vía Crucis de la vida
lo que no va en lágrimas, va en suspiros.

http://sevilla.abc.es/pasionensevilla/opinion/la-opinion-de-alberto-garcia-reyes/quien-llora-dios-torreblanca-123736-1518896761.html

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nn Amor mío

Amor de mis entrañas, viva muerte,
te busco entre las alas de mi vuelo
y bebo sangre muerta en este duelo
de pájaros que vuelan para verte.
Amor de mis anhelos, luz inerte
de Dios en dormidera, sin desvelo,
que rompe con el do del violonchelo
la música que a oscuras me convierte.
Oigo tu sangre rota en los violines
y vuelo cual pelícano en tus versos.
Yo quiero recitarte tus sinfines
leyendo aquel soneto en que claudico:
tu muerte siempre está en los universos
del verso del Amor de Federico.
En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda y resplandece,
tu cuerpo se desangra y se abastece
de aladas esperanzas en la altura.
En un declive viene la obertura
del músico callado que amortece
las notas del silencio y obedece
al ritmo del Amor la partitura.
Está todo encajado en esa orquesta:
sombras en pena, ronda de martirios,
la luz con el tiempo dentro, la puesta
del sol en el final de la abstracción,
la llama moribunda de los cirios
y el verso del Amor de Juan Ramón.
Las lágrimas son agua y van al mar
mientras el aire en su regazo lleve
el cálamo del ala de la nieve
que en sangre se derrite en el altar.
Amor de mis amores, al llorar
mis lágrimas son agua, caudal breve,
y el río de la luz de Parasceve
transcurre por tus huesos al sangrar.
Los invisibles átomos del aire
envuelven el vapor que te suspira.
Los suspiros son aire y van al aire,
Amor, y esto que sueñas al dormir
es la rima de Bécquer y la lira
que tremola: despertar es morir.
La angustia se abre paso hueso a hueso
en los vastos jardines sin aurora
y en la flor de la reja se evapora
el pétalo que viene de regreso.
La muerte se abre paso con un beso
en la rampa que anuncia que es la hora
y el rayo de la noche se demora.
La aurora es esa cruz y ese deceso.
Los pies sobre la tierra antes no hollada,
los ojos frente a lo antes nunca visto,
la vida al comenzar ya terminada.
Así, con la penumbra de la duda,
contemplo en Ti, mi Amor, al propio Cristo
en Ocnos, penitencia de Cernuda.
El luto de la tarde desabrida
bajo el azul, sobre la piedra rota,
asoma por la plaza su derrota.
¿A dónde va el Amor cuando se olvida?
¿A dónde va el pelícano que anida
al pie del cataclismo que te azota?
¿A dónde va a parar la última nota
del grito que te saca de la vida?
Al Cristo muerto, hendido por el rayo
que calcina el reloj perecedero
y eterniza la cruz en su desmayo.
Irá el Amor de Dios enamorado
allí donde madura el limonero
que arraiga en los cantares de Machado.
Mi corazón no puede con la carga,
no perdono a la muerte enamorada
que te clava su luz ensangrentada
en la llaga que el tiempo te aletarga.
Silencio de una muerte que se alarga,
¿no piensas replicar, no dices nada?
La rampa del edén ya está acabada,
la dulce voz de Hernández es amarga.
La sangre nutre el ímpetu del ave
que en Lope se convence de lo incierto:
creer que un cielo en un infierno cabe.
Y todo está abrasado en este frío
porque no es el Amor quien aquí ha muerto:
he muerto yo en tus versos, Amor mío.

http://sevilla.abc.es/pasionensevilla/opinion/la-opinion-de-alberto-garcia-reyes/amor-mio-124201-1519510217.html

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