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MADRID: Quinta de la feria de Otoño
Antonio Ferrera: naturalidad, temple, variedad, en la tarde inolvidable cuando lidió seis toros
Antonio Ferreras, en la apoteosis final (Plaza 1)
Se lo llevaron a hombros por la puerta de la gloria, en una salida apoteósica y unánime. Y es que Antonio Ferrera había cuajado una gran tarde, en la que vino a explicarnos que el toreo es, y así debiera ser, la consecuencia de una trilogía inseparable: naturalidad, temple y variedad, de los que luego nacen la profundidad y el dominio. Si se conjuntan este ramillete de circunstancias, entrar a valorar si hubo más o menos trofeos resulta casi irrelevante; lo importante fue lo macizo de una actuación plagada de los elementos fundamentales de la lidia y del toreo, con muchos chispazos además de momentos bellamente creativos.
Actualizado 6 octubre 2019  
Antonio Petit Caro   
 Así lo ha visto la crítica
 Magistral tarde de Antonio Ferreras, que ha puesto muy caro el titulo de triunfador de esta feria
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MADRID. Quinta de la feria de Otoño, corrida fuera de abono. Tres cuartos de entrada: 18.797 espectadores, el 79,6% del aforo. Toros de diversas ganaderías, lidiados por el siguiente orden: Alcurrucén, Parladé, Adolfo Martín, Victoriano del Río (4º y 6º) y Domingo Hernández, con presencia y juego acorde a sus encastes; los mejores, 4º y 6º, pero también dieron juego razonable 2º y 5º. Antonio Ferrera (de blanco y oro), único espada: silencio, ovación, silencio, ovación tras aviso, un oreja y una oreja. Salió a hombros por la Puerta Grande.

 

Incidencias: Como sobresalientes de espada actuaron David Sánchez “Saleri” (de caña y oro) y Jeremy Bante (de verde botella y azabache), siempre adecuadamente colocados en los primeros tercios. Dentro de un buen nivel general de las cuadrillas, destacó de forma especial José Chacón y con los palos Fernando Sánchez. El festejo duró dos horas y 30 minutos.

Estaba previsto que se lidiaran reses de seis hierros distintos, pero en el reconocimiento se rechazó el presentado por Núñez del Cuvillo, por lo que se enchiqueró un segundo toro de Victoriano del Río.

 

Desde muy antiguo, el toreo se ha basado, o al menos así debiera ser, en el temple, la naturalidad y la variedad,  de los que luego nacen la profundidad y el dominio. En esa trilogía, la naturalidad, que a la postre no es otra cosa que dejar que el alma aflore mientras el cuerpo torea, debe impregnarlo todo, hasta ese recorte que abrocha soberbiamente una serie. Y otro tanto debemos predicar del temple. Sentadas tales premisas, puede entenderse que todo lo demás debe ser la variedad.

 

Si estos principios resultan de general aplicación en todas las ocasiones, ya sea en el toreo fundamental, ya en el que aflora sobre las piernas, a voces se pide de forma especial cuando un torero quiere llevar adelante la gesta de encerrarse en solitario para la lidia y muerte de seis toros. Así lo explicó a lo largo de dos horas y media Antonio Ferrera en este sábado fuera de abono en Las Ventas, hasta acabar siendo aclamado de forma unánime, cuando un gran número de aficionados lo izaron a hombros para llevarlo hasta la calle de Alcalá por la Puerta Grande. Una tarde gloriosa para un torero que en su madurez ha pasado a ser, nada menos, que un torero diferente.

Si se conjuntan este ramillete de circunstancias, entrar a valorar si hubo más o menos trofeos resulta casi irrelevante. En esta ocasión, para las estadísticas taurinas se concedieron dos orejas, que hubieran podido ser más si no se atascan las espadas. Pero eso, insisto, son simples números, siempre fríos y no siempre ajustados a la realidad. 

 

Cuando se admiran seis formas diferentes de comenzar una faena de muleta, cuando se aplauden más quites distintos en el manejo del capote de los que toros se lidian, cuando se construyen seis actuaciones diversas, muy al hilo de las condiciones del toro de turno, cuando todo eso se trata de interpretar con naturalidad y temple, el macizo de una actuación necesariamente sobrevuela a la estadísticas, que los números no resultan la más fiel expresión de la grandiosidad de una  forma de entender el toreo. En este 5 de octubre, lo de Antonio Ferrera pasó muy por encima de los números, incluso aunque no se diera esa faena tan excepcional como aquella del 1 de junio con el 4º toro de Zalduendo, en plena feria de San Isidro.

 

Si fruto de la creatividad de forma natural,  lo mismo se hace  un quite --en su más ortodoxa versión: la de sacar al toro del caballo, no sólo como un matiz artístico-- con un farol de rodilla que con el de la mariposa; si en unos casos la faena de muleta rompe con unos pases sentado en el estribo, como cuándo se hace con esos suaves muletazos sobre las piernas hasta dejar al toro en ese lugar exacto; cuando al caballo se le mueve para dar con los terreno más adecuados... Por no faltar, ni esa limpia larga cambiada en la puerta de toriles, con la que recibió al 6º. Todo eso lo que viene a poner de manifiesto es lo grande que es la Fiesta cuando se manejan al unísono la lidia y el toreo. Por eso, tratar de individualizar éste o aquel pasaje de la tarde, no tiene demasiado sentido, al menos para mí.

 

¿Qué luego la espada no siempre se manejó con acierto? Desde luego. Y por más que la suerte suprema debiera ser siempre el colofón necesario a cuanto le ha antecedido, en esa liturgia pagana que es el conjunto de la lidia, en descargo de Ferrera hay que anotar que, al menos, siempre trató que ese momento cumbre se ajustara a las normas ortodoxas. 

 

Por todo ello, se recordará por mucho tiempo a este Antonio Ferrera, siempre por encima de las condiciones de los toros, siempre empeñado en construir el toreo en su mejor expresión, siempre entregado a un compromiso que salvó con una excelente nota.

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