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MADRID: Décima del abono
La armónica sinfonía de Antonio Ferrera
Un colosal natural de Antonio Ferrera (Fotos: Plaza 1)
Qué lección de lo que supone la armonía de la lidia, tan sólo comparable con las grandes obras sinfónicas. Qué difícil debe ser torear con tantísima naturalidad, hasta convertir en una caricia cada movimiento los engaños. Antonio Ferrera hizo vivir a las 20.000 personas que se dieron cita en Las Ventas la inmensa paz de las artes verdaderas, esas que llevan el sosiego a los espíritus. Conjugar y en Madrid todas las circunstancias que se reunieron en la lidia de "Traslúcido", no resulta tarea sencilla. Ferrera lo consiguió de forma extraordinaria, esto es: como pocas veces se ha visto por los ruedos.
Actualizado 21 mayo 2017  
Redacción   

MADRID. Décima del abono. Más de tres cuartos de entrada: 20.159 espectadores (84,7% del aforo). Toros de Las Ramblas (Daniel Martínez), con presencia, nobles, pero escaso de fondo, salvo 5º y 6º; los tres primeros, cinqueños. Juan José Padilla (de grosella y oro con cabos negros), silencio y ovación. Antonio Ferrera (de verde esmeralda y oro), silencio y una oreja con petición de la segunda. Manuel Escribano (de nazareno y oro), silencio y ovación.

La armonía misma. Diríase incluso que una armonía sinfónica, en la que mandaba una melodía suave y arrebatadora a la vez, para que todo el conjunto se convirtiera en un arte grande. No resulta fácil torear con mayor naturalidad, hasta convertir a  cada muletazo en un auténtica caricia para la sensibilidad de los espíritus. Siendo aquello una lucha noble entre el toro y el torero, en realidad vivimos la paz de las artes, el sosiego de los espíritus. Y todo por Antonio Ferrera, que hoy se ha consagrado ante la afición de Madrid, como antes había hecho en Sevilla.

Es cierto que “Traslúcido” –qué oportuno nombre-- colocaba la cara con nobleza y de desplazaba con un ritmo colosal, pero había que entenderlo: de natural iba siempre con la cara a media altura, no daba opción alguna a llevarlo por abajo. Conjugar ambas circunstancias y emocionar al tendido, cuando además es en Madrid, no resulta tarea sencilla. Ferrera lo consiguió de forma extraordinaria, esto es: como pocas veces se ha visto por los ruedos.

Eran esos muletazos como al paso que abrieron a la faena, era esos naturales de muleta planchada que pedían a gritos un música clásica, era el toreo con la derecha tan sentido, eran esos pases de pecho…  Y todo como a cámara lenta, unido sin solución de continuidad, sin una brusquedad, sin la menor estridencia, sintiéndose el torero en el hondón del alma. Una auténtica sinfonía del arte del toreo.

Lo único que alteró la gran obra, ese pelín caída en la que quedó la espada, con la suerte bien hecha. Quizá ahí se perdió la segunda oreja. Pero ante la magnitud de lo visto, qué más una que dos. Lo que de verdad se disfruta es rememorando en el pensamiento la forma tan sublime de torear que nos explicó Antonio Ferrera. ¿No buscaba Simón Casas un torero a la medida de lo que quiere que sea la Corrida de la Cultura? Si no todavía no ha llamado al extremeño será porque ha perdido el sentido común. Qué apasionante contraponer el barroquismo de Morante frente a la armonía de Ferrera.

La corrida de Las Ramblas, toda una buena moza --tan solo, un poco zapatito el que abrió la tarde--, tuvo noble y sus puntos de calidad, también mucha falta de humillación. Pero, ¡ay!, sobre todo le fallaba el resuello: la blandura y la sosería campaba por sus respeto, con el añadido natural de venirse a menos con prontitud. Puro “toro predecible” en versión convencional, hasta en convertir la suerte de varas en una cuestión de orden menor. De esa tónica se salió el citado “Traslúcido” por la excelencia de su ritmo, pero exigía un torero con tal sensibilidad en sus muñecas como para hacer posible que, pese a todo, la emoción inundara los tendidos; en su camino se cruzó Ferrera para lucir todas sus virtudes. La otra excepción resultó ser “Oxigenado”, el último de la función, con mayor vigor que sus hermanos, pero sin perder la nobleza; Escribano le dio con buen tino la replica que pedía.

Con un lote de los escuetamente “predecibles”, Juan José Padilla tuvo que desistir pronto en la faena al que abría la tarde; el de Las Ramblas entregó apresuradamente las tres cartas, sin otra opción que ir a pos los aceros de verdad.  Frente al cuarto se pudo ver la versión sincera del jerezano. Lo recibió con cinco largas de rodillas, muy limpias todas, para acabar en los medios.  Y cuando tocaron a matar, volvió a ponerse hinojos para comenzar su faena, en la que su empeño se estrelló con la inviabilidad de un toro que se rajó a la primeras de cambio.

Otro tanto le ocurrió a Manuel Escribano en su primer turno, al que se quitó de encima con desahogo. Salió a por todas con el 6º, el tal “Oxigenado”, muy hecho a su medida, porque se desplazaba y perseguía los engaños. La larga en toriles salió limpia y los lances posteriores, vibrantes. Con la añosa construyó una faena de menos a más, para acabar en un nivel muy notable, sobre todo por el pitón derecho. Tenía en su mano un legitimo triunfo cuando la espada se le fue tan a los sótanos que tuvo que sacar la espada.

Otrosí

No le hemos preguntado al empresario Casas si, por casualidad, al montar la combinación de este domingo pensaba en reeditar el argumento del “cartel de banderilleros”. Alegraría mucho que si este domingo coincidieron en la puerta de cuadrilla fue por pura casualidad. En primer término, porque los tercios de banderillas, salvo contados pares –y sobran los dedos de una mano--, carecieron de relevancia; si eso es lo que se buscaba, apuesta fallida. De hecho, nadie salía de la plaza hablando de esos segundos tercios. En segundo término, porque acudir a ese argumento cuando por medio anda Antonio Ferrera es como confundir huevos con castañas: su puesto está en otros carteles. Y, en fin, porque para dar la vuelta a España, incluidas las plazas de primera, el único “cartel de banderilleros” que de verdad funcionó años atrás fue aquel que formaban Morenito de Maracay, Víctor Méndez y El Soro. Fueron una auténtica “gallina de los huevos de oro”, que los empresarios malgastaron poniéndolos con las corridas que nadie quería. Lo que vino después no fue sino un puro rebañar en las taquillas de las plazas menores, ua versión ligreramente diferenciada del llamado "cartel de los mediáticos".

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