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La célebre conferencia en la Universidad de Columbia
Ignacio Sánchez Mejías: "La Tauromaquia"
La Cátedra Sánchez-Mejías, de la Universidad de Sevilla, con ocasión del 90 aniversario de la Generación del 27 ha organizado un importante seminario, en el que la figura de Ignacio Sánchez-Mejías ocupa un lugar destacado. Con este motivo, bueno es recordar uno de los textos fundamentales del gran torero: su conferencia en la Universidad de Columbia (Nueva York) que escuetamente tituló "La Tauromaquia". Por más que estuviera avalado por su presencia activa en los cenáculos intelectuales y literarios, en los que nació la Generación del 27, era algo completamente inusual que en los Estados Unidos y en 1930 un centro académico tan prestigioso fuera invitado un torero a dar una conferencia y además sobre el mundo de los toros.
Actualizado 3 octubre 2011  
Redacción   
 Las crónicas taurinas de Ignacio Sánchez Mejías

Como puede observarse de su lectura, el texto está pensado, precisamente, para una disertación oral, más que como una pieza literaria; un hecho que dota al texto de una frescura y agilidad que hubiera resultado impropio de un trabajo literario. Por lo demás, se comprueba  cómo el orador era consciente del auditorio que tenía; por eso no se pierde en matices innecesarios, sino que con sentido didáctico busca la comprensibilidad del tema por sus oyentes.

Según los estudios del  profesor Gil González, de la Universidad de Sevilla, el texto auténtico de esta conferencia coincide con un manuscrito que se guarda en el archivo familiar, aunque aparece como un texto pronunciado en Valladolid; este texto se puede consultar en el libro “Sobre tauromaquia”.

Sin embargo, esta versión que difiere de otras que se han difundido por distinto estudiosos. Entre unas y otras versiones, siendo coincidentes en los aspectos centrales, se producen cambios tanto en la ordenación de algunos epígrafes como en la inclusión o no de algunos pasajes.

En cualquier caso, sea cual fuere la versión que se utilice, llama la atención el gran acierto de Sánchez Mejías al elaborar su conferencia: leída con los  ojos de hoy continúa teniendo actualidad y vigencia en sus argumentaciones.

Reproducimos aquí los textos de esta conferencia, de acuerdo con la versión que difundió en su día la revista 6toros6 en su edición del 1 de enero de 2002.

Vamos a hablar de Tauromaquia, que es la ciencia del torero, y del torero, que es la ciencia de la vida. Saber torear es saber vivir. Cierto es que en Tauromaquia cada concepto produce un inmenso campo de consecuencias.

Pero antes de seguir adelante con ellas analicemos el toreo español que se practica en las llamadas plazas de toros y, para ello, comencemos por analizar, certera y detenidamente, los elementos que lo componen.

El toro: El toro es el que embiste, el que acomete, el que quiere enganchar al torero para herirlo o matarlo. El toro es el peligro, la muerte, la muerte que nos rodea por todas partes, que nos busca o que nos espera, que nos acecha o que nos viene al encuentro.

El torero: Es el que sortea el peligro, el que engaña a la muerte traficando con ella, el que crea unas reglas, un arte para no morir. El que se enfrenta con el toro, con el peligro, con la muerte y en sus mismos hocicos elabora su triunfo,

El caballo: El caballo pacta con el hombre contra el toro, pacta con la muerte. Yo presencié un diálogo que voy a referir palabra por palabra, letra por letra:

El hombre: Necesito de tu ligereza para herir a la muerte con el morrilo.
El caballo: Cuenta conmigo. Yo corro mas que ella, pero es preciso que me guíes.
El hombre: Yo te llevaré por la boca y te impulsaré por los ijares. Respondo con mi vida de la tuya.
El caballo: Conforme.
El hombre: Conforme.

Después los hombres y los caballos, "informales" en su trato, se engañaron los unos a los otros, de modo que unas veces moría el caballo y otras el hombre. Sin embargo, un hombre y un caballo, si van de acuerdo, siempre triunfan de la Muerte.

El capote:  El capote es un trozo de seda de colores vivos que sirve para llamar la atención del toro, para atraerlo, para invitarlo al juego, a la lucha. También sirve para trastearlo, para adivinar sus intenciones, para establecer la categoría del peligro. De la misma manera que el toro abanto corretea, va y viene de un lado para otro, hasta que se encuentra con nuestro capote, así la idea vagabunda un día se detiene en nuestros pensamientos. El capote en suma es la imaginación del torero.

La pica: La garrocha del picador hiere suavemente al toro en el morrillo, que es el sitio de su muerte, mientras los cuernos tiran cornadas mortales al aire. La herida es como un carril, una vereda que se abre para que camine nuestra seguridad, es como el túnel que hace posible el recorrido por debajo de la Muerte, por debajo de la nada hacia la Vida, hacia el Ser. "Ser o no ser": he aquí la disyuntiva de todo picador, que es la misma de todo aquel que traf¡ca con la muerte.

Las banderillas: Son las flores que el torero fácil, el torero dominador, el torero seguro, pone esquivando la muerte. La suerte de banderillas a cuerpo limpio es la manifestación poética del lidiador que la practica. No es comúnmente ni práctica ni útil, es solo un derroche de alegría infantil que se descara inconsciente ante el peligro. Si son de fuego -cosa que se elige cuando el toro es manso-, es una provocación para que surja la furia; un deseo perverso, como el ritmo ensordecedor que imprime el alcohol a la cultura de los negros.

La muleta: Es la herramienta de los trabajadores del valor. El que la domina, sabe manejarla y conoce sus secretos, es el único que juega tranquilo con el peligro, con la muerte. La muleta es el pararrayos de las cornadas, la "maquinilla" donde va la muerte a estrellarse.

El estoque: Es el rayo de plata y de sangre que alza, en la mano derecha, todo el que triunfa sobre la muerte.

La puntilla: Cuando el toro no quiere morir de de una estocada se utiliza la puntilla. La puntilla s el cuchillo carnicero que se clava en la nuca del toro rebelde. Este enemigo "Marrajo" es la muerte moribunda que se empeña en estropear nuestro triunfo con las malas artes de la resistencia.

El público: Va al sol o a la sombra. El sol es la localidad barata e incómoda que casi siempre está a la izquierda de Presidencia y la frecuenta el pueblo. La sombra es la localidad cara, confortable y presumida, a la derecha, y la frecuenta la aristocracia, los militares, el clero y las mujeres. Las mujeres en todos los espectáculos de la vida tienden a acomodarse a la sombra, entre el clero y la aristocracia, frente al pueblo. Si alguna vez se subleva contra la tradición, salta del ruedo por encima de la barrera entregándose sola a la lidia. La tauromaquia está presente desde el pasado. Así, cuando la civilización romana agonizaba por falta de virilidad y sobra de sentimiento caritativo, por apego o egoísmo de la vida y miedo a la muerte, sale de los chiqueros del centro de Europa el toro negro de los bárbaros o el toro sanguinario de los germanos. La lida es el único arte que conoce reglas para la evolución y para la revolución.

La plaza del mundo:

El mundo entero es una enorme plaza de toros donde el que no torea, embiste. Esto es todo. Dos inmensos bandos: manadas de toros y muchedumbres de toreros, y en consecuencia, es una lucha por nuestra propia vida la que nos obliga a torear. Nunca puede decirse que el público no actúa pues siempre tiene su turno. Al público lo forman todos cuantos están de vacaciones y cada individuo que lo constituye tiene su turno para bajar al ruedo del mundo.

Hay que exceptuar, naturalmente, a Sancho Panza. Sancho Panza no es el actor sino el espectador eterno, estático y sin rostro. Sancho Panza es público puro, es el estómago del arte de torear. Don Quijote, por el contrario, es la perfección suma de la tauromaquia, el mejor de los toreros españoles. Toda su fortuna la ganó con los toros, la hizo toreando, lidiando el peligro, a la muerte, a la Nada. Triunfa Don Quijote de los toros aun a costa de Sancho, su enemigo.

Sancho Panza es el mayor enemigo de la tauromaquia porque en ella es el estómago lo que mas peligra. Las cornadas en el vientre son mortales de necesidad. Y Sancho no quiere morir nunca. Don quijote torea con la izquierda y con la derecha, pica y banderillea, lidia y mata. A esta lucha eterna se llama lidiar o torear un cuerno que quiere clavarnos la punta de su muerte.

conquista su gloria, accede a su bienestar.

La bravura:

El toro bravo tiene un sitio para nacer, lo mismo que el petróleo tiene un sitio donde brotar. La fiereza al toro se la "yerba" que nace del suelo, y esto es cierto hasta el extremo que cuando una ganadería entera cambia de lugar, aun dentro de la misma España, pocas generaciones después pierde en bravura lo que gana en mansedumbre. Sus toros, a poco, no embestirán ni acometerán por nada ni por nadie: ya se les encierre o se les deje en libertad, ya se les obligue o se les consienta, ya se les moleste o se les acaricie.

Insisto en esto porque es de vital importancia. Lo sabemos nosotros pero la mayoría de los extranjeros lo ignoran. Al toro bravo se le cambia de pasto y a los veinte años nace manso. Por el contrario, si al toro manso se le lleva a los terrenos del toro bravo, a los veinte años es una fiera que tiene instinto de matar. El toro bravo de Andalucía se lleva a los terrenos de Inglaterra o Norteamérica y a los veinte años se deja acariciar por el hombre. El toro inglés o norteamericano se lleva a Andalucía y en veinte generaciones embiste como si fuera un miura y si retornara a su país de origen pasearía su furia en medio de los gritos de una civilización indefensa. Desamparada porque había olvidado la ciencia de la Tauromaquia, la ciencia de la lidia del toro que es la ciencia de la vida.

Don Quijote y Sancho:

Don Quijote de la Mancha cuando salta el toro a la arena echa sobre él a su amigo "Rocinante", el caballo de los toros. ¡Don quijote, todos los toreros rezan por ti para que Dios te libre de una cornada! Nadie teme por "Rocinante". Don Quijote sabe lidiar y librar el caballo, que es lo mismo que nadar y guardar la ropa. Ni para guardar la ropa le sirve Sancho. Sancho Panza no cuida de la ropa, ni de la suya ni de la de Don Quijote, porque la ropa no se come y a él solo le interesa la comida. Sancho, mas que la perturbación de Don Quijote, es su asesino. Sí, eso es lo que quiere sin darse cuenta: matarlo, suprimirlo. Al primero que tiene que lidiar Don Quijote es a Sancho: su rémora, su ancla. Sancho es la amargura del triunfo de Don Quijote, el hacha que poda todas sus alegrías, todas sus ilusiones. Don Quijote tiene el cuerpo lleno de heridas, de cornadas que le han dado los toros.

Los toros, no lo olvidemos, dan cornadas, hieren y matan. El toro es la Muerte. Por mucho que se sepa de toreo hay momentos en que no se puede evitar la cogida, falla la regla o se equivoca el lidiador y entonces llega, sanguinaria, la cornada. A Don Quijote lo cogieron algunos toros y entre ellos hubo uno que estuvo a punto de matarlo: el terrible toro del Norte. Pero Don Quijote no se deja matar fácilmente. Para eso tiene su arte, su tauromaquia. Él sabe que cuando los toros son fuertes, son poderosos, lo mejor es cambiarlos de terreno.

Cambiar los terrenos en el toreo, llevar al toro de un sitio a otro, es renovar la lidia, abrir nuevos horizontes a la vida, que es arte de torear. En el argot taurino, un tercio no es un tercio, sino un medio. Cuando se dice cambiar al toro de un tercio a otro, lo que se quiere en realidad decir es cambiarlo de un medio a otro medio. Hablamos de una circunferencia que es el ruedo de la plaza de toros. Don Quijote fue el primero en descubrir que el mundo tenía forma del ruedo, que el mundo era redondo por los cuatro costados. Y como sabía torear, cuando vio que el toro le comía el terreno, lo cambió de tercio o medio, mas claramente, lo pasó de la mitad vieja del mundo a la otra mitad: lo trajo al Nuevo Mundo. Y eso sólo lo puede hacer quien sea capaz de torear a todos los toros en todos los terrenos. Don Quijote lo hizo y en el esfuerzo se abrieron sus heridas y se derramó casi toda su sangre. La sangre de Don Quijote regando a mas de medio mundo ha hecho brotar su arte, su arte de ser, de ser siempre, de ser y estar, de estar eternamente, por los siglos de los siglos, dormido y despierto, sin vacilaciones, dormido y despierto, a toda hora y en todo lugar.

Hay toros que no quieren lidiar, que no quieren que se les toree y embisten a la fiesta. Entre la muchedumbre humana en un sentido figurado, es lo que se dice picar alto o también poner una pica en Flandes. Una embestida furiosa y mal intencionada a la fiesta, fue la de Roma en tiempos de Felipe II. El Papa, no sé si Pío V o un Sixto V, tiró un "hachazo" al toreo y fueron Fray Luis de León y los teólogos salmantinos quienes salieron en defensa de nuestra tauromaquia. Ellos sabían que las normas de torear las dan los ángeles y las de embestir las dicta el demonio. Cuando alguien torea a la perfección se dice que torea como los ángeles, y cuando un toro embiste con mala intención se dice que es de la misma piel del demonio. Fernando El Gallo, viejo torero y suegro mío, decía, explicando el movimiento de la muleta a la hora de matar, que al que no hace la cruz se lo lleva el demonio, porque el toro es el demonio.

Cuenta el Marqués de San Juan de Piedras Albas, en su reciente libro sobre "Santa Teresa y los toros", que, encontrándose la santa en Medina del Campo, ocupada en los preparativos de una de sus fundaciones, se le ocurrió poner en cultivo un huerto propiedad de la fundación. En su pobreza de medios no sabía con qué labrar la tierra, y se le ocurrió pedir a un hacendado rico del pueblo un par de bueyes para el trabajo de la tierra. El hacendado, hombre incrédulo y de mala condición atendió con hipocresía el deseo de Santa Teresa, diciéndole que estaba conforme en regalarle dos bueyes con la única condición de ser ella misma quien fuera a recogerlos y quien los unciera al yugo del arado. Teresa de Jesús no puso inconveniente en aceptar y fue a la hacienda acompañada de un servidor del hacendado, al que su jefe había advertido que le diera un toro bravo que se hallaba entre los bueyes mansos. La santa llamó al toro por su nombre "Berrendo", y puso su mano sobre la testuz de la fiera. Ante el asombro de todos los criados presentes, lo unció dulcemente al yugo como si se tratara de un corderillo.

En este milagro, verdadero milagro atestiguado, Santa Teresa de Jesús no hizo mas que dar un buen pase de muleta. Un pase de muleta no al toro que embiste sino al dueño del toro, al demonio. Porque el toro es el demonio y para librarse de él hace falta hacer la cruz con la muleta y el estoque, obligándolo a humillar la cabeza y hundirle la espada en el morrillo, matarlo. Matar al toro es matar a la muerte y al demonio. Hay toros bravos y toros mansos. Eso lo sabemos nosotros, pero la mayoría de los extranjeros lo ignoran. Se cree que al toro se le obliga a embestir contra su voluntad, otros piensan que es un toro que robamos a la agricultura, porque su gusto sería trabajar y no embestir. Esto es falso y hay que acabar con este prejuicio. El toro bravo es una fiera como el león y el tigre, a quienes, por otra parte, acomete y vence cuando a ellos se enfrenta. El toro de casta del sur de España ha vencido en muchas peleas públicas al león y al tigre. No sirve para el trabajo porque acomete y mata al hombre, embiste por naturaleza, lleva la furia en la sangre, en la sangre elaborada como ya se dijo, por la hierba de las marismas del Guadalquivir y, mas allá, de las dehesas salmantinas o de las vertientes del Guadarrama.

La crueldad de las corridas:

No tengo inconveniente en que se clasifiquen a las corridas de toros entre las crueldades universales. Pero es necesario que sepa todo el mundo que el toro es una fiera. El día que la curiosidad mundial descubra ese pequeño detalle se hablará en otro tono de nuestras corridas de toros, deporte viril de una raza que hizo, de este planeta que habitamos, un paseo militar, como observó Rousseau, porque estaba acostumbrada a jugar con la muerte entre los cuernos de los toros bravos. El toro bravo no sirve nada mas que para la emoción y la belleza de la creación artística a que da lugar: la lidia. Existe un principio teológico que afirma que el animal fue creado por Dios para regalo del hombre y cada cual debe utilizarlo a su gusto. Hay quien se lo come y hay quien lo torea.

En verdad, en la realización de las corridas de toros, la crueldad es vista y no vista. La educación artística de un individuo, de una sociedad o de una nación no puede improvisarse, es cuestión de siglos. Por eso España, país de artistas, presencia las corridas de toros sin dar importancia a la sangre derramada, porque está en juego, sobre todo, valores artísticos y vitales irrenunciables. El torero se juega la vida a cara o cruz sin mas ventajas que su inteligencia. Todas las ventajas son del toro. El toro dispone de la muerte y tiene la intención de utilizarla. El toro es la bala que viene derecha a matarnos. La virtud del torero es no asustarse de la muerte. La ciencia de la tauromaquia consiste en el arte de burlar la bala.

Hablemos mucho mas claro: antes de aceptar, sin mas, la crueldad de la corrida de toros, habrá que discutir sobre la guerra, sobre la caza, sobre el boxeo y otras muchas cosas que la cortesía me impide enumerar. Cuando la humanidad esté en un grado tal de civilización que no quede ninguna crueldad entonces sería cosa de hablar de suprimir las corridas de toros. Pero mientras los seres humanos hablen tranquilamente del número de hombres que cada nación puede matar en un momento determinado, hablar de la crueldad de las corridas de toros es ridículo.

Dentro de las crueldades humanas no se puede tomar ni un pequeño detalle que compita en belleza con la realización artística del torero. Es verdad que muere el toro y que puede morir el torero. Pero, ¿cómo y por qué? El toro muere repleto de furia, de soberbia, de rabia por matar. El torero, en cambio, vestido de seda y oro, sobre el amarillo albero, bajo los rayos del sol, a cielo abierto, juega con la muerte que se le aproxima trazando círculos alrededor de su cintura. Matadores, toreros, hombres de los pueblos de España, ¿por qué vais hacia la muerte? Hacia ella por la gloria que es la ilusión que corre por la sangre, por el aplauso que es el premio de la locura. Cuando todas las posibilidades cierran al hombre del pueblo las puertas de la celebridad, salta al ruedo a jugar su aventura con la muerte, y muere, si es el caso, sonriendo contento, enseñando el arte de no morir, el arte de la vida.

El triunfo del pueblo torero:

Rechazada esta compasiva preocupación, digámoslo de una vez por todas, el toreo no es crueldad sino un milagro. Es la representación dramática del triunfo de la Vida sobre la Muerte, y aunque algunas veces, tal como en la tragedia griega, mueran el toro, el hombre y el caballo, el contenido artístico de la lidia brilla sobre el instante y perdura por los siglos. Es el pueblo el que quiere ser torero porque quiere vivir, es el que quiere torear porque quiere hacer milagros. Son sucesos que suelen registrar los poetas. A la muerte de Joselito El Gallo le cantó Rafael Alberti:

Cuatro arcángeles bajaban
y abriendo un surco de flores,
al rey de los matadores
en hombros se lo llevaban.
Virgen de la Macarena,
mírame tú cómo vengo,
tan sin sangre, que ya tengo
blanca mi color morena. 

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