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La ultima, sin Medalla de las Bellas Artes
El ministro Wert y la Tauromaquia: De promesa en promesa, hasta la desesperanza total
Nunca un ministro fue recibido con tantas esperanzas por la Fiesta como José I. Wert. Pero ahora se comprueba que tan esperanzadoras palabras como las que pronunció al inicio de su mandato se han quedado en una nube de verano. Podemos cargar el mochuelo en la percha de la crisis, que eso hoy sirve para justificar casi todo. Pero nos engañaríamos: la realidad es que no ha habido voluntad política de afrontar con la necesaria diligencia el hecho taurino, con la trascendencia social y cultural que tiene en España. Como de buenas y bonitas palabras no se vive, la realidad parece caminar hacia lo inapelable: de esta Administración poco o nada cabe esperar. Y eso ocurre cuando la Fiesta atraviesa su momento más crítico, en todos los ordenes, desde hace décadas.
Actualizado 30 diciembre 2012  
Antonio Petit Caro   

Hay que reconocer que nunca un ministro de la cosa taurina había sido recibido con tantos parabienes como José Ignacio Wert, en especial a raíz de su intervención inicial en la Comisión de Cultura del Congreso. Con lo poco que el taurinismo está acostumbrado a esperar de la Administración del Estado, excepción hecha de la Hacienda Pública –que esa mira todo con lupa--, la llegada del reconocido sociólogo a la cartera de Educación, Cultura y Deportes parecía que iba a cambiar la tradición.

Pero como dice el dicho popular, “la alegría dura poco en la casa del pobre”. De hecho, en nuestro caso duró prácticamente el tiempo justo de que acabara la comparecencia en el Congreso.  A partir todo han sido desengaños.

Llegada la Fiesta al área gubernamental de Cultura, dejando atras la de Interior, de la mano de la ministra socialista Ángeles González Sinde y gracias al empeño, entre otros, del hoy denostado G-10, todos esperábamos un futuro mejor y más acorde con la realidad del arte del toreo en el contexto histórico y cultural de España. Por delante teníamos la hoja de ruta que los taurinos franceses habían conseguido seguir con éxito indudable. No había que inventar muchas cosas, bastaba con seguir su estela.

No pudo ser, o no se quiso que fuera, acuciados quizás con otros problemas más urgentes, una excusa bondadosa que se corresponde poco con la realidad: tampoco se les pedía tanto a los nuevos gestores políticos.

Comenzamos con la adscripción de los asuntos taurinos a la Secretaria de Estado de Cultura; pero resultó que el responsable de este Departamento y su Ministro se llevan más bien poco, por no decir nada. Y así, como de tapadillo, una mañana nos levantamos con la Fiesta dependiendo ya de la Subsecretaría, cuyo titular poco o nada había hecho por la Fiesta cuando ya ocupó un cargo similar en el ministerio de Interior, en la etapa de Mayor Oreja. Un dato: a raíz de aquel nombramiento, nunca más se supo de la Comisión Consultiva Nacional de Asuntos Taurinos.

Seguimos con el reconocimiento de la incapacidad del Ministerio para gestionar los asuntos taurinos, que de  seguido fueron devueltos de nuevo a Interior, mediante en un acuerdo administrativo: no se renunciaba a la titularidad, pero la gestión pasaba de nuevo a donde acabábamos de irnos. No cabe reconocimiento mayor de la incapacidad de gestión.

Más tarde, ni una sola palabra, aunque sólo fuera de consuelo, cuando llegó el impuestazo de Montoro con el nuevo IVA, que ha partido por el eje el entramado taurino, sobre todo entre lo que se considera la Fiesta de base, tan esencial como es, mientras que a otros sectores culturales al menos se les hacían promesas de tiempos mejores.

En estos días, nos desconcierta el desengaño mayúsculo de la ausencia, después de muchos años --en concreto, desde 1996, año en el que se concedió por primera vez a Antonio Ordoñez--, de la Tauromaquia entre los Premios de las Bellas Artes. Ni siquiera el Premio Nacional de Tauromaquia --creado en la etapa socialista y que es cosa totalmente distinta de la Medalla de las Bellas Artes-- aún no se ha concedido por primera vez, y a fecha de hoy ni siquiera ha aparecido en el BOE la convocatoria de su concesión, cuando queda un suspiro para que se acabe el año.

Y pasan los días y la trabajada ILP, nacida de Cataluña, en defensa de la Fiesta aún está pendiente de ser tomada en consideración por el Congreso y por ello no se ha iniciado su tramitación, con el riesgo más que evidente de que pueda transcurrir el plazo legal previsto y que la iniciativa decaiga.

En medio queda la creación de esa Comisión de asesores, que en los días inmediatos debiera presentar su informe para un Plan de Promoción y Protección de la Tauromaquia, que ya veremos si llega en su fecha, si es algo más que un “corta y pega” de cosas conocidas y si luego el ministro lo utiliza para algo.

No hay que tener en cuenta los muchos jardínes políticos y sociales en los que el ministro Wert se mete un día sí y otro también, que han conseguido situarle como el ministro peor valorado de todo el Gabinete. A quienes defienden la Fiesta les basta mirar lo que ha pasado en nuestro caso: todo ha quedado en nada entre dos panes, el bocadillo del pobre de solemnidad. Y es que parece empeñado en hacer bueno aquel viejo dicho “de victoria en victoria hasta el desastre total”.

Va  a resultar cierto que cuanto dijo y comprometió en el Congreso de los Diputados “era demasiado bonito como para ser cierto”. El único consuelo que queda para quienes trabajan por el bien de la Fiesta es que nada de todo esto constituye una sorpresa: es lo que ya nos ocurría desde hace décadas. Nada ha cambiado. Lo que pasa es que habíamos abrigado nuevas esperanzas con el cambio, que ahora quedan en pura melancolía de un futuro que nunca llega.

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