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A propósito de Morante de la Puebla
Antología sobre el lance a la verónica, uno de los fundamentos del Arte eterno del toreo
Por mucho tiempo de hablará de Morante y esas escultoras grandiosas de su toreo a la verónica en Sevilla. No será la primera vez, ni por fortuna será única, que el torero de la Puebla asombra al universo mundo con esa lenta y templada manera de ejecutar una de las suertes más fundamentales del Arte del Toreo. Pero algo y muy importante debe tener esta suerte para que en el discurrir de los años, desde Pepe-Hillo a nuestros días, haya constituido el privilegio de los elegidos.
Actualizado 17 abril 2013  
Redacción.- Servicio de Documentación.   

“Es un arte que está por encima de estilos
y de escuelas. La técnica hay que aprenderla;
el temple es cosa de Dios”.
Pepe Luis Vázquez

No creo que sea una antigualla, en este mundo nuestro de alocadas carreras no siempre con destino conocido. Pero quienes tratamos de aprender desde la juventud los fundamentos básicos del Arte del Toreo, tal como lo entendían nuestros mayores, veníamos a coincidir que unos de sus valores mas relevantes radicaba en la variedad, sobre todo  cuando luego está engarzada de forma indisoluble con  esa trilogía que componen el temple, la naturalidad y el dominio.

Cuando, por ejemplo, se ha tenido la dicha de ver lancear a la verónica a gente grande, Pepe Luis, Ordóñez, nuestro Curro, el llorado Julio Robles, o este Morante de nuestros días, pudimos comprobar como primorosamente todos coincidían en la naturalidad y el temple y, sin embargo, representan cinco concepciones totalmente distintas del toreo. El mismo lance, la misma naturalidad, el mismo temple, la misma autenticidad, añadiría que merecedoras todas del mismo olé profundo, pero cinco verónicas clamorosamente diferentes. Esta es la variada interpretación del toreo que trato de  explicar y ante la que sólo cabe admirarse desde el hondón del alma.

La realidad de esta teoría, como sinónimo necesario de la grandeza del toreo, siempre se ha plasmado en el lance a la verónica y en el pase natural, dos suertes a tener como las más esenciales. Su mecanismo técnico difiere bastante poco, si es que lo hacen en algo. A la postre, la creación taurina no dejará de ser nunca ese movimiento que va desde embarcar al toro en las bambas del engaño, para llevarlo con cariño hasta finalizar la suerte, con las telas tan bajas como se pueda, en la lentitud que aspira a ser eternidad y con el aroma inconfundible de lo que siendo frágil y efímero aspira, sin embargo, a la inmortalidad.

Con esta concepción por delante, sabido es que la  ejecución del lance a la verónica ha ido variando de manera sustancial con el paso del tiempo. Por algo, don José María Cossío opinaba que “de todas las suertes que se realizan con el capote, sin lugar a dudas la fundamental es la verónica y también la que más ha evolucionado, pues desde la colocación y ejecución que se hacia al principio a la forma como se hace en la actualidad existe una diferencia abismal”.

Y en efecto, en el siglo XVII José Delgado “Hillo” --en su “Tauromaquia o Arte de Torear”, escrita por José de la Tixera-- - la describió así: “Esta es la que se hace de cara al toro, situándose el diestro en la rectitud de su terreno. Es la más lucida y segura que se ejecuta y sus reglas son a proporción de los toros. El franco, boyante, sencillo o claro, que todo es uno, se debe dejar venir por su terreno, y cuando llegue a jurisdicción, cargarle la suerte y sacarla, y hasta este acto parará el diestro los pies para lograr echarle cuantas suertes quiera, procurando siempre que quede la res derecha y no atravesada. Si estos toros tienen muchas piernas, deberá el diestro situarse a bastante distancia para citarlo a la suerte porque siempre pueden rematarla; pero si carecen de ellas, se ha de citar sobre corto, de forma que rematen y hagan suerte; y si no sucede muy de continuo que se quedan, por falta de piernas, antes de llegar al engaño, o en el centro, entonces pude peligrar el diestro

Años  después Francisco Montes le dictaba a Santos López Pelegrín –“Abenamar” en la crónica taurina”-- para lo que luego se editó como “La Tauromaquia”,  su versión de esta suerte: "Sitúese el diestro enfrente del toro de tal modo que sus pies estén mirando hacia las manos de éste y a una distancia proporcionada según sus piernas", para a continuación describir cómo se ha de dar salida al toro y exponiendo los recursos defensivos del torero, según la condición de cada toro.

Pero si  por alagar innecesariamente las referencias históricas nos venimos a tiempos más modernos, Luis Nieto nos recordaba hace unos años la figura casi mágica de Francisco Vega de los Reyes, conocido como Curro Puya y, sobre todo, como "Gitanillo de Triana". En aquel magnífico reportaje en “Diario de Sevilla” escribía: "Esa verónica tan personalísima, grácil y con duende, en la que como los grandes toreros, esos que cuando ponen el alma se olvidan del cuerpo, se ve a Gitanillo hundirse, abandonarse, metiendo el mentón como si quisiera traspasar su corazón, y bajando las manos lo indecible para conducir la embestida del toro. Pura enjundia. Un lance que era interminable. Este tipo de toreros salta muy de tarde en tarde. Y sus lances son chispazos de arte que traspasan las pupilas para entrar en el corazón. Como los chispazos que saltaban en las fraguas de los Puya, gitanos de Triana que rezuman arte".

“Su lance –añadía Nieto-- puede ser perfectamente un minuto de silencio o una verónica adormecida. O un poema a la elegancia. Y, cómo no, una fotografía en blanco y negro o en sepia, ligada a la añoranza. Lógicamente, no le vi torear. Pero hasta en el helado momento de la instantánea, uno queda impresionado por un concepto de toreo distinto”.

En el fondo, lo que viene narrar tan puntualmente Nieto no guarda distancia alguna con esa hermosa versión poética que escribió Rafael Peralta Revuelta en sus versos:  

Los lances de tu capote
han dormido a la Giralda
y han hecho llorar al río
por seguiriyas gitanas.
[...] Ya se inició el paseíllo
y hay un silencio en la plaza...
Los chiqueros se han abierto,
el toro al albero salta,
y Curro -cristal y bronce-
con sus muñecas quebradas,
va dando ritmo y cadencia
a verónicas templadas,
igual que se templa el hierro
con el compás de la fragua.
[...] ¿Qué tienes tú, Curro Puya,
que hasta el corazón se para,
y haces detener al tiempo,
y pones de pie a la Plaza?
¿Qué tienes? Dime, ¿qué tienes?
Dime el secreto que guardas,
que has hecho llorar al río
por seguiriyas gitanas
y soñando con tus lances
se ha dormido la Giralda.. 

Entre los toreros posteriores al potmanoletismo, quizás ha sido Manolo Escudero quien mejor interpretaba en su época el lance a la verónica.  Muchos años después le contaba a José Luis Ramón, para su libro “Todas las Suertes por los maestros”, que  el lance a la verónica “en el fondo, es casi como un baile. Si lo pudiéramos al ralentí, no sería distintos a los movimientos de un ballet”.

Lo primero --en su opinión--, el capote tiene que tener unas dimensiones adecuadas a la talla del toreo. Y luego, hay que cogerlo más o menos a dos cuartas de la esclavina, sujetado con los dedos y de forma que tenga su vuelo. Y luego, los brazos y las manos no pueden estar agarrotados, sino sueltos”.

Añadía Escudero que “para poder crear belleza resulta esencial el movimiento de las piernas, que en el caso del capote es más difícil porque lo tiene que hacer todo de muna manera armonizada con los movimientos de los brazos, de la cintura…, de todo el cuerpo. Los brazos son los que permiten dar amplitud y hasta solemnidad al vuelo del capote; las manos y sobre todo las muñecas, son las que atemperan el movimiento”.

“Hay que tener la capacidad --decía también-- de jugar con estos tres elementos, en otro caso la verónica no tendrá toda la belleza que encierra. Es necesario frenar al toro en su acometida, enganchándole cuando está a algo más de un metro del torero, echándole el capote hacia la cara del animal. Sn esto resulta imposible templar la embestida. Y es que cuando ya llevas embebido al toro en los vuelos del capote, ya le puedes ir marcando toda la trayectoria, sometido y a ser posible ligado”.

Y venía a concluir: “Las palmas de las manos son las que te permiten imprimir suavidad y cadencia al lance. Siempre puestas mirando hacia la cara del toro y girando las muñecas acompasadamente con la embestida, para marcar así el camino que tiene que seguir”.

El embeleso que esta concepción produce en el tendido no se hace esperar. Y así ocurre en toda la geografía del toreo. Por citar un caso, célebres fueron y en la historia quedaron los siete lances de Luis Castro “El Soldado” a un toro de Torrecilla en marzo de 1944. Siete lances que le encumbraron.   En las páginas de "El Universal" de México DF el crítico "El Tío Carlos", uno de los mas respetados del periodismo taurino azteca, lo narró con gran belleza literaria.

"Sobre la arena húmeda –olor a tierra mojada, cabrilleo de sol tímido- se abrió el asombro de un capote de torear duro y moreno como el bronce, hondo y suave como una caricia. Rosas de hierro forjado resbalaron al suelo de entre sus pliegues florecidos; rosas de hierro como las de una balconería de palacio virreinal. A fuego vivo labró el artista ante nosotros su milagro; siete lances como rosas de forja dieciochesca. Y la multitud se entregó ante el prodigio; porque había presenciado la resurrección de los viejos, desdeñados prestigios de la verónica.

¡Qué honda revolución hubo en los tendidos ante los lances de Luis Castro! Tembló la plaza hasta sus cimientos: temblaron los huesos de acero de su oxidado esqueleto. Y hubo un clamor inacabable que llenó los ámbitos y se perdió allá arriba, entre las nubes cargadas de lluvia y los claros azules de una tarde equívoca. ¡qué honda revolución!”

Y más adelante explica en su crónica: “fue así porque se trataba de una revolución auténtica: porque había aparecido lo único capaz de sacudir hasta la entraña a las multitudes y que es lo tradicional. Porque había aparecido esa cosa eternamente nueva que es lo viejo; esa cosa frescamente moderna que es lo antiguo. Porque no había allí improvisaciones deleznables, ni juguetitos frágiles, ni fugaces modernismos retorcidos, sino obra robusta como la tradición, vigorosa como la savia secular de las encinas, fuerte y madura como las ideas que desde hace siglos alimentan la vida de un pueblo. Porque lo que Luis Castro había hecho con sus lances era apartar la hiedra brillante y falsa que encubría el árbol. Y entonces habíamos saboreado la ruda hermosura de la áspera corteza ennegrecida de sol y de lluvias, curtida de primaveras y de tempestades.

En cuanto aparece lo clásico en la arena, ¡qué soplo como de brisa marina, salobre, fuerte y fresca, nos llena los pulmones! ¡Cómo huyen y desaparecen todas las mixtificaciones del arte de torear! Es como si en un ambiente saturado de lociones baratas, penetrara de pronto el rancio aroma de un vino añejo o el perfume entrañable del arcón inviolado en que la abuela guarda recuerdos y prestigios”.

Pero si seguimos avanzando, de forma necesaria nos encontramos con la figura colosal de Antonio Ordóñez, que siempre confesaba haber sido “más importante con el capote que con la muleta”. De hecho, se retiró de los ruedos sin haber podido conseguir su sueño: “lidiar un toro exclusivamente con la capa, después de tercio de banderillas, cogerla de nuevo y torear con ella hasta el momento de la muerte. Quisiera comprobar dónde llegaríamos con la capa el toro y yo".

Pero ¿cómo era ese capote? Si nos atenemos a la opinión de Gregorio Corrochano, “la elegancia de Antonio Ordóñez con el capote es como la continuación de la elegancia del capote de Antonio Fuentes, después del ritmo que imprimió al toreo Juan Belmonte. Hizo un quite en un toro que no era el suyo, y dio tres lances y media verónica, que fue lo mejor de la tarde, lo mejor de muchas tardes; qué aplomo, qué sencillez, la sencillez de la elegancia sin ringorrango, sin afectación que linda con la cursilería”.

No era una exageración, si nos atenemos al testimonio de una pluma independiente como siempre fue la de Joaquín Vidal, cuando escribió en las páginas del diario “El País”: “Decían los viejos aficionados que puestos juntos Curro Puya, Cagancho y Antonio Ordóñez en el toreo de capa, no se sabría a quién elegir. La esencia del toreo de Curro Puya y de Cagancho --estilistas máximos de la verónica-- seguramente iba implícita en el estilo de Ordóñez, que presentaba el capote, mecía el lance y lo ligaba con la gracia alada que sólo está al alcance de quienes han podido penetrar en la magia del toreo. El propio maestro manifestó que la verónica era su fuerte. Nos lo comentó en cierta ocasión, con un matiz: "Es cuando toreo más a gusto pues siento que la ejecución de ese lance compendia todo el arte de torear”.

Y el propio Corrochano apuntaba en otra ocasión que "la estética de Antonio Ordóñez toreando de capa no tiene término de comparación. Escultores, si queréis hacer una estatua a la suerte de la verónica, ahí tenéis el modelo. A mí me gusta más que toreando de muleta. Antonio Ordóñez con el capote es la estatua a la verónica".

Si esta antología nace al socaire del lío que ha formado Morante de la Puebla en Sevilla, de modo necesario hay que acudir a Curro --Romero naturalmente, ¿a cuál si no?--.  En esa confesión, probablemente la más sincera de todas las conocidas,  a Antonio Burgos para su libro “La esencia” le contaba el de Camas que a los toros se le domina con el capote y hay veces en que los toros se le paran a uno con el capote, sin necesidad de tener que ir al caballo ni nada. Y a un toro bueno se le puede hacer la faena con el capote y entrar a matar con el capote. Tiene que ser la maravilla de las maravillas"

Y en esa confesión, añadía que para llevar el toro cosido al capote “hay que hacerlo con mucho temple para que el toro no se te vaya de lo bueno. Yo la verónica la pego con todo el cuerpo, desde los pelos hasta la uña del dedo gordo. Esta sintiéndolo uno todo. Eso es sentir. Y el día que salen las cosas... por eso tiene la fuerza de la pureza. La pureza de las cosas, como yo digo siempre. Te dejas llevar por el sentimiento y la pureza tiene que salir”.

Enlazando directamente con este sentir y con el propio modo de pensar de los grandes artistas del toreo con el capote, al recuerdo viene la figura de Rafael de Paula, quien confesaba que “para torear bien a la verónica, desde mi punto de vista, deben conjuntarse varios elementos imprescindibles: por un lado, el temple; después cargar la suerte, que es algo intuitivo; dar el medio pecho al toro, no totalmente de frente; tener cintura y conjugar el movimiento de las muñecas y el juego de los bracos. La unión de todos esos conceptos, o virtudes, hace que el lance sea bello. Desde el cite, y una vez que el toro llega a la jurisdicción del torero, el lance de debe tener la misma profundidad en el remate. Al toro hay que engancharlo delante, traerlo toreado y rematarle muy atrás, echándose para delante en la ejecución. Cargar la suerte no equivale a torear espatarrado, o con el compás muy abierto, sino que las piernas se colocan por pura intuición".

"En mi concepto de la verónica  --explicó también-- yo le doy enorme importancia a cómo se coge el capote. Como todo el mundo sabe, los capotes tiene tienen diferentes medidas y cada torero se adapta mejor a un tipo u otro, sea más grande o más pequeño. Pero sea cual sea a dimensión del capote, es importante saber cómo deben colocarse las manos sobre la tela y cómo deben adaptarse los brazos a cada momento de la lidia. No estará estos igualmente dispuestos para los lance de salida, con toda la fuerza que trae el toro, que, por ejemplo, para torear a la verónica después de que éste ya esté picado. En cualquier caso, el capote es una tela que hay que acariciar, al mismo tiempo que se acaricia la embestida del toro. Eso es para mí el toreo: algo que hay que intentar, aunque no siempre se logra".

De todas estas fuentes verdaderas, comenzando por las más auténticas de Belmonte, Chicuelo o Pepe Luis, bebe Morante de la Puebla a la hora de realizar de un modo singular y casi mágico su lance a la verónica. También aprendida tiene esta lección, que en el fondo verle ejecutar un lance es como toda una lección de Tauromaquia.

Lo primero que hace este torero es traer embarcado al toro en las bambas del capote desde que inicia su arrancada; no espera que llegue a su jurisdicción, desde antes ya está toreando en sentido pleno, esto es: sometiendo. Luego de manera lenta y gradual le va bajando las manos, para que el toro se entregue en ese medio círculo alrededor de su cintura. Para al final, cederle espacio y ritmo en la salida, sin dar un telonazo, de forma que toro y torero quedan de nuevo colocados para el siguiente lance. Cuando estos elementos se dan, qué natural y qué rotundo nace el lance, qué natural y qué rotundo surge el olé.

Dos o tres años a tras, Luis Carlos Perís en las páginas de “Diario de Sevilla” dejó unos recuerdos con los que sus compañeros de correrías escolares nos tenemos que sentir muy identificados. Los titulaba con una pregunta: ¿Alguien toreó alguna vez como Morante?. Ésta era su respuesta, no exenta de un punto de nostalgia:

“Hace una eternidad, los chavales del barrio nos íbamos en peregrinación a la Barqueta para ver a Antonio Gallardo torear de salón. Este torero de la calle Carmen tomaba el capote como nadie, como si cogiese tenedor y pala del pescado, con una delicadeza que le servía para que el lance se eternizase. Como torearía con el capote que hizo el paseo un puñado de veces en Sevilla por cómo interpretaba la verónica.

Después vimos a Ordóñez, a Romero y a Paula bordar la verónica como cuentan que la bordaba Curro Puya un montón de años antes y tras haber descubierto Belmonte esos caminos que antes que él se antojaban imposibles. A estos últimos no pude verlos, tampoco a Pepe Luis, pero es que dudo de que haya habido torero alguno desde que el toreo existe que interpretase la verónica como la interpreta un tal José Antonio Morante, nacido en La Puebla del Río, a un naranjazo de Sevilla”.

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