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"Cuentos del viejo mayoral"
Luis Fernández Salcedo: "También los toros mienten con la boca"
Dedicado "al gran periodista Don Justo", una firma clásica y reconocida de la literatura taurina como Luís Fernández Salcedo publicó en el semanario "El Ruedo" sus célebres "Cuentos del viejo mayoral". Hace ahora 50 años, firmó uno referido a la edad de los toros y a su comprobación a través del desarrollo de las dentaduras. Un texto, como todos los suyos, muy bien trabado, que en un lenguaje sencillo describe las inquietudes ganaderas. Su cuento iba acompañado con una ilustración del gran Antonio Casero. Con este texto iniciamos una sección veraniega, dedicada a recordar viejos textos taurinos cuya calidad les ha permitido superar los condicionantes del paso del tiempo.
Actualizado 30 julio 2014  
Luís Fernández Salcedo   

El día 30 de mayo de 1927 salí de mi casa con rumbo a Sevilla, para ganarme la vida. El 15 de agosto de 1939 regresé de Burgos a casa, definitivamente. Durante estos doce años, tan significativos, murió el viejo mayoral y murió mi padre. Nuestra ganadería, por otra parte, desapareció con ocasión de la guerra. En ese lapso de tiempo, un servidor hacia algunas escapadas para reunirse, por poco tiempo, con la familia. Hablábamos de los sucesos acaecidos desde el último viaje, pero siempre un poco como de pasada; o porque ya me los habían anticipado por carta o porque la actualidad les relegaba a un último término. El mayoral ya estaba jubilado, pero permanecía muy al corriente de todo, y era precisamente su conversación la que matizaba los hechos que yo quería conocer. Posiblemente todo esto lo habré dicho en alguna otra ocasión. Bueno será pedir perdón a los lectores, por si acaso.

—¿Qué ha pasado en X? (Aquí una capital de provincia que no se debe nombrar, porque no es necesario) —le dije en cierta ocasión.

—Pues... ya estarás al cabo de la calle. Que nos han puesto una multa de 1.000 pesetas. "Yo creo que la primera desde que el mundo es mundo. Por eso nos ha escoció más.

—Por eso... y por ser injusta.

—Cabalito. Y que no ha habido tu tía. Se ha recurrido al Ministro de la Gobernación, por diferentes conductos, pero todo ha sido en balde.

—Ya sabes tú lo que es Casares Quiroga.

—Un sujeto de mucho cuidado— como dice no sé quién.

—Quiero decir que este señor es enemigo declarado de la Unión de Criadores, y por eso el poder multar al presidente le ha debido servir de gran regocijo.

—Pues no es para tanto.

—En definitiva..., ¿qué pasó con el colorao, que dio solamente tres años en la boca?

—íQuia! Si las cosas hubieran rodado de esa forma aún habría algún fundamento... Pero el caso es que dio cuatro años corridos.

—¿Entonces...?

—Es que los otros cinco... dieron los cinco años bien cumplidos.

—No io entiendo.

—¡Como que ahí está el busilis de la cuestión! Los veterinarios certificaron que los cinco toros negros daban cinco años en la boca y el colorao solamente cuatro. Y entonces las autoridades dijeron: ¿Conque en una ganadería de gran cartel, como ésta, han sobrado toros de cuatro años en la temporada anterior, los cuales han permanecidos guardados hasta mediados de septiembre? Imposible de todo punto ¿Cuál es la explicación de lo que tenemos a la vista? Muy fácil: en esta casta, por lo oservao, los toros se adelantan en un año, los que dicen tener cinco, no tienen más que cuatro, y el que dice tener cuatro… pues tendrá tres… Multa al canto y tan contentos.

—Pero no se puede castigar por una mera hipótesis, y menos basádose en una suposición tan tonta y acusando bastante ignorancia es esa!

—Pues ahí tienes ce por be lo que pasó en X. En realidá, los seis eran cuatreños, aunque con las cinco hierbas muy pasadas; es decir que tenían todos cuatro años y seis meses de edá, día más día  menos. Pero por arte de un diablillo enredador, cinco de ellos  —los negros, no se olvide— acusan ya en la dentadura por aquellas fechas un año más, y el otro —el colorao— declara lisa y morondamente su propia edad, y en vista de ello es castigado al hacer la comparanza. Por algo dice el refrán que todas las comparaciones  son odiosas.

—¿Por qué recalcabas tanto la cuestión del pelo?

—Porque cuando en una ganadería casi todos los toros son negros, el que no lo es, no solamente resulta distinto de los otros por la capa, sino por la finura, mayor o menor; por las hechuras, por el tipo, por la cuerna.., hasta por el comportamiento. El "Señorito", que este era e! nombre del castaño amelocotonao (aunque le llamemos colorao por abreviar), era finísimo, hasta el punto de que en el herradero tenía tan poca pelambre que hubo que avisar al que le marcaba que retirase el hierro en seguida, para no abrasar la piel.

—Era muy bonito, sin duda,  con aquellos cuernos tan proporcionados y relucientes, de color de caramelo.     

—Muy distinto a los otros cinco, hasta en la entaúra, como dice "el Rubio".

—Hay que sacar la conclusión de que, para afinar en cuestión de edad el examen de los dientes no vale gran cosa.

—Es una de tantas paparruchas como se estudian en los libros... Cuatro esplicaciones. Unas figuritas... y ya está. Pero luego en la práztica falla, como es natural.

—¿Por qué es natural?

—Porque cada animalito es un caso diferente. Pasa en esto algo así como en la Medicina, ya que, según todos hemos oído a don Eduardo, no hay enfermedades, sino enfermos. Yo opino que los que se creen estas cosas de los dientes a pies juntilias no habrán tenido ocasión de ver lo que pasa con los chicos pequeños. Pongamos que de un matrimonio, o sea del mismo padre y de la misma madre, nacen cinco hijos. Todos reciben el mismo cuidado, a compás de las mismas edades, y sin embargo unos se adelantan en echar los dientes y otros no sienten ni pizca de prisa.

—Por cierto que cuando un peque echa los dientes en seguida, la familia se siente dichosa y el suceso no debía ser motivo de enhorabuena, porque demuestra que el crío tiene hambre atrasada, es decir, que no ha sido debidamente alimentado en el claustro materno, y por eso la Naturaleza, fiel siempre a su designio de salvar la especie, le estimula para que se prepare, cuanto antes, a consumir otros alimentos.

—Eso podría esplicar también el hecho de que cuando a los becerros, en vez de darles a comer las tiernas hierbas se les suministran los duros piensos, sus dientes tendrán que ponerse a tono con la clase de tales alimentos, que, por otra parte, no debieran tan pronto consumir, para que la crianza fuese por sus pasos naturales. En resumen, que no es cosa fácil hinchar un perro y que debemos, en este asunto de los dientes, como en tantos otros, ser desconfiados, en el buen sentido de la palabra.

—¿Cuál es e! buen sentido?

—Hombre.... el que dice el refrán: "No te debes creer a pies juntilias cosas que se presentan muy sencillas". Ejemplo al canto. Si ves una boca con los seis dientes permanentes, igual que la figurita que tantas veces hemos visto pintá en los libros y te preguntan si el animal en cuestión tiene cuatro años, a poco que conozcas el asunto, debes decir: "Según y cómo”.

—Mejor sería: "Según y come".

—No sé si eso será un chiste; pero si te refieres a que, antes de hablar, hay que saber lo que ha comido el animal, te diré que ni aun sabiéndolo sé acierta. Yo conozco un caso que debiera ser bien meditado por todos los que manipulan en este negocio. Una vez, don Eduardo Miura hizo una gran escabechina en las utreras; después de la tienta, mandó al matadero cuarenta de ellas; es un poner. Y como hombre muy curioso que era —también en el buen sentido de la palabra— encargó al veterinario que le atendía a sus ganados que fuese viendo una per una todas las bocas y que le diera un informe. Resultó  la cosa más estraña que te puedas figurar: dieciocho hembras (por ejemplo) dieron la edá que tenían; siete arrojaron un año más, o sea cuatro, y, ¡pásmate!..., quince salieron con dos años, a pesar de que todas eran del mismo tiempo y todas habían comido exactamente lo mismo... Después de esto, fíate de las figuritas.

—Entonces, el "cronómetro dentario" para ti es música.

—Sí, señor; porque el error es de un año en más o en menos, y para ese viaje no se necesitan alforjas. Es como si uno llevase un reló que tan pronto adelantaba media hora como se atrasaba en 30 minutos. Lo mejor que podría hacer es no consultarle. Este asunto no consiste en mirar los dientes y decir a tenazón: "tantos años" No se trata de una máquina tragaperras, en la cual echas una peseta y te sale un bocadillo de queso. A mí no me cabe duda de que los toros mienten con la boca (como las personas), y a estas alturas parece mentira que se pueda castigar a nadie apoyándose en una base tan falsa. Si se tratara de dar un premio, ya era otra cosa.

—O sea que más vale absolver a cien culpables que castigar a un inocente.

—En bromas o  en veras, has puesto el dedo en la llaga. Sobre que los toros no se lidian con cuatro años justos, sino con cuatro y... Este y puede ser un mes u once meses. O sea que, en definitiva, el único que sabe la eda que tienen sus moritos es el ganadero... y el conocedor, si entiende de letra. Todo lo demás es música, como tú dices...

© “El Ruedo”, 11 de agosto de 1964

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