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En la Semana Grande de San Sebastián, de 1963
Antonio Díaz Cañabate: "Diego Puerta y la Zurriola"
Diego Puerta, la tarde de su triunfo grande en El Chofre
"Diego Puerta y la Zurriola no es el título de una crónica, es la acción de gracias de un pobre critico que, al fin, puede echar al vuelo las campanas de su emoción y de su admiración". Con estas palabras concluía Antonio Díaz Cañabate su bellísima crónica --uno de los textos más magistrales del crítico de ABC-- de la corrida celebrada el 16 de agosto de 1963 en la plaza donostiarra de El Chofre, en la que el torero de San Bernardo alcanzó, junto a la tarde del toro del marqués de Domecq en abril de 1968 en Sevilla, una de las grandes cumbres de su carrera. Se trata de un texto de los se disfruta al leerlo.
Actualizado 14 agosto 2018  
Antonio Díaz Cañabate   

Plaza de toros de San Sebastián; seis toros de don Atanasio Fernández para Diego Puerta, Paco Camino y Santiago Martín “El Viti”.

Peso de los toros: 479, 474, 500, 463, 460 y 469.

En el San Sebastián de mi juventud, antes de trazarse el Paseo Nuevo, la calle de Salamanca terminaba en La Zurriola, que así se llaman o se llamaban unas rocas situadas muy cerca de la desembocadura del río Uremea, y entonces el mar batía muy fuerte, singularmente en las mareas vivas de septiembre y en los días de alborozo marino. La Zurriola era una visita obligada para todos los veraneantes. A la Zurriola acudíamos loa madrileños, que ante el tremendo empuje de los embates de las olas aún en los días de mar tranquila, abríamos la boca como paletos y hacíamos unos comentarios lleno de ingenuidad y de ignorancia. Cuando la marea subía no era raro que una ola furiosa se alzara hasta el lugar donde nos encontrábamos y nos pusiera como una sopa. ¡Qué algazara se formaba! ¡Qué gritos se oían, que risas de los que no había recibido la ducha! ¡Qué estupor de los mojados! Era divertidísimo. Pero a la Zurriola cuando había que verla era en un día de galerna, o en las mares vivas de septiembre. Entonces era emocionante. Un soberbio espectáculo. ¡Qué fuerza y qué arrogancia la de las terribles olas! ¡Qué espumarajos de rabia ante su impotencia por destruir las rocas! Se diría que se alzaban unas a otras. ¡Anda tu ahora! ¡Pega con ganas! Y la ola, la tremenda ola tomaba carrerilla, venía de lejos amenazadora, imponente, ¡allá va eso!, se estrellaba con terrible e inútil poderío. Y los madrileños nos quedábamos asustados, boquiabiertos, nos temblaban las piernas y nos palpitaba el corazón. ¡Mira que si nos coje una”.

Esta tarde, antes de ir a los toros, estuve en lo que queda de la antigua Zurriola, apenas nada. Tranquilo el mar, soleado el cielo. Había olas, naturalmente, porque las olas están condenadas a no descansar nunca, pero s e trataba de unas olas pacíficas, a las que se les notaba que se estrellaban por puro compromiso, porque las empujaba alguien, quizá una débil sirena por como era de desmayado su empuje. La espuma no se extendía con la abia de las olas encrespadas, se extendía dulcemente, como si la sirena sacara a solear sus encajes. Era bonito, sí, pero nada más que bonito. Eran olas de sainete comparadas con las tremendas, tan grandiosas, como una tragedia de lo más griega posible. ¡Sobrecogedor espectáculo un temporal en la Zurriola de mi juventud!

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¡Y para que luego digamos de los toros!. Hoy, en los toros, he vuelto a ver una marea viva de septiembre estrellándose en dos toros de Atanasio Fernández. Me ha vuelto a sobrecoger un temporal de aquellos de La Zurriola de mi juventud. Un torero lo promovió. Diego Puerta. Emocionante galerna taurina que empezó nada más salir el primer toro, que tomó el capote de Diego Puerta pegando brincos que hubieran amilanado a cualquier torero, pero no a Diego Puerta. Otro torero se hubiera puesto a la defensiva. Diego Puerta a cada brinco se arrimaba más. Era como un nadador que se arroja a las olas que saltan en la playa o se precipitan contra las rocas.

El toro tomó un barrenazo y tres varas. El toro se salió suelto. A la muleta llego con genio del bueno, con casta de buena raza, con empuje, con brío parejo al de las olas de la pleamar. Y allí estaba un torero para sojuzgarlo, para dominarlo con el corazón en la mano que sostenía la muleta, mano vendada por una herida, mano y corazón que llevaban al toro con coraje, con la rabia de las olas de aquella Zurriola de mi juventud. Magnífica faena nimbada con el sol de la gracia, con los destellos del arte, con los fulgores de la valentía. Cada pase, un alarido de angustia. Cada pase, un grito de entusiasmo. Soberbia faena de las poquitas que se pueden ver. Una estocada que tumba al toro como una ola estrellada contra la roca. La gente pide una oreja. Pide la otra. Pide el rabo. El presidente concede las dos orejas y en lugar del pañuelo blanco para otorgar el rabo airea el azul para la vuelta al ruedo al cadáver del toro. ¿Señor presidente, pero se hizo usted un lío?. El toro fue muy bueno en el último tercio pero se salió suelto en varas, indicio seguro de que era un toro de bandera merecedor del premio que gratuitamente le concedió usted. Casi todos los toreros, cuando han obtenido un triunfo tan rotundo como el logrado por Diego Puerta en el primero, en el otro se dejan ir, no se esfuerzan. Diego Puerta había embalado la tarde. Camino y “El Viti” cortaron dos orejas cada uno. Los tres habían dado juntos la vuelta al ruedo que reclamó el público.

Puerta, Camino y El Viti en la vuelta al ruedo

Y salió el cuarto. Tomó dos varas. Y salió Diego Puerta como el primero, con el corazón en la mano. No creí estar en la plaza. Estaba en La Zurriola. No era un día de agosto. Era un día de septiembre. Picamar viva. La faena de Diego Puerta sobrepasó la del primero. emoción. Me emociono en contadas ocasiones. Muy fuerte tiene que ser la sacudida para que mis nervios se alteren. Diego Puerta me emocionó como emocionó a todos los espectadores. Diego Puerta unió el valor al arte y está conjunción solo contadísimos toreros la consiguen. La faena de Diego Puerta sobrecogía, y, al mismo tiempo, admiraba, igual que las olas potentes de La Zurriola. ¡Qué hermoso el coraje de Diego Puerta, qué hermosura el arte del toreo ejecutado así, unidos la rabia y el temple! Media estocada sin puntilla. Para una faena semejante, las dos orejas no son nada. Hubiera habido que darle a Diego Puerta La Zurriola.

Ya queda dicho que Camino y “El Viti” cortaron las orejas al segundo y al tercero, Sus faenas fueron muy meritorias, cada una en su estilo, en el estilo de Camino, en el estilo de El Viti, pero aprisionadas entre las de Diego Puerta, se quedaron como olas pacíficas. Bonitas, muy bonitas. Perdónenme que no me ocupe de ellos más extensamente. No puedo. Mi sensibilidad está aún agitada por la proeza de Diego Puerta, que ha tenido una tarde de las más completas que le recuerdo. Faena con la grandiosidad de los ímpetus del mar. Camino y “El Viti” mataron al segundo y al tercero de sendas estocadas. En el quinto, Camino ejecutó algunos pases aislados magníficos, soberbios, pero se abandonó prontamente en los círculos y las vueltas. Mató de un pinchazo en el acerico, una estocada y un descabello al cuarto intento. Dio la vuelta al ruedo. “El Viti” nada pudo hacer con el sexto, que fue el garbanzo negro de la inmejorable corrida de don Atanasio. Mató mal, de tres pinchazos, dos de ellos en el acerico, y media.

Diego Puerta y la Zurriola no es el título de una crónica, es la acción de gracias de un pobre critico que, al fin, puede echar al vuelo las campanas de su emoción y de su admiración.

© ABC, 17 de agosto de 1963

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