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Martínez Uranga: "El mundo del toro está en quiebra"
A la búsqueda de un modelo de negocio y de espectáculo acorde con el siglo XXI
Fragmento de un óleo de Juan Manuel Rocha
Se quiso poner un cierto orden en el planeta taurino con la Mesa del Toro, que como dice el refrán "entre todos la mataron y ella sola se murió". Y sin embargo, era un proyecto que pudo dar mucho juego. Ahora, de forma acorde con la inmensa desvertebración del sector, los problemas se van agravando de día en día, precisamente cuando desde el sector público por primera vez se han tomado en serio a la Tauromaquia. Hoy se cuenta con herramientas de todo tipo para reconducir la situación, hasta llevarla a lo que exige y propicia cuanto pone a nuestra disposición el siglo XXI; tan sólo resulta necesaria la voluntad común de poner los intereses de la Fiesta por encima de los que son sencillamente particulares.
Actualizado 13 octubre 2014  
Antonio Petit Caro   
 Un nuevo modelo para la Fiesta, el complicado sudoku que o se soluciona, o nos devora
 Objetivo: la elaboración de una gran auditoria sobre el negocio taurino en todas su vertientes

Con la autoridad que da ser empresario de la primera plaza del mundo, José Antonio Martínez Uranga  --50 años ya en el negocio taurino-- no ha duda en afirmar que “el mundo del toro está en quiebra”. Eso y más lo ha comentado en una interesante conversación con la redactora de ABC, Rosario Pérez[1]. Entre otros  muchos matices, Martínez Uranga contrapone a tan cruda realidad económica a lo que puede entenderse como una cierta paradoja: “las figuras cobran más que nunca”.

Podría completarse el razonamiento del empresario, que no todo cabe en una conversación, con otras realidades significativas. Y así, por ejemplo, resultaría extremadamente ilustrativo conocer el número de tardes y toreros que han actuado en esta temporada y en tantas y tantas plazas cobrando los límites de los mínimos legales, que tal como están los gastos dejan como resultado lo justo para eso podría decir un tanto a la ligera como “para tomarse un café”. Pero no dejemos de la mano los precios fuera de mercado con los que hoy se contrata con  muchísimos ganaderos que, salvando a unos pocos, muy pocos, andan acuciados por el coste de mantener una cabaña que se empeña en comer todos los días. Como resultar nicas que marcan el universo de los medios...os momentos debiera ser una pola emociía muy ilustrativo, como dice Martínez Uranga, conocer como anda la nómina que reclaman las figuras para sí.

Si todos estos números salieran a la luz tendríamos un diagnóstico verdaderamente  escalofriante de cuáles son las realidades económicas del toreo.  Será por “h” o por “b”,  pero ni los que están arriba en cualquiera de los escalafones,  ni los que se sitúan más abajo, han tenido nunca interés en llevar a cabo una verdadera auditoría del toreo como actividad económica.

No hay que ser adivino para entrever que de ese examen a fondo la conclusión no sería muy diferente a ésta: el modelo actual del negocio taurino se ha quedado obsoleto y no responde a la coyuntura económica del siglo XXI. Y no  solo por causas de las graves consecuencias de la crisis económica general en la que hoy anda España; antes de estos duros años también ocurría algo similar, aunque no fuera tan llamativo, o tan sangrante, según se quiera.

No sólo el factor económico

El profesor Juan Medina, al que la desidia y la indiferencia de muchos taurinos relevantes le ha llevado a desistir de su importante empeño de investigación, ya explicó en su día como la Fiesta históricamente ha sido sensible a los crash económico vividos en el último siglo. En uno de sus estudios[2] documenta y demuestra como las grandes depresiones de la actividad taurina han seguido a lo largo del último siglo una trayectoria cronológica muy en paralelo con los sucesivos grandes crash económicos. Ocurrió con la Gran Depresión del 29, se repitió con ocasión de la guerra civil española, volvió a suceder con la crisis del petróleo y ocurre ahora con la Gran Recesión.

Pero el profesor Medina también constata que de todas estas situación la Fiesta se ha recuperado, pero para volver a los niveles anteriores las actividades taurinas han necesitado de un amplio periodo de tiempo, que en alguna ocasión ha llegado a ser de 20 años.

No puede echarse en el olvido la explicación que a este respecto daba el profesor Medina, ciñéndose a la realidad actual: la escasa presencia pública de los toros en nuestra sociedad --lo que define como "la invisibilidad del hecho taurino"-- no se puede explicar tan sólo por razones de índole económica. Para ir a un análisis más certero de esa escasa visibilidad  hay que salir a la búsqueda de otras causas. En esa búsqueda, Medina escribía atinadamente un análisis que vale mucho la pena reproducir:

 “Son más bien otros factores, algunos intrínsecos a la lidia, como es la flagrante y peligrosa pérdida de emoción en los ruedos, por la abusiva domecquización de la sangre brava y tanto empaque con mando a distancia. Así, se aleja de las plazas a un público que no está dispuesto a pagar 50 euros para aburrirse pero que, como el retorno de José Tomás ha demostrado, sí abarrota los tendidos para emocionarse.

Otros factores son exógenos a la Fiesta, como la gigantesca oferta de ocio existente, mucho más asequible además que un espectáculo taurino. O el régimen de monopolio privado y oneroso en el que se ofrecen por tv las principales ferias de la temporada, sin olvidar el trato semiclandestino que la mayoría de los medios de comunicación le otorgan a los toros.

Si a esto añadimos las rancias estructuras empresariales de un sector que parece desconocer o despreciar los mecanismos más elementales de promoción del producto que vende, nos encontraremos una Fiesta cada vez más alejada de esta sociedad urbana, pueril y no educada, en general, para comprender los significados y valores de una corrida de toros.

La destaurinización de la sociedad española podría alcanzar un punto de no retorno, en el que sería ya demasiado tarde para recuperar lo que se ha perdido. Para entonces, no quedarán restos de casta en las dehesas que devuelvan la emoción a la lidia, ni regresará a los tendidos una afición definitivamente abatida, por sofisticadas que sean las técnicas de marketing taurino que utilicen para intentar, ya sin éxito, convencernos”.

El profesor Medina no podía dar más en el centro de la diana: sin el toro que devuelva la emoción, la autenticidad, a los ruedos, un elemento que pasa por preservar la casta como elemento central, que pasa entre otros el elementos por colocar el mérito como razón principal;  sin una racionalización de los dineros que cada cual maneja, para adoptar los costes a la realidad de la cifra de negocio; sin redimensionar los precios de las entradas para darle eso tan crucial que es la asequibilidad por el aficionado de a pie; sin un mejor entendimiento de lo que en estos momentos debiera ser una política de comunicación adaptada a las tecnologías y a las propias técnicas que marcan el universo de los medios…. Sin todo ello, difícilmente se alcanzará ese nuevo punto de rentabilidad económica y, sobre todo, de capacidad de atracción para el gran púbico por lo que ocurre en un ruedo. O al decir de Martínez Uranga, se mantendrá esa quiebra del mundo del toro.

Un escollo por ahora insalvable

Conocedor de este planeta desde hace más de 50 años, no se equivoca Martínez Uranga cuando plantea la urgente necesidad de un organismo unitario para que resulte posible reordenar todos estos elementos, en aras del bien común de la Tauromaquia. Lo que no cita, en cambio, es que ese organismo común ya existió: fue la Mesa del Toro y entre todos la dejaron morir, sin necesidad de exequias fúnebres.

¿Hay que recordar las reuniones en un hotel de Madrid[3] de los grandes empresarios --Taurodelta incluida-- y las figuras cuando se comprometieron a refundar esta Mesa y crear las condiciones económicas para su viabilidad? Todo aquello quedó, en la práctica, en unas charlas de café: ni nunca presentaron las nuevas normas organizativas para esa Mesa, ni mucho menos propusieron ese plan económico para su continuidad y al final la Mesa murió por causas naturales, precisamente cuando más falta hacía.

Como resulta un ejercicio inútil ir repartiendo cuotas de responsabilidad entre cada uno de los sectores, que cada uno tiene la suya, mejor sería tomar conciencia de la gravedad del momento y que cada cual asuma el papel que le corresponde.

Todos los oficios taurinos tienen su razón de ser. Y todos los profesionales son dignos de respeto. Pero viendo el otro día un festejo en Las Ventas, se me venían a la cabeza algunas incógnitas. Por ejemplo, ¿resulta completamente indispensables que cada tarde veamos actuar a dos torileros, para dar suelta a seis toros, amen de los  sobreros si los hubiere, cuando el trabajo fundamental lo hace Florito en los interioridades de la plaza? Cuando todas las cuadrillas llevan el propio, ¿tiene hoy el mismo sentido que en el ayer de la historia la presencia de un puntillero de plantilla, que prácticamente no ha ejercido el oficio en toda la temporada? Cuando vemos una novillada sin caballos. ¿seguro que resulta indispensable contratar a 9 banderilleros? Así que vemos un partido de tenis, que son larguísimo y que se juegan sobre tierra batida, las rayas son inalterables, ¿una plaza de toros es recinto tan diferente que exige que se haga y por dos veces un trazado artesanal de las dos rayas? Para saber los datos de la res que se lidia, ¿solo es posible hacerlo con un propio que pasea un cartelón por el ruedo? Y así podríamos seguir con una larga lista. Por eso, me pregunto con Martínez Uranga si para cada tarde de toros a plaza llena resulta  indispensable para la buena marcha de la organización haya 1 empleados por cada 63 localidades ocupadas, porque eso no hay espectáculo que lo soporte.

Pero resultaría injusto fijarse exclusivamente en los oficios finales del escalafón. Antes habría que preguntarse también, y muy seriamente, si el reparto de la tarta de los dineros de los toreros resulta justo y solidario con todo el escalafón. ¿No habría que redistribuir algo mejor lo que cobra una figura –que además no es garantía de llenar la plaza— y lo que percibe un torero más modesto de los que se anuncian? Si acudimos al baremo del mérito, por más que diga un contrato, ¿la figura de turno debe mantener inamovible sus dineros con independencia de que haya sido capaz o no de poner el “No hay billetes”? Siempre y en todos los casos, ¿la composición actual de las cuadrillas, por más reminiscencias históricas que tenga el asunto, constituye un factor inalterable por los siglos de los siglos?

Y una nota que me produce hasta sonrojo: Diego Urdiales es un torero en alza y por eso lo contrataron para una sustitución en Zaragoza. ¿Por qué causa o motivo eso hay que interpretarlo, como se ha hecho, como una “generosa actitud” de las dos figuras que “permitieron” que se incorporara al  cartel?,  ¿de cuando aquí quién reúne méritos tiene poco menos que pedir permiso para entrar en un cartel, cuando además la afición ve con agrado su inclusión? Y lo más asombroso es que el propio torero brindó un toro a sus compañeros como signo de gratitud. Pero, hombre, qué barbaridad, qué absoluto disparate; sólo se entiende por el empeño de mantener como condición necesaria el “sota, caballo y rey”.

Cabría seguir haciéndonos innumerables preguntas.  Más ejemplos: ¿es una actitud responsable que las empresas, aprovechando el agobio de los criadores, jueguen a la baja en la compra de las corridas, sabiendo que las adquieren a pérdidas? Cuando las ferias con abono han cobrado por adelantado gran parte del aforo, ¿hay que retrasar más un año hacer las liquidaciones, o utilizar esos pagarés de muy dudoso cobro?

Y dos  para concluir la serie. La primera: ¿Las Administraciones Públicas no son capaces de racionalizar los dichosos pliegos de adjudicación de las plazas? Y la segunda: ¿tanto los protagonistas taurinas como el sector de los medios no pueden definir una comunicación taurina que, además de ser propiamente comunicación, se base en unos principios éticos y en el libre juego de las opiniones?

En suma, lo que se trata de decir, y se dice, es que para evitar esa quiebra del sector de los toros, todos y cada uno de los participantes tienen su cuota de responsabilidad y tienen, por tanto, que hacer su aportación al cambio de signo de la situación. Del cielo no van a llover ni los billetes ni las ideas para sanear la economía; los dineros y las ideas saldrán, si queremos salvar la quiebra, de la cabeza y de la cartera de todos y cada uno de los taurinos.

Y eso es compatible con el respeto a los derechos de todas y cada unas de las profesiones y oficios taurinos. Sólo hace falta que esa reordenación general se haga con altura de miras, con limpieza en las negociaciones y con el objetivo común de devolver a la Tauromaquia a las exigencias del siglo XXI. En la Mesa del Toro entre unos y otros lo hicieron imposible; pero nada se pierde si  ahora se vuelve a intentar ese organismo unitario sobre bases realistas, en último extremo mediante una especie de FROB taurino que sea capaz de poner en orden en la economía de la Fiesta.

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