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MADRID: Decimo novena de la feria de San Isidro
Encuentro de Sebastián Castella con un toro de bandera, la conjunción del arte y la bravura
Sebastián Castella llevando templadamente a "Jabatillo" (Álvaro Marco/Las Ventas)
El resto de la tarde resultó lo que se dice un horror, por la ausencia de todo atisbo de calidad en los otros cinco toros que salieron con el hierro de Alcurrucén. Pero lo de Sebastián Castella y "Jabatillo" fueron palabras muy mayores. El toro, de bandera, de los de vuelta al ruedo, como en efecto se le dio; el torero en el momento más dulce, más completo, de toda su carrera. De la conjunción entre ambos nació de forma esplendorosa el arte del toreo, el arte en estado puro de principio a fin. Si "Jabatillo" era un prodigio de profundidad y de ritmo, el toreo de Castella no le fue a la saga, sino que se impuso con todas las de la ley.
Actualizado 27 mayo 2015  
Redacción   
 Gloria Sánchez-Grande: "De bandera"

MADRID. Decimo novena de la feria de San Isidro.  Lleno de “No hay billetes”.  Toros de Alcurrucén, de distintas hechuras pero todos con notable presencia, muy deslucidos por su falta de raza y clase; la gran excepción fue el 3º, premiado con la vuelta al ruedo, un gran toro “Jabatillo” de nombre. Morante de la Puebla (de azul cobalto y oro), silencio y pitos. Julián López “El Juli” ( de marino y oro), silencio y silencio. Sebastián Castella (de tabaco y oro), dos orejas y palmas.

S.M. el Rey Don Juan Carlos presenció la corrida desde la que ya es su localidad habitual en la meseta de toriles.


¡Que torero este Castella!

Desde que Juan Belmonte lo convirtiera en sentencia, en casi mandamiento, un gran toro exige delante a un gran torero; sin esa conjunción, uno de los dos fracasa. Y  habitualmente es el torero. En la tarde de este miércoles Las Ventas presenció cómo se produjo  esa conjunción de astros y, además, los dos salieron en triunfo. Al toro, de esos que siempre se calificó como “de bandera”, se le dio la vuelta al ruedo; a Sebastiel porque inequivocamente  pcunstancias que deben anotarse en el "is.nto, un gra toroon la vuetla al ruedo, un gran toro.án Castella se lo llevaron por la Puerta Grande, en la cuarta ocasión que la traspasa a hombros.  

Pero no nos engañemos: lo de este 3º fue un verdadero oasis en medio de un corrida desértica, un oasis que nada tuvo que ver con el discurrir de una tarde tan primaveral como monótona y aburrida. Se trata de adversas circunstancias que han de anotarse en el “debe” de la Casa Lozano: los otros cinco “alcurrucenes” que se lidiaron fueron de pésima condición; parecía que estaban en una competición, porque inequívocamente el siguiente siempre empeoraba con respecto al anterior, que ya había sido mansote y sin celo, ni clase alguna. Salvo a “Jabatillo”, a todos les costaba un mundo humillar. En consecuencia, si el 1º ya no decía nada, cuando llegamos al 6º fue un animal imposible se mirara por donde se mirara. stancia. Con intemitencias,  suatcnia.a de aecto al anterior, que ya de por sgra toroon la vuetla al ruedo, un gran toro.Bueno, pues así hasta cinco. No cabe mayor regularidad en negativo.

Ya con el capote se pudo entrever que “Jabatillo” podía ser de otra condición. Los vibrantes lances de recibo y el buen quite de Castella, tuvieron su sustancia; con intermitencias, estético resultó el que apuntó Morante. Tras cumplir bien en el buen segundo tercio, el de Alcurrucén llegó a la muleta con un precioso galope, humillando desde que se arrancaba hasta el final, persiguiendo los engaños con templado celo, con codicia, con ritmo, con profundidad. Y además, ya fuera por el pitón izquierdo, ya por el derecho. De vuelta al ruedo, como en efecto se le dio.

Allí estaba Castella, en el centro del platillo, esperándolo. Los pases cambiados, que entre una cosa y otra encadenó hasta con ocho muletazos, fueron más rotundos que nunca le habíamos visto a este torero. De contener la respiración  De hecho, puso a toda la plaza en pie. Tan brillante prólogo dio paso al cuerpo principal de una historia grande, escrita a dos manos, ambas con extremado temple, con largura, con profundidad, sintiéndose el torero. Para final dejó un postre exquisito: unos muletazos por bajo, con la pierna contraria flexionada, pura delicatesen, como salidas de los fogones de su paisano Paul Bocuse.

Entró a matar por derecho y dejó toda la espada casi arriba, o un pelín hacia el rincón, según se quiera; en cualquier caso, eficaz. Cuando se baja de la nube a la que nos subió Castella, se le quitan las ganas a uno de entrar a discutir cuántos fueron los centímetros de desviación, que acabaremos por ir a la plaza con un calibrador de exactitud. Dos orejas como dos soles, sí señor.

Luego, es de suponer que para redondear el triunfo, expuso innecesariamente más de lo recomendable con el intratable “alcurrucén” que cerró la tarde, cuando desde el principio le era de literal aplicación el viejo dicho: “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”. El espadazo con el que lo pasaportó ya no levantó ninguna suspicacia alguna.

Pero si se rebobina la crónica y nos paramos en la descripción de los otros cinco pupilos de la Casa Lozano, resulta más que suficiente para entender por qué Morante tan sólo dejó unas gotitas de su toreo sublime, para comprender por qué ”El Juli”, pese a su sobrada técnica, tan sólo pudo mandar a sus oponentes hacia el desolladero con dignidad profesional. Es lo que correspondía.

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