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MADRID: Vigésimo quinta de la feria de San Isidro
Grandiosa la fachada; la vaciedad como todo contenido
Fernando Robleño volvió a estar muy torero con los "cuadri" (Álvaro Marco/Las Ventas)
En la arquitectura y el urbanismo moderno está de moda vaciar grandes edificios, dejando como recuerdo tan sólo los muros exteriores, para rehacerlos por dentro. A esta moda parece que se habían apuntado los seis toros que los hijos de Celestino Cuadri trajeron a Madrid: seis imponente fachadas, por dentro rellenadas de serrín; o por decir más ajustadamente, de plomo, por lo mucho que le pesaban las patas para moverse. Abundaron los que incluso tenían un fundamento de clase, que luego estaban incapacitados para sacarla a pasear. Frente ellos la terna de jóvenes veteranos, tan esperanzadora como parecía sobre el papel, se estrelló sin remisión.
Actualizado 2 junio 2015  
Redacción   
Encabo banderilleó a su 1º

Como siempre, había interés por la corrida de Cuadri. La primera instantánea de cada uno de los seis, como para hacerse un cuadro; pero a partir de la segunda foto, la cosa cambiaba de color. Una corrida dura, correosa y con más problemas de los pudo ver el gran público, que dejaba muy poco margen para realizar el toreo. Y salvo el 4º, que era todo un tío con barba incluida, no eran de presencia escandalosa, pero eran muy serios, con hondura, todos ellos bien comidos y bien movidos, todo músculo. No había más que ver cuando se arrancaban como metían los riñones para tirar hacia adelante.

Pero antes incluso que la clase y la templanza, el toro bravo necesita movilidad y, sobre todo, recorrido, justamente de lo que carecieron los seis. Esa laguna ya echa por tierra cualquier otra virtud que pudieran tener. Y es que, en general, ninguno de los seis sacó maldad, unos apretaban algo más que otro por un pitón, pero por condición nada impedía estar delante de ellos. El problema venía luego, cuando ninguno respondía con una mínima viveza a los toques, cuando lo suyo no era la repetición y cuando al iniciar la faena de muleta ya echaban el freno de mano.

Aparte el escaso margen para el lucimiento, un comportamiento de esta naturaleza de suyo provoca una enorme premiosidad en la lidia, una absoluta ausencia de ritmo, una sensación  de impotencia cuando para que un animal tome la muleta haya que citarlo por seis veces. En suma, que convierte la tarde en algo desesperantemente pesado para el espectador, solo soportable por la infinita paciencia que tienen acreditada los aficionados. Con la dedicación que tienen estos ganaderos, de seguro que ahora están mas disgustados que el espectador más impaciente.

La tarde no la había pensado mal la Empresa al conjuntar el cartel de tres jóvenes veteranos, con mucho oficio y con ese pozo que va dejando el tiempo y la experiencia. Sobre el papel, una atinada conjunción.

Y así, daba gusto ver desenvolverse por el ruedo a un Luis Miguel Encabo, las canas ya en sazón, con la torería y  los conocimientos con los que se manejaba. Fue el mayor beneficiario de las seis o siete arrancadas briosas que tuvieron los de Cuadri: en sus dos turnos cuajó un ramillete de verónicas excelentes. Incluso echó su cuarto a espadas banderilleando a su primero. Luego con la franela en la mano, tan sólo pudo dejar ligeros apuntes de lo que podría haber sido y no fue, porque sus toros tenían plomo en las patas. Con todo, al hermoso 4º  supo alargarle algo la embestida en dos series sobre la mano derecha con regusto.

Se va de vacío en esta feria Fernando Robleño. Cuatro toros y una ovación no es balance. Nunca la estadística pudo ser más injusta. Pocos toreros han sido más auténticos en el ruedo que el de Colmenar de Oreja. Lo mismo que dio la cara, aunque no se le reconociera, con la corrida de Ibán, otra vez en este martes ha dejado el sello de su madurez y de su verdad. En algún momento, de los pocos que se le permitió, nos deleitó con una serie de naturales de la mejor factura. Lo demás, una pelea contra lo imposible. Pero su forma de estar con los toros, los terrenos que pisa, el buen sentido de la lidia…, todo esa parece como si pasara mas desapercibido, cuando tiene un mérito digno de ser reconocido. En Francia sí se lo reconocen. Y hacen bien.

El más joven del terceto, Alberto Aguilar, compartió con sus compañeros la inviabilidad de dejar ver su toreo. Ni diez muletazos le había robado al 3º de la tarde, cuando el de Cuadri bajó la persiana. Un caso, por cierto, digno de que fuera estudiado en el análisis postmortem: el animal decidió morirse por su cuenta, sin que la espada le pudiera haber hecho daño; desde luego, todo llevaba a pensar que había sido por una causa ajena a la lidia. Probablemente el 6º resultó el más complicado de todos para estar delante; Aguilar solo podía colaborar a dejarlo en manos de las mulillas.

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