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Un cambio es posible, sin alterar elementos esenciales
Hipótesis de trabajo: Ha llegado el momento de repensar el futuro de las Corridas Generales
Van ya dos años en los que cuesta mucho trabajo cuadrar las cuentas de las Corridas Generales, pese a todos los recortes. Cuando se ha tratado por todos los medios mantener sus elementos esenciales pero los ingresos de taquilla no resultan suficientes, la prudencia parece aconsejar que ha llegado el momento de repensar en toda su profundidad cuáles son las bases de un futuro de estabilidad para la actividad de Vista Alegre. Sobre todo cuando el clima político y social no está precisamente por admitir que una corporación pública invierta dinero en la Fiesta, pese los beneficios que genera par las economías locales. Sabios tienen los administradores públicos y los profesionales taurinos; aquí tan sólo se pretende recordar que se ha encendido la luz roja.
Actualizado 29 agosto 2015  
Antonio Petit Caro   
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Hay cosas que por evidentes no exigen comentarios mayores. Pero pueden ser oportunos algunos recordatorios. Y así se lee con frecuencia que, taurinamente hablando, Bilbao ya no es Bilbao; se presupone, claro está, que quienes opinan así se refieren al Bilbao de hace 30 ó 40 años, cuando ellos comenzaban a ver toros y hoy ya peinan canas.

Dejando a un lado las nostalgias, por más que su rememoración provoque no pocas añoranzas, resulta por completo natural que se haya producido un cambio, siquiera sea por algo tan natural como el relevo generacional. Ni los Choperas actuales son como el mítico Manolo Chopera, ni quienes componen la Junta tienen nada que ver con la generación de don Pedro Ampuero, ni los profesionales que hoy forman los escalafones guardan semejanza alguna con los de hace unas décadas, ni los aficionados, por pura ley de vida, pueden ser como los de entonces.

Todo cambia en la vida. En el fondo, lo único que está llamado a pervivir de generación en generación es esa cultura básica que define a una sociedad, cuyos criterios se mantienen, con las adaptaciones precisas, transmitidos de padres a hijos. Son esos valores universales, de mayor o menor entidad, pero que definen a un conjunto social.

Pero el resto se ve modificado por el propio transcurso de la historia y de sus vicisitudes. Hoy resultan impensables, por ejemplo, aquellas colas interminables que se formaban en las viejas oficinas de la Plaza Nueva --que una riada se llevó por delante, con auténticas joyas pictóricas dentro--, cada vez que el 25 de julio, siempre en el  25 de julio, se pegaban por las paredes de la villa bilbaína los monumentales carteles de la Semana Grande. Los abonos no es que se vendieran solos, es que estaban muy disputados. Hoy, en cambio, hay que acudir a mil formas de marketing tratando de atraer nuevos clientes. Pero esto ocurre en Bilbao, y en Madrid, y en Sevilla…, en todas partes. Forma parte de eso que los cursi denominan “los signos de los tiempos”.

Dentro de eso que antes veníamos en denominar “cultura básica”, en Bilbao ha pervivido al paso de los años el señorío, la buena educación, del público asistente, aunque ya sólo una minoría muy minoría sea lo que estrictamente pueda considerarse como aficionado y también sólo una minoría vaya rigurosamente de chaqueta y corbata, como cada vez sean menos las señoras se ponen sus mejores galas porque ese día van a Vista Alegre. Ha sobrevivido también la solemnidad --la parafernalia exterior, podría decirse-- que se trata de imprimir a todo el espectáculo, que ha llegado a convertirse en una especie de liturgia laica, con el añadido de que a todo el mundo gusta. Y ha pervivido, naturalmente, que el recinto de Vista Alegre esté siempre para agosto de “punta en blanco”. Pero en ese mismo camino se han perdido, o al menos se han diluido en alto grado, buena parte de los argumentos más trascendentes.

Con muchos altibajos, entre disgustos y éxitos, se ha tratado de mantener ese genérico que se define como “el toro de Bilbao”. Un empeño, debe reconocerse, bastante complicado, incluso cuando se trabaja con buena voluntad. Entre otras razones por una muy sencilla: en el campo bravo se crían muchos menos toros --se entiende siempre que de divisas prestigiosas-- en ese tipo; aquellas ganaderías que los tenían de forma natural, han desaparecido en una gran parte; las restantes se han visto abocadas, con razón o sin ella, a ese otro toro que no molesta al torero --ni por hechuras, ni por casta, ni por poder-- que hoy es el de comercialización segura. Con lo cual las opciones de elegir en el campo se han ido reduciendo con el paso de los años.

Pero debe reconocerse que contra “el toro de Bilbao” trabaja igualmente el nuevo contexto social y económico en el que nos movemos. Ni las exigencias de los espectadores, que forman mayoría en los tendidos, ponen tan en valor este factor, ni los toreros en ejercicio considerados como figuras están por la labor de asumirlo con tranquilidad, sin que suponga heroicidad alguna. Ya no vivimos los días en los que Luis Miguel y Ordóñez para verse las caras en Bilbao elegían con toda naturalidad una corrida de Palha.

Pero no solo ha cambiado el paisaje urbano y la cabaña de bravo. En Bilbao ha cambiado sobre todo el paisaje económico de los taurino. De hecho, llevamos unos años en los que la Junta Administrativa se mueve en ese filo de la navaja tan peliagudo de poder caer indistintamente en pérdidas o en ganancias según vengan las circunstancias; ya no hay negocio seguro.

Llegados a este punto conviene recordar algo de historia. La vez anterior en la que la fiesta de los toros entró en crisis en Bilbao, a finales de los años 70 y comienzos de los 80, no lo fue por razones económicas, sino como consecuencia de la crisis institucional y política del cambio de régimen político. En paralelo fue cuando la Junta se vio obligada al cambio de titulares, con la entrada del Ayuntamiento con su 50% [1], y se relevó a la generación de bilbaínos que hasta entonces, con aciertos y errores, la gobernaban.

El clima de la transición --tan marcado como estuvo por la violencia-- no le sentó bien a la fiesta taurina en Bilbao y las cuentas comenzaron a tener número rojos. Era cuando socialmente se vivía en la duda de si asistir a los toros era o no políticamente correcto para los nuevos mandatarios. Y no lo olvidemos: cuando muchos no podían dejarse ver en público y con notoriedad, por obvias razones de seguridad personal. Por eso podría decirse que resultó hasta obligado el cambio del régimen mercantil de la explotación de la plaza.

Y, en efecto, fue en estos años cuando se modificó el contrato de arrendamiento firmado con la Casa Chopera,  para ser reconvertido en un contrato de prestación de servicios externos de asesoramiento, tarea por la que percibían un porcentaje determinado sobre los ingresos en taquilla, aspecto económico que durante estos últimos años ha cambiado en su cuantía pero que en el aspecto profesional hoy se mantiene a favor la nueva generación los Chopera. De esta forma el riesgo de que hubiera pérdidas o ganancias con las Corridas Generales pasaba exclusivamente a ser responsabilidad de la Junta Administrativa, que se constituía en la empresa mercantil organizadora del abono

La verdad histórica cuenta que para afrontar aquella crisis todos hicieron un gran esfuerzo, comenzando por la propia corporación municipal[2].. Luego vinieron los años dorados del mandato de quien con toda justicia fue nominado como el mejor alcalde del mundo: Iñaki Azkuna, el alcalde que cambió Bilbao, que se volcó con enorme entusiasmo con Vista Alegre y con su feria.

En los últimos dos años las cuentas han vuelto a lo que ocurría años atrás, empeorando de ejercicio en ejercicio. Que en 2014 pese a una aportación municipal de más de 60.000 euros por la compra de entradas, el balance se cierre con un déficit de poco más de catorce mil euros, constituye toda una luz roja de alarma. Habría que decir de especial alarma, porque hoy los emergentes contrarios a la Fiesta están asentados sólidamente en el Ayuntamiento, aunque no alcancen la mayoría.

A la vista de lo ocurrido en los dos últimos años, lo más responsable pasaría por repensar seriamente cuál debe ser el futuro de las Corridas Generales. A efectos prácticos vale de bastante poco que los responsables  de la Junta Administrativa --en el fondo, el buen nombre de Javier Aresti--  mantenga una excelente imagen del Bilbao taurino por toda la geografía, si luego en la práctica eso no se traduce en términos de viabilidad económica.

Y ante la nueva complejidad institucional habría que comenzar por preguntarse serenamente si no ha llegado el momento de volver al régimen convencional de arrendamiento de Vista Alegre, en lugar de la fórmula actual, que prestó un servicio impagable a la Fiesta, pero que puede haberse visto ya superada. Cuando la Corporación municipal ha cambiado, y en el horizonte se dibujan más cambios si las fuerzas emergentes se consolidan, que tenga que asumir una hipótesis de pérdidas es como meter al zorro en el gallinero, un riesgo innecesario. No cabe duda que a la disidencia se le habría quitado su argumento de más peso si lo que el Ayuntamiento percibe es el 50% de un canon fijo, en lugar de andar pendiente de lo que digan las cuentas un año tras otro. No esta el patio como para que una Corporación pública pierda dinero con los toros.

No por eso la Junta Administrativa dejaría de tener sentido. Sobre todo si hace realidad verdadera que los 4 representantes externos lo sean en nombre de la afición. Pasarían a ser lo que fueron a partir de los años 50 del pasado siglo: los supervisores y vigilantes, incluido el derecho de veto, de la gestión de la empresa adjudicataria. Por más que pueda ser un sueño muy bonito, cada vez resulta más irreal tratar de comparar la figura de esta Junta con lo que representa, por ejemplo, la MECA en Pamplona: son instituciones que nada tienen que ver; una es completamente privada, la otra semipública. El propio hecho de esta diferencia de naturaleza mercantil ya cierra el camino de toda comparación.

La cuestión en esta hipótesis pasaría por estudiar adecuadamente el pliego para ese concurso. Sin meternos aquí en mayores profundidades, debería contemplar, por ejemplo, la fórmula adecuada para la reducción de los precios del abono --no  tiene sentido ni margen de maniobra que esta plaza siga siendo la más cara de España-- y las garantías básicas acerca del mantenimiento de “el toro de Bilbao” y de toda esa liturgia laica a la que antes se hacía referencia, que forma parte de las propias señas de identidad del Bilbao taurino. Todo ello con las debidas salvaguardas, que ya figuran en el Derecho público y privado, para el cumplimiento por las partes del compromiso adquirido.

La experiencia suele decir que las cosas no sólo hay que hacerlas, sino que deben hacerse en el momento preciso. A lo mejor los interesados consideran que todavía no ha llegado ese momento de afrontar cambios, que mejor dejarlo para más adelante. No se les puede negar que tengan sus razones para sostener este punto de vista. Incluso admiro tal optimismo. Pero prefiero pensar que no es realista dar como seguro que el tren de la oportunidad va a pasar muchas veces por delante de la misma puerta, por lo que no conviene dejarlo ir amparados en las buenaventuras de un hipotético día de mañana, que nunca se sabe si llegará.

 [1] Para no inducir a una interpretación errónea, la entrada del Ayuntamiento se produjo por una circunstancias que nada tenía que ver con la política. En una profunda crisis financiera el Hospital de Basurto --institución entonces de carácter privado, que era titular el 50% de la propiedad de la Plaza--, como consecuencia de la fallida operación para su traslado al campos universitario de Lejona y ante el riesgo cierto de su inviabilidad, el Ayuntamiento tuvo que hacerse cargo de esta institución hospitalaria, que por cierto siempre ha tenido, hoy como ayer, un enorme prestigio. Pero en esa operación, el Ayuntamiento se encontró que dentro de la institución hospitalaria se tenía que hacer cargo de la copropiedad de la Plaza de Vista Alegre.

[2] Es un hecho probado como en aquelllos años difíciles para que fuera posible la reanimación de las Corridas Generales desde el propio Ayuntamiento --gobernado como hoy por el PNV--, se animaba a sus afiliados en las sedes sociales del partido nacionalista para que asistieran a los toros, como así hicieron durante toda una etapa. Hasta en las fotografías de la época puede comprobarse este dato. Esta etapa vino a coincidir con el rediseño y popularización de las fiestas de Bilbao, un proceso en el que tuvo mucho que ver Juan Manuel Delgado, entonces sindicalista municipal conocido popularmente con el nombre de “Averías” y hoy un activo miembro de la Junta Administrativa y de su Comisión Taurina.  Fueron los años en los que se implantó un recinto específico en El Arenal para las txornas y las komparsas,  grupos de mozos que durante unos pocos años llenaban el graderío alto con sus bandas de música acompañando a la Marijaia, el símbolo festivo de la Semana Grande.

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