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La Crónica
Talavante y Morante enseñan el toreo como pedía Víctor Barrio
Majestuoso pase de pecho de Alejandro Talavante
La tarde culminó felicísima, digna del tributo a un hombre que vivió la vida como si fuera la única vacación posible de la muerte. Pero aún faltaba un último detalle de clase para abrocharlo todo: Morante, El Juli y Talavante renunciaron a salir a hombros. En el filo de la anochecida pucelana, los seis toreros abandonaron la plaza juntos, a pie, porque por encima de sus cabezas sólo cabía un nombre: Víctor Barrio.
Actualizado 5 septiembre 2016  
Juanma Lamet   

VALLADOLID. Primera de feria. Lleno total de más que “No hay billetes”. Corrida en homenaje a Víctor Barrio. Por orden de lidia, toros de Juan Pedro Domecq, Núñez del Cuvillo (2º y 6º, al que se dio la vuelta al ruedo), Zalduendo, Domingo Hernández (vuelta al ruedo) y Victoriano del Río.  Juan José Padilla (de rioja y oro con cabos negros), una oreja. José Tomás (de grana y oro), una oreja. Morante de la Puebla (de azul noche y oro), dos orejas. Julián López “El Juli” (de añil y azabache), dos orejas. José María Manzanares (de negro y azabache), ovación. Alejandro Talavante (de verde hoja y oro), dos orejas y rabo.
Desde una barrera de sombra, asistió al festejo la Infanta doña Elena, acompañada por su hija Victoria. En una primera fila de tendido se encontraban la viuda y la familia de Víctor Barrio.

Rompió el paseíllo y atronó una ovación que fue trepando los tendidos como un alarido de tristeza. Bajo el manto de la canícula, el toreo consumaba su llanto por la muerte de Víctor Barrio, aquel novillero que rindió Madrid, aquel matador vertical, con la sangre a punto. No han pasado ni dos meses desde el día que nos rompió el ánimo y los esquemas. A las ocho y veinticinco de la tarde, la hora negra del 9 de julio turolense, eran las ocho y veinticinco en todos los relojes. También ayer: Valladolid era ecuador y eje del orbe taurino.

Juan José Padilla, José Tomás, Morante, El Juli, Manzanares y Talavante. Ahí es nada el cartel de la corrida homenaje, coronado por un cuadro de Miquel Barceló sencillamente magistral. Las 11.500 almas que abarrotaron el coso del Paseo de Zorrilla obligaron a los seis a saludar, provocando el primero de muchos escalofrío. La carne de gallina fue, toda la tarde, un ir y venir.

Retumbaba en la memoria el epitafio del torero segoviano: "La tauromaquia, más que defenderla, hay que enseñarla". Pues bien, digámoslo ya, sin rodeos: Talavante y Morante de la Puebla, sobre todo, y El Juli y José Tomás, también, hicieron bueno el sortilegio de Víctor Barrio y enseñaron qué es torear. Lo de Talavante fue para partirse la camisa: dictó una clase magistral y cortó un rabo. Fue una de las faenas del año y ahí quedó. A eso se refería Víctor. Que se enteren los ocho antitaurinos que gritaban en la puerta, porque ocho eran, uno al lado de otro. Ocho tarantinianos frente a 11.500 nucas erizadas.

Lo mejor ocurrió al final, pero vayamos por orden. Juan José Padilla recibió al primero con largas cambiadas de rodillas. El juampedro, con tanta clase como poca fuerza, se dejaba. Banderilleó con solvencia el Ciclón y brindó a Raquel Sanz, la viuda de Barrio. También lo hicieron JT, Juli y Manzanares. Morante brindó al cielo y Talavante, a todos.

Para entonces la emoción ya había detonado irremediablemente. A la tercera tanda diestra el toro se comenzó a apagar y, tras una serie zurda de escasa transmisión, Padilla se dio a las cercanías, como por si acaso. No hubo más. La estocada caída, trasera y atravesada hizo rodar al toro e incentivó la petición. Tras contar los pañuelos, el presidente tuvo que conceder una oreja de saldo. Como bien sabe Rajoy, en el Hemiciclo y en los toros, la aritmética manda.

El segundo toro, de Núñez del Cuvillo, acudió suelto al capote de José Tomás, que lo sujetó en la misma boca de riego con suavidad, veroniqueando a su altura y cerrando con una media alada. Vicente González cobró un puyazo cabal. Y después, el quite. ¿Que cómo fue el quite de JT? Tremendo. En un palmo concatenó tres chicuelinas tan ajustadas como bellas y una media bárbara.

El Príncipe de Galapagar prologó la faena con cuatro estatuarios y un pase del desdén colosal. La primera tanda de toreo fundamental fue la mejor. Sobresalieron tercero y sexto naturales. “Tortolito” ya amagaba con apagarse, falto de transmisión y casta, cuando José Tomás le arrancó cuatro buenos naturales y una trincherilla. Por el derecho enhebró cinco redondos bajando la mano, a mejor, largos y templados, ceñidos.

La cuarta serie evidenció la falta de motor del cuvillo. Toda la transmisión la ponía el diestro de Galapagar, muy por encima de su oponente. Un cambio de mano por la espalda alumbró un natural cimero. Con ese sabor de boca hubo que quedarse, porque “Tortolito” claudicó y se paró a plomo. La estocada resultó insuficiente y un golpe de verdugiillo amarró la oreja.

Conste: la Fundación del Toro de Lidia impulsó el festejo, pero fue José Tomás el que tiró del carro, que todo hay que decirlo.

El inicio de faena de Morante al zalduendo que hizo tercero fue oro puro. Inspirado y sevillanísimo, el de La Puebla se arrebujó en los ayudados por alto. Y luego llegaron en avalancha los adornos, el trincherazo, el farol ligado al de pecho en una baldosa... la gracia, en suma. Pero no todo fue orfebrería barroca ni ecos de Pepín. Morante sujetó al mansito con técnica, siempre con los vuelos, y hasta donde podía llegar su corta embestida. Una primera tanda por el derecho quedó torerísima, lenta y a compás, toreando con el pecho.

Por el izquierdo el toro se agarraba al piso y hasta gateaba. Se le acababa el gas, pero Morante ralentizó la embestida a su media altura, que para algo el temple no es velocidad, sino ritmo. Y vuelta al pitón derecho, por donde acabó con el cuadro, al menos hasta que Talavante holló cima. 

Los ayudados por abajo de Morante cuadraron al toro maravillosamente, en una estampa tan añeja como poco cantada por el respetable. La estocada desprendida agarró la carne y las dos orejas.

El Juli arreó de salida tirando de repertorio capotero. A las flamantes julinas les siguieron las lopecinas, abrochadas por Chicuelo. Al inicio de faena ´Escapulario´ se partió el pitón derecho. Dio igual: el de Domingo Hernández humillaba y hacía el avión.

Por el izquierdo se gustó más El Juli, con dos tandas de mano baja, profundas. El toro, muy en el buen son de su ganadería, se rebosaba, y El Juli toreaba a placer, largo y mandón. Un cambio de mano y un circular invertido sin mover los talones caldearon la faena, de manera que al volver a la mano diestra cuajó una tanda aún más templada y arrastrada que las demás.

Las luquesinas epilogaron la obra julista, culminada con su ya clásico volapié muy trasero y fulminante, esta vez algo caído. Las dos orejas fueron un clamor en los tendidos, pero languidecieron un poco en comparación con las de Morante. El Juli pidió la vuelta para el “Escapulario” y el presidente, diligente, buscó el pañuelo que no tenía para concederla.

Hubo quinto malo. Manzanares recuperó el luto de 2015. Bonito el gesto. Su toro, flojo en extremo, se caía. No cupo faena, y sí un punto de peligro sordo. El alicantino lo intentó con la paciencia de un zahorí, de manera que al final se anotó una tanda de oles, con la zocata.

A la hora en que murió Barrio se fue Talavante a los medios y, de rodillas, encadenó una arrucina, varios pases cambiados y el natural más largo y alucinante del verano. Tan largo como aquel de 2007 en Sevilla, aunque no tan lento. Pero de hinojos.

Sonaba “Suspiros de España” y Talavante sublimaba el toreo en las yemas, la suavidad. La derecha renovada, templadísima, la zocata con su plus de largura. El arrebato, la inspiración. El alma saliéndose del cuerpo. Otra arrucina de rodillas se antojó imposible. ¿Por dónde pasó ese toro? Fue una de las faenas del año, que ya está dicho, y a “Cacareo”, un gran cuvillo, también le dieron la vuelta al ruedo.

La tarde culminó felicísima, digna del tributo a un hombre que vivió la vida como si fuera la única vacación posible de la muerte. Pero aún faltaba un último detalle de clase para abrocharlo todo: Morante, El Juli y Talavante renunciaron a salir a hombros. En el filo de la anochecida pucelana, los seis toreros abandonaron la plaza juntos, a pie, porque por encima de sus cabezas sólo cabía un nombre: Víctor Barrio.

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