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500 años de Tauromaquia en México
XLIX. La recuperación del espectáculo: el sistema y la sociedad frente al toreo
El Presidente Juárez y el diestro Ponciano Díaz.
En México fue el siglo XIX una veta riquísima, donde ocurren a poco de sus comienzos las jornadas bélicas de independencia. Tras ese hecho histórico se generan los normales deseos de cambio en toda la sociedad. Y no podía faltar la taurina. Sin ser notorio un lineamiento para dar continuidad a la tauromaquia peninsular, se ponen de moda géneros de diversión sui géneris, como las "jamaicas", "montes parnasos", "toros embolados", y un "toreo campirano", conceptos todos ellos practicados en los escenarios dispuestos para su puesta en escena: la plaza de toros. Allí mismo se dieron a la tarea de recuperar la noción del toreo algunos de los espadas mexicanos como Luis Sóstenes y José María Ávila, Pablo Mendoza, los cuales compartían las palmas con el español Bernardo Gaviño.
Actualizado 17 febrero 2017  
José F. Coello Ugalde, historiador   
 XLVIII. La derogación por el Congreso en 1886 de la prohibición taurina en el Distrito Federal
 XLVII. El crispado ambiente para los toreros españoles a finales del siglo XIX

Cómo en cada época y su sociedad respectiva han inventado una forma más libre de llevar cotidianamente la vida.
Juan Pedro Viqueira Albán. ¿Relajados o reprimidos?

El toreo debemos entenderlo como un sentido compatible con las razones que van camino de definir nuestro ser. Los toros como manifestación técnica y estética, también expresan carácter de identidad. México como nación es una historia con un impacto dramático muy especial, por cuanto existe en la múltiple ambición reducida a una de las partes de “Fuente Ovejuna” de Lope; al respecto de aquello que dice: “Todos a una”. Fueron muchos años de intensa exploración muy costosa, pero algo satisfactorio había de llegar. Como sentido pasajero arribó en 1867, año de la Restauración de la República. La fiesta, se comportaba justamente como respuesta mimética -si es válido etiquetar así tal síntoma- del orden de cosas existentes plaza afuera.

Es el siglo XIX una veta riquísima donde ocurren a poco de sus comienzos las jornadas bélicas de independencia. Tras ese hecho histórico se generan los normales deseos de cambio en todas las estructuras de la sociedad. Y no podía faltar la taurina. Sin ser notorio un lineamiento para dar continuidad a la tauromaquia peninsular -como resultado de esa liberación-, se ponen de moda géneros de diversión sui géneris, como las “jamaicas”, “montes parnasos”, “toros embolados”, y un “toreo campirano”, conceptos todos ellos practicados en los escenarios dispuestos para su puesta en escena: la plaza de toros. Allí mismo se dieron a la tarea de recuperar la noción del toreo algunos de los espadas mexicanos como Luis, Sóstenes y José María Ávila, Pablo Mendoza, y otra pléyade, los cuales compartían las palmas con Bernardo Gaviño y Rueda quien trajo de España el contexto más vigente del arte de torear para entonces.

Esta mezcolanza fue de la mano hasta el arribo del año 1867, momento en que bajo el régimen de Benito Juárez -de gesto proliberal y administrativo para con el asunto en tratamiento-, ponen en entredicho la “anarquía” entonces prevaleciente en las corridas de toros; por lo que no se concede licencia para la lidia de toros en el Distrito Federal. Tal prohibición se prolongó largos 19 años y meses. En tanto, plazas provincianas permitieron la extensión de aquellos festivos deleites y Cuautitlán, Tlalnepantla, El Huisachal, Toluca, Pachuca, Puebla y otras eran escenario perfecto para tan significativos goces populares.

Fue a finales de 1886 en que se derogó el decreto antedicho, lo cual permitió que se produjera un auge sin precedentes en la historia taurina de México. Se construyeron plazas de toros, se inició un reencuentro del periodismo con el aficionado, haciéndose notorio el lado didáctico de ese empeño. La llegada de los toreros españoles marca un punto de partida para lograr, además de una competencia con nuestros toreros, el enraizamiento de por vida del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna.

De ese modo vinieron a erradicarse viejos vicios y comenzó  una nueva etapa donde se hizo notoria una asimilación y un deseo por encauzar la fiesta brava en el derrotero definitivo. Para ello, sirvió la labor constante, activa y combatiente de los periodistas, verdaderos conocedores del arte de “Cúchares” y que para mayor beneficio de la afición, abrevaron de obras fundamentales venidas de la península ibérica. La creación de grupos como el “Centro Taurino espada Pedro Romero” marcó otro triunfo más poniendo de manifiesto el ideal de una tauromaquia largamente esperada en México. En oposición a ello, hay tribunas y existen públicos que son afectos a los valores mexicanos, cuya situación perderá terreno conforme vaya dominando la nueva arquitectura en el panorama nacional.

No solo eso. También se debe hacer notar un sentido de independencia radical manifestado por Filomeno Mata, Eduardo Noriega Trespicos, Wenceslao Negrete o por Manuel Gutiérrez Nájera,[1] principales representantes del entorno de una actividad periodístico-político-taurina, donde se encuentran dos vertientes opuestas cuya labor se cimenta en ideologías de un nacionalismo exacerbado con ejemplos como El Monosabio, El Arte de la lidia, El arte de Ponciano, La verdad del toreo, contra la visión del prohispanismo donde La Muleta, y El Toreo Ilustrado fueron los exponentes más claros y en donde se encuentra un empeño en consolidar sus propósitos. Tales corrientes del pensamiento periodístico constituyen a la larga, un baluarte para definir estructuras pedagógicas inapreciables. Y si en un principio no fueron estables, al final ganaron en calidad con una prensa reforzada total e ideológicamente, pero que luego fué perdiendo valores por la incapacidad moral de muchos llamados “periodistas”, cuyo descaro provoca deformación en las ideas colectivas pues no utilizan su fuerza sino para todo, menos para sancionar con justicia las cosas habidas en el toreo.

José Machío y Luis Mazzantini, españoles ambos, son la motivación adecuada para definir eternamente una expresión de torear tal y como hoy la conocemos. Desde luego, hace un siglo vinieron a sembrarse esas raíces que, junto a las de Ponciano Díaz, máximo representante de la torería mexicana, fueron adquiriendo forma, expresión y belleza, al paso de los años. El arte y la técnica concurren a poner el toque distintivo y permanente de la razón con que se inicia y desemboca todo este gran movimiento del toreo moderno en México.

Y sin saberlo, Benito Juárez o las autoridades administrativas responsables del momento, en vez de perjudicar a la fiesta propició en gran medida -o al menos, influyó- en los cambios radicales de la fiesta de los toros al final del siglo XIX. Aunque de hecho, la derogación  fue  motivada por la urgencia de costear las obras del desagüe del Valle de México.

Esto seguía siendo una cuestión normal, luego de que en el siglo XVIII, las fiestas taurinas fueron utilizadas  como apoyo económico, y servir de esa manera a mejorar muchas obras públicas, razón que una vez más, vuelve a presentarse en los momentos de la recuperación del espectáculo en la capital del país.

Con la reanudación casi 20 años después al decreto autorizado por Juárez, sucede lo que puede considerarse como un “acto de conciencia histórica”, intuido por aquellos que lejos de la política intervinieron en la nueva circulación taurina en la capital del país. Se preocuparon por rehabilitar lo más pronto posible aquel cuadro lleno de desorden, un desorden si se quiere, legítimo, válido bajo épocas donde las modificaciones fueron mínimas. Uno de esos participantes fue el entonces popularísimo diestro Ponciano Díaz que si bien, pronto se alejó de esos principios y los traicionó, dejó sentadas las bases que luego gentes como Eduardo Noriega -dentro del periodismo-; los miembros del centro Espada Pedro Romero y el Dr. Carlos Cuesta Baquero, serán los representantes natos de aquella reforma que superó felizmente el crepúsculo del siglo XIX. Y Ramón López se suma a este movimiento.

Por otro lado, el aprendizaje de las tareas charras adquirido por Ponciano es el producto de una herencia y una vivencia profundamente ligadas a la actividad cotidiana ejercida en el campo bravo de Atenco. Allí se formó con profundo apego a las normas y cuando “rompe” al mundo exterior no se divorcia de todo un aparato formativo; al contrario, sigue practicándolo pero combina las formas de torear entonces en boga, con su auténtica expresión de charrería. Logra gustar en buena parte de su trayectoria, aunque más tarde cae en vicios que no puede dominar, siendo víctima de su propia ceguera, trampa de la que ya no podrá salir. Estos “vicios” fueron en Ponciano formas de aceptar lo impuesto por España y después negarlas; o en su defecto, insinuar que ya era posible verle torear como los hispanos, cuando no se trataba más que de un consumado charro metido a torero. Un charro de fuerte arraigo social al que le toca enfrentar el más radical de los cambios para el toreo en México durante el siglo XIX.

Frente a aquel estado de cosas, vale la pena una revisión crítica que parte de la razón con que Ponciano Díaz se desenvuelve de 1876 a 1887 -en provincia, desde luego- con el afecto popular de su lado, hasta que empieza a desarrollarse ese periodismo que no se sustenta en florituras ni en aguerridas estampas de la charrería o el jaripeo. Ese nuevo periodismo incorpora los valores de una noción moderna que en España daba grandes frutos y en México se perfilaba a inicios bien sólidos. Pero también se da el periodismo que favorece el quehacer de Ponciano, figura principalísima de ese momento.

Dejemos un momento la situación netamente torera y vayamos al aspecto que se sumerge en los aspectos de carácter social, propios del porfiriato. Para ello, cuento con una fuente importante, la de William Beezley, investigador de la North Carolina State University, y su artículo: “El estilo porfiriano: Deportes y diversiones de fin de siglo”.[2]

En ese trabajo no sólo se encuentra la envolvente de las diversiones, sino que también no deja de repasar las condiciones políticas y sociales del momento. Veremos más adelante el espacio dedicado a los toros y las imprecisiones en las que incurre.

Acierta Beezley al decir del régimen y sus engranes, que “Los porfiristas unían todo con una laxa ideología a base de positivismo compteano con toques de catolicismo o anticlericalismo, de indianismo o anti-indianismo y con dosis más o menos grandes, más o menos pequeñas de la fe liberal en la eficacia de la propiedad.” [3]

Justo es precisar que si bien, el autor se dejar llevar por el lado de los juegos, es de persuadirnos con anticipación del análisis que hace sobre el régimen para así evitarnos caer en situación semejante.

Dice que en 1895 se resuelve un gran problema habido entre iglesia y estado (que no es más que el de la política de conciliación). Por tanto la feliz solución a todo esto fue la coronación de la Virgen de Guadalupe -el 12 de octubre de 1895- que no hubiera tenido lugar sin el permiso del Papa y sin la aquiescencia de don Porfirio.

Por esa y otras razones se piensa que se dio paso a un optimismo no solo reflejado en política o economía sino que como persuasión cultivase con los entretenimientos, “porque los mexicanos escogían claramente y sin ambigüedades su diversión” dice Beezley. El citado optimismo parte también de una llamada “tranquilidad política” y del “éxito económico”, no por la ideología política o la filosofía económica en cuanto tales. Ello daba o apuntaba en el sentimiento popular de que el mexicano común pensara en el porvenir lo cual significa la ya citada “persuasión”.

En cierta forma, esa reacción popular era apenas algo más que una manía, que se extendió por la nación hacia 1888. Se desvaneció con la depresión de 1905, y desapareció con el estallido de la revolución en 1910.[4]

Llama la atención la cita de 1888. Justo es recordar que ubicado el asunto temporal en el toreo, ha corrido un año aproximadamente después de la recuperación de la fiesta en la capital del país.

Nuestro autor presenta según su perspectiva asimilada al concepto taurómaco. El mismo confiesa que “los anglosajones veían todo con horror”. Cita con alto grado de superficialidad e incluso hasta de cierta desinformación el proceso de las formas que constituían al toreo en el siglo XIX en un tono próximo al de guía de turistas.

Es importante -antes de abordar el punto central- su opinión sobre los valores que resaltan del espectáculo decimonónico.

Durante el siglo XIX, la corrida fue metáfora de la sociedad mexicana. El “presidente” representaba al caudillo, cacique o patrón que regía las actividades de todos y señalaba el ritmo del quehacer diario. Solo en una sociedad paternalista podía tener sentido un ritual semejante. Los “actores” señalaban jerarquías sociales en las que cada hombre desempeñaba su papel y dejaba que la sociedad como un todo llevara a cabo la tarea. Aunque había cooperación entre banderilleros, picadores y toreros, no formaban un verdadero equipo. El matador dependía de los demás, pero sin duda pertenecía a una jerarquía más alta y recibía todos los honores.

El matador era epítome de la fiesta; debía mostrar aquellos atributos que, dentro de ese orden masculino, se consideraban más valiosos. Tenía que enfrentar a la naturaleza despiadada en su expresión más feroz: el toro enfurecido. El torero debía ser más valiente, inconsciente en su desconsideración, firme ante la caída del toro; debía olvidar riesgos, ignorar heridas y temores y arriesgar por el honor aun su vida. Pero  sobre todo debía actuar con gran cortesía y refinado decoro. Campesinos, peones, léperos, trabajadores -la sociedad entera (los comentaristas señalaban a menudo que el público era una muestra de la sociedad)- admiraban la cortesía mexicana, la impavidez ante el peligro y la necesidad de hacer frente a cualquier riesgo. La corrida reunía crueldad, sangre y muerte, pero también la vida.[5]

Lo anterior resume el concepto de estabilización que obtuvo el toreo luego de superar además de la prohibición de 1867, las condiciones mismas de búsqueda y ubicación debido ello al natural curso de una fiesta sin tutoría específica; más que la del libre albedrío.

Llegamos a lo que puede ser un serio problema de apreciación y ubicación temporal por falta de conocimientos sobre el tema. No es negado que bajo el porfirismo y por razones que se han de explicar en su momento, se prohibieron las corridas de toros de 1890 a 1894 y no como lo dice Beezley, que “en el primer gobierno de Porfirio Díaz se prohibieron las corridas en el Distrito Federal y otros estados importantes, incluso Zacatecas y Veracruz. Esta restricción duró hasta 1888, año en que se permitieron otra vez en la capital, los estados mencionados y el resto del país”.[6]

Donde de plano las cosas desquician -y es de lamentar el esfuerzo del estudioso norteamericano- es al justificar las causas de aquel bloqueo, causas que bien podían encajar dentro de las condiciones propias de 1867 y dentro de la personalidad no del dictador sino del presidente liberal que lo fue Benito Juárez. O por el otro lado, pensar en Díaz, pero en el Díaz de 1890-1894, periodo de la ya citada futura prohibición. Así, la primer causa es que se haya debido a “la ambición política y nacionalista de Díaz (¿progresista y de avanzada por parte de Juárez?). Quería este el reconocimiento diplomático y político de Estados Unidos y Gran Bretaña, países que criticaban duramente el atraso de la sociedad mexicana, y describían al país como una tierra de bandidos que tenía un gobierno inestable, no pagaba sus deudas y que además se complacía en la crueldad con los animales. Se referían a las corridas como simple hostigamiento del toro, en las que se atormentaba al animal para distracción del público, y se le mataba solo cuando la multitud caía en el aburrimiento. Al prohibir las corridas en la capital, en un puerto tan grande como Veracruz y en Zacatecas, la principal zona minera, pocos extranjeros verían el espectáculo, con lo que el dictador afianzaría su imagen de reformador que sacaba a México de la barbarie para colocarlo en la comunidad de las naciones occidentales.”[7]

Posiblemente se hayan generado los ataques por parte de Gran Bretaña y Estados Unidos pero no por la mera intención de orientarlos a la “barbarie” arrojada por el espectáculo taurino. Es posible sí, que los viajeros norteamericanos o europeos se hayan expresado en oposición o con repudio hacia la fiesta torera (v.gr. W. H. Hardy, Latrobe y otros). Vemos en la literatura consultada para la confirmación de aquel progreso o retraso de las economías que sí, efectivamente hubo avance aunque se soslaya el problema social -entonces muy intenso entre las capas inferiores- para darle a las altas esferas todo favorecimiento en diversas ramas de la economía. También ocurre dentro de este cuadro de economías un  impacto  de  las  inversiones  extranjeras  que  permitió desarrollos que no pudieron frenar aun así la explotación.

Pensamos finalmente que siendo los Estados Unidos de Norteamérica y la Gran Bretaña dos potencias de donde se apoyaba México con los grandes préstamos, ese reclamo se haya hecho notar en plena época del dominio juarista.

Nuestro país, fue en un momento “tierra de bandidos”. La resaca de guerras internas, motivo este de definición por muchos años de nuestro destino y nuestra razón de ser, arrojó un constante “desempleo” de la parte castrense porque “la república restaurada va a ser de tipo civil, lo castrense está supeditado al civilismo. Se busca la pacificación y se licencia la tropa, aumentando por eso el bandolerismo.[8]

Que conste la “tierra de bandidos” sigue dando cosecha. La prohibición tuvo reflejo en los siguientes puntos del país: Puebla, Chihuahua, Jalisco, Oaxaca, San Luis Potosí, Hidalgo y Coahuila (y nunca Veracruz y Zacatecas. Incluso en Zacatecas toreó mucho Lino Zamora allá por los años ochenta). Otra contradicción.

El Gral. Porfirio Díaz era afecto a las corridas de toros. Incluso se dice que en sus años mozos “echaba capa”. Asistió en distintas ocasiones a corridas y eso de que “afianzaría su imagen de reformador que sacaba a México de la barbarie para colocarlo en la comunidad de las naciones occidentales” no es directamente un reflejo brotado de aquellos grupos asistentes a las fiestas toreras. Sí “del panorama social (del que) fueron desapareciendo los agresivos y ásperos perfiles de mochos y chinacos al ser sustituidos por el comedimiento enchisterado de esos hombres y mujeres que ahora, al modo de una especie zoológica desaparecida, se clasifican como de “tiempos de don Porfirio.[9]

Es ahí entonces, cuando se da el auténtico acercamiento a la comunidad de las naciones occidentales.

Aquí otra cita de Beezley:  “Después de 1888, los bonos de Díaz y especialmente del país se habían elevado considerablemente a los ojos del mundo. Díaz no necesitaba ya preocuparse por la reputación de crueldad que tenía México, de modo que ignoró la petición de la Sociedad para prevenir la crueldad con los Animales (cuyo presidente honorario era su mujer), y del Club contra las Corridas de Toros. En vez, el gobierno se dedicó a exigir sombreros de fieltro y pantalones a los indios que llegaban a la ciudad, para que en la apariencia por lo menos, tuvieran un aire europeo. Hacia 1890 el éxito de Díaz hizo crecer el sentimiento de orgullo en México, y el nacionalismo en ciernes revivió las que se consideraban tradiciones genuinas. Ese nacionalismo se alimentaba de un sentimiento romántico hacia los aztecas y hacia la cultura colonial. La sociedad capitalina celebró una “guerra florida”, farsa que recreaba el ritual azteca, con un desfile de carros alegóricos, desde los que los pasajeros se arrojaban flores. Díaz descubrió el monumento a Cuauhtémoc en una de las glorietas más importantes de la ciudad y permitió que se reanudaran las corridas en la capital.[10]

Posible es que en 1888 haya existido una “Sociedad para prevenir la crueldad con los Animales” pero un Club contra las corridas de toros, solo pudo estar formado de aquella parte de la prensa opositora, liberal y radical amen de contar con los inconfundibles aliados del progreso. Y junto a la exhumación de “guerras floridas” y el descubrimiento de la figura de Cuauhtémoc, como una revalorización de nuestras culturas ancestras, Díaz -o su régimen- permiten la circulación de nueva cuenta a las corridas de toros que, como ya sabemos se da en el Congreso a partir de diciembre de 1886. En la práctica, justo el 20 de febrero de 1887. Quizás se refiera Beezley a la prohibición de 1890 a 1894 (de la que hablaremos en el capítulo VI de esta tesis), cuando el gobernador del Distrito Federal el general Pedro Rincón Gallardo concedió el permiso correspondiente para que el 20 de mayo de 1894 y en la plaza de Mixcoac actuaran: Juan Moreno El Americano, José Centeno y Leopoldo Camaleño (quien recibió la alternativa) con toros de Atenco.

Otra explicación para que se prohibieran las corridas se encuentra en las hipótesis antropológicas de juego profundo (deep play) de Clifford Gertz, y de exhibición ritual (ritual display) de Susan Burrell. Con estos elementos Beezley dice que “la corrida significaba sumisión al caudillo en una sociedad piramidal, que pedía al individuo ignorar todos los riesgos, para que llenara la función tradicional que se le había asignado. La corrida era antítesis de la plataforma política a la que Díaz aspiraba, que pedía cambios en el gobierno, elecciones genuinas y el final del caudillismo. Desde 1876 hasta 1888 Díaz y Manuel González consolidaron el poder arrasando con caudillos locales y regionales, rompiendo las alianzas en el ejército y destruyendo los lazos personales en los negocios. Díaz alentó el centralismo en el gobierno y la economía capitalista como ideales impersonales e institucionales. La consolidación del poder no admitía individualismo exagerado o resistencia desordenada. Hacia 1888, el sistema se hallaba donde Díaz quería tenerlo. Había reordenado el poder político, casi no necesitaba hacer uso de la fuerza, había conseguido reconocimiento nacional e internacional, y estaba listo para que se le reconociera como padre de la patria, y, como tal, podría mediar, orquestar, recompensar y castigar. El nuevo patriarca estaba listo para volver a los despliegues rituales del paternalismo. Asolearse en una corrida ante la presencia del patriarca, aunque solo fuera en sentido metafísico era una cualidad del estilo porfiriano de persuadir”.[11]

Justo en recientes notas tomadas de una obra preparada por el Dr. Juan A. Ortega y Medina, califica en tonos distintos al espectáculo de toros, ya como “vestigio vivo de la crueldad española” o aquel otro en donde dice “que las corridas son un rezago prehistórico y mítico; un críptico culto heliolátrico que por vías misteriosas se cultiva todavía en España y que aquí en México, como en otros lugares del mundo hispanoamericano, encontró acogida entusiasta, acaso por la oculta razón de la superposición del culto ibérico al Sol con los cultos prehispánicos solares”.[12]

Las visiones de W. Beezley son interesantes, aunque no encajan cuando se habla de Díaz, mismo que inicia su quehacer  político en 1876 (quehacer con el que llega al poder) luego de realizar las acciones que condujeron al Plan de Tuxtepec. Sí, todo cae en el eje de Porfirio Díaz, menos las cuestiones que ahora nos atañen, la conclusión es que encontramos aquí un desfasamiento de dos décadas, a partir de la prohibición impuesta en 1867. Lo posible aquí es que Díaz -en cuya dictadura se mantiene diez años ese decreto-, Beezley hace suyo para el general mismo ese decreto. Es cierto, aunque las corridas continuaron su curso normal en distintos puntos del país y tan cercanos a la capital -crasa provocación- como Tlalnepantla, Texcoco, Toluca y otros.

Que si el sistema y la sociedad marcan alguna dialéctica de beneficio, pienso que sí. En primera instancia lo dialéctico comprende ese carácter de correspondencia (o, en su defecto cuando tiene que entenderse la síntesis de los opuestos, por medio de la determinación recíproca). Pues bien, es existente en dos fuerzas que van nutriendo sus razones mismas de ser. El toreo seguía siendo una expresión que de modo más rotundo, hicieron suya los mexicanos, por lo cual no era difícil que se congregaran las multitudes, donde lo abigarrado de los tendidos permitía mezclas informes de gentes de la alta sociedad y del bajo pueblo como en símbolo propio de la proyección que el espectáculo garantizaba.

PLAZAS – GANADERIAS – TOREROS.

Hemos visto al inicio de este capítulo lo relacionado a plazas de toros, de las cuales se levantaron un buen número y en poco tiempo por diversos puntos de la ciudad.

Por ejemplo San Rafael fue inaugurada el 20 de enero de 1887. Colón y Paseo el 10 de abril del mismo año; Coliseo el 18 de diciembre, también de 1887. Bucareli, 15 de enero de 1888. Ese mismo año, Ponciano Díaz quien era dueño en sociedad con José Cevallos de la de Bucareli, estrena otra plaza más en la Villa de Guadalupe. Y, aunque de menor trascendencia, en el barrio de Jamaica se instaló la plaza Bernardo Gaviño. Se sabe que hubo una más por el rumbo de Belem. Como es de notarse la efervescencia del toreo creció notablemente y las plazas surgían casi como hongos en la tierra. Claro que de las plazas aquí reseñadas (a excepción de Bucareli 1888-1899) no resistieron más que las broncas despiadadas por males tardes o la inclemencia del tiempo, puesto que solo eran levantadas con madera. Años más tarde, y tras la prohibición de 1890-1894, las plazas de Tacubaya, Mixcoac, y una improvisada en Tlalpan, junto con la de Ponciano Díaz -ya en propiedad de la empresa J. Ibáñez y Cía.- siguieron proporcionando espectáculos.

Iniciada la segunda mitad del siglo que nos congrega, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas ya a un esquema utilitario en el que su ganado servía para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Gaviño, fueron San Diego de los Padres y Santín, propiedad ambas de don Rafael Barbabosa Arzate, enclavadas  en el valle de Toluca. En 1835 fue creada Santín y en 1853 San Diego que surtían de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros.

Durante el periodo de 1867 a 1886 -tiempo en que las corridas fueron prohibidas en el Distrito Federal- y aún con la ventaja de que la fiesta continuó en el resto del país, el ganado sufrió un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores, por lo que para 1887 da inicio la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, llegando procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Fueron  de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces. La familia Barbabosa, poseedora para entonces de Atenco, inicia esa etapa de mezcla entre su ganado criollo y uno traído ex profeso para la reproducción y selección, obligadas tareas de un ganadero de toros bravos. Por una curiosidad, puede decirse que retorna a Atenco el honor de ser -de nuevo- la ganadería de toros con el privilegio -ahora sí- del concepto profesional para la crianza y todos sus géneros del toro bravo.

Junto a esta ganadería y en 1874, don José María González Fernández adquiere todo el ganado -criollo- de San Cristóbal la Trampa y lo ubica en terrenos de Tepeyahualco. Catorce años más tarde este ganadero compra a Luis Mazzantini un semental de Benjumea y es con ese toro con el que de hecho toma punto de partida la más tarde famosa ganadería de Piedras Negras la que, a su vez, conformó otras tantas de igual fama. Por ejemplo: Zotoluca, La Laguna, Coaxamaluca y Ajuluapan.

La reanudación de las corridas de toros en el Distrito Federal significó uno de los acontecimientos sociales más interesantes de aquel momento. De pronto surgió una efervescencia sin precedentes al construirse varias plazas de toros. También circularon distintas publicaciones taurinas favorables al toreo mexicano o al español, según la formación y filiación de sus redactores, mostrando incluso, una calidad de edición similar a las que se editaban en España. En fin, el ambiente recuperó rápidamente su ritmo  y la ciudad volvió a estar de fiesta.

Día a día se mostraba un síntoma ascendente y asimismo constante. Quedaron atrás aquellas manifestaciones propias de aquel toreo que se mantuvo sin tutela, muestra por valorarse así mismos y a los demás por su capacidad creativa como forma continua de la mexicanidad en su mejor expresión. Por otro lado es algo así como la búsqueda del eslabón perdido donde se daba cabida a la sucesión de invenciones. Tras la prohibición ya mencionada como objeto de este estudio puede decirse que veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).

De ahí que el toreo como autenticidad nacional haya sido desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa, por el público que dejó de ser público en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

Al mencionar ahora a los toreros, debe este apunte basarse en dos líneas que luego se fusionaron para el logro definitivo de la sola expresión impuesta como la más razonable, en virtud de sus mejoras, avances, manifestaciones y demás esplendores, como es el toreo de a pie a la usanza española y en versión moderna.

Por el lado de los mexicanos, Ponciano Díaz (1856-1899), torero con bigotes como los demás de esa época, formado bajo la tutela de expresiones nacionales y en el campo, fundamentalmente. Los públicos de entonces dejan llevarse y forman parte a su vez, de una idolatría que muy pocos diestros han conseguido a lo largo de las distintas épocas del espectáculo. Rompió con los feudos establecidos de lustros atrás y supo incorporarse a la actividad provinciana con éxitos inenarrables (si no, que lo digan versos populares, prensa a su favor, retratos, fotografías, anécdotas, entre otras cosas). De él se puede hablar y hasta dedicarle espacio más significativos.[13] Sin embargo, larga es la lista, por lo cual prosigo. En importancia le siguen: Pedro Nolasco Acosta (T), Arcadio Reyes “El zarco” (B. y desde el caballo), Gerardo Santa Cruz Polanco (T), María Aguirre “La Charrita mexicana” (desde el caballo) y Braulio Díaz (B).[14]

Estos son los toreros más representativos de aquel momento. Ella, La Charrita mexicana logró figurar en medio de un ambiente dominado únicamente por hombres (aunque a mediados del siglo XIX fue notoria la actuación de otras tantas mujeres que, por el solo hecho de arriesgar sus vidas, forman parte de aquel ambiente con un mérito bien ganado). María Aguirre en compañía de Ponciano Díaz demostraban el quehacer torero representado como una muestra de lo nacional.

Pedro Nolasco Acosta, de cuyo perfil general escribí algunas notas en el capítulo anterior, es uno de tantos toreros que mantienen la hegemonía de la tauromaquia en tiempos de prohibición del espectáculo en la capital del país. Por él se concibe la presencia taurina en San Luis Potosí.

Arcadio Reyes El Zarco enriquece el bagaje torero vistiendo las más de las veces con el traje de charro y poniendo banderillas desde el caballo, lo mismo aquí que en Perú, a donde fue en compañía de Diego Prieto Cuatrodedos. Fue en un momento miembro de la cuadrilla de Ponciano Díaz.

Gerardo Santa Cruz Polanco, también surgido de las filas poncianistas, decidió formar la “Cuadrilla Ponciano Díaz”, en la cual latían aquellos principios evolucionistas que no pudo mantener el propio atenqueño. Por conducto de esta cuadrilla es como se revalora el toreo moderno, luego de que dicha expresión “a la mexicana” fue diluyéndose en medio de nuevas razones técnicas y estéticas.

En cuanto a Braulio Díaz, podemos hablar de un personaje siniestro, envuelto en leyendas, dado que fue quien dic muerte a Lino Zamora allá por 1884 en Zacatecas.

PRENSA

Como resultado de la trascendencia que tuvo aquella nueva época surgió un amplio movimiento periodístico que reflejó lo importante de ese despertar para la fiesta torera.

–El Arte de la Lidia (1884-1905) fue la primera publicación que incluso se adelantó a todo el movimiento. Julio Bonilla fue su director.
–La Banderilla (1887)
–La Muleta (1887)
–El Monosabio (1887)
–El Toreo Ilustrado (1894).[15]

Estas publicaciones guardan tendencias bien definidas, pues así como La Banderilla y El Monosabio eran pro-nacionalistas en cuanto modo de exaltar las hazañas de nuestros toreros, La Muleta y El Toreo Ilustrado son bandera del nuevo toreo y apoyo a la expresión que fue imponiéndose a partir de los diestros españoles.

Como puede observarse, 1887 significa el nuevo amanecer, la nueva época de toros en México cuyo significado es crucial en la medida en que su influencia dejó atrás testimonios que bien pronto se dispersaron y diluyeron para dar paso a la nueva instancia emergente, cuyo peso y trascendencia estarán presentes en toda actividad desarrollada en torno al espectáculo de toros que ha encontrado ya forma de asentar raíces más firmes.

Para terminar con este segmento, ofrezco, como Anexo, el “Anuario Taurino Mexicano. 1887”, obra que recién he concluido, y donde se concentra una valiosa información relacionada con las actividades taurinas realizadas en todo el país durante aquel año. El balance obtenido es verdaderamente asombroso, en la medida en que se intensificó el espectáculo luego de regularizado este.



De un calendario elaborado por la casa de subastas Louis C. Morton para el año 2002, se ilustra con una muy interesante imagen (Anónimo, Escuela Mexicana, ca. 1900. Paseíllo. Óleo sobre tela, 90×150 cm). Evidentemente la fecha referida no es, ni por casualidad certera en función de que debe tratarse de una cuadrilla ¿la de Rafael Calderón de la Barca en León, Guanajuato; o la de Gerardo Santa Cruz Polanco, formada hacia finales de la octava década del siglo XIX? Este es un buen asunto a resolver.
Fuente: Actualmente pertenece a la pinacoteca del Dr. Marco Antonio Ramírez.

 















Este es uno de los tantos retratos
en que posó Diego Prieto “Cuatrodedos”,
para generar, como resultado de su composición,
una tarjeta de visita, la publicidad propia de la época (ca. 1885).
Col. del autor.

 







_____________________

[1] Manuel Gutiérrez Nájera. Espectáculos, p. 147-51: Una corrida de Ponciano Díaz (M. Can-Can, “Memorias de Madame Paola Marié”, en El Cronista de México, año IV, T. IV, núm. 13 (3 de septiembre de 1882), p. 237.

 [2] William Beezley: El estilo porfiriano: “El estilo porfiriano: Deportes y diversiones de fin de siglo”, en Historia Mexicana, vol. XXXIII oct-dic. 1983 No. 2 p. 265-284. (Historia Mexicana, 130).

[3] Op. cit., p. 265.

[4] Ibidem., p. 266.

[5] Ibid., p. 275.

[6] Ib., p. 276. Muy importante es señalar que el primer gobierno de Porfirio Díaz no se da hasta el levantamiento de la Noria, en 1876, nueve años después de que Juárez ha autorizado prohibir la diversión popular. Por otro lado, la restricción no “duró hasta 1888” sino hacia fines de 1886, fecha en la cual se derogó el decreto de prohibición, dando pie a la recuperación a partir del 20 de febrero de 1887. (Nota: si Ponciano Díaz inicia su trayectoria en 1876, lo mismo hará Porfirio Díaz en otro terreno: el militar y político. Por ello, ambos Díaz, van de la mano).

[7] Ib.

[8] Historia de México. Un acercamiento, p. 39.

[9] Edmundo O’Gorman. México. El trauma de su historia, p. 87.

[10] Beezley, ib., p. 276-7.

[11] Ib., p. 277.

[12] Juan Antonio Ortega y Medina. Zaguán abierto al México republicano (1820-1830), p. 43-4.

[13] José Francisco Coello Ugalde. Ponciano Díaz, torero del XIX. A 100 años de su alternativa en Madrid. (Biografía). Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. Con tres apéndices documentales de: Daniel Medina de la Serna, Isaac Velázquez Morales y Jorge Barbabosa Torres. México, 1989 (inédito) 282 h.

[14] Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. II., p. 655-8, donde puede consultarse una relación exhaustiva de profesionales de la época.

Por otro lado, eesde el primer domingo de enero hasta el domingo 30 de diciembre del año 1888, se han celebrado en las cinco plazas de la capital de la República 127 corridas lidiándose 723 toros de ganaderías mexicanas y españolas como se verá por los siguientes datos por Plazas:

Bucareli: 35 corridas
El Paseo: 31      
El Coliseo:  31    
Colón : 27          
San Rafael :3   
Total :127 corridas.

Se jugaron en dichas corridas 723 toros de 53 ganaderías mexicanas y 9 españolas, bajo esta forma:

Ganaderías mexicanas.-Venadero 61, Cazadero 44, Atenco 42, San Simón 41, Canario 41, Soledad 30, Jalpa 23, Cieneguilla 22, Guanamé 21, Mezquite Gordo 21, Jalapilla 19, Salitre 18, Desconocidas 18, Ramos 17, Santín 15, Buenavista 14, Guatimapé 13, San Diego de los Padres 12, Parangueo 12, Canaleja 12, Montenegro 12, Maravillas 12, Meztepec 11, Bramino de Arandas 11, Estancia Grande 10, Santa Cruz 10, Fortín 10, Cercado de Bayas 9, San Pedro Piedra Gorda 7, Ortega 7, Cuatro 7, Nopalapan 6, Jaral 6, San Francisco 6, Guaracha 6, Sauceda 6, Rosario 6, Cubo 6, Santa Lucía 5, San Antonio 5, Calera 5, San Diego Xuchil 5, Ayala 5, Plan de la Barca 4, Tulipan 4, Bringas 4, Noria de Charcas 3, Hacienda de la H  3, San Isidro 3, San Gerónimo 3, San Cristóbal 3, Santa Rosa 1, San Clemente 1.-Total 697 toros.

Ganaderías españolas.-De Heredia 6, Hernán 3, Saltillo 3, Benjumea 3, Conde de la Patilla 3, Concha y Sierra 3, Miura 2, de procedencia desconocida 2, Anastasio Martín 1.-Total 26 toros. De éstos, dos no se mataron, siendo uno de Concha y Sierra y otro de Anastasio Martín.

En las 127 corridas verificadas en México en el año 1888, han tomado parte en la lidia 170 diestros y 35 aficionados; se lidiaron un total de 631 reses.

 [15] Biblioteca Nacional. La fiesta Nacional (ensayo de bibliografía taurina). Madrid, 1973. 233 p. ils., facs. (Panoramas bibliográficos de España, 1), p. 153-93. 

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicanas”, en la dirección: http://ahtm.wordpress.com/  

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