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Cuvillo desnuda al "7"
"El cliente no siempre tiene la razón, lo que tiene es el derecho al pataleo. Cómo no. No diremos aquello de Camus de que la necesidad de tener razón es signo de una mente vulgar. Digamos mejor que el debate de ideas enriquece la ´contienda´ verbal que sucede tras el arrastre. Y ayuda a romper los maniqueísmos XXL que se adueñan de la plaza de cuando en cuando". Juanma Lamet, en un artículo inteligente, lo vio así, porque considera que "mejor verlo así, a ver si se contagia, porque uno de los males mayores de la ´sietización´ de Las Ventas es la cultura del miedo".
Actualizado 24 mayo 2017  
Juanma Lamet   

Pronto y en la mano, hay que decir que la corrida de Núñez del Cuvillo desnudó las fobias atávicas del tendido del 7. Por mirar con ojos de vitriolo y refocilarse en ese ´cabreísmo´ tan pretendidamente castizo, muchos aficionados del tendido más vivo de Las Ventas se perdieron tres toros encastados y bravos, que llevaban las orejas como pegadas con velcro.

Ya sé que esto no es noticia, pero uno se engaña si aparta la vista ante un ´striptease´ tan claro. El cliente no siempre tiene la razón, lo que tiene es el derecho al pataleo. Cómo no. No diremos aquello de Camus de que la necesidad de tener razón es signo de una mente vulgar. Digamos mejor que el debate de ideas enriquece la contienda verbal que prende tras el arrastre. Y ayuda a romper los maniqueísmos XXL que se adueñan de la plaza de cuando en cuando.

Mejor verlo así, a ver si se contagia, porque uno de los males mayores de la ´sietización´ de Las Ventas es la cultura del miedo. Quiero decir, ¿por qué el 7 critica con todas las de la ley todo lo que le encrespa -como debe ser-, pero se revuelve de forma tan gruesa cuando recibe la misma medicina? Nadie tan discrepante admite tan poca discrepancia si no es para defender una cuota de poder o para afianzar un discurso identitario, que es otra forma de poder, al cabo.

El comportamiento de los toros de El Grullo cumplió sobradamente las expectativas de una corrida con dos figuras como Talavante y Roca Rey. Hubo cuatro buenos, tres de ellos a la vista de todos (de todos), y eso hoy por hoy es de notable alto, cuando menos. No nos engañemos. Vimos dos lotes de triunfo, con sus matices, y uno con mal bajío, el de Roca Rey. Vale que algunos cuvillos pasaban el corte raspando, pero lo pasaban. Una morfología imponente llena de verdad y contenido lo que el toreo tenga de arte, claro, pero, por dios, si la providencia nos pone ante la tesitura de anteponer una de las dos cosas, que sea la importante. Miremos el bosque, no el árbol.

Como botón de muestra, el segundo toro, un jabonero casi barroso que se tapaba por la cara, encastado y bravo. Su acometividad no casó todo lo bien que podía con la suficiencia de Talavante, que a veces va tan sobrado que no acaba de transmitir tanto como torea. Pecado menor. ´Tristón´ impuso el ritmo de un tramo de la faena, y hasta de los muletazos, sin humillar nunca del todo. Porque el temple es ritmo, no velocidad. Cuando el toro bajó el diapasón, surgió el acople. Todo quedó en tablas, o sea en empate. Faltó un punto. Aun así, de no haber pinchado, pero sobre todo de haber pisado tierra quemada, Talavante podría haber cimentado ahí la Puerta Grande.

En el quinto, otro toro encastado y con mucho que torear, Talavante amarró una oreja que valió su peso en sangre. Ante la balacera de silbidos del 7 y de los ´subsietes´ de la plaza. La furia del 7 con el rebrincado y bravo toro se volcó, por ciencia infusa, sobre el diestro extremeño, que apretó hasta que ´Nenito´ lo levantó del suelo. Había 20 centímetros de pitón dentro del muslo. Andaba el torero con la taleguilla empapada -no quiso que Trujillo le hiciera un torniquete- y aún algunos tocaban palmas por tangos. Se calificaron solos. Una cosa es orquestar la gresca y otra, descarrilar los modales mínimos. Talavante mató recibiendo y anduvo hasta la enfermería con la oreja en la mano, intachable.

El salinero que abrió plaza, tan a modo, nunca acabó de humillar, pero enseñaba su buen fondo. Pedía reposo y media altura, como enseñó Ferrera el domingo. Pero Juan Bautista se quitó la "b" del apellido y no tiró la moneda del todo nunca. Más allá de algún leve destello puntual, la faena pareció un trágala. El toro se fue sin exprimir.

Tampoco con el bonito cuarto, que hacía el avión, estuvo Bautista a la altura del compromiso, menos al final, cuando ya era demasiado tarde para que amainara la ´bronquitis´ de los del pañuelo verde.

Quizá con ese lote Roca Rey habría acallado la revuelta. Quién sabe. El Cóndor pasó, pero quedó casi inédito. Los de enfrente de chiqueros lo midieron como si los 20 años que tiene fueran de alternativa. En el sexto, quiso enseñar al 7 un pase cambiado tan perfecto, tan ajustado (casi suicida) que el toro se trastabilló y se descompuso. Tuvo entonces razones para quejarse el tendido, pero no para generalizar. Culpa de la falta de fuerza, que también se sintió en el primero y el tercero. Claro que sí, nadie lo obvia, pero la bravura y la casta buena deberían están por encima. No digo que las virtudes taparan los defectos, digo que predominaron.

Ante ese sexto prendió en todo el 7 la justa protesta. Las palmas de desquite y falsa legitimación sonaron como si las manos fueran tabiques.

Pese a todo, la corrida fue buena... para quien quiso verla.

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