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Ramiro Alejandro Celis, "El Niño de Dzununcán"
Elegía a la muerte de un torero desconocido
Ramiro Alejandro Celis. Imagen tomada de www.coneltoro.com.mex
El percance ocurrió el pasado día 30 de mayo, pero no se tuvo noticia hasta el domingo, el día en que sus restos fueron a descansar al cementerio de su pueblo natal. Ha muerto victima de una cornada, que al principio no se terminó de valorar y cuando los médicos pudieron atenderle ya era tarde. Un novillero mexicano que tomaba el nombre de la tierra que le vio nacer: "El Niño de Dzununcán". Ahora su muerte nos vuelve a recodar la verdad permanente del toreo: en este arte nada es ficción, todo es pura realidad, también la muerte. Y la encontró en la soledad del anonimato. Ningún poeta le cantará una elegía. Pero también para él los Anales de la Tauromaquia tienen reservado un lugar. Gloria y paz a ti, torero.
Actualizado 3 julio 2017  
A.P.C.   

Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Federico García Lorca
LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS

Ha muerto en el anonimato de los pequeños pueblos. Los clarines no tuvieron ocasión de anunciarnos su muerte, ni las campanas de ninguna catedral han tocado a muerto. Ningún poeta cantará su épica, que la tuvo también gloriosa como todos los que visten de luces. Pero ha muerto un torero. ¿Qué era un torero modesto, un novillero que llevaba sus ilusiones por los puebles de su tierra, prácticamente desconocido hasta casi en su país natal?. Pues sí, pero un torero, al fin.

La noticia nos llega cuando aun no nos hemos repuesto del final inescrutable de la vida de Iván Fandiño. O de cuánto vivimos ahora hace un año en Teruel, con otro joven repleto de ilusiones, que se anunciaba como Víctor Barrio. Y como aquellas, como todas las que se dieron en la historia del toreo, nos conmueve, aunque jamás hubiéramos tenido noticia de su existencia.

Se llamaba Ramiro Alejandro Celis, pero le gustaba anunciarme con una referencia a sus orígenes: "El Niño de Dzununcán”, una población que no llega a los 2.000 habitantes, situadas en los alrededores de la ciudad de Mérida, en la península mexicana de Yucatán. El percance sobrevino en otra población perdida por la geografía azteca. Se llama Dzibikak, una población que apenas reúne a 300 familias, en torno a 1.4000 habitantes. Parece que debió ser en una plaza improvisada,  una de esas empalizadas que son frecuentes por los pueblos, porque entre los edificios singulares de esa población no consta que tuvieran plaza de toros, aunque sí sus tradiciones taurinas.

Ni en la prensa mexicana nos cuentan nada del cartel de aquella tarde, de las circunstancias de su muerte. Más bien parece que fuera un festejo de esos populares que están en la raíz de la tauromaquia mexicana. Tan sólo que recibió un fuerte golpe, que pese a los dolores no le hizo desistir de su intento. Ni ese día ni en los siguientes. Tan sólo unas fechas después, vencido por los dolores crecientes, se puso en mano de los médicos. Pero ya se era tarde: las costillas rotas le habían provocado lesiones muy graves en los pulmones, que la intervención quirúrgica no pudo vencer.

De él tan sólo se tiene una fotografía, vestido de verde y oro con cabos negros. Pero sobre todo con la ilusión en la cara, como quien sueña que llegarán días de vinos y rosas, que ya jamás llegarán. Hoy llorarán su mujer y sus dos hijos, la familia, que fueron los que acompañaron su cuerpo hasta el cementerio de su pueblo.

A lo mejor nadie se acuerda en adelante de su nombre, como ahora tampoco hubo grandes manifestaciones de duelo, que todo discurrió en la soledad de un anonimato que aún no había tenido tiempo de vencer como a él le hubiera gustado: con la espada y la muleta.

Pero sean cuales fueren las circunstancias, una cosa tenemos por verdadera: ha muerto un torero. Y aunque ningún poeta le cante una elegía, Ramiro Alejandro Celis nos ha vuelto a recordar la auténtica verdad del toreo: aquí se muere de verdad. Y se muere por el sueño casi inalcanzable del arte. También cuando el torero resulta desconocido para la mayoría y todo discurre en un pueblo que cuesta trabajo localizar en los mapas. El soñaba que algún le llegaría la gloria; lo que no esperaba es que la gloria definitiva le estuviera aguardando en Dzibikak.

Gloria y paz a este joven novillero, para quien también los Anales de la Tauromaquia tienen reservado un sitio.

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