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Las fiestas como atenuante de crisis sociales
Las mojigangas en el toreo mexicano del siglo XIX
El historiador José Francisco Coello Ugalde rememora aquí un ensayo inédito, en el que aborda uno de los componentes que dieron forma al espectáculo taurino en México durante los siglos virreinales y el XIX. Se trata de las "mojigangas". La lectura que encontrarán más adelante, es el resultado de un trabajo de investigación cuyo título es: Las mojigangas: aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX, elaboró el autor entre 1998 y 2013.
Actualizado 20 agosto 2017  
José F. Coello Ugalde, historiador   

El toreo mexicano carecía de voz propia, y las memorias de esos tiempos se pierden entre los disparos de fusilería de nuestras rencillas políticas.
Armando de María y Campos.
Los toros en México en el siglo XIX.

Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo antepasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan basto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

El fin de esta investigación estriba en recoger el mayor número de evidencias de este tipo que se hicieron presentes en el toreo decimonónico enriqueciéndolo de forma por demás evidente. A cada uno de los datos, de las representaciones, creaciones y recreaciones se dedicará un análisis que nos acerque a entender sus propósitos para que estos nos expliquen la inquietud en que se sumergieron aquellas fascinantes invenciones.

Durante el siglo XIX, y en las plazas de San Pablo o el Paseo Nuevo hubo festejos taurinos que se complementaban con representaciones de corte teatral y efímero al mismo tiempo. También puede decirse: en ambas plazas hubo toda una representación teatral que se redondeaba con la corrida de toros, sin faltar “el embolado”, expresión de menores rangos, pero desenlace de todo el entramado que se orquestaba durante la multitud de tardes en que se mostraron estos panoramas. Ambos escenarios permitían que las mencionadas representaciones se complementaran felizmente, logrando así un conjunto total que demandaba su repetición, cosa que los empresarios Mariano Tagle, Manuel de la Barrera, Javier de las Heras, Vicente del Pozo y Jorge Arellano garantizaron permanentemente, con la salvedad de que entre un espectáculo y otro se representaran cosas distintas. Y aunque pudiera parecer que lo único que no cambiaba notablemente era el quehacer taurino, esto no fue así.

El siglo XIX mexicano en especial, reúne un conjunto de situaciones que experimentaron cambios agresivos para el destino que pretende alcanzar la nueva nación. Ya sabemos que al liberarse el pueblo del dominio colonial de tres siglos, tuvo como costo la independencia, tan necesaria ya en 1810. Lograda esta iniciativa y consumada en 1821 pone a México en una condición difícil e incierta a la vez. ¿Qué quieren los mexicanos: ser independientes en absoluto poniendo los ojos en Estados Unidos que alcanza progresos de forma ascendente; o pretenden aferrarse a un pasado de influencia española, que les dejó hondas huellas en su manera de ser y de pensar?

Este gran conflicto se desata principalmente en las esferas del poder, el cual todos pretenden. Así: liberales y conservadores, militares y hasta los centralistas pelean y lo poseen, aunque esto fuera temporal, efímeramente. Otra circunstancia fue la guerra del 47´, movimiento que enfrentó en gran medida el contrastante general Santa Anna, figura discutible que no sólo acumuló medallas y el cargo de presidente de la república varias veces, sino que en nuestros días es y sigue siendo tema de encontrados comentarios.

Esa lucha por el poder y la presencia de personajes como el de Manga de Clavo fue un reflejo directo en los toros, porque a la hora en que se desarrollaba el espectáculo, las cosas se asumían si afán de ganar partido, y no se tomaban en serio lo que pasara plaza afuera, pero lo reflejaban -traducido- plaza adentro, haciendo del espectáculo un cúmulo de creaciones y recreaciones, como ya se dijo.

Aprovecho, antes de terminar esta pimera parte, para compartir un primer ejemplo que puede apreciarse en el siguiente cartel que ilustra la presente colaboración:

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO
FUNCIONES EXTRAORDINARIAS DE CARNAVAL,

Para el Domingo 22 y Martes 24 de Febrero de 1857
CUADRILLA DE BERNARDO GAVIÑO
TOROS DE ATENCO.
MAGNÍFICOS FUEGOS ARTIFICIALES.
Sobresaliente Iluminación.
Al terminarse la presente temporada de corridas, es un deber de la empresa dar las gracias al público que la ha favorecido en todas ellas, y al mismo tiempo presentarle las dos últimas funciones lo más sobresaliente posible para lo cual no ha omitido gasto ni diligencia alguna; si con ellas logra complacer a los espectadores, quedará completamente satisfecho su deseo.

DOMINGO 22
En esta primera función comenzará la corrida jugándose
CUATRO TOROS,
de lo más escogido que se ha encontrado en el Cercado de Atenco, que por su hermosura y valentía en nada desmerecerán de los que hasta aquí se han estado lidiando.
Para que la cuadrilla pueda retirarse a cambiar de traje, se echarán
DOS PARA COLEADERO,
y en seguida volverá a presentarse caprichosamente
VESTIDA DE MÁSCARA
y jugará otros  DOS TOROS
de la misma Raza de Atenco
y de tan buena calidad como los primeros; ejecutándose en el que sea más a propósito la difícil suerte de 
BANDERILLAR A CABALLO
por un aficionado que también estará enmascarado.
Concluyendo la corrida con el
TORO EMBOLADO de costumbre.
En seguida aparecerá vistosísimamente iluminado el interior de la Plaza y tendrán lugar unos magníficos
FUEGOS DE ARTIFICIO,
dispuestos con todo esmero y gusto por especial recomendación que se ha hecho al hábil pirotécnico mexicano, que ha ejecutado los que con tanto agrado ha visto el público en otras varias funciones.

MARTES 24
Como en la corrida anterior, se ha dispuesto que en la de este día, comience jugándose
CUATRO ARROGANTES TOROS
de la tantas veces recomendada justamente Raza de Atenco, y en seguida se presentarán los
DIABLOS EN ZANCOS
a jugar un valiente
TORETE DE ATENCO,
el que también será lidiado por la intrépida aficionada
ÁNGELA AMAYA,
que por segunda vez se presentará en esta plaza, y ejecutará las tres suertes, de
PICAR, BANDERILLAR Y MATAR,
con la serenidad y valor de que ha dado pruebas.
De nuevo aparecerá la cuadrilla toda en
TRAGE DE MÁSCARA,
y lidiará los otros
DOS TOROS
de la corrida, repitiéndose en uno de ellos, la difícil y arriesgada suerte de
BANDERILLAR A CABALLO,
por otro aficionado vestido igualmente de máscara; terminando la función con el
TORO EMBOLADO
para los aficionados.

TIP. DE M. MURGUÍA                                           
Manuel Gaviño

II

Desde la antigüedad, la fiesta como entretenimiento y diversión ha sido el remedio, atenuante de crisis sociales, emocionales probablemente, y hasta existenciales (basta recordar el caso del Rey Felipe V y su encuentro con el castrato Farinelli). Pero antes de desbordarme, debo advertir que no haré revisión exhaustiva  a la historia de este género, que para ello Johan Huizinga, Josep Pieper, Jean Dauvignoud y otros especialistas lo han hecho con inusitada y sorprendente lucidez.

Y no por confesar incompetencia, sino porque es un género que emerge de lejanos tiempos, siempre acompañando el devenir de las culturas como una forma de escape, espejo sintomático que no se desliga de la razón de ser del pueblo, soporte cuya esencia va definiendo a cada una de esas sociedades en cuanto tal. Como por ejemplo, recordar a la que se consolidó en el imperio romano. En la actualidad, la sociedad mexicana encuentra un abanico rico en posibilidades, donde entre sus fibras más sensibles, divertirse pasa a ser parte vital de sus rumbos cotidianos.

En lo que a fiesta de toros se refiere, desde el siglo XVI y hasta nuestros días se nos presenta como un gran recipiente cuyo contenido nos deja admirar multitud de expresiones, unas en desuso total; otras que en el ayer se manifestaron intensas, y que hoy, evolucionadas, perfeccionadas siguen practicándose.

Pero más allá del contenido explícito que la fiesta de toros nos da en este depósito, vemos otras manifestaciones que en su mayoría desaparecieron y algunas más, como el toreo de a caballo y a pie pero a la mexicana, muy de vez en vez solemos verlas en alguna plaza.

De todo aquello desaparecido, pero de gran valor son las mojigangas, representaciones con tintes de teatralidad en medio de un escenario donde lo efímero daba a estos pequeños cuadros, la posibilidad de su repetición, la cual quedaba sometida también a una renovación, a un permanente cambio de interpretaciones, sujetas muchas veces a un protagonista que no se “aprendía” el guión respectivo. Me refiero al toro, a un novillo o a un becerro que sumaban a la representación.

¿El teatro en los toros? Efectivamente. Así como alguna vez, los toros se metieron al teatro y en aquellos limitados espacios se lidiaban reses bravas, sobre todo a finales del siglo XVIII, y luego en 1859, o en 1880; así también el teatro quiso ser partícipe directo. Para el siglo XIX el desbordamiento de estas condiciones fue un caso patente de dimensiones que no conocieron límite, caso que acumuló lo nunca imaginado. Lo veo como réplica exacta de todo aquel telúrico comportamiento político y social que se desbordó desde las inquietas condiciones que se dieron desde los tiempos que proclamaban la independencia, hasta su relativo descanso, al conseguirse la segunda independencia, en 1867.

Ahora bien, y casualmente, el sello de todas esas manifestaciones “plaza afuera” no fueron a reflejarse “plaza adentro” (como ya lo hemos visto en estas notas introductorias). En todo caso, era aquello que hacía comunes a la fiesta y a la pugna por el poder: lo deliberado, lo relajado, sustentos de la independencia en cuanto tal; separados, pero siguiendo cada cual su propio destino, sin yuxtaponerse.

 “Plaza adentro” el reflejo que la fiesta proyectaba para anunciar también su independencia, fueron estas condiciones que la enriquecieron. Fulguraba riqueza en medio de un respiro de aires frescos, siempre renovados; acaso reiterados, pero siempre consistentes.

A lo largo de este trabajo, diversos carteles proporcionan elementos muy ricos que no solo matizan y dan idea de lo que fue ese tiempo. También plantean la condición con que concitaban a los espectadores y la forma en que se suscitaba el desenlace de aquel acto convocado para el gozo de multitudes siempre dispuestas a la fascinación.

Esta retrospectiva quiere detener en el tiempo a los itinerantes para gozar con ellos en un mismo sitio, y donde la unidad sea el fin de todos sus “números”, por un mismo boleto. Así, toros, payasos, acróbatas, fuegos de artificio, actores, charros, el “embolado” para el pueblo y los propios toreros, daban paso a la función en medio de circunstancias de suyo especiales, incomparables, pues –y como ya lo he dicho-, eran distintas las unas de las otras.

Pero además hay una acción-reacción ante el significado de la doble presencia vital dada entre la plaza y el circo, escenarios integrados que solo necesitan la aparición, la presencia de los escenarios efímeros para dar rienda suelta a sus naturales y espontáneas expresiones. Esa acción-reacción se da cuando “el circo reafirma la escisión entre espectáculo y público que si bien ya era característica de algunas diversiones arraigadas principalmente en las ciudades, como el teatro por ejemplo, no existía aún en las fiestas de las comunidades rurales” (Juan Pedro Viqueira Albán).

Es el exotismo, pero también el despliegue de las capacidades de dominio del hombre sobre la naturaleza lo que asombra al público fascinado por aquel conjunto de sorpresas, cuyo lindero con lo sobrenatural provoca la emoción, la mantiene al pendiente del mínimo de los detalles.

Dentro de ese exotismo no escapaban las corridas de toros del siglo XIX, intercaladas perfectamente en esa unidad que logró con el conjunto de recreaciones circenses, ámbito, atmósfera de vientos siempre frescos, obra que, en conjunto era orquestada e interpretada por actores cuyo papel no se limitaba a la sola representación de su “parte en la obra”, fuese esta protagónica o secundaria. Pues lo mismo podían vestir de luces que de arlequines, como sucedió muchas tardes ya en la plaza, ya en el teatro que proporcionaban sus espacios para la representación cuya reciprocidad, simbiosis, sincretismo o efecto híbrido daba y garantizaba el espectáculo en todo su esplendor.

Entre los antecedentes conocidos se tiene la fecha del 11 de diciembre de 1670 cuando hubo toros en la Plaza Mayor, fecha en la que participaron cirqueros, quienes lucieron en la maroma, actuación que volvemos a encontrar hasta 1742 cuando el circo se mete de nuevo a la plaza. Fue en ocasión de la toma de posesión del Virrey Conde de Fuenclara, cuando entre noviembre (26, 27, 28 y 29) y diciembre (1º) hubo fiestas en el Volador. El último día se puso a la vista “un primoroso, ágil y diestro maromero, cuyas prestas, ingeniosas suertes le divirtieron lo más de la mañana”.

Aunque fue hasta 1769, en tiempos del Marqués de Croix cuando el espectáculo taurino empezó a ser enriquecido con otra gama de condiciones, en un tiempo en que no parecía ordenarse todavía la fiesta. En un tiempo en que aquel espectáculo deliberadamente libre, alejado de los principios normativos elementales, que ya se estaban poniendo en marcha por aquellos mismos años. Sin embargo al estar enquistadas aquellas expresiones en el bagaje taurino, las primeras disposiciones con fin correctivo no tienen otro recurso que aceptarlas y alentarlas, como las alentó el público, lo mismo que asentistas o empresarios y actores, quienes consintieron su integración. Volviendo a lo ocurrido en 1769, las funciones taurinas vieron la participación de un torero, precursor del payaso o loco de los toros, que vestía el traje de los dementes de San Hipólito, el cual provocaba a la fiera y se metía violentamente en una pipa vacía, recibiendo esta la embestida del toro, a la manera de los dominguejos.

Y ya fue en 1790 cuando en el Mineral de Santa Fe de Guanajuato, con motivo del cumpleaños del futuro Fernando VII, una cuadrilla completa de maromeros y arlequines diestrísimos, lidiaron y mataron una corrida de toros en el Coliseo, no en la plaza como era de esperarse.

En febrero de 1833, la plaza de “El Boliche”, ubicada en lo que hoy día es el cruce de Av. Hidalgo, Santa Veracruz y la calle 2 de abril, se presentó la Compañía de Circo y equitación, comandada por Mr. Green anunciando su espectáculo como función “hípico-mímico-acrobática”, con pantomima tales como: “El Soldado Borracho”, “Don Quijote y Sancho Panza”, sin que faltara el imprescindible payaso.

Y así como Tomás Venegas El Gachupín Toreador se presentó en 1790 en la plaza de San Lucas para compartir su actuación con peleas de gallos, carreras de liebres, maromas, pantomima, etc., en pleno siglo XIX, fue el diestro Bernardo Gaviño, ídolo de la afición quien teniendo como escenarios las plazas de San Pablo o Paseo Nuevo se acompañaba de las compañías completas de circos instalados entonces en los barrios de la ciudad. También de toreros que interpretaban papeles propios de las mojigangas, charros habilidosos y diestros para ejecutar las suertes del coleadero, maestros de la iluminación o de la escenografía efímera que terminaron convirtiendo la expresión de las corridas de toros en una fiesta singular. Y aquí el concepto de “fiesta” proyecta distintas connotaciones concentradas en el fin de buscar como divertir, con qué medios y el fin mismo de la diversión.

III

 


Cartel de la plaza principal de SAN PABLO para el jueves 11 de junio de 1857.
Colección Julio Téllez García.

Así como el toreo se estableció en el siglo XVI bajo las más estrictas reglas de la caballería a la brida o a la jineta, para alancear y desjarretar toros, también debe haber habido un síntoma deseoso de participación por parte de muchos que sintiéndose aptos lo procuraron, atentando contra ciertas disposiciones que les negaban esa posibilidad. Sin embargo, el campo, las grandes extensiones de tierras que sirvieron al desarrollo de la ganadería debe haber permitido en medio de esa paz y de todo alejamiento a las restricciones, la enorme posibilidad que muchos criollos y naturales deseaban para desempeñar y ejecutar tareas con una competente habilidad que siendo parte de lo cotidiano, poco a poco fueron arribando a las plazas, quedándose definitivamente allí, como un permanente caldo de cultivo que daba la posibilidad de recrear y enriquecer una expresión la cual adquirió un sello más propio, más nacional, a pesar de que el control político, y social estuviera regido en el núcleo que resultaba ser la Nueva España. Esta como entidad de poder, aunque vigilada desde la vieja España manifestaba una serie de reacomodos, de adaptaciones a la vida cotidiana eminentemente necesarios en ésta América colonizada, continente cuya población conformó un carácter propio. De no ser así, la rebelión era la respuesta a ese negarse a entender el propósito del destino que se construía de este lado del mundo.

Y si la rebelión llevada a su máxima consecuencia fue la independencia, pues es allí donde nos encontramos con la condición necesaria para el despliegue de todo aquello de que se vieron impedidos los que siendo novohispanos, además manifestaban el orgullo del criollo y todas las derivaciones -entiéndase castas-, que surgieron para enriquecer el bagaje social y todo lo que los determinaba a partir del “ser”, por y para “nosotros”.

El complejo pluriétnico era ya una realidad concreta en el México del siglo XIX. La fiesta novohispana fue portadora de un rico ajuar, cuyo vestido, en su uso diario y diferente daba colorido intenso a un espectáculo que se unía a multitud de pretextos para celebrar en “alegres demostraciones” el motivo político, social o religioso que convocaban a exaltar lo mediato e inmediato durante varias jornadas, en ritmo que siempre fue constante.

De nuevo, y al analizar lo que ocurrió en el siglo XIX taurino mexicano, exige una revisión exhaustiva, reposada, de todo aquello más significativo para entender que la corrida, la tarde de toros no era el marco de referencia conocido en nuestros días. La lidia de toros se acompañaba, o las mojigangas solicitaban el acompañamiento de actuaciones y representaciones de compañías, que como ya se dijo párrafos atrás, se producía la combinación perfecta del ”teatro en los toros”, o “los toros en el teatro”, dos circunstancias parecidas, pero diferentes a la hora de darle el peso a la validez de su representación.

Durante muchos años esa condición compartida de muchas fiestas en un solo escenario, fuese profano o político, como cuando en 1857 se realizaron festejos por el regreso del presidente sustituto Ignacio Comonfort, el cual fue invitado a acudir a diversos eventos en los teatros de moda: El Nacional, Iturbide o el Nuevo México, así como a la plaza de toros. Ocurrió lo mismo cuando ese mismo año entró el Ejército Libertador a la Ciudad de México.

Uno de los más fascinantes -¡cuál no era fascinante!- fue el efectuado el domingo 27 de febrero de 1861 y que recoge Armando de María y Campos en las siguientes notas:

de los números de mayor éxito presentados en las funciones de circo de mediados del siglo pasado, fue el que a cargo de una “señora Elisa”, contemplaron, punto menos que asombrados, los espectadores a la función celebrada en la plaza de El Paseo Nuevo el domingo 17 de febrero de 1861. Dice un programa: “La señorita Elisa de presentará llevando consigo un cuarto de carnero, y se introducirá en el horno que está colocado en el centro de la plaza, ardiendo a satisfacción del público, y se mantendrá en él hasta que la carne quede perfectamente asada, quedando en plena libertad el público que se sirva honrar esta función para reconocer el grado de calor que encierre dicho horno”.

Quien sabe quién estaría más “frito” durante la celebración de este acto, si la intrépida reina del fuego, señorita Elisa, o los asombrados espectadores incrédulos.

**Véase Armando de María y Campos: Los payasos, poetas del pueblo. [El Circo en México] CRÓNICA. Ilustrada con reproducciones de programas de la época y viñetas de los mismos, de la colección del autor. México, Ediciones Botas, 1939. 262 pp. Grabs., ils. (p. 77-84).

Sin embargo así como hubo circos cuya procedencia extranjera era mejor aceptada que los nacionales, comenzó a darse una respuesta contraria a las maromas y a las corridas de toros, en medio de un ambiente que estaba alentado por una prensa cada vez más proclive a contrariar aquellas representaciones eminentemente mexicanas, fomentadas por el emperador Maximiliano, pero que tuvo un enorme contrapeso en la presencia de varias plumas casadas con la modernidad, dispuestas a no aceptar la barbarie y el primitivismo de espectáculos y representaciones que durante el segundo imperio comenzaron a ser blanco de críticas sistemáticas, lo cual, y en el fondo, alentó junto con otros factores las razones para prohibir las corridas de toros en 1867, año que fue escenario de acontecimientos de enorme trascendencia para los destinos de México.

Al paso de los años aquellos espectáculos: circo y toros pervivieron. Las corridas encontraron abrigo en la provincia mientras estuvieron prohibidas en el Distrito Federal (1867-1886). Los circos, como el de Chiarini o de Buislay aprovecharon las ruinas del Paseo Nuevo. Pero con el paso de los años, uno y otro espectáculo se acomodaron en su propio espacio, y si alguna vez convivieron es porque se ha buscado que no desaparezcan. Recuerdo en la hacienda de Atenco, apenas en junio de 2009 la representación de una mojiganga, reducto de aquella grandeza que recoge varios siglos de auténtica expresión popular, que no olvidó la comunicación permanente que se tendió entre la plaza y el campo.

Y todo esto se buscaba para cumplir la sencilla misión de reunir dos elementos semejantes con un mismo fin: la fiesta, o era con objeto de compensar, de equilibrar ante un interesante cuestionamiento hecho por Juan Pedro Viqueira Albán en el siguiente sentido: “¿No es la tragedia, el enfrentamiento de los instintos “naturales” del hombre a las reglas sociales? ¿No es la comedia la sátira de los inadaptados sociales? Como si las dos preguntas representaran una auténtica tragedia venida desde la entraña del teatro, en oposición al solo significado de que el circo “presenta al hombre casi siempre solo ante el mundo natural, al que debe vencer”. Y en ese sentido, el aspecto “teatral”, rico en matices se hizo notorio desde fechas tan tempranas en la Nueva España.

Aquí, y por ahora, la última muestra de otro interesante cartel, de los pocos que han llegado a nuestros días., mismo que ilustra las presentes notas.

TOROS
EN LA PLAZA PRINCIPAL DE S. PABLO,
El jueves 11 de junio de 1857
FUNCIÓN SORPRENDENTE,
DESEMPEÑADA POR LA CUADRILLA QUE DIRIGEN
D. SOSTENES Y D. LUIS ÁVILA.
Animado el empresario por sus amigos y por infinitos aficionados a esta diversión para que en esta hermosa plaza se den corridas de toros, no ha omitido gastos ni diligencia alguna para vencer las dificultades que se le han presentado: en tal concepto, arregladas estas, tiene la satisfacción de anunciar al respetable público, que la tarde de este día tendrá lugar la primera corrida de la presente temporada.
Siendo Don Sostenes Ávila el capitán de dicha cuadrilla, y presentándose por la vez primera en esta plaza, tiene el honor de ofrecer al bondadoso público mexicano, sus débiles servicios, suplicándole al mismo tiempo se digne disimular sus faltas; en el bien entendido, de que tanto él como sus compañeros, no aspiran más que a complacer a sus indulgentes favorecedores.
A la referida cuadrilla está unido el arrojado y hábil lidiador FRANCISCO SORIA, conocido por EL MORELIANO.
Que tan justamente se ha granjeado el afecto de sus compatriotas, y el de todos los dignos concurrentes: viniendo también agregado a la cuadrilla
EL HOMBRE FENÓMENO (se trata en este caso de Alejo Garza. N. del A.),
Que faltándole los brazos desde su nacimiento, ejecuta con los pies unas cosas tan sorprendentes y admirables, que solo viéndolas se pueden creer: en cuya inteligencia, y tan luego como se haya dado muerte al tercer toro de la corrida, ofrece desempeñar las suertes siguientes:
1ª Hará bailar a un trompo y a tres perinolitas.
2ª Jugará diestramente el florete, con el loco de la cuadrilla.
3ª Cargará y disparará una escopeta.
4ª Barajará con destreza un naipe.
5ª y última. Escribirá su nombre, el cual será manifestado al respetable público.

SEIS FAMOSOS TOROS
Están escogidos a toda prueba para la lid anunciada; y si bien solo ellos con su ARROGANTE BRAVURA, serán bastantes a llenar el espectáculo complaciendo a los dignos asistentes. También contribuirá mucho al mimo objeto la buena reposición que se le ha hecho a la plaza, hermoseándola con una brillante pintura que le ha dado un artista mexicano.
Antes del TORO EMBOLADO de costumbre,
saldrán de intermedioDOS PARA EL COLEADERO,
que tanto agrada a los aficionados.
TIP. DE M. MURGUÍA.

Viqueira Albán apuntala esta exposición con las siguientes visiones:
 (…) los números circenses, (…) presentan realidades fuera de “lo común”, que escapan a la regla, es decir “anómicas” (fuera de la norma”). Lo anómico se presenta en los espectáculos en los que los artistas muestran habilidades excepcionales; en aquellos en que animales realizan actos ajenos a su “naturaleza” (caballos que suman, tigres que no atacan al hombre, etc.); en los números de payasos, seres poco ordinarios tanto por su vestimenta y por su maquillaje que exagera rasgos humanos hasta deformarlos, como por su torpeza (en el caso del Augusto); en la presentación de “fenómenos” animales o humanos (caballos de cinco patas, hermanos siameses, mujeres barbudas, enanos, etc…).

Esta característica resulta esencial para entender al circo, si tomamos en cuenta que la “anomia” es  el concepto más idóneo para comprender la situación social de los lugares a los que llegaba por primera vez el circo en el siglo XIX.

Una consecuencia importante del carácter anómico del circo es que en la pista los límites entre lo humano y lo natural se diluyen en sus dos fronteras. Por un lado los animales domesticados actúan como hombres y los fenómenos humanos -los errores de la naturaleza- aparecen como empantanados, presos del mundo natural. Por el otro lado los ilusionistas se apropian de fuerzas “sobrenaturales”, normalmente ajenas al hombre. El circo parece poner en escena el momento en que el caos reinaba sobre la tierra, en el que hombre y naturaleza empezaban apenas a diferenciarse, en el que la sociedad no existía aún, en el que los hombres eran aún “naturales”.

Resulta pues lógico afirmar que el circo en sus inicios, representaba para los espectadores que vivían en carne propia la destrucción de un mundo y el nacimiento de otro, un viaje al mundo originario, al paraíso perdido, constituyéndose así en un mito moderno que explicaba los orígenes del hombre.

**Véase: Juan Pedro Viqueira Albán: ”Notas para una antropología histórica del circo moderno”, material de trabajo (inédito) para la realización del guión museográfico de la exposición sobre el circo en México que el Museo Nacional de Culturas Populares presentará en 1986.

Finalmente esto hace que volvamos los ojos a esa conmovedora obsesión del fin o “destrucción de un mundo” o comienzo y “nacimiento de otro”, que vuelven a la condición original de la diversión o escape de la realidad, sustentada por el hombre en sociedad, razón cuya dinámica ha ocupado el espacio de muchos siglos, y que nace, seguramente cuando hace inteligible el gozo donde las mojigangas son apenas entre muchas, un conjunto de expresiones que lo deleitaron. Y como vemos lo sigue deleitando en la medida de su permanencia bajo otras condiciones que el tiempo y muchas otras circunstancias han procurado, gracias al deseo humano manifestado en el solo objetivo que un título de José Deleito y Piñuela me ayuda para terminar esta visión: “El pueblo se divierte”.

Dejemos, pues, por la paz todas estas disquisiciones que buscan explicar la razón de aquel comportamiento, para conocer con los testimonios al alcance lo que se ha pretendido explicar hasta aquí, en intenso afán por reencontrarnos de nuevo con lo que fueron y significaron las Mojigangas: aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX.

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Especial Tauromaquia
José María Requena


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