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La poética del escritor sevillano
Se cumplen 50 años de la publicación de "Gracia pensativa", de José Mª Requena
"Mucho más allá del requiebro emergido del resplandor de la belleza", José María Requena amó a su tierra y a sus tradiciones "de otro modo". Y es que la canta desde la sinceridad de sus versos, esos que dicen: "con voz quemada y escocida/ en la garganta del amor, /por la savia feroz de las raíces/ con las que el hombre busca/ un poquito de Dios/ para las ramas altas de su sueño". Pocos libros como su "Gracia pensativa" retratan tan a lo vivo las realidades sevillanas, desde ese otro modo de ver que el poeta de Carmona describe con unas formas luminosas. Ahora se cumplen 50 años de la primera edición de este libro tan singular, con el que el poeta sevillano nos ofrece una de sus obras más logradas dentro de la poética.
Actualizado 28 marzo 2019  
Redacción   
 Sevilla en la primavera soñada de José María Requena
 Las Cofradías de Sevilla vistas por un novelista
 El alma de José María Requena, por Antonio Montero Alcaide (Tamano: 282,4 kb.)
 La sensibilidad literaria al servicio de la temática taurina (Tamano: 222,5 kb.)

Hoy me siento muy campo

muy calle vacía esperándome

muy nada a punto de llevarse.

Prefiero no amargarme con nombres 

ni con recuerdos ni futuros.

Voy a echar mi alma

a rodar por una ladera,

a ver si alguien la detiene y la besa:

¿Eres tú el alma de José María?

 

Probablemente sea el último poema que salió de la pluma de José María Requena (Carmona, 1925 - Sevilla, 1998), uno de los escritores más emblemáticos de la Sevilla contemporánea, cuyo empeño poético se manifestó incluso antes que sus incursiones en el campo de la novela y el ensayo, géneros en los que consiguió los premios mas relevantes. Brillante fue en su profesión periodística, sin duda; pero su huella más profunda, la de su buen escribir con un estilo enteramente suyo, quedó plasmada un amplio muestrario de trabajos que le acreditan como una de las grandes figuras andaluzas de la literatura.

 

A la poesía aportó cuatro libros fundamentales. La primera obra publicada fue La sangre por las cosas, editado en 1956 por Ágora, cuando Requena aún era alumno en las aulas de la Escuela Oficial de Periodismo, tras haber licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla. Luego, 13 años después, la colección Adonais, publicó su Gracia pensativa, un libro que rompe todos los esquemas en lo que viene ser su viaje interior por las calles y rincones de Sevilla, esa Sevilla que el poeta describe como pocos: "Sevilla viene a ser, precisamente, lo que se supone a punto de llegar y no llega".

 

La vida cuando llueve, que vio la luz en 1987 de la mano de la editorial Dante, constituye un verdadero ejercicio poético sobre el eje común de la lluvia y en el que consigue extraerle con una elocuente sensibilidad todo sus simbolismos. La muerte le sorprendió sin ver editado su último libro de poemas: “A campo ajusticiado”, que oportunamente fue recuperado para el volumen de sus obras completas publicadas por el Ayuntamiento de Carmona, su pueblo natal, en 2002.

 

Pero quizá de toda su obra poética, la más conocida ha sido Gracia pensativa, el libro de un poeta en plena madurez. Llaman la atención sus formas, pero no menos llamativo resulta su visión de esa Sevilla ajena a lugares comunes, plasmada en mil estampas siempre alejadas de una visión superficial e inane, como ya desde los comienzos deja en evidencia el autor en versos como éstos:

 

Gracia Pensativaes un libro de poemas dedicado íntegramente a Sevilla. Hace ahora 50 años, José María Requena hilvanó en él los motivos hispalenses más característicos con acento e intención nunca o raras veces empleados en tales ocasiones. Sevilla viene a ofrecerse bajo una serie de perspectivas distintas, que van desde lo cotidiano y actual a lo histórico, siempre en cálida palabra. Lo que existe de permanente en una ciudad tan universal halla en Requena su justa y entrañable expresión, el homenaje o el reproche.

 

El título del libro ya define muy gráficamente el espíritu de Sevilla, semejante aquí a un retablo trazado con desdén de todos los convencionalismos, tenso y amoroso el poeta para decir o cantar la realidad oculta tantas veces por los amigos del brochazo gordo y la mentira.

 

Cuando se publicó, Guillermo Díaz-Plaja, de la Real Academia Española, escribió en las páginas de ABC que “el ejercicio lírico a que se entrega José María Requena, sevillano de Carmona (1925), periodista y poeta, me ha interesado desde el primer momento. Porque se trata de un intento de penetrar el reverso del tópico de una ciudad –Sevilla-- a la que el tópico asedia noche y día”. 

 

José María Requena ama a su ciudad "de otro modo", porque no es lícito encastillarse en la idea de que sólo el requiebro emergido del resplandor de la belleza implica un sentimiento amoroso. Así se expresa el poeta: 

 

A la tierra de uno, la tierra que se pisa

lo mismo que palomo enamorado a su paloma

se le canta a lo duro,

a picotazo limpio

a besos de morder,

a tajadas de hombre bajo Dios,

a corazón que se reparte

con otros corazones

en la tremenda mesa de Manuel el Cristo.

 

Yo quiero que mi canto a Sevilla

no sepa a miel, ni tampoco a odio,

sino al sabor ingenuamente amargo

de espárrago triguero

que tiene todo amor cuando se vive

con miedo a que se duerma

sobre un jergón de ausencia

en el olvido.

 

Por eso, el poeta busca asediar y sorprender a Sevilla  en sus momentos oscuros y silentes:

 

Es preciso pensarla,

mientras duerme del todo,

oscura y convertida en pesadumbre

de pantera cansada

de sus propios rugidos de belleza.

 

Esta es una manera distinta de la que se nos sirve habitualmente, tanto más interesante por cuanto la tradición poética sevillana refleja una recreación narcisista que se detiene en su brillante y polícroma superficie, a diferencia de la estimación en profundidad hacia el silencio dramático, que inspira preferentemente a los poetas de Córdoba y de Granada. 

 

Para ello, José María Requena va desmontando uno por uno, los elementos del gran biombo escenográfico de su ciudad para encontrar el hondo reverso de tal gentil apariencia. Y así en "Triana", nos dibuja una Triana desnuda y desmitologizada, que sería el espectro final y desolado de una Sevilla esencial y última:

 

¿No será que Sevilla

se quita su ropaje

de lujo acumulado, allá en Triana

y se queda desnuda, en cales vivas,

fuera del tiempo, verdadera,

alma de tópico grandioso,

gracia sentida y no visible

 

En “Gracia pensativa” descubrimos poemario que “no puede mecerse en una fácil sucesión de ritmos populares o de música en rima. En general, el poeta procede por estrofas irregulares, anisosilábicas, en verso blanco. Ello significa la jerarquía que en él alcanza su inspiración en profundidad, que deja en segundo término el percutir de los crótalos, la música superficial que adorna muchas veces por modo esencial a la poesía andaluza”, como escribió Díaz Plaja.

 

Algunos poemas de "Gracia pensativa"...

 

1

 

No se canta la tierra de la entraña

como se canta la hermosura quieta

que sólo es hermosura

y pureza sin pulso de mármol desangrado.

Porque la tierra donde un hombre nace

es su mano y su voz que se prolongan

en vega de sudados sueños,

y también en palabra que da trigo

de alegría bajo el sol

o amargas aceitunas

de noche con relámpagos primeros

y truenos que acosaron la primera huida

de Caín, cuando Abel se hacía barbecho

de abril en primavera dolorosa.

 

No se canta la tierra de la entraña

con la tranquila voz de quien contempla

crepúsculos bonitos y amaneceres bobos,

sino con voz quemada y escocida

en la garganta del amor,

por la savia feroz de las raíces

con las que el hombre busca

un poquito de Dios

para las ramas altas de su sueño

 

No se canta la tierra de la entraña

con voz de vino dulce,

sino con voz que moja el aguardiente

de tristeza encarada con la luz,

con esa luz que tanto imita a la verdad

sin conseguir hacerse carne de alegría.

 

A la tierra de uno, la tierra que se pisa

lo mismo que palomo enamorado a su paloma, 

se le canta a lo duro,

a picotazo limpio,

a besos de morder, 

a tajada de hombre bajo Dios,

a corazón que se reparte

con otros corazones

en la tremenda mesa de Manuel el Cristo.

 

Yo quiero que mi canto a mi Sevilla

no sepa a miel, ni tampoco a odio,

sino al sabor ingenuamente amargo

de espárrago triguero

que tiene todo amor cuando se vive

con miedo a que se duerma

sobre un jergón de ausencia

en el olvido.

 

 

TODAS las tierras, todas las ciudades,

tienen mudas señales

para contar la vida de los hombres

que las ciudades tienen

y muelen su alegria con sufrimiento.

 

Son gestos de los ríos,

silencios dominantes de las torres,

abrazos de las plazas,

miradas especiales de las calles,

maneras de encontrarse

los barrios y los campos,

filosofía del vino en las tabernas,

tristeza personal de cada parque,

rostros muy propios

que las ciudades tienen

por donde arrancan locas,

igual que escalofríos,

las vías del tren,

o negras carreteras diseñadas

para anunciar el luto de marcharse.

 

Son llanos o encrespados,

abiertos o enfadosos,

los campos y el caráter 

del árbol y la yerba.

Son distintas las voces

de dos temperamentos de azul.

Hay corajes diversos de llover

y soles muy surtidos

que sellan los sudores

y pintan los jardines

y calientan el tiempo

agrandando las horas o achicándolas.

 

Viven las tierras,

viven las ciudades,

no sólo por las hojas y los frutos.

Laten y vibran en un ladrar de perros

que clasifica noches y esperanzas,

y meditan al son con el que suenan

por calles y caminos los caballos.

 

Y también por las vidas, 

sobre todo, las vidas de los muertos

que son el argumento del paisaje

y que abonan cosechas

con el tibio mantillo

de tanto desengaño.

 

Hay tierras pensativas en sus bosques 

y ciudades que mueren cada día

en los fríos hospitales de la niebla,

lo mismo que otros campos

son anchas vocaciones de distancia,

igual que otras ciudades

se emborrachan de luz con tal frecuencia

que tatúan con quejumbre la alegría

y cuidan como a penas

los tiestos de sus flores.

 

 

DE madrugada, sobre todo, me pregunto

qué significa

Sevilla,

qué supone

Sevilla

en este raro sueño

que es el mundo.

 

De sobra sé que nunca

tendré contestaciones cuando el sol,

cuando risas y cales,

cuando flores o coplas.

 

Es preciso pensarla

mientras duerme del todo,

oscura y convertida en pesadumbre

de pantera cansada

de sus propios rugidos de belleza.

 

No es bueno retratarla,

porque se vuelve tonta

de luces y perfumes

y parece que llora seducida

en rameras postales de colores.

 

Ni tampoco es posible

saber a qué ha venido

Sevilla a este ruido

redondo que es el mundo 

si la vemos tan sólo dibujada

como un telón de gracia

para gente cansada 

de lejanos negocios.

 

Yo la busco de noche,

en el recuerdo

del día que ya no es.

Y la siento espesura

de gritos no gritados

que atesoran sus plazas.

Y la abrazo en rincones

donde sé que prepara

sus mejores estilos de fugarse.

 

Y presiento que es niña

asustada de verse

demasiado mujer cada mañana.

Quizá porque Sevilla

tiene el encanto de aldea

perdida al acostarse

con marinos de todas las razas

que llegaron por siglos hasta ella

con rumbos de lujuria orientales

remontando lejanas primaveras

del río Guadalquivir.

 

Hay un algo de siempre, todavía,

de elegante tristeza,

de sangre

con oxígeno aún del paraíso,

con ojos

de acabar de mirar

nada menos que a Dios

al filo del barranco

de la primera pena.

 

Se ha pasado la historia

jugando a parecerse al Paraíso.

 

Fijaos cómo levanta hacia las nubes

los ángeles mortales del jazmín.

 

Fijaos cómo le estalla

el sol en plena frente de su cal

a esta tierra luzbel

que le grita al azul

su soberbio desprecio para el tiempo.

 

Fijaos cómo Sevilla

muerde la curva jugosa de la vida

igual que Adán y Eva la manzana,

toda el alma en los dientes,

ciega renuncia de la dicha,

sed que se bebe

los jugos de la gloria,

tierra inventando

profundos parecidos con el cielo.

 

Guadalquivir

 

¿De dónde vendrá este río

tan así como un consejo

jamás obedecido?

 

¿Quién lo rezó con manantiales

de silencio en un monte

por el que Dios andaba

pensando humanizarse

 

Tiene cara de Cristo

el río Guadalquivir.

Fijaos cómo se adentra por Sevilla

con su cara de látigo paciente,

ablandada en anchura

la palabra solemne de su agua.

 

No le pesan los barcos

ni se aprende sus nombres,

porque es río que sucede

casi como mirada de lo eterno

al pasar por la gracia

diaria y pensativa.

 

Fijaos cómo se va con su importancia

de sermón de poquísimas palabras,

igual que una parábola de agua,

como un refrán de Dios

sólo sabido por los juncos

y también por los ojos de los niños,

claro está.

 

Triana

 

A Manolo García Viñó, poeta que allí vio su luz primera

 

Acaso ni exista de verdad. ¡Quién sabe 

si no se habrá inventado

ella misma a sí misma!

 

No es nada Triana siendo todo

lo que no se razona

lo que se queda a solas con su gracia,

lo que resta de un verso y no es el verso,

lo que presiente el hombre

y sólo sabe Dios.

 

¿No será que será 

una santa conciencia

que Sevilla despliega a la otra orilla

para nunca dejar de ser un pueblo

caldeado de pena y de entusiasmo?

 

¿O quizá cada cual

la crea con su mirada

a imagen clara y semejanza limpia

del milagro sencillo

para vivir de forma que la muerte

se quede en potro negro desbravado?

 

Muchas veces la miro

como a una gran paciencia junto al río

a la espera de alguna

verdad a toda vela.

 

Huele a pobre Triana,

a pobre cuya casa

está en el Evangelio

cuando llega cansado 

Jesús y milagrea

en cosas de comer

con todopoderoso disimulo,

en tanto que acaricia a los chiquillos

como a enormes milagros que no vemos.

 

Plazas, calles, gentes... ¿Y qué más

para decirla entera,

para que no se escape del poema,

para enjaular su arcángel con mi canto?

 

Todos la nombran

con voz de conocerla

hasta el cimiento mismo de su gracia.

Dicen Triana y ya no dicen más,

igual que si no fuera

otra cosa que nombre

de grandeza dormida junto al río

o recuerdo de alguien

que perdió la memoria

en el justo momento

de empezar a cantarla.

 

Pasa con ella

igual que cuando exigen 

definiciones claras de lo blanco:

no hay palabras que expresen

las luces que conviven

y hasta luchan por dentro

de tanto sin color, 

de tanta sangre 

que ya no está y que duele

en el arte desierto

del silencio blanquísimo.

 

¿No será que Sevilla

se quita su ropaje

de lujo acumulado, allá en Triana

y se queda desnuda, encales vivas,

fuera del tiempo, verdadera, 

alma de tópico grandioso,

gracia sentida y no visible?

 

Hermanas de la Cruz

 

Hábitos color de tierra

recién llovida y desolada

 

Velos negros, de luto casi alegre

por los pobres tan pobres 

que con morir diciendo Padre mío

se salvan y nos salvan.

 

Llevan suelas de esparto de alegría,

diseñadas por Dios,

sus alpargatas.

 

Tienen un patio

donde flores riegan

rezándole a la Virgen de muchacha.

 

Una guarda silencio por la calle,

mientras la otra responde

en nombre de la Gracia.

 

Cara y cruz de la vida,

parecen dos arroyos

junto a la vida que se acaba.

 

Por mi parte,

aquí lo testamento:

cuando llegue la hora,

que vengan dos hermanas

conmigo hasta la línea

de la eterna aduana.

 

La Maestranza

 

Si al alma vertical de Joselito

se destinarán cielo aquí en la tierra,

monolito sería

en mitad de este ruedo,

bien acosado por los ojos serios

de estos arcos que parecen niños

acostumbrados ya

a la sangre mezclada con la música.

 

Y si a don Juan Belmonte

le dejaran volver de aquel morir

tan nada más que suyo,

seguro que despacha

los millones de toros de au angustia

sobre esta arena misma donde alzara

su mandíbula joven, como un reto

al oscuro destino de una estirpe

nacida para cueva de miseria

bajo el sol palaciego de Triana.

 

Si el Juicio Final se celebrara

pueblo por pueblo, en una anchura

de cada población,

aquí vendríamos todos

a ver salir el toro de la última

palabra, la de Dios, la que nos mida

una por una las faenas

del corazón o el odio.

Y al final, la cornada de lo eterno,

la cogida sin sangre que nos ponga

tendidos, verdaderos,

en el blanco quirófano

de la Misericordia.

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