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Dentro de las medidas de protección de la Tauromaquia
Las plazas de toros de titularidad privada
Plaza de toros de Zafra, a la que se refiere el autor
El éxito está asegurado cuando las plazas son de titularidad privada. En las municipales siempre existe el riesgo de que la corporación cambie de tercio, sin contar que en esa mayoría que son de los ayuntamientos, su arrendamiento está sujeto a complejos pliegos de condiciones como consecuencia de la Ley de Contratos del Estado, pudiéndose observar una absoluta falta de rigor y de criterio homogéneo a la hora de interpretar esta ley. "No sería mala idea que muchos ayuntamientos con plazas abandonadas o con poco uso, dejasen de ver los toros desde la barrera y cogieran el toro por los cuernos", como concluye el autor or la vía de la privatización podrían solucionar la situación.
Actualizado 3 mayo 2019  
José Antonio López Rodríguez. Licenciado en Derecho   

Dicen los que estudian los incendios forestales, que el monte, si es rentable no arde. Con la Fiesta Nacional ocurre lo mismo. Mientras gane dinero el ganadero, el empresario, los apoderados, los toreros y sus cuadrillas y todo lo que gira alrededor de la tauromaquia, no hay nada que temer por más que grite ese movimiento inquisitorial e intransigente contrario al arte de birlibirloque.

 Es un festejo que nace del pueblo y que se mantendrá mientras el pueblo quiera. Eso es lo justo y lo democrático, como democráticas son las concesiones de orejas y de vueltas al ruedo.

El diseño de trajes de luces, las partituras y las letras de los más famosos pasodobles que animan la fiesta y los carteles que las anuncian, siempre han sido de iniciativa popular y así debe seguir siendo.

Con las plazas de toros pasa otro tanto. El éxito está asegurado cuando son de titularidad privada, pues en las municipales siempre existe el riesgo de que la corporación cambie de tercio.

Dos ciudades emblemáticas en el mundo taurino, Sevilla y Salamanca, tienen plazas privadas que funcionan muy bien. La de Sevilla, tierra de toreros, propiedad de la Real Maestranza de Caballería, que es una corporación nobiliaria. La de Salamanca, tierra de toros, propiedad de una mancomunidad de particulares.

Faltaría por su importancia la de las Ventas en Madrid. Inicialmente fue propiedad del Hospital General de la provincia y sus ingresos iban a la beneficencia municipal. De ahí el origen de la actual corrida de la Beneficencia. La administraba la Diputación que despareció al ser Madrid una comunidad uniprovincial, razón por la que en la actualidad su propietaria es la Comunidad Autónoma. Es el único caso en España.

La mayoría, sin embargo, son de los ayuntamientos y su arrendamiento está sujeto a complejos pliegos de condiciones como consecuencia de la Ley de Contratos del Estado, pudiéndose observar una absoluta falta de rigor y de criterio homogéneo a la hora de interpretar esta ley como ya expuse hace unos años en esta misma web taurina. (https://www.taurologia.com/la-naturaleza-juridica-del-contrato-de-explotacion-de-las-plazas-de-2098.htm)

Coso de San Roque, en Pontevedra

Hay más de 1500 plazas de toros en España. La mayoría como es lógico en los pueblos, donde no se conciben las fiestas sin los toros, cosa que también ocurre en las capitales. El caso más llamativo es sin duda Pamplona, pero lo mismo ocurre en Pontevedra donde la mitad de su centenario coso de San Roque se llena de peñas durante las veraniegas fiestas de la Virgen Peregrina. Los encierros de Ciudad Rodrigo, las corridas goyescas en Ronda y así hasta el infinito.

Todo esto llevó a que los representantes del pueblo soberano aprobaran una ley en el año 2013 que ha declarado que la Tauromaquia forma parte del patrimonio histórico y cultural de todos los españoles. Que está en nuestro acervo cultural común. Sólo hay que ver la cantidad de frases y expresiones taurinas que usamos en los más variados contextos. 

Y como patrimonio cultural la ley declara que la Tauromaquia debe ser conservada y protegida en todo el territorio nacional imponiendo esos deberes de protección y de promoción a todos los poderes públicos.

La existencia de esta ley en nuestro ordenamiento jurídico debería ser suficiente para que cesaran los panfletos en los que se pretende incluir a las corridas de toros en el tipo penal del nuevo artículo 337 del Código Penal. Un viejo principio general del derecho nos dice que todo aquello que no está prohibido está permitido. Pero es que la tauromaquia además de estar permitida está declarada por ley un patrimonio cultural a conservar.

También conviene recordar a todas esas asociaciones que pretenden que los animales sean titulares de derechos y libertades, la clásica definición general del delito como aquella conducta típica, antijurídica, culpable y punible. Y en el caso de las corridas de toros, como en el de los sacrificios en mataderos para abasto, ni hay antijuricidad por ser actividades legales, ni hay culpabilidad por no existir “dolo” o intención de causar un maltrato injustificado. 

Dijo José Bergamín que los que compadecen al toro, lo agravian mucho más y peor que los que lo hieren y lo matan. El único insulto para el toro es la compasión. Pero claro, José Bergamín perteneció a aquella intelectualidad española que se sintió tan cerca de lo taurino. La de Federico García Lorca con su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, la  del torero Carachode Ramón Gómez de la Serna o la de Juan Belmonte matador de torosde Manuel Chaves Nogales.

Pero volvamos a las plazas. Esos edificios singulares llenos de valor arquitectónico que como el anuncio de Osborne adornan nuestra piel de toro.

En Zafra, a la que llaman Sevilla la chica, hay una plaza con una bonita historia. La cuenta Pascual Madoz en su Diccionario geográfico y estadístico. En el año 1834 una epidemia de cólera morbo asolaba muchas poblaciones del sur y entre ellas Zafra. El Ayuntamiento, sin recursos, recurrió a la iniciativa privada para construir una plaza de toros y dar trabajo a la población. Cerca de 100 familias acomodadas suscribieron acciones a cambio de la propiedad de los palcos, cuyos títulos emitió el Ayuntamiento como dueño del terreno. Posteriormente  en otra ampliación y a cambio de nuevos desembolsos de los particulares se les dio la propiedad en mancomunidad. 

Algo parecido ocurrió en las cercanas localidades de Higuera la Real o de Fregenal de la Sierra, cuya plaza es la más peculiar por estar en la plaza de armas de su magnífico castillo templario.

No sería mala idea que muchos ayuntamientos con plazas abandonadas o con poco uso, dejasen de ver los toros desde la barrera y cogieran el toro por los cuernos. Podrían sanear sus arcas municipales vendiendo los palcos o el coso entero a aquellos que quisieran implicarse en la explotación de esos recintos, que también forman parte de nuestro patrimonio cultural. 

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