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SEVILLA. Sexta del ciclo feriado
Un riojano entra en Sevilla
Diego Urdiales entró en la afición de Sevilla. (Maestranza-Pagés)
El tratado de clasicismo de Diego Urdiales fue la luz más nítida de un festejo interminable, en el que se difuminaron otros momentos felices a cargo de Morante y Manzanares, que se llevó el mejor toro del decepcionante envío de Juan Pedro Domecq. Como escribe Álvaro R. del Moral, "Urdiales se había metido en el corazón de la plaza de la Maestranza pero la firma –un feo espadazo en el sótano- no estuvo a la altura del su obra. Eso sí: la vuelta al ruedo fue oportuna y las de verdad".
Actualizado 7 mayo 2019  
  
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SEVILLA. Sexta del ciclo feriado. Lleno de ´No hay billetes´ en tarde espléndida y de agradable temperatura.

Siete toros de Juan Pedro Domecq, incluyendo el sobrero que hizo cuarto, correctamente presentados. Dentro de la decepción global, hay que anotar la nobleza y la clase del flojo segundo. El mejor, en cualquier caso, fue el sexto que humilló y tuvo virtudes en la muleta aunque cierta falta de duración. El primero no pasó de flojo y soso; desinflado y bravucón el tercero; manso y remiso el cuarto y complicado y a la defensiva el quinto.

Morante de la Puebla (de azul pavo y oro), silencio y ovación tras aviso. Diego Urdiales (de plomo y oro) vuelta y silencio tras aviso. José María Manzanares (de noche y oro), silencio y ovación.

Incidencias: Saludaron Pirri, Suso y Daniel Duarte. A caballo destacó Pedro Morales ´Chocolate´.

 

La entrada de Urdiales en la cartelería sevillana se había recibido con satisfacción por el aficionado. El diestro de Arnedo había toreado poco, poquísimo, en la plaza de la Maestranza pero su última revelación en la madrileña Feria de Otoño hacía impepinable su encaje en el abono y en un cartel de campanillas. Y el riojano no falló esta vez. Tuvo delante un toro de fondo noble y motor gripado que le permitió trazar un retablo de torería clásica desde que recibió al ‘juampedro’ con verónicas intemporales hasta que lo despidió con un natural a pies juntos. Urdiales se mostró generoso con el capote: con esos lances ganando terreno y con tres nuevas lapas entre puyazo y puyazo. Los más entendidos ya comentaban en los tendidos las cositas buenas que se atisbaban al toro de Juan Pedro; pero también que andaba corto de gasolina...

 

Urdiales, que se sabía esperado, terminó de conectar con la plaza con un muletazo de seda que reveló su calidad y también confirmó lo que ya se atisbaba: el animal no podía con el rabo. Con la muleta en la derecha comenzó a torear templado, con compostura natural y empaque innato. Los muletazos fluían con cadencia y armonía en dos tandas que fueron a más. Pero es que el trasteo iba a subir de tono aún más cuando Diego tomó la muleta con la mano izquierda. El toreo al natural hizo honor a su nombre mientras la plaza agradecía ese torrente de torería eterna que se arrebujó a un oportuno molinete antes de apurar la embestida a media muleta, citando muy vertical y muy cruzado entre los pitones. Una trinchera, los postreros naturales a pies juntos... Urdiales se había metido en el corazón de la plaza de la Maestranza pero la firma –un feo espadazo en el sótano- no estuvo a la altura del su obra. Eso sí: la vuelta al ruedo fue oportuna y las de verdad. Por cierto, la música ni arrancó. Tampoco hizo falta.

 

Desgraciadamente no iba a barajar las mismas opciones con el deslucido quinto, un bicho sin calidad ni fondo, que pasaba en la muleta del riojano pegando cabezazos y a la defensiva hasta el punto de tirarle un hachazo impresionante al primer descuido. Urdiales lo intentó sinceramente y se puso de verdad con la mano izquierda antes de que el funo dijera nones definitivamente poniéndole los pitones a la altura del cuello. El acero tampoco acompañó. Ha dejado ganas de verle de nuevo.

 

Cumplía Morante su segundo compromiso en este ciclo primaveral. Salió vestido con un precioso terno azul pavo que parecía preparado para un gran acontecimiento. Pero no hubo tal. El diestro de La Puebla sobó y sobó al abanto primero en una lidia premiosa hasta que pudo endilgarle dos o tres lances más allá de la raya con esa manita alta que prodiga ahora. La lidia siguió esa senda de lentitud que también contagió a las cuadrillas. Y la faena tampoco empezó mal: con muletazos por alto cosidos a un airoso molinete antes de trazar tres pases diestros que se saborearon como un bálsamo. Desgraciadamente, al toro le faltaban fuerzas y entrega, emplearse de verdad en la muleta del matador cigarrero que, después de echarse la muleta a la mano izquierda, comprobó que el oponente había dicho basta. Había que cortar...

 

Destellos de Morante en Sevilla (Maestranza-Pagés)

Morante, que impuso una larga e improductiva pausa para regar el ruedo, tuvo que esperar que saliera el sobrero después de la devolución del titular. Costó fijarlo y hubo que buscarlo al terreno que marcó –entre el 9 y el 11- para dibujar dos o tres primores con el capote que selló con un infrecuente recorte. Pero el toro estaba cantando su mansedumbre y el artista marismeño tuvo que volver a aceptar el juego en sus propios terrenos. Fue una faena densa, entregada, esforzada, de mejores planteamientos que resultados. Hubo porfía, actitud... pero el toro de Juan Pedro le costaba un mundo humillar. La gente agradeció los naturales esforzados hasta que metió al bicho en la canasta en la mismísima puerta de chiqueros. Unos ayudados por alto supieron a glorias antiguas pero el acero encalló.

 

Manzanares, por su parte, despedía una feria en la que ha sembrado demasiadas dudas. Tuvo delante un tercero bravucón y violento en el caballo que siempre se quiso quitar el palo. Dio un buen susto a Suso, que se desquitó con un par de categoría. Su jefe de filas logró acoplarse intermitentemente con el astado en series cortas que tuvieron más brilló por la lado izquierdo. Pero el toro duraba lo que duraba y no se tragaba los de pecho. Sorprendentemente, necesitó de cuatro viajes para dejar una fea estocada contraria. Tampoco le iba a funcionar su infalible espada para culminar su entonada faena al buen sexto, picado de cine por Chocolate y banderilleado con acierto por Duarte. El Manzana cuajó momentos brillantes y tuvo a favor la música que se le había negado a sus compañeros. Se afinó por naturales, cuajó buenos muletazos aislados... pero sigue dejando la sensación de esa falta de alma para que sus faenas trascienda de la geometría fría de los pases. El toro tuvo calidad para permitírselo aunque duró menos de lo esperado. El arma, ya lo hemos dicho, se encasquilló. Le habrían dado una oreja que no habría añadido nada a los anales de sus glorias en esta misma plaza.

 

Coda final: 

Una corrida de toros no puede durar casi tres horas. Los tiempos muertos se acumulan entre la pasividad del palco, la pachorra de los toreros y la deriva de un espectáculo que deja de ser tal cuando impera el aburrimiento. Es un camino que parece no encontrar la vuelta.

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