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Sevilla: décima del ciclo feriado
Pablo Aguado cuaja la faena de la Feria (y de muchas Ferias)
A la magistral fotografia de Arjona se le unen los compases de la Banda de Tejera y recreamos la gran tarde Pablo Aguado
Veinte muletazos, dos toros y cuatro orejas convierten a Pablo Aguado en figura del toreo en una tarde para la historia en la que descerrajó rotundamente la Puerta del Príncipe. Como escribe en su crónica Álvaro R. del Moral, "Aguado se consagró en figura del toreo después de cortar cuatro orejas, de echar abajo la Puerta del Príncipe y hasta de pasar por encima de las estrellas del cartel". Entregada actuación de Morante y Roca Rey, que cortaron un trofeo cada uno.
Actualizado 10 mayo 2019  
  


SEVILLA.- Décima del ciclo feriado. Se colgó el cartel de ‘no hay billetes’. Calor sofocante.

Se lidiaron seis toros de Jandilla, bien presentados y de interesante juego global. El mejor por pronto, noble, alegre y bravo fue el tercero. Tuvo buena condición pero poca fortaleza –y acabó un punto rajado- el segundo. Cuarto y quinto fueron de más a menos y el sexto resultó también potable.

Morante de la Puebla (de mostaza de Dijon y azabache), silencio tras aviso y oreja. Andrés Roca Rey (de lavanda y oro), oreja y ovación. Pablo Aguado (de nazareno y oro), dos orejas y dos orejas, Abrió la Puerta del Príncipe.

Incidencias: Dentro de las cuadrillas brillaron los nombres de Iván García, Juan José Domínguez, Azuquita y Viruta. Buen puyazo de Espartaco.

 

Lo recordaremos siempre. Este Viernes de Farolillos pertenece ya a los anales de la propia plaza. Más allá de los resultados, de la puerta que se abrió y de los pronósticos que se pulverizaron, asistimos a la restauración del toreo como un tratado de armonía; a la verdadera reivindicación de su palo más clásico; de su expresión más natural... De olvidar su geometría para evocar su eco, el halo, el poso... Aguado se consagró en figura del toreo después de cortar cuatro orejas, de echar abajo la Puerta del Príncipe y hasta de pasar por encima de las estrellas del cartel. Pero eso no es lo que importa...

 

Pablo ya había enseñado sus primeras credenciales parando al gran tercero con elegancia y clasicismo. El toro, que empujó fuerte en la primera vara, también salió sueltecito y tomó la segunda con la cara alta pero en banderillas anunció su excelente tranco. ¿Podía ser el día y la hora? Era el momento de la vida de este torero en el que todos habíamos puesto nuestras complacencias, que tanto y tanto necesitaba Sevilla. ¿Qué es lo que hizo Pablo Aguado? Se puso a torear, sin más. Con una increíble cadencia; con temple líquido y belleza en las formas; mimando esa gran embestida que se iba a aliar con su grandioso concepto para alumbrar una faena irrepetible, soñada, inolvidable... No sé si perfecta. 

 

Era el toreo convertido en maravilla pase a pase, revelado en cada muletazo, sublimado en un cambio de mano que preludió ese toreo al natural que en manos de Aguado hace honor a su nombre. El pasodoble ‘Dávila Miura’ también se convirtió en la mejor envoltura sonora de esa obra que crecía y crecía sin una sola mácula. ¡Ojo¡ Pablo también enseñó otro secreto olvidado: el sentido de la medida. Aquel cuadro estaba pintado y sólo necesitaba la firma: una gran estocada que nevó la plaza de pañuelos. En el tendido se vivía un delirio. Ya era la faena de la feria, de muchas ferias...

 

Un natural de la mejor factura. (Maestranza-Pagés)

Cuando los clarines anunciaron la salida del sexto, la plaza anunciaba esa hora mágica que precede al crepúsculo. El toro de Jandilla se abrió en los primeros lances preludiando lo que iba a pasar. Que Pablo le cuajó dos verónicas y dos medias eternas que le echan a pelear con los mejores capoteros de la historia. Pero es que después del puyazo iba a volver a reventar la plaza con media docena de lapas que aún duran. El piquero se agarró arriba y Morante, sorprendiendo a propios y extraños, se embozó de capote para cuajar el legendario galleo del ‘Bú’ desde las faldas del peto. Fue otra restauración: la del sentido natural y más oportuno de los quites mirándose en el espejo retrovisor de la mejor historia del toreo.

 

Un lance excelso de Pablo Aguado (Maestranza-Pagés)

A esas horas ya sabíamos que estábamos viviendo una tarde para la historia. Pablo se picó y respondió por el palo de Chicuelo dejando otra media de primor. Iván García lo bordó con los palos; Azuquita tampoco anduvo a la zaga mientras las palmas echaban humo. La primera ronda, dicha a derechas, le tomó el aire al toro esquivando las esquinas del aire. En la siguiente se hizo dueño de la escena con un pase del desdén mirando al tendido. Arrancó ‘Suspiros de España’ y un escalofrío recorrió la plaza, dejándose envolver con el aire de guajira de esas notas eternas. Pablo se mostró tremendo al natural, apurando la embestida agotada del buen toro de Jandilla. Con la espada de verdad en la mano –recogida con sentido y oportunidad- homenajeó a Manolo Vázquez con un puñado de naturales a pies juntos. Entró la espada, cayeron otras dos orejas; también unas cuantas lágrimas. Nos había hecho tan felices...

 

Morante dejó mucho más que detalles (Maestranza-Pagés)

Pero ése no fue el único argumento de una tarde para el recuerdo en la que Morante y Roca Rey tampoco dejaron de apretar. El de La Puebla, intentándolo de verdad con el bravucón y remiso primero, al que pudo esbozar algún lance compuesto antes de conseguir cogerle las vueltas en un puñado de muletazos sin que el animal se prestara a mayores. Lo mató de un feo sartenazo y seis descabellos. 

 

Pero Morante no estaba dispuesto a pasar de vacío por la feria y apostó a todo o nada con el cuarto, que le volvió a permitir convertir la verónica en monumento en otro quite para los anales. Brindó al cónclave para despedirse hasta septiembre e, inesperadamente, echó las rodillas a tierra para iniciar una labor en la que hubo mejor actitud que resultados. Brilló por redondos, estuvo siempre encima y, sobre todo, se envolvió siempre de una atmósfera de torería para entrar y salir del toro, rematar las series y ser y estar en torero. El bicho acabó diciendo basta y hasta le alcanzó los machos de la pernera sin más consecuencias. Una estocada rinconera no impidió que le pidieran la oreja. La paseó feliz de la vida.

 

Roca Rey confirmo su toreo. (Maestranza-Pagés)

Y entre medias había salido –echando humo por las orejas- el paladín peruano Andrés Roca Rey. Era su tercera tarde y -a pesar de la cumbre protagonizada el día de los ‘cuvillos’- no le ha servido para coronarse como triunfador de la Feria. No contaba con el efecto Aguado... El limeño puso la plaza a hervir a mil grados pegándole seis lances de rodillas –entre largas y faroles- al segundo de la tarde, que le obligó a echar cuerpo a tierra en la portagayola. Aguado, por cierto, dejó por allí tres o cuatro chicuelinas de las de verdad, que hicieron que el peruano respondiera por el mismo palo. Domínguez se lució en la brega y Roca brindó a Rafa Serna antes de pasarse al toro por donde le dio la gana en un fulgurante inicio de faena de rodillas y en los medios. El toro tenía calidad pero le fallaban las fuerzas de las manos. A pesar de todo, Andrés le cuajó una faena intensa, dicha muy para dentro, siempre en redondo... Lástima que al toro le costará tanto ir hacia delante y, de puro afligido, acabó rajado. Ahí, junto a la raya, lo terminó de exprimir Roca antes de dejar una estocada caída y desprendida que no le impidió cortar una valiosa oreja.

 

Con el quinto, brindado al cielo, se le vio algo más atenazado; posiblemente arreado u obligado a triunfar como fuera después de asistir al milagro que les hemos contado. Este quinto fue un toro de mejores principios que finales, que se vino alegre y pronto en los primeros muletazos. Roca apuró las distancias y le comió el terreno en una labor entregada que no encontró el eco deseado en los tendidos. Un pinchazo dio paso a la estocada definitiva. 

 

A esas horas, la tarde y toda la feria ya tenían dueño absoluto: se llama Pablo Aguado. 
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