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Retazos de historia
Cuando a Manolete se le iba la vida en cada suspiro, en el recuerdo de Álvaro Domecq
Se conocieron el año 1939 en la finca familiar de "Jandilla", donde Manolete había ido para "hacer campo" en una preparación de la temporada. Y desde entonces hasta la tarde de Linares les unió una amistad sincera. No hay que descubrir que hablar de toros y toreros con don Álvaro Domecq fue siempre una experiencia apasionante. Por sus conocimientos, pero también por su ecuanimidad, extrañamente compatible con su apasionamiento por la Fiesta, que era su vida. En aquella tarde de agosto nos sentamos en Jerez para recordar a Manolete, cuando se acercaba un aniversario más de la tragedia de Linares. "Si hoy viviera --decía-- su nombre seguiría interesando a los aficionados. Es más, con el paso del tiempo, su figura se habría agigantado".
Actualizado 2 abril 2011  
Redacción   
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Caía lentamente aquella tarde de agosto sobre “El Paquete”, en cuyo corralón de entrada sorprende al visitante el recuerdo permanente a una yegua histórica: “Espléndida, en la plaza, en el campo, en el recuerdo”. Y allí estaba don Álvaro Domecq, dispuesto a recordar en un aniversario final aquellas horas en las que a Manolete se le iba la vida en cada suspiro.
 
Si yo pudiera expresar con palabras aquellas miradas suyas… No podré olvidar jamás aquella sonrisa de Manolo. Y como me cogió la mano.. No sé, no lo puedo explicar, ¿Era tranquilidad?, ¿agradecimiento?..No lo sé decir”. Palabras casi susurradas que eran el pórtico a una conversación de las que se guardan vivas, como si fueran de ahora mismo.
 
Manolete en aquel trance habló muy poco, casi nada. Hay que comprender el estado en el que se encontraba. Cuando vi como evolucionaba la cogida, se lo expliqué yo mismo, con claridad: Manolo, tienes una cornada grande, voy a llamar al cura para que te confieses, verás que tranquilidad sientes luego. Estábamos él en una camilla y yo en la otra, en medio se sentó el cura. No te preocupes, no hables –le vine a decir--, como tus pecados los conozco, yo se los digo al cura. Tú reza conmigo. Y empezamos: Señor mío Jesucristo… Lo iba deletreando conmigo, despacio. Mientras el cura le iba dando la absolución. Cuando acabamos, aquella sonrisa de Manolo. La más profunda, la más grande, la más cariñosa, la más agradecida que he visto nunca. Jamás podré olvidar la expresión de sus ojos”.
 
¿Se asustó Manolete en aquellos momentos”. Don Álvaro fue rotundo: “Qué se va a asustar, lo agradeció. En este trance, el enfermo es el primero que se da cuenta que está grave”. Las circunstancias hicieron que en aquellos momentos tan dramáticos al caballero jerezano la tocara coger la batuta de la situación. “Me lo pidió Camará. No sé, será porque entonces era muy joven, o sencillamente porque cuando un amigo te lo pide con aquella fuerza, no puede echarte atrás. Lo cierto es que lo hice. Y que me respetaron. También es verdad que la gente que estaba allí tuvo muchos detalles. Sólo hubo un pequeño incidente, con un banderillero, que cuando salí a buscar al cura comentó que Manolo se iba a asustar, que para qué hacerle pasar un mal rato. Le corté en seco: su obligación es coger el capote en la plaza; aquí no tiene vela en este entierro. En toda la noche no hubo más problemas”.
 
Y surge, claro está, la presencia en Linares de Lupe Sino. “Sí, estaba allí. Había venido desde Lanjarón, cuando alguien la llamó. Pero en la habitación de Manolete no entró. Era una cuestión de principios. Considere que en aquel momento primero era Dios y luego todo lo demás. Además, se lo dije a ella: Si Manolo te llama, estate tranquila que yo te aviso. Y hubiera cumplido mi palabra. Pero no la llamó. El sabía que estaba fuera, porque se lo dije yo mismo. Las única palabras que pronunció fueron para preguntar por su madre”.
 
¿Pero cómo era Manolete? “Era un tío de los pies a la cabeza, aquí sentado, en la cara del toro, en cualquier sitio. ¿Qué no era? Chabacano, populachero. Precisamente por esa grandeza humana suya me honré en ser su amigo. Por otro lado, dentro y fuera del ruedo, se notaba que era un matador de toros”.
 
Y a su lado siempre estuvo don José “Camará”. “Fue el hombre que necesitaba a su lado. Ayudó mucho a alimentar la base de Manolete. Siempre le exigía que se superara. Recuerdo como le hablaba de los grandes toreros cordobeses…”. Al hilo de estas palabras surgió un nuevo recuerdo: “Un día estábamos los tres sentados en estos butacones, al pie de la chimenea, charlando de anécdotas. Camará comentaba que era necesario no dejarse dominar por los que contrataban, ya que ellos unidos trataban de poner condiciones. Manolo, con su timidez pero enérgicamente le contestó: Creo que las condiciones las debe poner usted. Pero Pepe le contestó: eso depende de ti; para eso hay que cortar las orejas todas las tardes. Con una sonrisa casi burlona, Manolo le contestó: ¿Y yo que hago cortes de manga todas las tardes…?”.
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