Jueves, 22 de agosto de 2019
MADRID: Ultima de la feria de Otoño
Vamos a dejar la copla: esto no es el "toro de Madrid"
Regresó a Las Ventas la ganadería de Adolfo Martín. Y pudo ahorrarse el viaje. Salvo el cuarto, que aunque blandeó en el caballo tenía un viaje más largo y humillado, el resto de la corrida resultó paladinamente mala, además de muy desigual en su tipo. Unos porque teniendo bondad, carecían de raza; otros porque no conocían la clase; otros, en fin, porque estaban fijos en el torero. Por mucho que alguno se empeñe, esto no es "toro de Madrid". El mejor librado resultó "Rafaelillo", que aunque sea a base de regates sabe resolver bien estas papeletas; sin opciones estuvo Barrera y fuera de la tarde Serafín Martín.
T. Villegas
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MADRID. Ultima de la Feria de Otoño Casi lleno. Toros de Adolfo Martín, mayoría cinqueños, de presentación en el tipo de la casa y de mal juego. Rafael Rubio “Rafaelillo” (de azul pavo y oro), ovación y ovación con algunas protestas  tras aviso. Antonio Barrera (de barquillo y oro con cabos negros), silencio y silencio. Serafín Marín (de rosa y oro), silencio y silencio.
Al ir a auxiliar a “Rafaelillo”, en apuros con los lances de salida de su primero, el banderillero José Mora resultó cogido y volteada repetidamente, en uno de cuyos viajes resultó corneado.
PARTE MÉDICO: El banderillero José Mora ha sido atendido en la enfermería de una herida por asta de toro en el tercio medio de la cara interna del muslo derecho con una trayectoria de 15 cm hacia adentro que causa destrozos en músculos abductores. Contusiones y erosiones múltiples. Pronóstico menos grave. Intervenido con anestesia general. Trasladado a la Clínica la Fraternidad. Firmado Dr. García Padrós.

Las corridas de Adolfo Martín, por cefas o por nefas, no hay año que no tengan su punto de polémica, entre partidarios y contradictores. La edición de 2011 no ha sido la excepción. Lamentablemente en esta ocasión hay que estar más con los contradictorios que con los fans. Por lo pronto, no se puede venir a Madrid con tres guarismos diferentes [el 5, el 6 y el 7] y una corrida en la que se mezclaban “ybarras” con “saltillos” y con toros indefinidos en su tipo. Para lo único que le habrá venido bien al ganadereo es para rejuvenecer la camada y no comerse el marrón de mandar al matadero dentro de cuatro semanas a dos toros con seis años (2º y 6º). Pero fuera de eso, poco más.

La corrida se dejó pegar --a la mayoría con dureza-- en el caballo; pero literalmente se dejaban pegar, no otra cosa. Para la lidia todos tuvieron problemas: el primero, por sus intenciones; el segundo, porque su nobleza quedaba anulada por su falta de raza; el tercero, sencillamente, por manso; el cuarto se salvó un poco, porque humillaba más y tenía un cierto viaje, y el quinto porque carecía de clase y de fuelle; al que cerraba plaza prácticamente no le dejaron ver, ni ante el caballo ni en la lidia. Ninguno, eso sí, fue una alimaña; pero ninguno tampoco permitió estirarse por sus embestidas largas y profundas. Dicho todo lo cual hay que añadir que no fue una corrida ni fácil ni cómoda, pero con poca capacidad  de acudir a aluna de  las formulas posibles para convertir el riesgo en lucimiento. Para mantener la cosa, ahora se puede enjaretar la copla esa de que éste es el toro que gusta en Madrid y demás zarandajas de uso frecuente, cuando lo sencillo y real es decir que la corrida ha sido sencillamente mala, de las que no dejan huella.

“Rafaelillo” estuvo tan valiente como siempre, pero también tan acelerado como es habitual.  Y así como con el primero toda precaución era poca y todo riesgo mucho, porque se enteraba de quien estaba detrás de la muleta, con el cuarto, en cambio, pudo ponerle más sosiego, porque el de Martín metía la cara abajo y cuando se le llevaba toreado tenía un viaje más largo. Lo que no permiten estos toros, ni el bueno ni el malo, es quedarse al descubierto, algo que explica los sucesivos achuchones que sufrió el torero de Murcia. Así como con el que abrió plaza se mostró habilidoso con la espada, al cuarto lo despachó de un lamentable metisaca chalequero. Pese a todo, en ambos se le reconoció su valor y su decisión, que nadie le niega.

Volvía a Madrid Antonio Barrera, pero volvió con la suerte de espaldas. El noblón y sosísimo  toro que le tocó en sus primer turno carecía de esa empuje y ese fuelle necesario como para calentar al tendido. El quinto, carecía de clase y raza, por lo que fuera de volver a estar firme y decidido el sevillano no pudo pasar más allá.

La tarde se fue en blanco para Serafín Marín: sencillamente, no lo vio claro en ningún momento. No quiere ello decir que sus dos enemigos llevaran precisamente un cortijo en cada pitón, pero el torero de Barcelona nos tiene acostumbrados a ser un hombre animoso y esforzado, que no llega a las plazas con las tres cartas ya echadas de antemano. No era su día, nada más. Y, además, ni siquiera tiró del recurso, tan socorrido, de taparse.