Domingo, 27 de septiembre de 2020
Notas históricas en torno a una conmemoración
La Tauromaquia en las Cortes de Cádiz
La Tauromaquia y cuanto representa estuvo muy presente en las Cortes de Cádiz de 1812 y forma parte de sus debates, aquellos que hicieron posible la Constitución cuyo segundo centenario se celebra en estos días. Ya venía siendo de antes una cuestión con controversia política, con la Guerra de la Independencia de por medio. En Cadiz, y gracias a la intervención de un diputado catalán, se cerró este capítulo. El contexto histórico, pero también el taurino, que rodeó el debate constituye un capítulo de especial interés en los Anales taurinos.
Redacción. Servicio de Documentación.
 Antonio Capmany y Monpalau: Apología de las fiestas públicas de toros (Tamaño: 428,1 kb.)
 ENSAYO: Toros en Salamanca y Ciudad Rodrigo durante la Guerra de la Independencia (Tamaño: 1,3 Mb.)
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El toreo tuvo un papel destacado en el Cádiz de hace 200 años. Las Cortes de Cádiz revocaron una orden de 1805 por la que Godoy había prohibido la celebración de estos festejos. Un diputado catalán, Antonio Capmany, fue el que defendió las corridas de toros, que calificó como nacionales. Además, en pleno asedio francés, se construyeron plazas de toros en Cádiz y se celebraron corridas; los toros llegaban entonces por barco burlando las defensas enemigas. En El Puerto de Santa María se celebró una emblemática corrida en honor al duque de Wellington, que desempeñó un importante papel militar al mando de las fuerzas aliadas contra Napoleón. También tuvo protagonismo el toreo en el bando francés potenciado por el rey José Napoleón con el objetivo de granjearse la simpatía de los españoles. Un capítulo de la Historia en el que los toros tuvieron protagonismo y que enlaza además con la actualidad y el debate social que existe hoy sobre la fiesta.

En efecto, la cuestión taurina llegaría a debatirse en las Cortes de Cádiz. El 12 de septiembre de 1813 tuvo lugar un curioso debate donde fue puesta en cuestión la licitud de las corridas de toros. Todo ello vino motivado por la petición de un empresario gaditano, Iglesias Darrac, al solicitar el permiso oportuno a las Cortes para dar una serie de corridas de toros en Cádiz.

En aquel debate –como ha estudiado la profesora Badorrey en una monografía— el bando de quienes defendían la continuidad de la Fiesta lo encabezaba el liberal Antonio Capmany, diputado por Cataluña, Secretario de la Real Academia de la Historia, y uno de los diputados más destacados de aquellas Cortes; la oposición  la protagonizaba el diputado por Murcia, Simón López de Or, de pensamiento abiertamente absolutista. En uno de sus discursos, Antonio Capmany hizo una sólida apología de las corridas de toros, calificándolas como nacionales.

Sometidas ambas propuestas a votación, se aprobó que se dieran espectáculos taurinos. En consecuencia, unos días después y atendiendo a esta resolución de las Cortes, la prensa gaditana se hacía eco de los diez festejos que seguidamente se celebrarían  en los meses de diciembre y enero, pese a ser fechas tan poco propicias,  lo que pone de relieve las ganas del vecindario gaditano por presencia de nuevo corridas de toros.

Dentro de una biografía extensa y densa, en la que abarca facetas tan diferenciadas como las de militar, filósofo, historiador, economista y político, el catalán Antonio de Capmany y Monpalau había sido  elegido  diputado por su circunscripción del Principado de Cataluña. Liberal moderado, perteneció a la comisión que debía elaborar el Proyecto de Constitución y, junto con Agustín Argüelles y Jaime Creus, formó parte de una junta especial de inspección para dar el visto bueno a dicho Proyecto, donde se acordó, entre otras disposiciones, el hacer un Diario de Sesiones. También perteneció a la Comisión de once diputados, encargada de elaborar el proyecto de libertad de imprenta, que defendió con gran entusiasmo y a la Comisión de doce diputados encargada de elaborar el reglamento interior de las Cortes. A él se debió también la iniciativa de que en la plaza principal de todos los pueblos de España se colocara una lápida conmemorando la promulgación de la Constitución. Volvió a ser diputado, suplente, por Cataluña en las Cortes Ordinarias de 1813, pero víctima de una epidemia moría en Cádiz ese mismo año. Una de sus  obras póstumas sería la Apología de las fiestas públicas de toros, publicada en Madrid dos años después de su muerte.

A partir de los debates de Cádiz y hasta la ley catalana de hace un año, ya no habría más problemas para los festejos taurinos en España, aunque si hubiera intento de resucitar el debate abolicionista. El último de estos intentos data de 1877 cuando el Marqués de San Carlos y Montevirgen, José María de Quiñones de León y Vigil, lo intentó por última vez en 1877, ante un parlamento atemorizado y sabedor que de votar por la prohibición equivaldría a no revalidar nunca su acta de diputados, se negó a aprobarla. No era raro: en aquellos días, Lagartijo y Frascuelo eran más populares en España que cualquier otro personaje. 

El contexto histórico

Como se sabe, las fiestas de toros más importantes durante la época de José Bonaparte y de Fernando VII se celebraron principalmente en Madrid. Como recuerdo el profesor  Fernández de Gatta en un reciente trabajo, “la mayoría de las corridas de toros se organizaron como parte de conmemoraciones solemnes, p. ej., en honor de las proclamaciones de José Bonaparte y de Fernando VII, para congraciarse con el pueblo (el primero), por la victoria de los correspondientes ejércitos o por la entrada de las tropas en las ciudades, y en honor de sus generales. Habitualmente es la Corporación municipal la que asume la organización de los festejos taurinos, y en muchas ocasiones también los gastos, de acuerdo con las costumbres y usos existentes; celebrándose ya en 1808 diez corridas de toros, aunque en 1809 no habrá fiestas taurinas en la Corte

No obstante, las corridas de toros se reanudan en Madrid en 1810, al regresar José I de Sevilla, por lo que la Administración municipal inicia de nuevo los preparativos con un acuerdo del Ayuntamiento, en Abril, sobre “lo que hay que hacer previamente para dar la primera corrida cuando el Rey lo ordene”, incluyendo un interesante “plan general y total de detalles precisos para preparar una corrida en cualquier ocasión que pueda ofrecerse” o “instrucciones generales para casos del porvenir” (relativas a la preparación de la corrida, el cartel anunciador, los vendedores en la plaza y la recaudación de localidades, la inspección de la plaza, el administrador, los cobradores y la tropa, la cirugía y la santa unción, enfermería y la entrega de los talegos).

Fernández de Gatta llama la atención, además, como en Junio de este año de 1810 el Ministro del Interior solicita al Corregidor de Madrid “el plan ó reglamento que ha regido hasta aquí en las fiestas de toros”; elaborándose en respuesta al anterior un documento sobre “la práctica constantemente observada hasta aquí, en la celebración de las funciones de toros en Madrid”, que constituye un interesante antecedente de la futura reglamentación taurina, al incluir prescripciones sobre la organización del festejo, reconocimiento arquitectónico de la plaza, solicitud de tropa suficiente, prevenciones al Alguacil Mayor para despejar la plaza, cartel de la corrida, obligación de dar parte al Ministerio o al Gobernador de lo acontecido en el festejo, se asigna la presidencia y el mando de la plaza al Corregidor, y ciertas “advertencias precisas respecto de los toreros” (relativas a los picadores, escrituración de los mismos, antigüedad, salarios, sobresalientes, espadas, cuadrillas de banderilleros, ganaderías, localidades y precios, billetes y aviso al público sobre su venta).

En este año de 1810 se celebrarán sobre 12 festejos taurinos, algunos de ellos con toros de la entonces prestigiosa ganadería de D. Vicente Bello, de Palacios Rubios, cerca de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca) ; continuando las fiestas de toros en 1811, con 27 festejos, 3 en 1812, 11 en 1813 y 7 en 1814. Es decir, en Madrid, durante los años de la Guerra se celebraron alrededor de 70 corridas de toros y novillos.

Pero no será Madrid la única ciudad en la que se celebraron corridas de toros durante los años de la guerra, pues las hubo por toda España, especialmente en Andalucía, por el viaje de José Bonaparte, en El Puerto de Santa María, Ronda, Medina Sidonia, Sevilla, Málaga o Cádiz; así como, p. ej., en Burgos y Santander en 1808, en Arévalo (Ávila) en 1811 o en Zaragoza en 1812.

El contexto taurino

Como registran los Anales de la tauromaquia, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, el chiclanero Jerónimo José Cándido pudo rivalizar con los clásicos "Costillares", Romero y "Pepe-Hillo", y con los nuevos toreros pertenecientes a la generación posterior. La mala administración de sus ganancias le obligó al torero de Chiclana a permanecer en activo hasta que cumplió los setenta y cinco años de edad, alternando así con algunos matadores que habían sido alumnos suyos en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Esta circunstancia, unida a sus diversos vínculos familiares --era hijo de José Cándido, y cuñado de Pedro Romero--, le convirtieron en un sólido eslabón entre los primeros formuladores del toreo y sus discípulos más representativos.

A tenor de las dos grandes amenazas que sufrió el arte del toreo en el primer tercio del siglo XIX, desde una perspectiva histórica resultan interesante recordar como estas cadenas de transmisión en que se constituyeron algunos diestros veteranos como Cándido y Romero, sin cuya labor tal vez se habrían malogrado las innovaciones implantadas hasta entonces.

La primera de las referidas amenazas se llamó Carlos IV, cuya cortedad de miras e ignorancia del carácter de su pueblo le animó a prohibir las corridas de toros en 1805. Aunque venía refrendada por los escritos de algunos insignes detractores --como el coronel José Cadalso Vázquez y el ilustrado polígrafo Gaspar Melchor de Jovellanos--, la "brillantez" y "validez" de esta real disposición quedó patente cuando, sólo tres años después, en medio de la rechifla generalizada entre sus súbditos, Fernando VII se vio obligado a derogarla. Engañado como en tantas otras cosas, el pueblo acogió con sorpresa y regocijo el hecho de que, por fin, un Borbón fuese aficionado a los toros y se mostrase respetuoso con los espectáculos taurinos.

Sin embargo, la segunda amenaza, mucho más peligrosa, vino protagonizada por la necedad del propio Fernando VII, de quien don Pascual Millán, en su tratado sobre “La Escuela de Tauromaquia de Sevilla”, editado en  Madrid, 1888, asegura que "era perverso por inclinación; hacía el mal por instinto; no tuvo nunca una idea elevada ni un pensamiento grande". Durante su aciago reinado se produjo en el mundo de los toros un fenómeno curioso, que en la agitada historia de España, sólo volverá a repetirse en el siglo XX, después de la Guerra Civil): el toreo políticamente comprometido. Juan León, "Leoncillo", abanderado de la causa liberal, se enfrentó en los ruedos al caudillo de la afición absolutista, Antonio Ruiz, "Sombrerero".

El trasfondo político de su rivalidad llegó a tener más peso que el enfrentamiento de dos estilos taurinos que, por lo demás, tampoco eran demasiado opuestos entre sí; y se llegó al extremo de imponer vetos o contratos según soplase el aire a favor de los "blancos" (realistas) o de los "negros" (liberales). Juan Jiménez, "Morenillo"; Roque Miranda, "Rigores"; y Francisco Montes, "Paquiro", toreros de la época, sufrieron más de una vez las injusticias de esta virulenta división ideológica que afectaba a todos los estamentos de la Fiesta: la afición, la autoridad, los empresarios, los ganaderos y los propios profesionales del toreo.

En los anales taurinos se remarca que la aparición  de "Paquiro", "Curro Cúchares" y "Chiclanero" sacó a la Fiesta del letargo al que la habían condenado las torpezas políticas y las sandeces borbónicas de Carlos IV y Fernando VII. Una buena prueba de este resurgimiento del toreo hacia la mitad del siglo XIX quedó legalmente establecida en el primer ensayo de un Reglamento taurino del que se tiene noticia en la historia de la Tauromaquia.